lunes, 21 de octubre de 2019

Teléfonos musicales para presidentes radicales

   Es verdad que la política a menudo deriva hacia los senderos más insospechados, pero jamás hubiera imaginado que un día habría de ver un episodio como el actual, con un señor llamando repetidamente por teléfono a otro que no se digna responder. Nadie podrá negar hoy que a Joaquín Torra le ajustarían como un guante estas palabras de Comunicando, una popular canción de 1960:
                                                 Quise decirte que me muero,
                                                 que por tu culpa estoy penando,
                                                 pero no pude, pero no pude,
                                                 porque estabas...
                                                comunicando, comunicando, comunicando.
    En su afán por ayudar siempre a sus semejantes en apuros, el guachimán va a dejar hoy una serie de históricas canciones relacionadas con el teléfono, por si de alguna de ellas pudiera don Joaquín obtener el recurso que le permitiera ¡por fin! que Pedro Sánchez levantara el auricular al otro lado del hilo. Empezaré, por supuesto, con la salerosa Comunicando, pero no en la versión de Arturo Millán, sino en esta tan extraordinaria de las hermanas Serrano, que aún recuerdo con nostalgia:

    Aunque quizás lo que necesite Torra, por la oportunidad y para purgar sus pecados sea esta otra: Call me (1987), de aquella marchosa cantante que se llamaba... ¡Spagna!:

     Pudiera ser también que al Honorable (?), de conocido tono plañidero, le ajustase más Llora el teléfono (1976, aquel gran éxito de Domenico Modugno, quizás el último de su brillante carrera, aunque la canción era de Claude François): 

    La que no le recomendaría es otra titulada también Call me (1980), pero esta, de Blondie. Mezclar la imagen de Torra con la de la sugerente Debbie Harry sería algo así como un sacrilegio.

    Roque Narvaja fue el autor de la bellísima y melancólica Santa Lucía (1981), que versionó Miguel Ríos:

   Es innegable que aquello de "el teléfono es muy frío, tus llamadas son muy pocas" es clavado lo que le está ocurriendo hoy a Torra con Sánchez. ¡Ánimo, Presidente, inténtelo por carta, que también es muy romántico!
     Voy a terminar con una sugestiva rareza: The days of Pearly Spencer, (1967) de David MacWilliams. Esta la pongo porque sí y porque en el vídeo aparece un teléfono:

     Espero que os haya gustado y que esta humilde aportación comunicativa de vuestro amigo el guachimán sirva para desinflamar la turbia relación entre el Honorable (?) Joaquín Torra y el presidente Pedro Sánchez.   
    

