viernes, 6 de diciembre de 2019

Praxis educativa. 32: sobre la repetición de curso

   No me cansaré de repetir que uno de los principales motivos del éxito de las mentiras y/o disparates de los renovadores educativos es la fidelidad de que gozan en los medios de comunicación. Ponga usted una propuesta discutible o directamente absurda en las páginas de un medio poderoso que le dé prestigio, enúnciela con convicción de profeta y atribúyasela a alguien que se presenta como experto, y la mayoría de los lectores o, al menos, una buena porción de ellos, que no tienen por qué disponer de mecanismos para desenmascarar estos engaños, la tomará como una verdad universal. En esta cruzada, se bate con machacona insistencia "El País".
   Ayer publicó un artículo firmado por Ana Torres Menárguez, el cual se ocupaba del asunto de la repetición de curso, como queda claro en su titular: "Los alumnos pobres repiten cuatro veces más que los de familias con más recursos". Es ya un clásico la teoría sostenida por los sectores innovadores de que repetir curso no sirve para nada, pues las estadísticas demuestran que la mayoría de los alumnos que repiten vuelven a suspender, por lo cual, habría que sustituir este procedimiento por otros más eficaces. Curiosamente, las alternativas que proponen siempre consisten en pasar al alumno de curso sin conceder importancia a las carencias que arrastra del anterior -que, en los candidatos a repetir, siempre son profundas y amplias-, parcheándolas a lo más con algún apoyo simultáneo. Por el contrario, quienes creemos que lo más importante de la educación es la adquisición de unos conocimientos entendemos que un alumno que muestra graves lagunas no puede ser aprobado en un curso y pasar desabrigado al siguiente, sino que debe suspender e intentarlo de nuevo las veces que por ley se determine para intentar resolver esas carencias.
Sofismas...
   En este asunto se parte siempre de un problema cuyo diagnóstico es difícil de discutir cuando el mal se detecta: un alumno termina un curso sin haber obtenido los objetivos mínimos. Este problema es bastante serio y merece por tanto una solución sustanciosa y responsable: al contrario que todas o la mayoría de sus alternativas, la repetición lo es. Se debe admitir, no obstante, que es cierto que un gran número de los alumnos que repiten vuelven a suspender, ahora, bien, creo que es precipitado y demagógico deducir de eso que la repetición es una mala solución, pues sería como atribuir al hecho de repetir la razón de ese suspenso, cuando las razones suelen ser otras. Fijémonos en el artículo del que parto y veremos una cosa muy curiosa. Se señala en él que en España los alumnos tienen un alto porcentaje de repetición: un 28'7%, cuando la media de la OCDE es de un 11'4%. La autora comete un sofisma de manual: empieza constatando el problema de un alto índice de repetición, para luego decantar su artículo hacia una rotunda descalificación de la repetición como sistema. Pero que en España repitan muchos más estudiantes que en otros países no significa que la repetición sea mala, sino que nuestros jóvenes estudian menos de lo que debieran, o, en puridad, menos que otros. Nos hallamos ante algo muy habitual en los innovadores educativos: la argumentación tramposa, aunque esta vez, sin quererlo, la señora Torres nos da una pista del verdadero fondo del problema: ¿por qué es tan ineficaz la repetición? ¿Por qué hay en España tantos alumnos que suspenden un curso y, al repetirlo, lo vuelven a suspender? Sencillamente, porque en la inmensa mayoría de los casos esos alumnos pertenecen a ese conjunto (más voluminoso de lo que a todos nos gustaría) de chicos que no están dispuestos a estudiar por nada del mundo, por lo que les da lo mismo suspender un curso un año y volver a suspenderlo al siguiente. De este modo se explica, por ejemplo, que en España tengamos un 28'7% de repetidores y en Finlandia tengan solo un 3'3%: está claro que en aquel país los alumnos que no estudian son menos que en el nuestro. El problema no es la repetición, sino la falta de esfuerzo, un mal que es grave de por sí y que en España se hace más agudo y extenso por el hecho de que el sistema educativo lo favorece. 
    De mi dilatada experiencia docente, obtengo la misma constatación: de los que yo he tenido, la totalidad de esos alumnos que suspendían un curso, lo repetían y lo volvían a suspender eran chicos que estudiaron poco o nada en la primera ocasión y lo mismo o menos estudiaron en la segunda, porque no es infrecuente el caso de alumnos que repiten con cuatro suspensas y en su segunda oportunidad van y suspenden siete. Supongo que más de uno, al leer esto, pensará que el problema era que lo que se les ofrecía no les interesaba, que a lo mejor si se les hubiese ofrecido otra cosa... A eso responderé, primero, que estoy de acuerdo con que en la Secundaria debería haber una oferta más diversa, lo cual sin duda daría mejores oportunidades a muchos chicos que no estudian porque no encuentran lo que quieren; segundo, que, aun así, hay cursos en los que no se puede diversificar la oferta (pensad, por ejemplo, en un 1º de ESO o en la Primaria en su totalidad, aunque el asunto de las repeticiones en Primaria no es exactamente como lo pinto aquí), por lo que en esos casos al alumno le tocará siempre amoldarse y hacer frente a lo que hay; tercero, que, aun con todo lo anterior, seguiría habiendo chicos que no estudiarían ni con la oferta más variada del mundo, tampoco dejemos esto de lado. Nada de lo dicho, como veis, descalifica a la repetición ni oscurece una gran verdad: que es el alumno el que tiene que hacer frente a sus obligaciones. Y no perdamos de vista este otro importantísimo detalle: que los alumnos que repiten no lo hacen nunca por motivos banales, sino por profundas carencias cuyos criterios de detección se marcan en las leyes y por decisión de una junta de evaluación, es decir, de un equipo de profesores que los conocen a fondo. He estado en decenas de juntas que han tenido que adoptar esta decisión y os aseguro que nunca se toma a la ligera.
...y mentiras
   Pues bien, aun en este contexto, que retrata la repetición de curso en el terreno de la realidad, es decir, de los alumnos reales, los profesores reales y el proceso educativo real, el pedagogismo tampoco la ha dispensado de hacerla objeto de sus delirantes ensoñaciones, faltaría más, y en general lo ha hecho fundamentándolas en los inexcusables rosarios de mentiras, inexcusables por el hecho de que las fantasías del pedagogismo son tan absurdas que es imposible colarlas sin falsificaciones. El artículo del que hablo hoy se recrea en este vicio, como paso a demostrar. La milonga que se nos entona esta vez es la vieja tesis de que la repetición no está motivada por la falta de estudio, sino por la clase social: cuanto más pobres son los alumnos, más se da entre ellos la repetición: ¡qué clasista es el perro sistema educativo español! Una vez más, la experiencia desmiente esto, primero, porque directamente no es tanta la diferencia que hay, ya que los alumnos repetidores que no son pobres son más de los que quienes argumentan esto quieren hacernos creer; segundo, porque hay muchos alumnos pobres que ni repiten ni son malos estudiantes. En España, los alumnos pobres o de familias desestructuradas que quieran estudiar pueden hacerlo: quienes de entre ellos repiten no lo hacen porque sean pobres, o no lo hacen solo por eso. La primera gran mentira del artículo es a este respecto y viene firmada por el experto Álvaro Ferrer (conocidísimo en su barrio), de Save the Children, quien afirma: "La repetición de curso en España es socialmente injusta, a igual rendimiento escolar el sistema castiga más al alumno pobre porque no solo se mide su nota, sino otros elementos como su comportamiento o su absentismo". Que alguien que sostiene disparates como estos firme estudios sobre educación es aberrante, pues es un alarde de ruindad y de ignorancia decir que en los centros educativos españoles se proceda así. La repetición de curso se decide por factores únicamente académicos: si se dan en un alumno una serie de circunstancias que tienen que ver exclusivamente con los conocimientos que demuestra, el alumno repite curso, sea un pobretón o un ricachón y se porte como se porte, y no hay más consideraciones, se digan en este artículo las mentiras delirantes que se digan a este respecto. En cuanto al absentismo, lógicamente, habrá de influir en que un alumno aprenda menos y por tanto suspenda, pero nunca, repito NUNCA, se suspende ni se hace repetir a un alumno por faltar o por portarse mal. Y, por cierto, este señor que lanza contra la escuela infames acusaciones de clasismo se muestra muy clasista cuando presupone que solo se portan mal los alumnos de bajo nivel económico.
   Pero no vayamos a creer que se para aquí. Más adelante dice: "Los profesores reservan puntos para el buen comportamiento". ¡Pero cómo se puede tener la desfachatez de mentir tan clamorosamente! Esa penosa estupidez que dicen algunos profesores de que suben nota por buen comportamiento es un puro cuento que al final nunca se aplica, y con toda la razón del mundo: no se puede transmutar el portarse bien en un punto más en Ciencias o 0'75 en Historia. Se haga o no, es una mala práctica y ajena a los procedimientos regulares de evaluación, de modo que no puede concedérsele valor en ningún estudio, por no hablar de que está muchísimo menos extendida de lo que podría deducirse de la afirmación del señor Ferrer. Y, desde luego, hay que ser categórico en una cosa: no habrá habido jamás un solo alumno que haya repetido por estos fantasmales puntos por buen comportamiento, pues, si lo miramos, en todo caso podrían servir para salvar del suspenso, pero no para hundir en él a nadie, pues la práctica contraria, la de bajar puntos por mal comportamiento, esa sí que no se da, por ser contraria a toda deontología y porque conduciría a quien lo hiciese a serios problemas. Pensar que este punto de gracia salva de repetir a los ricos y el no darlo condena a los pobres es una colosal estupidez. Nótese además que de nuevo el señor Ferrer presupone que solo se portan mal los chicos de bajo nivel económico, ¿quién es aquí el clasista?
    Y además de ser clasista, resulta que la repetición desmotiva al alumno y lo separa de sus amigos, según afirma doña Socorro Pérez, directora de instituto, que añade que al final a ese alumno desmotivado habrá que pasarlo de curso "por imperativo legal", pero calla que ese imperativo se fundamenta en la aplastante lógica de que no vamos a tener a un alumno haciendo 3º de ESO hasta los veintisiete años. También calla otra cosa: que, cuando la obstinación en no estudiar cierra al alumno puertas que él podría haber abierto si hubiera querido (¡esa obsesión de los pedagogistas por tratar a los chicos como si fueran seres inertes!), la edad termina abriéndole otras (pues el sistema es bastante generoso), que unos aprovechan y otros siguen despreciando. Concluye el artículo con una frase de don Julio Carabaña, quien, a pesar de su implicación con la LOGSE, no condena tajantemente la repetición: "Igual hay que pensar más en la cohesión social del alumno que en la académica, pero hace falta más evidencia científica para desterrar la repetición".
    Lo que en conclusión defiende el artículo es que se sustituya la repetición por un difuso sistema en el que se haga lo que parecen sugerir Socorro Pérez y Julio Carabaña: que el alumno que haya suspendido todo un curso promocione a pesar de ello con su grupo de compañeros, por el bien de su felicidad. Para llegar a este punto, previamente se ha desprestigiado a la repetición de curso con sandeces y embustes sobre su carácter clasista, con acusaciones vanas como la de que desmotiva a los alumnos (¿no será esa desmotivación fruto del desinterés y la desidia del propio alumno? Eso ha sido lo que yo he visto en la mayoría de los que acababan repitiendo) o con una sorprendente preferencia de la "cohesión social" del alumno sobre el aprendizaje. Y, como siempre, se deja de lado un molesto factor: el de esos alumnos que, cuando repiten, aprueban. ¿Por qué nunca se habla de ellos? Por una razón muy sencilla: porque, en su año bueno, aplican la rebuscada fórmula que habían despreciado en el malo, la de trabajar, y eso les funciona, pero, claro, semejante ordinariez no pueden tenerla en cuenta los eternos defensores de quimeras.
    Por supuesto, lo de decantarse por la cohesión social está muy en la línea de la felicidad, lo emocional y otras paparruchas tan del gusto de los innovadores y los políticos hoy en día, pero ciertos aguafiestas no podemos dejar de lanzar esta pregunta: ¿a qué se va a la escuela, a aprender o a ser feliz? Es indiscutible que se va a aprender y esos que hoy en día quieren arrebatarle este fin y vaciarla de esta esencial misión son unos irresponsables y unos embaucadores que, si terminan por imponer sus insensateces, harán mucho daño a millones de jóvenes y niños, daño que los perjudicados solo entenderán cuando, siendo unos adultos, descubran que esa escuela que tantos momentos de dicha les proporcionó les escamoteó lo que tenía que haberles dado: la formación y el conocimiento necesarios para progresar en la vida. Esto, en el mejor de los casos, porque en el peor (para nada descartable) es muy posible que las personas que hayan sido formadas en la escuela de la felicidad y la alegría, como de supuestas alegría y felicidad era la isla en que Pinocho y sus amigos se convertían en burros, lleguen a la edad adulta sin madurar, y por ello no estén ni siquiera capacitadas para reflexionar sobre sí mismas. Si queremos sustituir la adusta escuela en la que están presentes la responsabilidad, el suspenso o el repetir curso por la colorida feria de la felicidad y la permanencia con los amiguetes, meditemos antes si no estaremos sembrando el desastre y el engaño. 
       

