sábado, 31 de agosto de 2019

Zoofilia

    Parece poco discutible que atravesamos una época en que las sociedades, particularmente, de los países ricos, han caído en una superficialidad, una frivolidad y un infantilismo que a veces hacen temer seriamente que caminemos hacia una manipulación entontecedora semejante a la que concibió Aldous Huxley en Un mundo feliz, que retrata un futuro en el que la mayoría de la humanidad se compone de personas que han sido preconcebidas artificialmente con limitaciones mentales que les permiten tener solo la capacidad apropiada para su puesto productivo, sin que puedan alcanzar grandes metas en inteligencia, discernimiento, sabiduría, sensibilidad o libre albedrío, virtudes que quedan reservadas para una élite muy minoritaria. La tenebrosa distopía de Huxley -en la que, por cierto, los libros son objetos severamente escondidos y prohibidos- es de 1932, y a veces pienso que, sin necesidad de sus humanos alfa, beta, gamma, etc. inducidos mediante un control artificial de la natalidad, hemos llegado a ella. Uno de los síntomas más evidentes de la inmadurez de nuestros días está en las carteleras de los cines, en las que cada vez escasean más los temas serios y para gente madura y son más hegemónicos los superhéroes, tíos cachas que van en coches imposibles, robots galácticos, fantasías tipo Disney o dibujos animados, es decir, las inconsistencias que en tiempos más serios quedaban para la sesión infantil o los tebeos, los cuales empezaban a estar mal vistos en lectores de más de catorce años. Si nos fijamos en el capítulo de los dibujos animados, comprobaremos que multitud de ellos están protagonizados por animales, y algunos tienen tan buena acogida que generan esas series que ahora se pretende dignificar con el pretencioso nombre de sagas. Y es que en torno a los animales -he de señalarlo, aunque siempre me han gustado mucho-, o, mejor dicho, a la enfermiza relación que nuestras sociedades actuales mantienen con ellos, pueden verse a la perfección y con gran frecuencia inquietantes signos de esta frivolidad cada vez más extendida hoy. Os dejo tres muestras muy actuales. 
1.- Más mascotas que niños
    El problema de la baja natalidad española me preocupa desde hace mucho tiempo, tanto que hasta tengo algunos artículos sobre él (N1, N2) y me produjo cierta indignación el que en unas recientes elecciones los políticos lo sacaran como si fuera de ahora, para luego hacer lo de siempre: manosearlo, explotarlo y olvidarlo. Como podemos ver en un artículo de "El País", lo hemos abandonado tanto que ya hemos llegado al disparate de tener más mascotas que niños. Y es que esta sociedad infantilizada y enfermiza nuestra, por diversos conductos que sería largo analizar, está llevando a que volquemos nuestros afectos sobre animales sobrevalorados y huyamos de tener hijos por la responsabilidad y los sacrificios que representa. Siempre he dicho que pagaremos por ello un precio muy alto en el futuro, o quizás lo estemos empezando a pagar en el presente. Por cierto, si miráis el artículo de "El País", veréis que señala en su titular el problema y luego... ¡está dedicado a las mascotas! Son geniales, los chicos de doña Soledad Gallego. 
2.- La gata desaparece
    Lady vanishes fue el título de una película de Hitchcock que aquí se tituló La dama desaparece y que está teniendo en la actualidad una versión acorde con el desquiciamiento animalista de nuestros días, que podríamos titular La gata desaparece, ya que se trata de Choupette, la gata a la que su amo, Karl Lagerfeld, convirtió en una auténtica dama favoreciéndola con una sustancial fortuna y en torno a la cual parece ser que se ha montado un follón en Instagram, donde el bicho tiene ¡286.000 seguidores!, ¿de qué vamos? El modista padecía, está claro, una colosal estupidez en lo relativo a su mascota, lo que nos lleva inevitablemente a preguntarnos por la decencia de que un gato viva a pleno lujo y reciba una suculenta herencia en un mundo donde millones de humanos padecen la miseria, pero parece ser que la estupidez de Lagerfeld era contagiosa con alcance universal, si nos fijamos en el delirio de que la gatita sea un icono en las redes y blanco de la atención de la prensa rosa. Naturalmente, detrás de esto habrá unos cuantos vividores que estarán encantados. 
3.- ¿# Me Too gallináceo?
   Y aquí viene otra: nadie puede discutir que, en cuanto suena la palabra "delirio", ahí aparecen en primera fila los veganos. Un colectivo llamado Alma Vegana ha creado un refugio para animales para protegerlos en "un régimen de exclavitud". Es una granja "antiespecista, transfeminista, libertaria y ecologista" y tiene a las gallinas separadas de los gallos para que estos, de conocidas convicciones heteropatriarcales, no las violen. Ninguno de los disparates dichos hasta aquí es invención del guachimán, pero, si queréis conocer el límite del despropósito de esta propuesta, tendréis que leer el artículo que he enlazado, ya que la sucesión de barbaridades es imposible de resumir, pero por fuerza he de destacar esta, que dice al final del segundo vídeo con ridícula convicción una de la almas veganas: comer animales es fascista. ¡Ahí queda eso! El argumentario de esa menestra caótica que es la izquierda de hoy en día ha quedado reducido a que todo lo que hacen los demás es fascista, y me temo que acabará siendo fascista hasta respirar, ¿o es que acaso no respiraba Franco? Llamo también la atención sobre el hecho de que, cuando un vegano o quien sea se declara antiespecista, está proponiendo exactamente la igualdad entre todas las especies animales, o sea, que sean lo mismo una vaca, un ornitorrinco, un salmonete o una cochinilla que tú, querido lector, yo, o -lo que ya es peor- la entrañable gatita del difunto Karl Lagerfeld. Esto es lo que hay.   