viernes, 18 de octubre de 2019

Okupas: instrucciones de uso

   Hace menos de una semana, una vecina de Portugalete llamada Victoria Castro, después de pasar unos días visitando a su hermana, se encontró al regresar a su casa con que esta le había sido arrebatada por unos okupas. Doña Victoria tiene 94 años, pero ni siquiera esta circunstancia sirvió para que los sinvergüenzas que le habían robado su vivienda tuvieran con ella no ya la decencia de devolvérsela, sino tan siquiera la piedad de permitirle que entrara a recoger sus pertenencias: la dejaron en la p _ _ _ calle con lo puesto. Quizás este vídeo en el que aparece una de las okupantes ayude un poco a entender esta conducta. Es la mujer que va de negro y con pantalones y, aunque no se ve bien, en algún momento exhibe un cutter para intimidar a quienes la abordaron. Pulsad aquí:
   Tampoco fue muy piadoso con doña Victoria nuestro sistema judicial, que fijo para el 20 de noviembre la vista para su denuncia por la okupación. ¿Y hasta entonces? Debemos suponer que ese era su problema, siempre le quedaría la p _ _ _ calle, porque su casa estaba en poder de los señores okupas, que, al parecer, en España tienen todo el derecho para apropiarse de las viviendas ajenas. 
   Pero, por suerte, esta película de okupas la han ganado los buenos. Indignados por el aberrante maltrato infligido a doña Victoria por los okupantes y el sistema legal y jurídico, los vecinos de su barrio convocaron una concentración ante su casa para presionar a la gentuza que se la había quedado y consiguieron obligarlos a irse. Aquí tenéis un pequeño vídeo:
    ¿Sabéis lo que hicieron entonces los okupas? ¡Llamar a la policía para que los protegiera en su "abandono del hogar"! Ya lo habéis visto: la diligencia que faltó para proteger los derechos de la propietaria de la casa, brilló fulgurante para arropar a esos cínicos ladrones de un bien que en nuestro país está teóricamente protegido por la Constitución. Animados por este éxito, los concentrados se fueron hacia otras dos casas okupadas desde hacía tiempo para proceder a los correspondientes desalojos, ante lo cual los okupantes optaron por renunciar a su derecho a la okupación y pirarse echando virutas antes de que llegasen y los sacaran de allí a hostias. Y, colorín colorado, estas okupaciones se han acabado. 
     Que la legislación sobre okupaciones en España es demencial y aberrante está fuera de toda discusión, pues, ante el robo de una vivienda (no otra cosa es una okupación), defiende al ladrón, mientras que, a la víctima, no solo la desampara, sino que la pone bajo la amenaza de graves perjuicios si se le ocurre siquiera suspirar contra quienes, por el civilizado expediente de colarse en ella, le han arrebatado su casa y todo derecho sobre esa propiedad hasta tanto la justicia tenga a bien pronunciarse. Difícilmente encontraremos una normativa que produzca mayor rechazo e inquietud en la sociedad que la relativa a las okupaciones, pero ahí siguen los problemas, y no vale argumentar que hay familias sin hogar que recurren a la okupación, porque las familias decentes que están en esas circunstancias o se dirigen a las autoridades o, si se meten en alguna casa, procuran en general no perjudicar a terceros, pero, en todo caso, da lo mismo: los problemas de esas familias deberían resolverlos los poderes públicos, para nada justifican la rapiña de un bien, menos aún, de uno tan costoso y esencial como la vivienda: ¿qué leyes pueden santificar el dar hogar a una familia quitándoselo a otra? Que haya sucedido lo de Portugalete debería avergonzar a jueces y legisladores: no debería quedar en manos de concentraciones ciudadanas la resolución de flagrantes delitos.   
    Porque la okupación es un delito, a no ser que alguien se atreva a negar que lo que sufrió doña Victoria fue un robo, y piénsese que esto les ha pasado en España a miles de personas. Hace algo más de un año, publiqué aquí un artículo en el que me felicitaba por la aprobación de la Ley 5/2018 de 11 de junio, que parecía que iba a resolver estas injusticias, pero, dado que siguen apareciendo casos en los medios y dadas las particulares circunstancias de este de doña Victoria y otros, parece que todavía no es suficiente. Así pues, aunque no va a servir para nada y aun a riesgo de recibir ofrenda de tomates podridos, pepinos pasados y gatos muertos, voy a atreverme a enunciar el que yo creo que debería ser el procedimiento de las autoridades en caso de okupación: 
1.- La figura de la okupación no debería existir. Toda invasión de una casa ajena debería considerarse automáticamente delito de allanamiento o apropiación.
2.- Quienes okupasen/allanasen una vivienda ajena deberían ser desalojados por la fuerza pública de manera inmediata.  
3.- Solo en caso de que unos okupantes exhibieran documentos escritos y fiables que justificasen su derecho a permanecer en la vivienda se exigiría al denunciante exhibir igual documentación a la mayor brevedad. 
4.- Los okupantes desalojados, en caso de situación de necesidad, tendrían ese derecho que siempre se tiene a solicitar ante las autoridades las oportunas ayudas. El asunto pasaría a ser lo que debe ser: una responsabilidad de la Administración o un lío para alguno que pretendiera engañarla, no el grave problema de un desventurado al que le arrebatan su vivienda. 
5.- Dado que la okupación sería un delito, los okupantes deberían hacer frente a las responsabilidades por este acto y por los posibles daños causados en la vivienda okupda. Naturalmente, sería este el momento en el que las autoridades de todo rango deberían valorar las circunstancias, tanto atenuantes o eximentes (como podrían ser los estados de necesidad debidamente probados) como agravantes.
     Lo que evidentemente no puede ser es que te quiten tu casa y sin ella te quedes, o que te tengas que ir a una pensión mientras el señor juez decide y otros duermen en tu cama y ven tu tele, o que tengan que venir los vecinos del barrio a echar a unos maleantes que tienen que ser protegidos por la policía que debería haber empezado por detenerlos. Nada de esto es propio de un país civilizado y sensato.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Torra se caga (3)