jueves, 28 de noviembre de 2019

Por mandato de las bases

   Otra virtud no seremos capaces de encontrarle, pero el gobierno que se está gestando será tan democrático que difícilmente se podrá por los siglos de los siglos encontrar ninguno que lo supere, pues, como es de todos conocido, no hay nada más democrático que la voluntad popular y la decisión de las bases consultadas directamente en referéndum, cosa que han hecho el PSOE, IU y Podemos para ratificar o revocar el acuerdo de gobierno firmado por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, y de dichas consultas han obtenido las tres formaciones un abrumador respaldo. Aún más: como ese gobierno, para llegar a felice alumbramiento, habrá de contar en su día con la luz verde parlamentaria de ERC, también los dirigentes de este partido han consultado a sus bases, de las que han obtenido respuesta similar a las de IU, PSOE y Podemos. En las semanas precedentes, ha habido en los medios políticos e informativos una densa atmósfera de suspense: ¿lograrían el PSOE, IU, Podemos y ERC la aprobación de sus bases? ¿Nos veríamos, por el contrario, ante el rechazo para alguno de ellos o los cuatro y abocados a un bloqueo en el avance de la vida política nacional? ¿O tal vez obtendrían la aprobación, pero con un margen tan estrecho y disputado que supusiera el lastre de la escasa representatividad? Finalmente, los contundentes resultados afirmativos que se han registrado revelan que en los cuatro partidos existe una sana conexión entre sus líderes y sus bases, síntoma de su fortaleza. Y, lo que es más importante: que las políticas que van a seguir son acertadas, porque unas bases que se pronuncian por mayoría abrumadora no pueden equivocarse. Vayamos a los resultados. 
   El PSOE formulaba a sus afiliados la siguiente pregunta: "¿Apoyas el acuerdo alcanzado entre PSOE y Unidas Podemos para formar un Gobierno progresista de coalición?" De los 178.651 militantes que podían participar, lo hicieron 103.718 (63'01%), de los que 95.421 (92%) dieron su conformidad.  
   En IU contaban con un censo de 37.416 personas, de las que han participado un 31%. 10.281 votos (88%) han sido afirmativos. La pregunta era: "En base al preacuerdo programático de 10 puntos y el último acuerdo de Presupuestos Generales del Estado, ¿está de acuerdo con que miembros de Izquierda Unida participen en un Gobierno de coalición entre Unidas Podemos y el PSOE?"
   En cuanto a ERC, cuyo censo es de 8.500 militantes, han participado 5.935 (70%), de los que han dicho sí 5.634 (94'6%). Esta era la pregunta:  "¿Está de acuerdo con rechazar la investidura de Pedro Sánchez si previamente no hay un acuerdo para abordar el conflicto político con el Estado a través de una mesa de negociación?"
   La última formación que se ha pronunciado ha sido Unidas Podemos. La pregunta formulada era esta: "¿Estás de acuerdo con que participemos en un Gobierno de coalición en los términos del preacuerdo firmado por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias?" Sobre 523.807 inscritos, participaron 134.760, y respondieron afirmativamente 130.150, lo que representa un 96'8%.
    Tenemos, por tanto, poderosas razones para sentirnos optimistas. Desde diversos sectores se venía clamando insistentemente por un Gobierno sólido y, tras el pronunciamiento libre y universal de las bases de los partidos implicados, nadie podrá discutir que el respaldo que obtengan sus políticas será no ya mayoritario, sino masivo. Dados los excelentes resultados de este procedimiento, se está estudiando implantarlo en sustitución del caduco sistema electoral. 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Si por llevarles la contraria te queman vivo...

