domingo, 14 de octubre de 2018

Praxis educativa. 24: sobre las expulsiones

   Publicaba ayer "El Mundo" un artículo titulado Premio o castigo que se ocupa del asunto de las expulsiones escolares, concretamente, de esas que suponen la prohibición temporal de acudir al centro para el alumno sancionado. Antes de entrar en materia, quisiera hacer explícito mi aplauso para la autora, Berta García de Vega, pues, aunque parece claro que es partidaria de la tesis de que la expulsión temporal es una medida estéril, su artículo da un tratamiento muy razonable a las posturas contrarias. Este inciso no es en absoluto una superficial concesión a la cortesía, sino que representa una valoración positiva de lo que a mi juicio es el buen periodismo, que tiene sin excusa que ser independiente. A lo que me tienen acostumbrado el noventa y nueve por ciento de las producciones sobre educación que me encuentro en los medios informativos es a un servil y acrítico sometimiento a la tesis más innovadora, más progresista, más guay, menos tradicional y por tanto menos facha y represiva, que, tanto si es razonable como disparatada, jalean con vuelo de campanas mientras ridiculizan (en el caso de que las mencionen) las posturas contrarias. En lo que a estas últimas se refiere, la más venenosa y para nada inhabitual artimaña consiste en citar a alguno de sus defensores y, a renglón seguido de lo que dice, descalificarlo con alguna observación (siempre tan fulminante como sesgada y malintencionada) sobre la que no se le advirtió y a la que no se le da opción a replicar. ¿Cuántas veces le habrá ocurrido esto a Alberto Royo? ¿En cuántas celadas similares se habrá visto envuelto? Por suerte para él, en este artículo se le cita como inequívoco defensor de las ventajas de la expulsión sin someterle luego a la puñalada traicionera de una palabrita bien untada de anatema, tipo "facha", "tradicional", "anticuado", "inmovilista", "franquista" o cualquier otra sacada del arsenal de los periodistas a sueldo de la corrección política. Y es que, como ya digo, el artículo de la señora García de Vega presenta las posturas de unos y otros con sus ventajas e inconvenientes y sin la parcialidad ofensiva que tanto lamento, lo que es muy de agradecer, dado el sectarismo que hoy en día se está cargando el periodismo español.  
¿Expulsiones sí o no?
   Entrando ahora sí en materia, lo que como el título hace evidente se dirime en el artículo es si las expulsiones son o no positivas. La tesis que se defiende es la de que no lo son, para lo cual se recurre a una serie de argumentos que, a quienes nos hemos visto muy a menudo envueltos en la decisión de expulsar o no a un alumno, son casi todos conocidos. Los principales son estos: que no es una medida educativa, que es desmesurada y que en realidad solo supone concederles a los sancionados unos días de vacaciones. A ellos se añaden estos otros, algunos de los cuales, me resultan novedosos: que hay que tener en cuenta que, por diversas razones sociofamiliares, la expulsión supondrá que a veces esos niños van a estar solos en casa el tiempo que dure la sanción, que se les aboca a la contradicción de mandarlos a casa acompañados de unas tareas para el tiempo que estén expulsados cuando en general son alumnos que no las hacen ni cuando están en el centro y que, como expulsarlos es mandarlos a la calle, hacerlo equivale a empujarlos al inicio precoz en el consumo de drogas.
    Por contra, quienes defiendes la expulsión, aducen que estas cuestiones no les competen, ya que   los alumnos van al centro a instruirse y no a que se ocupen de sus problemas, y presentan los argumentos de que ayuda al sancionado a entender que incumplir las reglas tiene sus consecuencias (y, por tanto, a conocer una cosa que se llama responsabilidad) y de que sirve para proteger a los alumnos que sí quieren estudiar.