   Dije en la anterior entrega de la esperpéntica (por su protagonista) serie Torra se caga que esta amenazaba con ser larga y la cosa parece que se va cumpliendo, pues, una vez más, el (ejem) Honorable Joaquín Torra, presidente actual y número 131 de la Generalidad, nos ha dado una muestra de su valentía de boquilla. ¿Recordáis que el pasado lunes tronaba contra la sentencia del 1-O, hablaba de no sé qué sacrosantos derechos de la sacrosanta Cataluña conculcados y llamaba a la ciudadanía a manifestar su rechazo? Aquí lo tenéis para el que no lo recuerde:

   Pues bien: no había terminado ese día y ya había depositado en el mundo una nueva muestra escatológica de su bravura: después de llamar a los ciudadanos a la revuelta, lanzaba a su policía, es decir, los Mozos de Escuadra, a reprimir a palos las protestas, ¿por qué? Porque le temblaron las piernas ante la posibilidad de que, si no lo hacía, le pidieran cuentas por ese incumplimiento de sus responsabilidades (uno más, pero este, de posibles consecuencias muy graves). Y, por cierto, como todos hemos podido ver, la actuación de los Mozos no careció de contundencia (cosa lógica), una canallada más, teniendo en cuenta cómo explotó el independentismo el argumento de la inexistente violencia policial durante el 1-O.  
    Difícilmente se podrá afinar más en cinismo y cobardía: llamar a la protesta (eso sí, midiendo, como siempre, las palabras para que no se le pudiera acusar) contra la odiosa España, inducir a otros a que efectuasen sus bravatas por él y, finalmente, apalear a sus tontos útiles, por miedo y obediencia a... la odiosa España: ¿quién da más?
     Sucede, no obstante, que esta vez se le ha ido mucho la mano: vale que fanfarronees y luego te escondas, pero es muy fuerte que eso lo hagas liándote a palos literalmente contra quienes te hicieron caso, así que ha causado malestar hasta entre los suyos, que, aunque es cosa probada que no son muy listos -sobre todo, en materia de confianza hacia sus líderes-, no son tan tontos como para llegar al masoquismo. Así pues, el (ejem) Honorable ha tenido que dar explicaciones por esta contradicción (así parecen llamar ahora a la traición) y ya se ha buscado una salida: echarles las culpas a los Mozos, contra los que va a abrir una investigación, o sea, cargar de nuevo contra sus fieles. ¿Le aguantarán esto? ¿Acabará Torra como en las historietas de Mortadelo y Filemón, perseguido a palos por una turba enfurecida Diagonal abajo? ¡Qué final tan apropiado para esta astracanada del prusés!