    Una de las escenas más crudas de Ágora, la excelente película de Alejandro Amenábar que retrata la figura de Hypathia de Alejandría y la sitúa en el centro de las disputas religiosas de su época, está relacionada precisamente con estas, las cuales, debo recordar, experimentan una escalada de violencia que acaba explotando y llevándose por delante la vida de la propia Hypathia. La escena de la que hablo es la que presenta los inicios de esta violencia de los cristianos de la ciudad. Uno de ellos, en una de las controversias que mantienen con los paganos para demostrar la superioridad de su religión, atraviesa sin quemarse una alfombra de carbones encendidos; cuando alguien del otro bando inicia una crítica burlesca de lo que ha visto, sin darle tiempo a reaccionar, los cristianos le empujan sobre las ascuas, donde muere abrasado. De manera brusca, el espectador se ve ante una muestra de impresionante horror, con la que empieza a entender el fanatismo criminal de sus causantes.
     Hace unos días, el mundo entero pudo contemplar una escena en la que se producía prácticamente el mismo horror, pero con la trágica y notable diferencia de que esta era real, podéis verla en esta noticia del diario argentino Clarín:
     La historia es sencilla. En Hong Kong, un hombre se enfrenta verbalmente a un grupo de manifestantes contrarios al régimen chino. Habla de forma enojada, pero de ningún modo amenazante ni violenta (empieza por estar él solo frente a muchos), por lo que causa estupor ver la fría naturalidad con la que uno de sus interlocutores lo rocía de repente con un líquido inflamable y, acto seguido y sin dar a la víctima tiempo para más cosa que sorprenderse, algún otro desalmado que sin duda actúa en complicidad con el primero le arrima un mechero encendido y el hombre queda fulminantemente envuelto en llamas. Su acción es tan fulgurante, injustificada, inesperada y traicionera que deja a su víctima sin la menor oportunidad de reaccionar y los retrata a ellos como unos asesinos de insondable repugnancia. 
     Encuentro en esta escena una serie de claves que me ayudan a entender el confuso y un tanto perverso concepto de la violencia y la no violencia que impera en nuestra época, en la que se está dando más importancia a la imagen (a menudo manipulada, incompleta o sacada de contexto) que a los hechos reales. Lo que prevalece ahora no es desenmascarar la violencia real, sino usar los poderosos medios de reproducción de que cualquiera dispone para crear una imagen violenta (verdadera o falsificada) y atribuírsela a quien no nos gusta. Se me dirá que esto se ha hecho siempre, pero creo que solo se atrevían a hacerlo los medios de comunicación más canallas, mientras que en la actualidad puede hacerlo cualquiera que no ande muy sobrado de decencia, y gente así no escasea, este es el problema. 
     Con estas precisiones, volvamos a Hong Kong. En el vídeo, conforme el hombre se va exaltando, van apareciendo jóvenes fríos como autómatas que le rodean y le hacen fotos con sus móviles. No me cabe la menor duda de que su intención era la de posteriormente colgar esas fotos en internet como prueba de la violencia de los contrarios a su movimiento: miren cómo grita este energúmeno; vean qué cara desencajada por el odio... Ahora bien, el hecho de que estos filmadores -seguramente, sin saberlo- estén siendo a su vez filmados, los desenmascara y los coloca en el bando de la abyección, que es el que les corresponde, al menos, en esta historia: hemos visto previamente que ese hombre estaba ensangrentado (lo que hace entender que había sido agredido); transmite mayor violencia el grupo de silenciosos fotógrafos hostigando a un solo adversario que los gritos de este y, para acabar de dejarlos inequívocamente en el lado de la basura moral, es de su grupo de donde salen los criminales que acaban abrasándolo sin piedad.
       Produce espanto ver la causa por la que estos monstruos han quemado vivo a un semejante: simplemente, porque les llevaba la contraria. Por hablar. Por expresar ante ellos su discrepancia. No menos espanto produce la cobarde y alevosa insensibilidad con que lo hacen: uno lo empapa a fondo y el otro le acerca el mechero. Como quien se enciende un cigarrillo, así queman vivo a un ser humano: he visto el vídeo cinco o seis veces y aún no me lo acabo de creer. ¿Estos son los que defienden la democracia en Hong Kong? ¿Así las gastan? ¿Así entienden la libertad de expresión: quemando al que exprese ideas contrarias a las suyas? ¿Esa va a ser su democracia?
       Este episodio es tremendamente grave, así que me sorprende la escasa proyección que se le ha dado: no he visto un solo medio que haya hecho referencia a la bestial crueldad de sus autores, y me pregunto por qué. ¿Será porque se presentan a sí mismos como demócratas? ¿Será porque los están presentando como los buenos de su película? La crueldad no se justifica nunca, ni por proclamarse cristianos en el siglo IV ni por declararse salvadores de la democracia en el siglo XXI.
   

lunes, 11 de noviembre de 2019

Hoy hay que empezar con un aplauso para Albert Rivera

   Con los resultados de las elecciones de ayer prácticamente cerrados, sabemos ya que Ciudadanos ha sufrido un tremendo descalabro que le ha llevado a perder 47 de los 57 escaños que obtuvo en la contienda del 28 de abril, lo cual constituye sin duda una de las consecuencias más notables de la presente cita electoral. Quiero empezar manifestando mi admiración hacia Albert Rivera por su reacción, pues ha comparecido sin tardanza ante las cámaras y, con naturalidad y gesto tranquilo, ha asumido la responsabilidad  de esta derrota y ha anunciado medidas que suponen la autocrítica en su partido y, tal vez, su propia dimisión. Como él mismo ha recordado, lo usual en la política española es que los líderes no dimitan  cuando se hallan en circunstancias como la suya de hoy, no admitan las derrotas, las oculten tras justificaciones las más de las veces absurdas o incluso lleguen, como el propio Pedro Sánchez hizo en memorable ocasión, a colocarse ante las cámaras con una sonrisa de oreja a oreja intentando colar un colosal batacazo como una gran victoria, por lo que la elegante respuesta de Rivera se hace aún más digna de elogio. 
   Pienso que Albert Rivera no se merecía esta suerte, porque es un político honesto que ha luchado con valentía por causas tan honorables como la defensa de la democracia y la unidad de España frente a los energúmenos del catalanismo; a este propósito, me ha producido especial repugnancia ver a un par de pirómanos como Pere Aragonés y Gabriel Rufián celebrar exultantes su triunfo sobre Ciudadanos, y no solo porque ni ellos ni su formación valgan ni la décima parte que una alpargata vieja de Rivera, sino porque los planes que han anunciado y los amiguetes a los que han felicitado hacen entender que piensan tratar a España como sus congéneres de los CDR han tratado en las últimas semanas a Barcelona. La política ha sido excesivamente severa con él y su formación: que que C´s tenga 10 escaños mientras ERC, con algo más de la mitad de sus votos, tenga 13 es un disparate producido por la demencial ley electoral que tenemos y que habría que cambiar; que Sánchez, artífice de la caprichosa repetición electoral y autor de unas poíticas deplorables haya perdido solo tres escaños y Ciudadanos haya pagado los platos rotos de sus manipulaciones es una injusticia dramática. No puedo dejar de señalar, no obstante, que a Rivera le ha costado muy caro el error de no haber pactado con el PSOE y su jefe de filas el pasado mes de mayo, como le aconsejaban muchas voces de su entorno. 
   A la vista de los resultados de ayer, una pregunta que me hago es esta: ¿será la España de 2019 algo así como la Alemania de los años treinta? Dado que Vox ha obtenido 3.640.063 votos y a juzgar por las enormidades que se han lanzado contra este partido desde diversos sectores del progresismo supuesto o real, tendríamos que concluir que sí, pero yo sigo planteándome una duda, y no es la primera vez que lo hago, ni siquiera la segunda: ¿de verdad hay en España tantos fascistas? Pues, si se miran los enlaces que adjunto, estamos ante una horrible emergencia, porque no han parado de crecer, y a considerable ritmo. ¿O será más bien que, como señala nada menos que Fukuyama (ver el último enlace), tenemos en efecto una horrible emergencia, pero no es Vox, sino el prolongadísimo, irresuelto y cada vez más violento golpe de estado en Cataluña? La última evidencia podría ser la intervención de Rufián y Aragonés que enlazo más arriba. Y, aun así, desde Pedro Sánchez, pasando por Pablo Iglesias (¿cuántos votos ha perdido desde la temeraria alarma antifascista que lanzó en diciembre de 2018? Millones, sin duda; se lo tendría que hacer ver.), hasta el más matao de los comentaristas y "expertos" a sueldo, han estado agitando sin parar el espantajo del supuesto fascismo de Vox, ¿para qué?: para maquillar su injustificable propósito de gobernar con el apoyo de PNV, Bildu, ERC, Junts o como se llame ahora y todo ese abanico de formaciones con probados y destructivos planes separatistas. A eso le llaman mayoría progresista, o sea, la Angélica Alianza del Bien y el Progreso que nos librará de la amenaza del trifachito, con Vox como bestia negra. 
    Cualquiera que se pare a pensar solo un poco, se tendrá que preguntar dónde está el progresismo de los chupópteros del PNV, de los proetarras de Bildu o de los golpistas de ERC y Junts (a los que ahora mucho me temo que se va a unir también la CUP, que es demencia política pura y dura); pues bien, a pesar de eso y del carácter desintegrador de todos ellos, a pesar de que no hace falta ser muy listo para entender que, cuanto más poder tengan, más nos acercamos al desastre, un deplorable batallón de tertulianos de la izquierda no ha dejado de presentar la opción de pactar con ellos como si fuese no solo inocuo, sino ventajoso, por el simple hecho... de ser "progresista". Hasta las 0:15 horas de hoy, he estado viendo el programa sobre las elecciones que había en TV1. Con los resultados a la vista, Pedro J. Ramírez sostenía que la forma más segura de desatascar la actual situación y poder tener ya un gobierno sería una gran coalición entre el PSOE (120 escaños) y el PP (88), a la que podría unirse Ciudadanos (10) como tercer integrante de lo que él  considera el actual centro político. Esos 218 diputados de fidelidad constitucional tendrían fuerza más que sobrada para pactar medidas de gobierno y un plan destinado a desactivar el desafío del separatismo. De las muchas combinaciones posibles, a mí esta me parecería muy razonable, pero... Pero tiene un problema: ¡que no es progresista!, como se ha encargado repetidamente de indicar otro de los comentaristas presentes en el programa, Arsenio Escolar. Según él, la opción más adecuada sería una fuerza gobernante progresista compuesta por el PSOE (120) más Unidas Podemos (35) y Más Pa Mí (3), apoyada por PNV, Bildu, ERC, etc., etc., etc., es decir, ese arco tan progre, a juicio del veterano periodista, el cual viene a sumar unos 35 escaños. 
   Ramírez le ha señalado lo que yo he dicho más arriba: que esas fuerzas son separatistas e incluso golpistas, lo que haría inviable o catastrófico gobernar con ellas, pero no parece que Escolar se haya quedado muy convencido, lo cual debe llevarnos a una reflexión: que el progresismo español, en su absurda y totalitaria autoconvicción de hallarse en posesión de la verdad y la superioridad moral porque sí, está completamente momificado y se ha quedado anclado en los años 70, pues no ha sabido darse cuenta de que esos partidos, que entonces parecían demócratas, hoy se han quitado la careta y ya está muy claro que la democracia la quieren exclusivamente para cargársela. 
    La batuta para dirigir lo que se haga está una vez más en manos de Pedro Sánchez, pero ahora tiene tres escaños menos que en abril y su "socio preferente" ha perdido siete: como el propio Iglesias se ha apresurado a señalarle, son diez escaños más débiles. La irresponsable aventura de la repetición de elecciones a Sánchez le ha salido bastante desastrosa. Y, para su satisfacción, Vox ha pasado de 24 a 52 escaños. Seguro que ya se habrá dado cuenta de que este partido no le va a poner fáciles ni sus chanchullos con Torra ni frivolidad ninguna con esos nacionalistas tan "progresistas". ¿Se habrá dado cuenta también de que despreciarlos y calificarlos de fachas tampoco es un gran negocio?  
   Le conviene hilar muy fino a Sánchez, dejarse de cambalaches y alejarse de las malas amistades, por el bien de España y por el suyo propio, porque puede seguir el mismo camino que ese ZP al que tanto se parece: empezar creyéndose que tiene baraka y acabar dándose un castañazo monumental contra el duro suelo de sus disparates. Para ello, le resultaría de la mayor urgencia no hacer caso de "la calle", si entendemos que esa calle es la turba de radicales asilvestrados que se dan cita ante el balcón de Ferraz cada vez que él gana unas elecciones, colectivo que sería digno de un serio estudio. Esa "calle" fue la que en la madrugada del 29 de abril le lanzaba el ya histórico grito de "¡Con Rivera, no!", y hay razones más que sobradas para pensar que tanto él como más aún Rivera estarán hoy lamentando que esa exigencia se acabase cumpliendo; esa "calle" le conminaba anoche, en un confuso griterío, a hacer realidad el famoso pacto "progresista". Debe tomar buena nota el señor Sánchez no solo de la naturaleza de los consejos de esa "calle", sino de un detalle que puede parecer anecdótico, pero que yo juzgo esclarecedor: de todos los líderes que salieron a hablar con sus seguidores, Pedro Sánchez fue el único que no pudo hacerlo, pues no fue capaz de hacer callar a los que estaban ahí supuestamente para escucharle, pero que pasaron olímpicamente de sus repetidas peticiones de silencio; tuvo que meterse de nuevo en la sede a los tres minutos, sin conseguir hilvanar un mensaje medio enjundioso y visiblemente contrariado. ¡Qué escena, qué simbolismo! Me recordó algo que conozco muy bien: esos ciudadanos que componían "la calle", a cualquiera de esos grupos gamberriles de la ESO en plena ebullición, y Pedro Sánchez, a uno de esos profesores de buen rollito estampándose de narices contra el fruto de sus ensoñaciones y no sabiendo cómo pararlo. Esperemos que saque conclusiones y no caiga en la tentación de gobernar al dictado de los berridos de quienes ni se molestan en escucharle.