Cuando se dan las condiciones, expulsar es muy benéfico (esta es mi opinión)
    Se dice al principio del artículo que los alumnos problemáticos lo son "hasta que llega un profesor que los pone en la calle definitivamente".  También se dice esto otro: que los profesores "solo expulsan alumnos cuando no queda otro remedio. Al cuarto parte de disciplina en muchos casos. Pero, a estas alturas del curso, ya habrá alumnos que acumulen más de uno: porque no paren de hablar, porque jamás hagan los deberes, porque falten al respeto a sus compañeros y al profesor..." Supongo que a los docentes que hayáis leído esto que va ente comillas, como mínimo, se os habrá dibujado una sonrisa irónica, por lo que creo muy necesario hacer unas precisiones en torno a estas dos cosas, pues sientan unas premisas que dan una imagen muy falsa de lo que ocurre hoy con las expulsiones y, por tanto, pueden inducir a valorar erróneamente lo que se está haciendo con ellas y para qué sirven. En primer lugar -y hablo, como es pertinente, de lo que ocurre en España-, desde hace ya mucho, un profesor no tiene potestad para poner en la calle a ningún alumno, sino que eso es algo que corresponde a otros órganos y se hace siguiendo unos protocolos muy precisos, y conviene que añada además -ya que soy muy amigo de contar las cosas como son en realidad, y no en teoría- que la aplicación de esos mecanismos suele ponerse en marcha cuando el interfecto ha sobrepasado ya de muy largo las razones para actuar contra él. En segundo lugar y muy relacionado con esto, eso del cuarto parte de disciplina y lo de no parar de hablar y tal es un retrato absolutamente idílico: por esas cosas hoy en día no se expulsa a ningún alumno: tal medida solo se lleva a efecto cuando las motivaciones son tan graves que no hacerlo rayaría en la insensatez o en la grave ofensa a los afectados. Es imprescindible partir de una base: en la actualidad, cuando se expulsa a un alumno, es sin duda porque ha dado motivos más que sobrados, y se hace con un respeto a sus derechos más que sobrado también.
    Entrando en las razones que se aducen en contra de la expulsión, lo de que no tiene ningún valor educativo me he hartado de oírlo, siempre en boca de esos orientadores o directivos que, entre otras cosas, por no tener que sufrirlos, se permiten el lujo de defender a alumnos autores de graves faltas e incluso la hipócrita grosería de sentirse moralmente superiores por ello. Aprovecho para salir al paso de algo que alguien dice en el artículo: que hacen falta más orientadores. Estoy convencido de que en este asunto no mejorarían nada, pero el tema de los orientadores daría para otro artículo. Resulta cómico el hecho de que ese mismo argumento de la falta de valor educativo se lo he oído también a algunos padres de tales retoños, cuando han venido a la desesperada a intentar evitar la expulsión. Como tutor y jefe de estudios, he tratado con bastantes de estos padres, y diré que muchos de ellos eran unos auténticos jetas resabiados que pretendían engañarme manipulando esa retórica del buenismo pedagogista que habían conseguido aprenderse a base de reuniones y reuniones mantenidas durante años por culpa del mal comportamiento de sus hijos, mal comportamiento del que en general ellos eran responsables en gran parte. Todo esto da idea de con quién se alinean y el acierto que tienen los profesores que defienden a esos chicos con esa misma cantinela. Es absolutamente falso que la expulsión no tenga valor educativo, pues lo tiene, y mucho, porque, cuando un chico comete una falta grave y ve que por ello se le sanciona (pues que te echen del instituto es siempre un castigo, por razones que ya iremos viendo) aprende algo tan fundamental como esto: que quien la hace la paga, es decir, la lección número uno del código de la responsabilidad. Que haya incluso educadores que sostengan que esto no es educativo da idea de lo extendida que está la charlatanería en el mundo de la enseñanza. Algunos que van de alambicados filósofos aducen que eso es conductismo y que el conductismo es probadamente ineficaz, pero, creedme lo que os digo: los chicos, que no suelen ser tan profundos y complejos, entienden muy bien el mensaje y vuelven de las expulsiones bastante apaciguados.