lunes, 14 de octubre de 2019

Microviolencia

   A través de un amigo, me llega una entrevista a Ángel Puertas, coordinador del Observatorio Cívico de la Violencia Política en Cataluña, entidad que ha emitido un informe sobre el tema, esclarecedor y preocupante, cuya lectura recomiendo a todo aquel que todavía siga creyéndose la fábula de que en Cataluña no existe un problema de violencia: la hubo antes del 1-O (y parte de ella, para llevarlo a cabo) y la ha habido después. Y, desde que se puso en marcha, ha sido siempre creciente (1), más aún: está claro (y ojalá me equivoque), que va a seguir incrementándose, porque el separatismo ya la ha adoptado como un elemento capital de su estrategia, esa estrategia a la que, al contrario de lo que parecen creer demasiados ingenuos en España, no va a renunciar si no se le obliga: la búsqueda obstinada de la independencia a cualquier precio. 
   Me parece interesantísima la entrevista al señor Puertas, y admirables tanto él como las iniciativas en las que está comprometido, pero creo que en ella comete -seguro que de forma inconsciente- un error que debería subsanar: a la hora de referirse a los numerosos actos que están envenenando la convivencia en Cataluña (y que nadie olvide que esto es también envenenarla en España, porque Cataluña es España, por mucho que deliren ciertos fanáticos como Torra, los golpistas del "procés" y similares) utiliza el término "microviolencia", cosa que considero equivocada y favorable a los planes del separatismo.
  El prefijo "micro-" da idea de pequeñez, con lo que, si hablamos de microviolencia, podemos estar transmitiendo implícitamente la idea de que estos actos que a diario están perpetrando los CDR y demás esbirros del secesionismo son en realidad menores y de escasa gravedad. Esto sería un considerable error, primero, porque nunca hay violencia de gravedad escasa; segundo, porque esta violencia, a pesar de ser menor que la que producirían bombas o disparos, no es pequeña, aunque solo sea por su reiteración y extensión; tercero, porque su objetivo -me temo que muy premeditado- es sembrar el miedo y la sumisión entre quienes no piensan como los que la siembran, y eso tiene un alcance mayúsculo. Sería un espejismo dividir la violencia que forma parte de planes políticos megalómanos (como es el caso del "procés") en mayor y menor, ya que lo que suele ocurrir es que lo supuestamente menor es el inicio de lo que acaba siendo desmesurado, lo mismo que los grandes ríos nacen a menudo como pequeños arroyuelos: las palizas a judíos u opositores de los años 30 y los campos de exterminio no fueron una violencia menor y otra mayor, sino fases distintas de la misma violencia monstruosa. Y en España tenemos un ejemplo muy actual: los asesinatos de ETA y la complementaria violencia callejera y de acoso social del aberchalismo, aquella kale borroka cuya finalidad fue exactamente esa siembra de miedo y sumisión de la que hablaba antes. Recuerdo incluso que durante algún tiempo se la llamó violencia de baja intensidad, hasta que alguien se dio cuenta de las perversas implicaciones de esa denominación y dejó de usarse. El nacionalismo parece utilizar siempre los mismos procedimientos, ya sea en Alemania, en la Comunidad Vasca o en Cataluña.  
 A la vista de esto, creo que no debemos llamar microviolencia a la que están imponiendo hoy los CDR y similares y pienso que serían mejores otros términos, como "violencia continua" o "violencia social" o, en según que casos, "violencia callejera", ya que, aparte de no manejar ese rasgo empequeñecedor que hace que parezca menos dañina de lo que es, reflejarían mejor la gravedad de los actos cometidos y de la estrategia a la que obedecen, así como la extensión omnímoda del daño que siembran.

1. Son muchos los artículos en que he tratado este asunto. Aquí os dejo una muestra:
-El fascismo va cada vez más en serio.
-Cataluña batasunizada
-La guerra sucia del independentismo catalán. 2: la violencia.

jueves, 10 de octubre de 2019

Los delitos del "procés" según "El País"