martes, 5 de noviembre de 2019

Leonor de Borbón, que es, en principio, la futura reina

   Durante el juicio del procés, fue Xavier Vidal-Folch el comentarista de cabecera de "El País", por lo que, dado el importante rango de este periodista en el influyente medio, de la lectura de sus crónicas puede extraerse cuál es su postura ante el golpe de Estado aún vivito y coleando en aquella región de España. Quien no esté de humor para repasárselas todas, encontrará una versión abreviada pero bastante significativa en el artículo Manipular a la jefa del Estado, que se publicó ayer y del que saco la frase que da título a esta entrada. Si nos paramos a analizar algunas de las cosas que ahí se dicen, tendremos razones para sentirnos inquietos, paso a comentar las que me parecen más relevantes.
   -Manipular a la jefa del Estado. Cuando Vidal-Folch dice eso de "la jefa del Estado", se está refiriendo a Leonor de Borbón, un niña de catorce años que, como corresponde a su edad, hoy en día no es jefa de nada. ¿Por qué, pues, el señor Vidal-Folch le atribuye tan hiperbólica responsabilidad? Muy sencillo: para atacar a Pablo Casado y apuntarle una a Pedro Sánchez, el líder del partido al que sirve "El País", ya que, en los días anteriores a la intervención de Leonor en Barcelona, el líder del PP insistió en que, si ocurría algo durante la visita real a Cataluña, el responsable de ello sería Pedro Sánchez; así pues, al no haber ocurrido nada (cosa más que discutible), el periodista se encarga de señalar que habría que adjudicarle eso como mérito al presidente del Gobierno. ¿Existe en realidad tal mérito? Sorprende para empezar que Pablo Casado haya sido tan ingenuo de hacer esa advertencia: primero, porque siempre es arriesgado poner la venda antes de la herida; segundo, porque estaba claro que el separatismo iba a hacer durante la visita real exactamente lo que ha hecho: unos aspavientos testimoniales para dar la apariencia de rebelión, pero, en el fondo, nada de profunda gravedad. La razón es muy sencilla: si hubieran hecho algo gordo, eso se habría vuelto sin duda contra Pedro Sánchez, y a Pedro Sánchez no le piensan tocar un pelo, ya que es el caballo por el que apuestan: descalabrado su intento de imponerse por lo criminal, ya solo les queda la salida de salvar los muebles por lo civil, y ello pasa inexcusablemente por alcanzar un pacto con Sánchez, enjuague del que incluso podrían sacar más beneficios que de la locura del referéndum, que se lo pregunten al PNV. Esto es lo que hay tras la supuesta ausencia de incidentes: un nuevo acto de dosificación por parte de las mentes retorcidas que manipulan el procés, que no lo aderece el señor Vidal-Folch como un triunfo de Pedro Sánchez.
   -Pero ¿realmente la visita ha sido "de un pasar más que correcto"? Cuando sostiene tal cosa, el señor Vidal-Folch manifiesta una visión distorsionada equivalente a aquella famosa de don Quijote con los molinos que él tomaba por gigantes. Don Felipe de Borbón, rey de España, ha ido a una ciudad española acompañado de su hija y sucesora a entregar unos premios institucionales llamados Princesa de Gerona, y he aquí algunas cosillas que han rodeado a este acto: los premios no se han podido entregar en la ciudad que les da nombre porque esta es un polvorín contra nada menos que la jefatura del Estado; algún que otro cavernícola extraído de las filas del golpismo separatista ha sugerido que se le negasen locales apropiados para ubicar el acto; se registraron concentraciones e incidentes violentos contra este, que incluyen agresiones a invitados a los que se impidió el acceso por parte de ciertos energúmenos (a los que Vidal-Folch llama "supuestos catalanes", ya nos explicará lo que quiere decir con eso); hubo también tensiones, hogueras y quema de fotos del jefe del Estado (aquí dejo una muestra de ello, ofrecida por el diario del que el señor Vidal-Folch es director adjunto); las sobrerremuneradas autoridades locales desairaron al rey de todos los españoles con su inasistencia al acto, una inaudita conducta de rebeldía institucional que solo se permite en España...: si debemos entender que todo esto es "un pasar más que correcto", una de dos: o vivimos en un país que es un cachondeo o el señor Vidal-Folch quiere convencernos de que el desgobierno es aceptable en las sociedades civilizadas. Algo hay de ambas cosas, pero ni lo uno ni lo otro lo podemos admitir quienes no gozamos de la manga ancha que parece adornar a este periodista.
    -Las ensoñaciones de Vidal-Folch. A estas alturas de mi artículo, habréis captado que lo que sospecho es que el director adjunto de "El País" pertenece a ese nebuloso segmento político que se conoce como catalanismo, el cual engloba una compleja gama de asociados que van desde los energúmenos como Torra hasta los angelicales defensores del diálogo... incluso con Torra, pero que tienen todos un rasgo común: su convicción de que los creyentes en la sacrosanta identidad catalana jamás deben pagar ni uno solo de los platos que rompen. Esta problemática creencia les lleva a construir una realidad lo suficientemente obnubilada como para darle encaje (perdón por la palabrita), realidad en la que caben cosas como estas: que lo expuesto en el punto anterior pueda considerarse "de un pasar más que correcto" (transpóngase a Alemania, Francia, Reino Unido o EEUU y se entenderá lo que quiero decir); que lo que mola para España es el plurilingüismo, entendido, faltaría más, como la tiranía del catalán y el apaleo del español en Cataluña; que un galardonado con un premio oficial de un Estado acuda a recogerlo portando ante el jefe de ese Estado un símbolo que proclama que encabeza una dictadura con presos políticos. Esto último merece una consideración un poco más extensa, ya que, por mucho que Vidal-Folch y otros nos lo estén vendiendo como un síntoma de normalidad, es una desvergonzada provocación y una ofensa al rey y a la nación que da el premio, que sin duda al señor Ros-Otón solo le habrían permitido en este país de "normalidad" chachiguay que nos hemos montado en España, ya que los restantes del mundo empiezan por respetarse a sí mismos. Es también algo muy importante: un valiosísimo ejemplo de la cínica cobardía con que está operando está gavilla de revolucionarios de opereta que participan en el procés. Si Xavier Ros-Otón tuviera dignidad (cosa que nos ha demostrado que no tiene), se habría negado en redondo a recibir un premio de manos del déspota que regenta la odiosa dictadura española, pero ha hecho lo que todos los cínicos rastreros de su cuerda: abusar de la mezcla de debilidad y buena fe de nuestras instituciones y jugar con dos barajas, me explicaré. Xavier Ros-Otón: para hacerse el héroe, ponerse el lacito por el que nada le iba a hacer esa supuesta tiranía; para sacar provecho, trincar el premio, la pasta y el prestigio; Torra: para cargarse el país, cortar carreteras y sembrar odio; para salvar el trasero, gozar de su sueldazo, culpar a otros y medir al milímetro hasta dónde llega con sus acciones; Junqueras y sus cómplices: para dar el golpe de Estado, no respetar ni una sola ley; para salvar las posaderas, ser unos yonquis del garantismo; los CDR: ellos pueden tirar adoquines, pintura, ácido o rodamientos, prender fuego, arrasar una ciudad o saquear, pero ojito con tocarles un pelo, que eso es violencia policial. Y así hasta el infinito. Esta es la normalidad actual en Cataluña y la que al parecer no extraña al señor Vidal-Folch. No todos pensamos igual, aunque seguramente sea porque somos unos fachas.
    -Leonor de Borbón, que es, en principio, la futura reina. Os pido disculpas: ha sido necesario largaros el tostón precedente para que entendierais que, cuando leí el artículo de Vidal-Folch esta mañana, se me pusieran los pelos de punta al llegar a esta frase, muy especialmente, por eso de "en principio". Ahora, como ya supondréis que me resultan muy inquietantes los planes a futuro de este señor, no os extrañará que me pregunte qué significa ese "en principio" y que me parezca que solo puede interpretarse de una manera: que para Xavier Vidal-Folch está por ver que Leonor de Borbón llegue algún día a ser la reina de España. En abstracto, debería darme igual, porque este señor es muy libre de pensar eso, que la Luna está habitada por duendes o cualquier otra cosa que le apetezca, pero se da la circunstancia de que este señor no es cualquiera: es el director adjunto de un medio poderosísimo, participa por tanto en una potente máquina de creación de opinión y las posturas que sostiene ni las comparto ni creo que puedan traernos ningún beneficio: me parecen espeluznantes esas cosas de los dos puntos anteriores que él ve normales o encantadoras y, en la situación actual, desconfío automáticamente de quienes ponen en duda la monarquía, una institución que ha dado sobradas muestras de solvencia frente a los que se quieren cargar nuestra nación y nuestro sistema democrático, o sea, los separatistas (y no solo los catalanes)  y los podemitas y demás antisistemas que están empeñados en convencernos de que España está aún bajo el franquismo. Y, casualmente, todos esos tienen al rey puesto en su punto de mira, queman sus fotos, lo someten a constantes ataques y se muestran fervientes partidarios de la república. ¿República? ¿Qué república? ¿La de ERC y su Junqueras, los golpistas encarcelados, el héroe que se fugó en un maletero, la CUP, Ada Coláu, Errejón, Iglesias, Torra y los niñatos que, escudándose cínicamente en esa impunidad que conocían, se han dedicado a quemar Barcelona mientras proclamaban que se iban a cargar el régimen del 78? Yo esa república peor que bananera no la quiero ni en pintura, esperemos que nunca nos caiga encima.
   La pregunta es: este Xavier Vidal-Folch, director adjunto de "El País" que dice que Leonor de Borbón es futura reina de España solo en principio, ¿piensa así porque se encuentra también entre los que suspiran por la república? Pues entonces, a los motivos de inquietud ya expresados, habría que añadir uno más: al final de su artículo, elogió a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias por pronunciarse en el debate electoral de ayer a favor del diálogo como medio de resolver los problemas de Cataluña. ¿Diálogo por qué y con quién? ¿Con Torra? ¿Con Junqueras? ¿Con Torrent? ¿Con Pujol y familia? ¿Con Puigdemont? ¿Con la ANC y Ómnium? ¿Con las CUP? ¿Con la "conciliadora" Ada Coláu? O sea, con los republicanos. Luego dirán algunos que la propuesta sensata es el diálogo.
    Y a propósito: Pedro Sánchez ¿qué piensa de esto? ¿Es también republicano?    

