martes, 17 de mayo de 2011

¿Y si fuéramos pensando en hacer alguna reformilla?

   Nos encontramos en una campaña electoral municipal y autonómica en plena crisis económica y quién sabe si política. La crisis económica viene después de un largo periodo de bonanza, está siendo muy fuerte y ha sido ya objeto de numerosos estudios, análisis y valoraciones. ¿Qué hay, sin embargo, de la crisis política? No he visto tanta atención a ella, pero es indudable que existe y, no solo eso, sino que pienso que es una crisis en profundidad, es decir, que afecta al sistema: no se trata de una coyuntural sequía de ideas o de que el partido A o el partido B carezcan de programa o liderazgo, sino de que el marco político general muestra síntomas de agotamiento y, sin duda alguna, está dejando de convencer a cada vez más ciudadanos, cosa que podría ser terrible si esos ciudadanos llegasen alguna vez a ser mayoría o un contingente de dimensiones respetables, porque una democracia que no convence a sus ciudadanos, una democracia en la que estos sospechen que no hay libertad, igualdad y justicia, es, sencillamente, una democracia falsa.
   A menudo me he hecho esta reflexión: el régimen de Franco, que aspiraba a ser eterno, se quedó en 36 años (de 1939 a 1975) y ya en los últimos seis u ocho (por lo menos) evidenciaba síntomas de invencible decadencia y de falta de conexión con la sociedad española que los bunkerizados sectores dominantes se empeñaron en ignorar. El sistema actual, si nos permitimos la licencia de dejar en el limbo la transición, nació con la Constitución de 1978, con lo que ya, en broma en broma, cuenta 33 añitos, solo tres menos de los que duró el franquismo: ¿no sería ya el momento de pensar que quizás le hacen falta sensibles reformas? ¿O es que acaso nuestros políticos democráticos, como aquellos paladines de la dictadura, piensan que nos hemos dotado de un sistema de inalterable perfección? Si es así, les convendría echar una miradita a la calle. Dejo aquí algunos puntos para la reflexión, enunciados sucintamente:
   -Democraciarealya. Así se llama el movimiento que desde hace unos días está dando su salto definitivo del mundo virtual al real. Su nombre ya lo dice todo: se trata de gente que ha dejado de creer en el sistema. Si quieres entrar en su web, pincha aquí.  Tiene bastante confusos a los medios informativos y políticos, aunque, como veis en el enlace, algunos de estos son tan cínicos que hacen como que no se han enterado de que ya no les creen. Comparto la indignación de este movimiento, pero aún no lo veo claro.
   -La crisis económica. Ha dejado muy malparada la credibilidad de los gobiernos, de nuestra estructura económica, de los partidos y de los sindicatos. Todos parecen haber estado al servicio del dinero.
   -La banca y los sectores financieros. No es sostenible que sean los amos de su dinero y del ajeno. No es sostenible que se lleven los beneficios y provoquen la crisis y luego se lleven también el apoyo estatal con dinero de todos, incluso a costa de bajadas de sueldo a funcionarios y congelación de pensiones. No es sostenible que siempre jueguen con las espaldas cubiertas. No es sostenible que si no puedes pagar una hipoteca, el banco se quede con el piso y tú sigas teniendo la deuda con él. No es sostenible que una ministra de hacienda defienda esto.
   -El problema de la vivienda. Millones se hipotecan de por vida para que otros tengan yates de cien metros. Un problema que ha contado con la connivencia banca-constructores-partidos políticos, que han sacado grandes beneficios a costa de la ciudadanía. No es inocente ni casual que la crisis haya sido, sobre todo, por los excesos en el sector de la construcción.
   -Los sindicatos. Un modelo agotado: que vivan de subvenciones, cursos y demás grifos gubernamentales los ha convertido en fantasmas patéticos, ineficaces y sin credibilidad. Su venta al poder ha sido un factor crucial en la paralización de la sociedad ante agresiones e injusticias.
   -Los partidos. Otro modelo agotado. Se han convertido en máquinas de ganar y mantener el poder para beneficiarse de ello, disociadas de la realidad económica, social y hasta política. Ante problemas que parecen muy reales, manifiestan la misma ceguera inmovilista e interesada que aquel viejo búnker franquista. 
   -Instituciones. ¿Cuánto tiempo lleva en crisis la justicia? ¿Por qué no se cambia de una vez el injustísimo sistema electoral? ¿Y el senado? Circula por Internet un escrito abogando por su supresión (aseguran que nos cuesta 3.500 millones de euros al año), cosa que suscribo, porque es una cámara que, en 33 años de democracia, ha aportado un pedo de Camilo José Cela, una piscina de superlujo y un sistema de traducción simultánea destinado a que se entiendan en lenguas diferentes dos señores que hablan la misma: ridículo, aberración y despilfarro. Y, si fuera eficaz, aún sería peor, porque el sistema de elección de sus miembros es un monumento a la desproporción.
   -Hacienda. Somos todos, pero unos más que otros, porque en España seguimos siendo los asalariados los que más pagamos. El fraude es escandaloso, lo del IVA da risa, las SICAV y otros procedimientos para escabullirse los que más tienen son una vergüenza: aquí no hay democracia fiscal.
   -El estado de las autonomías. Caro, duplicador de un sistema político con saturación de cargos y centros de poder y generador de desigualdades territoriales. Por no hablar de la conflictividad política y la crispación (acuérdense ustedes de Ibarreche, por mencionar a un señalado envenenador) que llevan generando los nacionalistas desde que tenemos constitución democrática. 
   -El paro y las desigualdades económicas y sociales. Poco que yo pueda añadir ante estos graves problemas. Véanse algunos apartados anteriores.  
   -La corrupción. La piedra de toque: si a todo lo visto hasta aquí, le añadimos que algunos se están llevando la pasta cuando deberían estar sirviendo a la comunidad, nadie podrá extrañarse de que haya cada vez más desencanto. 
                 En fin, lo dicho: ¿no habrá serias razones para pensar que el sistema se está agotando? ¿Hacemos algún esfuerzo para mejorarlo razonablemente o seguimos así? ¿Qué pasará entonces?

2 comentarios:

  1. Yo creo que no hemos salido nunca de la transición dictadura-democracia, por complejos y complejidades. El movimiento “Democraciarealya”, suponiendo que es libre y honesto, llega como agua de mayo; una propuesta magnífica y necesaria en un país adormecido, con escasa repercusión en unos medios controlados (¡qué distantes de la libertad de prensa añorada por Salvador de Madariaga en su ensayo “De la angustia a la libertad”!). Los privilegios de banqueros y políticos, la anulación sindical, la injusta justicia, la penalización del trabajo legítimo, la falta de oportunidades, la negación de la libertad voceando la iguardá (¡ay, Cambalache!), la corrupción creciente y el continuo pelotazo (¿un socialismo que no pone cotas al enriquecimiento?), en fin, todos los humanos vicios socio-político-económicos que se pueden referir, no llaman a una reformilla, querido Pablo, no. Hacen clamar por una reforma absoluta e inmediata de un sistema turbio y desalentador. Así que, ¡Democracia real ya!

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