   Veo hoy que "El País", ante la inminente publicación de la sentencia del 1-O, edita un documental titulado Los delitos del "procés", en el que se brinda generosamente a ahorrarnos el esfuerzo de interpretar los hechos por nosotros mismos y nos "adelanta las claves que marcarán una sentencia histórica".
   El documental se compone de cuatro capítulos, pero he visto el primero (Rebelión) y ya he tenido suficiente: se trata de una monumental manipulación de "El País" para inducir a sus lectores a concluir, precisamente, que no hubo tal rebelión. No está en el hecho de que se entreviste a abogados de la defensa pero a nadie de la acusación, ni en que Martín Pallín deslice el enorme sapo de que para el delito de rebelión hacen falta armas (cosa falsa, véase el artículo 472 del Código Penal en este artículo, donde hago además alguna aclaración a propósito del asunto de la violencia, que también se menciona en el vídeo), sino sobre todo en los comentarios de los periodistas (Xavier Vidal Folch, Reyes Rincón, Jesús García y nada menos que la "distanciada" Lola García, de "La Vanguardia"), que son lo más relevante del vídeo y a través de los cuales se nos hace el favor de indicarnos lo que tenemos que pensar. Y en esa tarea, todos hablan de forma netamente sesgada contra la calificación de rebelión, véalo quien lo dude. El colmo llega en el mismo final del vídeo, donde Jesús García, erigiéndose en juez, nos dice: "Quizá un delito de sedición es lo que encajaría en este tipo penal". Aunque lo envuelve entre las oportunas matizaciones destinadas a despistar, lo presenta como la opción indiscutible, pero de manera velada, ya desde la sutileza de respaldar su mensaje con el aura de lo dicho por un experto que ha seguido el juicio. Y ahí precisamente está la clave: cualquiera que lo haya seguido tiene que echarse las manos a la cabeza con este vídeo, ya que lo falsea de forma brutal, aunque era esperable, a la vista de las crónicas que en su momento hicieron sobre todo el proceso los periodistas que aparecen. 
    En otras palabras: lo que "El País" hace en este vídeo es darnos unas claves, sí, pero torcidas y, curiosamente, alineadas con las tesis del Gobierno de Pedro Sánchez. Deberían andarse con ojo, porque, de paso, podría ser que estuvieran haciéndoles el juego a los golpistas, como ocurre en algún que otro pasaje del vídeo. 