lunes, 21 de octubre de 2019

Teléfonos musicales para presidentes radicales

   Es verdad que la política a menudo deriva hacia los senderos más insospechados, pero jamás hubiera imaginado que un día habría de ver un episodio como el actual, con un señor llamando repetidamente por teléfono a otro que no se digna responder. Nadie podrá negar hoy que a Joaquín Torra le ajustarían como un guante estas palabras de Comunicando, una popular canción de 1960:
                                                 Quise decirte que me muero,
                                                 que por tu culpa estoy penando,
                                                 pero no pude, pero no pude,
                                                 porque estabas...
                                                comunicando, comunicando, comunicando.
    En su afán por ayudar siempre a sus semejantes en apuros, el guachimán va a dejar hoy una serie de históricas canciones relacionadas con el teléfono, por si de alguna de ellas pudiera don Joaquín obtener el recurso que le permitiera ¡por fin! que Pedro Sánchez levantara el auricular al otro lado del hilo. Empezaré, por supuesto, con la salerosa Comunicando, pero no en la versión de Arturo Millán, sino en esta tan extraordinaria de las hermanas Serrano, que aún recuerdo con nostalgia:

    Aunque quizás lo que necesite Torra, por la oportunidad y para purgar sus pecados sea esta otra: Call me (1987), de aquella marchosa cantante que se llamaba... ¡Spagna!:

     Pudiera ser también que al Honorable (?), de conocido tono plañidero, le ajustase más Llora el teléfono (1976, aquel gran éxito de Domenico Modugno, quizás el último de su brillante carrera, aunque la canción era de Claude François): 

    La que no le recomendaría es otra titulada también Call me (1980), pero esta, de Blondie. Mezclar la imagen de Torra con la de la sugerente Debbie Harry sería algo así como un sacrilegio.

    Roque Narvaja fue el autor de la bellísima y melancólica Santa Lucía (1981), que versionó Miguel Ríos:

   Es innegable que aquello de "el teléfono es muy frío, tus llamadas son muy pocas" es clavado lo que le está ocurriendo hoy a Torra con Sánchez. ¡Ánimo, Presidente, inténtelo por carta, que también es muy romántico!
     Voy a terminar con una sugestiva rareza: The days of Pearly Spencer, (1967) de David MacWilliams. Esta la pongo porque sí y porque en el vídeo aparece un teléfono:

     Espero que os haya gustado y que esta humilde aportación comunicativa de vuestro amigo el guachimán sirva para desinflamar la turbia relación entre el Honorable (?) Joaquín Torra y el presidente Pedro Sánchez.   
    