lunes, 12 de agosto de 2019

Parecidos totalitarios razonables: Torra - Putin

   Salía ayer en todos los medios (incluida La Vanguardia) la noticia de que Vladimir Putin, ese modelo mundial de líder democrático, era muy aficionado a las motos, hasta el punto que se había ido de juerguecilla en plan Hell rider con algunos moteros amigos suyos, como podéis ver en esta imagen:
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    Leo hoy en El confidencial un artículo titulado Motards, las milicias de Torra: "Haremos lo que sea por implantar la república", en el que se habla de lo que fácilmente se puede imaginar y Quim Torra aparece rodeado de unos moteros bastante patéticos (como él) y fanáticos (como él), que amenazan con llevar hasta las últimas consecuencias su quimérico empeño en pos de la república catalana (¡como él!). Leed el artículo que enlazo, donde están sus planteamientos y sus hazañas, y ya me diréis si encontráis diferencias entre esta banda y cualquiera de las milicias fascistas que andan por el mundo. Aquí los tenéis arropando al Torra.
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   Si de por sí es bastante repulsivo que un ¿presidente? autonómico se rodee de personas con los planteamientos de esos motadrs de Torra (aunque no es ni de lejos la primera vez que este señor azuza las conductas más incendiarias), ya es dolorosamente significativo que el líder mundial con el que comparte esta exhibicionista afición sea nada menos que Putin. ¿Quiere Torra acabar siendo el Putin de Cataluña? Pues que no les pase nada a los separatistas con lo que se están buscando, menos mal que España es un estado de derecho y se le pararán los pies. ¿Qué cara se les habrá quedado a los genios de La Vanguardia cuando hayan visto hoy a su Torra rodeado de moteros después de que ellos sacaran a Putin no hace ni 24 horas montando un numerito parecido?

domingo, 11 de agosto de 2019

Midsommar

   A pesar de lo que me gusta el cine, hace ya casi cinco años que escribí el anterior artículo sobre una película, la muy prescindible El último superviviente, y casi nueve desde Mis diez mejores películas de terror, artículo que cito porque la cinta de la que voy a hablar hoy, Midsommar, de Ari Aster, es también de ese género.
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   La película no es desconocida, aunque solo sea por el afortunado y sugerente cartel que reproduzco aquí arriba y que, al menos en Madrid, hemos visto en decenas de anuncios en el metro o en la calle, y digo lo de sugerente porque ¿quién no va a sentir curiosidad por ir a ver la película para enterarse de lo que le pasa a esa pobre chica, de qué hay detrás de la antítesis manifestada por la guirnalda de flores y el rostro lloroso? Como reclamo, es un gran acierto.
   Aunque hay voces discrepantes, Midsommar ha obtenido en general críticas favorables, a las que me uno. Es una historia de terror muy desasosegante y atípica: no esperéis sustos ni entes diabólicos, y olvidaos de las habituales escenificaciones tenebrosas o sombrías, pues en esta película casi todo ocurre a la luz del día, como se sugiere, de nuevo con sutileza y acierto, en el cartel. Y en esta luminosidad está para mi gusto otro de sus méritos: unas bellísimas imágenes, a veces de paisajes, a veces de grupos de personas, pues es una trama muy coral. Y, aun con toda esa luz, es bastante aterradora, pero advierto para los enemigos de los metrajes largos (dura 145 minutos) que el horror se va dosificando in crescendo conforme se despliega la historia. Y no digo más, pues, como ya sabéis, de las películas que recomiendo, prefiero contar lo menos posible.