sábado, 5 de octubre de 2019

Mientras dure la guerra

  Leo en "El Confidencial" un artículo de Rubén Amón en el que, entre otras cosas a las que concede más atención, se ocupa de Mientras dure la guerra, la película sobre el mítico episodio de Unamuno en el paraninfo de Salamanca en 1936, la cual se despacha en una ejecución sumaria tan desacertada que me hace sospechar seriamente que no la ha visto. El argumento principal para la rotunda descalificación del crítico es la falta de rigor, que encuentra tanto en los retratos que Amenábar hace de Unamuno y Millán Astray como en su relato de aquel famoso acto académico y la intervención en él del gigante del 98. Está en lo cierto Amón cuando afirma que a Millán se le presenta a través de unos trazos gruesos, esperpénticos y superficiales, pero yerra cuando se refiere a Unamuno, a quien la película trata con una complejidad mucho mayor de la que él asegura, y es de esto de donde sale mi firme sospecha de que Amón no ha visto la película, o la ha visto demasiado condicionado por el obvio disgusto que le producía. En cuanto al otro factor, el de la falta de fidelidad a los hechos en la narración de aquel acto, también tiene razón, pues Amenábar se guía por la tradición idealizada y mitificadora que se ha manejado durante décadas, la cual desde hace algún tiempo se viene poniendo en duda. En el artículo Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray, hay una buena exposición de cómo debió de ser en realidad aquel acto, de algunos factores contextuales que ayudan a entenderlo y de la genealogía de la versión mítica que durante años ha cautivado al público. Si lo miráis, veréis ya un gran detalle que desmiente a la película: en esta, después del acto, vemos a Unamuno y Carmen Polo conversando dentro del coche hasta el que la esposa del dictador ha acompañado al gran intelectual para protegerle, cosa que no pudo ocurrir, como demuestra la foto que ilustra el artículo de "El País", en la que se le ve a pocos pasos del vehículo acompañado del obispo Enrique Plá y Deniel, pero sin rastro de Carmen Polo.   
   ¿Sabía esto Amenábar? No me cabe la menor duda, como tampoco me cabe de que tiene que saber que su versión de aquel histórico acto no se ajusta a lo que debió de ocurrir en realidad, o que Millán Astray no era el fantoche que aparece en la película. Y aquí está la clave: Mientras dure la guerra es una película, no un libro de historia, por lo que hemos de concederle, dentro de unos límites entre los que el principal es no retorcer ni falsificar ninguna verdad esencial, el derecho de toda obra artística a manejar recursos expresivos tales como la idealización, la hipérbole, la antítesis, la paradoja (tan unamuniana) o la caricaturización, por mencionar algunos de los que se detectan en esta película. Las obras de arte tienen el privilegio de poder afear, embellecer, achicar, agrandar o metaforizar  las realidades, de poder presentarlas mediante esos procedimientos que las trasponen a un ámbito distinto y, perdóneseme, superior donde ya son otra cosa: puras creaciones estéticas que nada deben a esas realidades ni nada tienen que ver ya con ellas, reflejos que nos descubren aspectos suyos que desconocíamos o representaciones que no les son fieles y sin embargo las retratan mejor que si lo fueran: la verdad de las mentiras de que habla Vargas Llosa. Si perdemos esto de vista al valorar las obras de arte, correremos el riesgo de caer en el juicio ignorante o malintencionado. 
    Analizada teniendo esto en cuenta, Mientras dure la guerra es una muy buena película y no solo no es la pifia superficial que inexplicablemente dicen Amón y algunos otros, sino que además es una encomiable muestra de historia seria y adulta en medio de la desoladora indigencia mental que cada vez se está adueñando más del cine. Empieza por no ser una cómoda hagiografía de Unamuno, ya que no lo trata con benevolencia, sino que saca a la luz bastantes de sus errores y alguna que otra miseria, para nada se queda en eso que dice Amón de retratarlo como un cascarrabias, y es aquí donde, en medio de tanta supuesta inexactitud, sale la primera gran verdad de este conjunto de "mentiras": que Unamuno se equivocó creyendo en el alzamiento y dándole inicialmente su apoyo, porque no tardó en descubrir que era un golpe de Estado que traía más crimen, dolor e injusticia. Y la segunda gran verdad es esta: que quiso enmendar su error y para ello, entre otras cosas, en el acto de Salamanca sin duda dijo algo encaminado a ese propósito y que produjo escozor. Esto es lo esencial; que luego se pretenda contarlo con un intento de averiguar ¡83 años después! sus palabras exactas o se haga escenificando la mítica falsificación de toda la vida es ya secundario: la primera vía habría dado lugar a un documental veraz, realista y seguramente tedioso; la segunda, que es la elegida por Amenábar (un señor que hace películas y no documentales), ha dado lugar a una excelente película igualmente veraz, pero en lo esencial, a través de algunas "mentiras" y bastantes verdades de mucho peso, como la represión desatada en Salamanca en 1936. Y hay una tercera gran verdad, por la que convendría que algunos malvados y/o irresponsables que hoy están metiendo mucha bulla o eludiendo sus deberes en España vieran Mientras dure la guerra: que enconarse en insensateces o no atajarlas suele tener resultados catastróficos. 
   De lo que no cabe duda es de la grandeza de Unamuno y del acierto de quienes urdieron esa romántica fábula de su intervención del 12 de octubre de 1936, pues todo esto siempre ha levantado pasiones y bien se ve que las sigue levantando. En 1977, fui a ver Caudillo, de Basilio Martín Patino. Casualmente, en esta película, también aparece el acto del paraninfo de Salamanca y, cuando se pronunció ese "Venceréis pero no convenceréis...", esas palabras que, sean históricas o no y guste o disguste a quien sea, ya no se podrán borrar de la historia, todo el cine estalló en una estruendosa ovación. Miento: todo el cine menos una persona: el señor que estaba a mi lado (alguien que se equivocó de película), que se puso hecho una furia y la tomó con el que le pillaba más cerca, o sea, vuestro querido guachimán. No acabamos a paraguazos de milagro. Algo vamos avanzando.