viernes, 18 de octubre de 2019

Okupas: instrucciones de uso

   Hace menos de una semana, una vecina de Portugalete llamada Victoria Castro, después de pasar unos días visitando a su hermana, se encontró al regresar a su casa con que esta le había sido arrebatada por unos okupas. Doña Victoria tiene 94 años, pero ni siquiera esta circunstancia sirvió para que los sinvergüenzas que le habían robado su vivienda tuvieran con ella no ya la decencia de devolvérsela, sino tan siquiera la piedad de permitirle que entrara a recoger sus pertenencias: la dejaron en la p _ _ _ calle con lo puesto. Quizás este vídeo en el que aparece una de las okupantes ayude un poco a entender esta conducta. Es la mujer que va de negro y con pantalones y, aunque no se ve bien, en algún momento exhibe un cutter para intimidar a quienes la abordaron. Pulsad aquí:
   Tampoco fue muy piadoso con doña Victoria nuestro sistema judicial, que fijo para el 20 de noviembre la vista para su denuncia por la okupación. ¿Y hasta entonces? Debemos suponer que ese era su problema, siempre le quedaría la p _ _ _ calle, porque su casa estaba en poder de los señores okupas, que, al parecer, en España tienen todo el derecho para apropiarse de las viviendas ajenas. 
   Pero, por suerte, esta película de okupas la han ganado los buenos. Indignados por el aberrante maltrato infligido a doña Victoria por los okupantes y el sistema legal y jurídico, los vecinos de su barrio convocaron una concentración ante su casa para presionar a la gentuza que se la había quedado y consiguieron obligarlos a irse. Aquí tenéis un pequeño vídeo:
    ¿Sabéis lo que hicieron entonces los okupas? ¡Llamar a la policía para que los protegiera en su "abandono del hogar"! Ya lo habéis visto: la diligencia que faltó para proteger los derechos de la propietaria de la casa, brilló fulgurante para arropar a esos cínicos ladrones de un bien que en nuestro país está teóricamente protegido por la Constitución. Animados por este éxito, los concentrados se fueron hacia otras dos casas okupadas desde hacía tiempo para proceder a los correspondientes desalojos, ante lo cual los okupantes optaron por renunciar a su derecho a la okupación y pirarse echando virutas antes de que llegasen y los sacaran de allí a hostias. Y, colorín colorado, estas okupaciones se han acabado. 
     Que la legislación sobre okupaciones en España es demencial y aberrante está fuera de toda discusión, pues, ante el robo de una vivienda (no otra cosa es una okupación), defiende al ladrón, mientras que, a la víctima, no solo la desampara, sino que la pone bajo la amenaza de graves perjuicios si se le ocurre siquiera suspirar contra quienes, por el civilizado expediente de colarse en ella, le han arrebatado su casa y todo derecho sobre esa propiedad hasta tanto la justicia tenga a bien pronunciarse. Difícilmente encontraremos una normativa que produzca mayor rechazo e inquietud en la sociedad que la relativa a las okupaciones, pero ahí siguen los problemas, y no vale argumentar que hay familias sin hogar que recurren a la okupación, porque las familias decentes que están en esas circunstancias o se dirigen a las autoridades o, si se meten en alguna casa, procuran en general no perjudicar a terceros, pero, en todo caso, da lo mismo: los problemas de esas familias deberían resolverlos los poderes públicos, para nada justifican la rapiña de un bien, menos aún, de uno tan costoso y esencial como la vivienda: ¿qué leyes pueden santificar el dar hogar a una familia quitándoselo a otra? Que haya sucedido lo de Portugalete debería avergonzar a jueces y legisladores: no debería quedar en manos de concentraciones ciudadanas la resolución de flagrantes delitos.   
    Porque la okupación es un delito, a no ser que alguien se atreva a negar que lo que sufrió doña Victoria fue un robo, y piénsese que esto les ha pasado en España a miles de personas. Hace algo más de un año, publiqué aquí un artículo en el que me felicitaba por la aprobación de la Ley 5/2018 de 11 de junio, que parecía que iba a resolver estas injusticias, pero, dado que siguen apareciendo casos en los medios y dadas las particulares circunstancias de este de doña Victoria y otros, parece que todavía no es suficiente. Así pues, aunque no va a servir para nada y aun a riesgo de recibir ofrenda de tomates podridos, pepinos pasados y gatos muertos, voy a atreverme a enunciar el que yo creo que debería ser el procedimiento de las autoridades en caso de okupación: 
1.- La figura de la okupación no debería existir. Toda invasión de una casa ajena debería considerarse automáticamente delito de allanamiento o apropiación.
2.- Quienes okupasen/allanasen una vivienda ajena deberían ser desalojados por la fuerza pública de manera inmediata.  
3.- Solo en caso de que unos okupantes exhibieran documentos escritos y fiables que justificasen su derecho a permanecer en la vivienda se exigiría al denunciante exhibir igual documentación a la mayor brevedad. 
4.- Los okupantes desalojados, en caso de situación de necesidad, tendrían ese derecho que siempre se tiene a solicitar ante las autoridades las oportunas ayudas. El asunto pasaría a ser lo que debe ser: una responsabilidad de la Administración o un lío para alguno que pretendiera engañarla, no el grave problema de un desventurado al que le arrebatan su vivienda. 
5.- Dado que la okupación sería un delito, los okupantes deberían hacer frente a las responsabilidades por este acto y por los posibles daños causados en la vivienda okupda. Naturalmente, sería este el momento en el que las autoridades de todo rango deberían valorar las circunstancias, tanto atenuantes o eximentes (como podrían ser los estados de necesidad debidamente probados) como agravantes.
     Lo que evidentemente no puede ser es que te quiten tu casa y sin ella te quedes, o que te tengas que ir a una pensión mientras el señor juez decide y otros duermen en tu cama y ven tu tele, o que tengan que venir los vecinos del barrio a echar a unos maleantes que tienen que ser protegidos por la policía que debería haber empezado por detenerlos. Nada de esto es propio de un país civilizado y sensato.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Torra se caga (3)

   Dije en la anterior entrega de la esperpéntica (por su protagonista) serie Torra se caga que esta amenazaba con ser larga y la cosa parece que se va cumpliendo, pues, una vez más, el (ejem) Honorable Joaquín Torra, presidente actual y número 131 de la Generalidad, nos ha dado una muestra de su valentía de boquilla. ¿Recordáis que el pasado lunes tronaba contra la sentencia del 1-O, hablaba de no sé qué sacrosantos derechos de la sacrosanta Cataluña conculcados y llamaba a la ciudadanía a manifestar su rechazo? Aquí lo tenéis para el que no lo recuerde:

   Pues bien: no había terminado ese día y ya había depositado en el mundo una nueva muestra escatológica de su bravura: después de llamar a los ciudadanos a la revuelta, lanzaba a su policía, es decir, los Mozos de Escuadra, a reprimir a palos las protestas, ¿por qué? Porque le temblaron las piernas ante la posibilidad de que, si no lo hacía, le pidieran cuentas por ese incumplimiento de sus responsabilidades (uno más, pero este, de posibles consecuencias muy graves). Y, por cierto, como todos hemos podido ver, la actuación de los Mozos no careció de contundencia (cosa lógica), una canallada más, teniendo en cuenta cómo explotó el independentismo el argumento de la inexistente violencia policial durante el 1-O.  
    Difícilmente se podrá afinar más en cinismo y cobardía: llamar a la protesta (eso sí, midiendo, como siempre, las palabras para que no se le pudiera acusar) contra la odiosa España, inducir a otros a que efectuasen sus bravatas por él y, finalmente, apalear a sus tontos útiles, por miedo y obediencia a... la odiosa España: ¿quién da más?
     Sucede, no obstante, que esta vez se le ha ido mucho la mano: vale que fanfarronees y luego te escondas, pero es muy fuerte que eso lo hagas liándote a palos literalmente contra quienes te hicieron caso, así que ha causado malestar hasta entre los suyos, que, aunque es cosa probada que no son muy listos -sobre todo, en materia de confianza hacia sus líderes-, no son tan tontos como para llegar al masoquismo. Así pues, el (ejem) Honorable ha tenido que dar explicaciones por esta contradicción (así parecen llamar ahora a la traición) y ya se ha buscado una salida: echarles las culpas a los Mozos, contra los que va a abrir una investigación, o sea, cargar de nuevo contra sus fieles. ¿Le aguantarán esto? ¿Acabará Torra como en las historietas de Mortadelo y Filemón, perseguido a palos por una turba enfurecida Diagonal abajo? ¡Qué final tan apropiado para esta astracanada del prusés!

lunes, 14 de octubre de 2019

Microviolencia

   A través de un amigo, me llega una entrevista a Ángel Puertas, coordinador del Observatorio Cívico de la Violencia Política en Cataluña, entidad que ha emitido un informe sobre el tema, esclarecedor y preocupante, cuya lectura recomiendo a todo aquel que todavía siga creyéndose la fábula de que en Cataluña no existe un problema de violencia: la hubo antes del 1-O (y parte de ella, para llevarlo a cabo) y la ha habido después. Y, desde que se puso en marcha, ha sido siempre creciente (1), más aún: está claro (y ojalá me equivoque), que va a seguir incrementándose, porque el separatismo ya la ha adoptado como un elemento capital de su estrategia, esa estrategia a la que, al contrario de lo que parecen creer demasiados ingenuos en España, no va a renunciar si no se le obliga: la búsqueda obstinada de la independencia a cualquier precio. 
   Me parece interesantísima la entrevista al señor Puertas, y admirables tanto él como las iniciativas en las que está comprometido, pero creo que en ella comete -seguro que de forma inconsciente- un error que debería subsanar: a la hora de referirse a los numerosos actos que están envenenando la convivencia en Cataluña (y que nadie olvide que esto es también envenenarla en España, porque Cataluña es España, por mucho que deliren ciertos fanáticos como Torra, los golpistas del "procés" y similares) utiliza el término "microviolencia", cosa que considero equivocada y favorable a los planes del separatismo.
  El prefijo "micro-" da idea de pequeñez, con lo que, si hablamos de microviolencia, podemos estar transmitiendo implícitamente la idea de que estos actos que a diario están perpetrando los CDR y demás esbirros del secesionismo son en realidad menores y de escasa gravedad. Esto sería un considerable error, primero, porque nunca hay violencia de gravedad escasa; segundo, porque esta violencia, a pesar de ser menor que la que producirían bombas o disparos, no es pequeña, aunque solo sea por su reiteración y extensión; tercero, porque su objetivo -me temo que muy premeditado- es sembrar el miedo y la sumisión entre quienes no piensan como los que la siembran, y eso tiene un alcance mayúsculo. Sería un espejismo dividir la violencia que forma parte de planes políticos megalómanos (como es el caso del "procés") en mayor y menor, ya que lo que suele ocurrir es que lo supuestamente menor es el inicio de lo que acaba siendo desmesurado, lo mismo que los grandes ríos nacen a menudo como pequeños arroyuelos: las palizas a judíos u opositores de los años 30 y los campos de exterminio no fueron una violencia menor y otra mayor, sino fases distintas de la misma violencia monstruosa. Y en España tenemos un ejemplo muy actual: los asesinatos de ETA y la complementaria violencia callejera y de acoso social del aberchalismo, aquella kale borroka cuya finalidad fue exactamente esa siembra de miedo y sumisión de la que hablaba antes. Recuerdo incluso que durante algún tiempo se la llamó violencia de baja intensidad, hasta que alguien se dio cuenta de las perversas implicaciones de esa denominación y dejó de usarse. El nacionalismo parece utilizar siempre los mismos procedimientos, ya sea en Alemania, en la Comunidad Vasca o en Cataluña.  
 A la vista de esto, creo que no debemos llamar microviolencia a la que están imponiendo hoy los CDR y similares y pienso que serían mejores otros términos, como "violencia continua" o "violencia social" o, en según que casos, "violencia callejera", ya que, aparte de no manejar ese rasgo empequeñecedor que hace que parezca menos dañina de lo que es, reflejarían mejor la gravedad de los actos cometidos y de la estrategia a la que obedecen, así como la extensión omnímoda del daño que siembran.

1. Son muchos los artículos en que he tratado este asunto. Aquí os dejo una muestra:
-El fascismo va cada vez más en serio.
-Cataluña batasunizada
-La guerra sucia del independentismo catalán. 2: la violencia.

jueves, 10 de octubre de 2019

Los delitos del "procés" según "El País"

   Veo hoy que "El País", ante la inminente publicación de la sentencia del 1-O, edita un documental titulado Los delitos del "procés", en el que se brinda generosamente a ahorrarnos el esfuerzo de interpretar los hechos por nosotros mismos y nos "adelanta las claves que marcarán una sentencia histórica".
   El documental se compone de cuatro capítulos, pero he visto el primero (Rebelión) y ya he tenido suficiente: se trata de una monumental manipulación de "El País" para inducir a sus lectores a concluir, precisamente, que no hubo tal rebelión. No está en el hecho de que se entreviste a abogados de la defensa pero a nadie de la acusación, ni en que Martín Pallín deslice el enorme sapo de que para el delito de rebelión hacen falta armas (cosa falsa, véase el artículo 472 del Código Penal en este artículo, donde hago además alguna aclaración a propósito del asunto de la violencia, que también se menciona en el vídeo), sino sobre todo en los comentarios de los periodistas (Xavier Vidal Folch, Reyes Rincón, Jesús García y nada menos que la "distanciada" Lola García, de "La Vanguardia"), que son lo más relevante del vídeo y a través de los cuales se nos hace el favor de indicarnos lo que tenemos que pensar. Y en esa tarea, todos hablan de forma netamente sesgada contra la calificación de rebelión, véalo quien lo dude. El colmo llega en el mismo final del vídeo, donde Jesús García, erigiéndose en juez, nos dice: "Quizá un delito de sedición es lo que encajaría en este tipo penal". Aunque lo envuelve entre las oportunas matizaciones destinadas a despistar, lo presenta como la opción indiscutible, pero de manera velada, ya desde la sutileza de respaldar su mensaje con el aura de lo dicho por un experto que ha seguido el juicio. Y ahí precisamente está la clave: cualquiera que lo haya seguido tiene que echarse las manos a la cabeza con este vídeo, ya que lo falsea de forma brutal, aunque era esperable, a la vista de las crónicas que en su momento hicieron sobre todo el proceso los periodistas que aparecen. 
    En otras palabras: lo que "El País" hace en este vídeo es darnos unas claves, sí, pero torcidas y, curiosamente, alineadas con las tesis del Gobierno de Pedro Sánchez. Deberían andarse con ojo, porque, de paso, podría ser que estuvieran haciéndoles el juego a los golpistas, como ocurre en algún que otro pasaje del vídeo. 

sábado, 5 de octubre de 2019

Mientras dure la guerra

  Leo en "El Confidencial" un artículo de Rubén Amón en el que, entre otras cosas a las que concede más atención, se ocupa de Mientras dure la guerra, la película sobre el mítico episodio de Unamuno en el paraninfo de Salamanca en 1936, la cual se despacha en una ejecución sumaria tan desacertada que me hace sospechar seriamente que no la ha visto. El argumento principal para la rotunda descalificación del crítico es la falta de rigor, que encuentra tanto en los retratos que Amenábar hace de Unamuno y Millán Astray como en su relato de aquel famoso acto académico y la intervención en él del gigante del 98. Está en lo cierto Amón cuando afirma que a Millán se le presenta a través de unos trazos gruesos, esperpénticos y superficiales, pero yerra cuando se refiere a Unamuno, a quien la película trata con una complejidad mucho mayor de la que él asegura, y es de esto de donde sale mi firme sospecha de que Amón no ha visto la película, o la ha visto demasiado condicionado por el obvio disgusto que le producía. En cuanto al otro factor, el de la falta de fidelidad a los hechos en la narración de aquel acto, también tiene razón, pues Amenábar se guía por la tradición idealizada y mitificadora que se ha manejado durante décadas, la cual desde hace algún tiempo se viene poniendo en duda. En el artículo Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray, hay una buena exposición de cómo debió de ser en realidad aquel acto, de algunos factores contextuales que ayudan a entenderlo y de la genealogía de la versión mítica que durante años ha cautivado al público. Si lo miráis, veréis ya un gran detalle que desmiente a la película: en esta, después del acto, vemos a Unamuno y Carmen Polo conversando dentro del coche hasta el que la esposa del dictador ha acompañado al gran intelectual para protegerle, cosa que no pudo ocurrir, como demuestra la foto que ilustra el artículo de "El País", en la que se le ve a pocos pasos del vehículo acompañado del obispo Enrique Plá y Deniel, pero sin rastro de Carmen Polo.   
   ¿Sabía esto Amenábar? No me cabe la menor duda, como tampoco me cabe de que tiene que saber que su versión de aquel histórico acto no se ajusta a lo que debió de ocurrir en realidad, o que Millán Astray no era el fantoche que aparece en la película. Y aquí está la clave: Mientras dure la guerra es una película, no un libro de historia, por lo que hemos de concederle, dentro de unos límites entre los que el principal es no retorcer ni falsificar ninguna verdad esencial, el derecho de toda obra artística a manejar recursos expresivos tales como la idealización, la hipérbole, la antítesis, la paradoja (tan unamuniana) o la caricaturización, por mencionar algunos de los que se detectan en esta película. Las obras de arte tienen el privilegio de poder afear, embellecer, achicar, agrandar o metaforizar  las realidades, de poder presentarlas mediante esos procedimientos que las trasponen a un ámbito distinto y, perdóneseme, superior donde ya son otra cosa: puras creaciones estéticas que nada deben a esas realidades ni nada tienen que ver ya con ellas, reflejos que nos descubren aspectos suyos que desconocíamos o representaciones que no les son fieles y sin embargo las retratan mejor que si lo fueran: la verdad de las mentiras de que habla Vargas Llosa. Si perdemos esto de vista al valorar las obras de arte, correremos el riesgo de caer en el juicio ignorante o malintencionado. 
    Analizada teniendo esto en cuenta, Mientras dure la guerra es una muy buena película y no solo no es la pifia superficial que inexplicablemente dicen Amón y algunos otros, sino que además es una encomiable muestra de historia seria y adulta en medio de la desoladora indigencia mental que cada vez se está adueñando más del cine. Empieza por no ser una cómoda hagiografía de Unamuno, ya que no lo trata con benevolencia, sino que saca a la luz bastantes de sus errores y alguna que otra miseria, para nada se queda en eso que dice Amón de retratarlo como un cascarrabias, y es aquí donde, en medio de tanta supuesta inexactitud, sale la primera gran verdad de este conjunto de "mentiras": que Unamuno se equivocó creyendo en el alzamiento y dándole inicialmente su apoyo, porque no tardó en descubrir que era un golpe de Estado que traía más crimen, dolor e injusticia. Y la segunda gran verdad es esta: que quiso enmendar su error y para ello, entre otras cosas, en el acto de Salamanca sin duda dijo algo encaminado a ese propósito y que produjo escozor. Esto es lo esencial; que luego se pretenda contarlo con un intento de averiguar ¡83 años después! sus palabras exactas o se haga escenificando la mítica falsificación de toda la vida es ya secundario: la primera vía habría dado lugar a un documental veraz, realista y seguramente tedioso; la segunda, que es la elegida por Amenábar (un señor que hace películas y no documentales), ha dado lugar a una excelente película igualmente veraz, pero en lo esencial, a través de algunas "mentiras" y bastantes verdades de mucho peso, como la represión desatada en Salamanca en 1936. Y hay una tercera gran verdad, por la que convendría que algunos malvados y/o irresponsables que hoy están metiendo mucha bulla o eludiendo sus deberes en España vieran Mientras dure la guerra: que enconarse en insensateces o no atajarlas suele tener resultados catastróficos. 
   De lo que no cabe duda es de la grandeza de Unamuno y del acierto de quienes urdieron esa romántica fábula de su intervención del 12 de octubre de 1936, pues todo esto siempre ha levantado pasiones y bien se ve que las sigue levantando. En 1977, fui a ver Caudillo, de Basilio Martín Patino. Casualmente, en esta película, también aparece el acto del paraninfo de Salamanca y, cuando se pronunció ese "Venceréis pero no convenceréis...", esas palabras que, sean históricas o no y guste o disguste a quien sea, ya no se podrán borrar de la historia, todo el cine estalló en una estruendosa ovación. Miento: todo el cine menos una persona: el señor que estaba a mi lado (alguien que se equivocó de película), que se puso hecho una furia y la tomó con el que le pillaba más cerca, o sea, vuestro querido guachimán. No acabamos a paraguazos de milagro. Algo vamos avanzando.  

domingo, 29 de septiembre de 2019

País, estado, nación y otras trampas de la terminología política

    No hará ni una semana, se presentó en sociedad la formación política que encabeza Íñigo Errejón, cuyo nombre, Más país, me hizo pensar si no estaría financiada por el grupo PRISA. Chistes malos aparte, está claro que la denominación elegida por el exnotable de Podemos es muy poco afortunada, ya que la palabra "país", al ser un hiperónimo (o una palabra comodín, que, para el caso que nos ocupa, viene a valer lo mismo) que tanto serviría para España como para Alemania, Venezuela, Haití, Corea del Norte o Suecia, carece de fuerza expresiva y del contenido semántico suficiente como para constituir la seña de identidad que el nombre de un partido político debe ser.
    -¿Estás seguro de que es así, guachimancito?
    -¿Y tú presumes de ser licenciado en filología?
   Ya, ya sé que los 500.000 componentes del sector crítico de mis seguidores tenéis en la yema de los dedos estos insidiosos comentarios u otros parecidos, pero os los vais a tener que guardar, porque paso a matizar y explicar mi postura. 
    A poco que se mire con detenimiento, es muy difícil (por no decir imposible) que exista un término que, lanzado a un contexto discursivo, no signifique nada y, si este contexto es el político, lo normal será que todo término esté a reventar de significados, ya sea por lo que dice o por lo que omite, caso este último que es el que afecta al nombre que Errejón le ha puesto a su partido, como se comprende muy bien si nos fijamos en que es la elevación a nacional de la iniciativa que encabeza a nivel autonómico: si esta se llama Más Madrid, la que se crea ahora debería lógicamente llamarse Más España, pero... ¿dónde va un chico tan progre y tan de izquierdas como Errejón con eso de España? Sin duda iría al desastre, pues, para el segmento del electorado al que intenta atraerse, España es sinónimo de facha, franquista, reaccionario y viejuno, así que ha preferido presentarse con esa etiqueta insípida y vacía de Más país, la cual, por cierto, no es lo único insípido y vacío que nos ha ofrecido.
    Y es que no cabe duda de que la palabra "España" es en España una palabra incómoda, un auténtico tabú político, lo cual da idea de lo profundo que es el aberrante abismo de estupidez y confusión en que estamos sumidos los españoles desde hace más de cuarenta años, los mismos que llevamos en democracia, esa democracia que es claro y meridiano que hoy se quieren cargar algunos que, casualmente, también quieren cargarse España. Como no viene muy a cuento retrotraerme más allá de los años 70, diré de forma sucinta que fue entonces cuando a la palabra empezó a caerle el tabú que hoy padece, forjado desde la izquierda y el nacionalismo. En aquella época se empezó a imponer la pureza de sangre progresista que ha llegado hasta hoy y que por fortuna parece que cada vez somos más los que empezamos a combatir, y no era nada progre una palabra que tanto había enaltecido el franquismo y que era la losa de opresión que aplastaba las legítimas aspiraciones de independencia de los pueblos vasco y catalán (y algún otro menos escandaloso). Estas cosas las he presenciado, las he vivido y las he practicado, así que sé de qué hablo: decir España era de fachas y se evitaba en las conversaciones y en los medios de comunicación, con sustitutos como "este país", "el Estado", "el Estado español" (cuando no había más remedio que precisar) o el simple adverbio "aquí". Y esto duró y sigue durando; puede que alguno piense que me paso de suspicaz, pero estoy seguro de que se halla detrás de esa estúpida moda de llamar la roja a la selección española de fútbol o a la de baloncesto, o los hispanos a la de balonmano, modas ambas que quizás estén decayendo, lo cual me alegra.
    Casi cuarenta y cuatro años después de morirse Franco, puede constatarse esta curiosidad: aun siendo de todos conocida la importancia del lenguaje en la política, solo los nacionalistas han sido capaces de valorarla y sacar provecho sistemático de ello. En todo debate que les afecte, los nacionalistas son muy celosos de imponer su terminología y sus frases emblemáticas, incluso aunque sean -como ocurre muy a menudo- ficciones emanadas de sus mitologías o puras y sonrojantes mentiras. La razón es muy sencilla: parecen ser muy conscientes de que quien marca el lenguaje marca los límites y referentes del debate, con lo que lo lleva al terreno que le conviene. Un ejemplo muy claro es todo lo que llevo dicho hasta aquí acerca del término "España": si se consigue cargarlo de tantas connotaciones negativas que hasta resulta embarazoso pronunciarlo, haremos que el mundo se trague mejor esa pildorita de que la pobre Euskadi o esos maltratados Paísos Catalans tienen el derecho irrenunciable a independizarse del yugo del abominable infierno español. Así de fácil: la idílica Euskadi o la ideal Catalunya frente a la tenebrosa España: ¿quién puede tener dudas? Otro ejemplo es aquel famoso Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV), pérfido eufemismo bajo el que se esconde el repugnante entramado de organizaciones separatistas al servicio de ETA: los esbirros de unos criminales autoetiquetándose como libertadores, ¿hace falta un ejemplo más claro? Pues bien, da un juego de mayor alcance todavía, ya que lo de famoso lo he dicho por aquella anécdota en la que el propio José María Aznar se refirió a ellos utilizando su vergonzosa denominación-trampa, pero resulta que hay mucho más: mientras escribía este artículo, he descubierto la colosal manipulación que es la página de Wikipedia que enlazo arriba sobre este engendro bélico-político, visitadla si lo queréis comprobar. Y es que, al hablar de las mentiras del nacionalismo, tiras de una y salen enganchadas otras cien: nacionalismo y mentira son consustanciales.
    Amarradas a la neolengua del nacionalismo -que en esto es idéntico a cualquier dictadura, la franquista, sin ir más lejos- muchas palabras son sometidas en ella al particular sentido que les confiere. Son notorias las que pertenecen al campo de la división territorial o administrativa, como ya hemos visto con "país", casi siempre neutra, que Errejón ha usado para no espantar votantes y que sirve también para evitar que algunos fanáticos del separatismo empiecen a echar espuma por la boca por el solo hecho de oír decir España. Antes he mencionado la palabra "Estado", que de antiguo ha sido utilizada para sustituir no solo a "España", sino también a "nación", pues debe tenerse en cuenta que, por sus aspiraciones, los independentistas consideran que sus comunidades son en realidad naciones que están integradas en la española solo por la fuerza. Conclusión: a la hora de referirse a sus relaciones con esa España secuestradora, la mencionan con el término "Estado" (que ofrece además la ventaja de poseer ciertas connotaciones negativas vinculadas con la tiranía) y sus derivados, en frases del tipo: "La Generalitat no permitirá los abusos del Estado", "el Estado debe hacer más inversiones en Euskadi" o "la educación no es una competencia estatal, sino de la Generalitat". Ahora bien, la fórmula política española recibe el nombre de Estado de las Autonomías, con lo que es una falacia (como muchas veces se ha señalado) referirse a las autonomías como si no fueran estado: lo son, pero de ámbito regional, periférico autonómico o como se quiera. Así, en la primera frase, la palabra "Estado" debería sustituirse por "Gobierno" o en todo caso "Gobierno central", pues es el homólogo nacional de "Generalitat", que es autonómico, pero ambos son estatales en el ámbito que les corresponde; en la segunda, valdrían "el Gobierno", "el Gobierno central" o hasta sería admisible "el Estado central", con lo que nos quedaría claro que no se le está reclamando pasta a la parte autonómica del Estado que puede invertirla en la región vasca. En la tercera está claro que hay una contradicción, pues si se atribuye la competencia en educación a la Generalidad, se le está atribuyendo al Estado, pero en su parte autonómica; también valdría pensar que la equivocación está en el uso del término "estatal", en cuyo caso podría tener varios sustitutos, de los que yo me inclinaría por "nacional", aunque ello disgustaría mucho a los que creen en la falsedad de que Cataluña (o Valencia, que también tiene Generalidad) es una nación, cuando es solo una región o una comunidad de España. Quizás resulte un poco largo, pero creo que queda clara una cosa: términos como "Estado" o, en menor medida, "nación" llevamos ya mucho tiempo utilizándolos de manera inapropiada, y deberíamos empezar a acostumbrarnos a no hacerlo, ya que el uso que se ha impuesto es el que los nacionalistas han conseguido implantar con arreglo a sus intereses, cada vez más conflictivos.
    Terminaré volviendo al uso de la palabra "país", pero en otro contexto diferente al ya visto, el de denominaciones tales como País Vasco, País Valenciano o Países Catalanes. Lo mismo que España es una sola nación que no tiene dentro naciones, sino comunidades, es también un solo país que no se compone de países, sino de regiones. ¿Cuántos años me habré pasado en mi vida, al igual que millones de españoles, llamando País Vasco a la comunidad compuesta por Álava, Guipúzcoa y Vizcaya? Muchísimos, así que es una pena que, después de tanto tiempo, las extralimitaciones del nacionalismo y su permanente cerco a la lengua española me lleven a tener que desconfiar de algo que ya no es un nombre inocente y no sé si alguna vez lo fue. Está claro -no me voy a extender en evidencias políticas, históricas, culturales y geográficas ni en reconocimientos internacionales- que esas tres provincias no componen un país, sino una región dentro de un país, España, por lo que lo de País Vasco ya me rechina. Me parecería absurdo, por otra parte, recuperar el apolillado nombre de Provincias Vascongadas, pero tampoco sería muy coherente, después de rechazar "País Vasco", decantarse por "Euskadi", que no es una palabra de la lengua española. En estas circunstancias, ya desde hace algún tiempo, me refiero a esta parte de España con el nombre de Comunidad Vasca, que me parece el único que no lleva cargas indeseables. Lo dicho de "País Vasco" vale también para "País Valenciano", con el agravante de que esta denominación es un invento bastante posterior y un tanto oportunista, que me figuro que procederá de sectores regionalistas o incluso separatistas valencianos, que también existen. No me detendré mucho en "Países Catalanes", pues es una entelequia, una ensoñación de los sectores más fanáticos y delirantes del separatismo catalán, valenciano y balear, a la que veo una viabilidad escasa por no decir nula, para bien primero que nadie de sus propios defensores, porque, conociéndolos, estoy seguro de que tres días después de alcanzado su sueño estarían a puñaladas entre ellos.