     Con esto queda también en parte respondido eso otro de que los días de expulsión, en realidad, son unos días de vacaciones. Sorprende ver este argumento en boca de adultos e incluso de expertos educativos, pues los sitúa en un nivel de pueril ingenuidad, ya que es la bravata con la que muy a menudo se defienden los alumnos problemáticos cuando ven inminente la expulsión: "¡Pues que me expulsen, no te j _ _ _! Mejor, una semanita de vacaciones".  Ja - ja. En primer lugar, el mero hecho de la expulsión escuece mucho a su receptor, pues representa una bajada de humos, más aún si se trata de uno de esos individuos -que, por desgracia, nuestro actual sistema fomenta- que se regodean en sus gamberradas y se jactan de ser intocables, de que en el instituto les teme hasta el director. En segundo lugar, el alejamiento del centro y de sus coleguillas es de por sí un castigo, y bastante duro. Algunos de los que hablan de la enseñanza, o la desconocen por completo o lo aparentan. Para lo que viene a este caso, quienes afirman que expulsar a un alumno es premiarle parecen creer que los gamberros que muy a menudo son los destinatarios de las expulsiones están a disgusto en el instituto, cuando es todo lo contrario: ellos están encantados de ir a clase, como lo probaría el solo hecho de que muchas veces, cuando se expulsa a alguno, uno de los calvarios que le caen al centro es echarlos del patio, porque se saltan la valla para colarse. En tan acogedora institución como son los centros escolares de hoy, los gamberros se lo pasan en grande: pueden divertirse en los recreos, en las clases y en los pasillos, estar con los amigotes, dinamitar las clases (esto les encanta), ligar o intentarlo, intimidar a la gente de bien, gallear, vacilarles a los profesores o faltarles al respeto... Y todo esto, naturalmente, sin tener que trabajar apenas. Así pues, sacarlos de esa fiesta durante unos días es hacerles una terrible faena. Por último, está el hecho de la recepción en casa, porque hay padres que, ya desde la primera expulsión, se la toman muy a mal y se encargan de que sus hijos la lamenten con el fin de enmendarlos. Con estos padres las cosas van bien, pero hay otros a los que parece darles igual; ahora bien, contra lo que se pueda pensar, es con estos con los que la expulsión surte efectos más positivos. Os parecerá un poco cínico lo que voy a decir, pero, en mi época de jefe de estudios, tropecé con algunos de estos padres y, dado que mi deber era proteger la armonía en el centro, lo que hacía era "trasladarles el problema" a ellos y, tan pronto como sus hijos se hacían acreedores de una expulsión, la ponía en marcha. ¿Qué sucedía? Que a la segunda o como mucho la tercera, comprobaban en sus propias carnes la impertinencia de sus hijos, recapacitaban sobre las ventajas de que se los tuviéramos en el "cole" y, haciendo uso de esos mecanismos de persuasión que todo buen padre debe poseer, nos los devolvían ya bien aleccionados y convencidos de que había que ser buenos chicos. Fijaos en los logros: la paz escolar, el que un alumno aprendiera a comportarse y el que unos padres aprendieran a controlar a sus hijos: ¿puede pedirse mayor eficacia educativa? Con todo esto puede muy bien verse que las expulsiones no son ningún regalo.
    Lo de que son una medida desmesurada se responde con facilidad: ¿desmesurada con respecto a qué? Ya he dicho que hoy en día no se expulsa con facilidad y ahora os voy a exponer las causas de algunas de las expulsiones que he visto: robar un móvil, asociarse para hacer permanentemente imposibles algunas clases, intimidar y/o agredir a compañeros, subir a la red la filmación de una paliza, tener aterrorizados a los compañeros, estar durante un largo periodo robando cosas de las carteras de los compañeros, llamar hijo de puta a un profesor, romper a propósito un lavabo o un espejo... ¿Es desmesurado expulsar por esto? Pues bien, aún puedo añadir algo más: que lo normal es que los expulsados no lo sean por una sola cosa, sino por una reiteración de acciones a lo largo incluso de meses, acciones que a veces son tan graves como las que he enumerado o casi. Sostener que la expulsión es una medida desmesurada solo puede obedecer a un absoluto desconocimiento de la escuela o a un fariseísmo vomitivo.
    Están después los tres argumentos que he citado en último lugar. Lo de abocar al expulsado a la drogadicción me parece un auténtico disparate, pero en la escuela ya estamos acostumbrados a que se nos pida lo que no está en nuestra mano o se nos acuse de lo que no hacemos. Vincular expulsiones con caídas en la droga es una incongruencia que no merece ni ser contestada. Algo parecido sucede con lo de abocar a los expulsados hijos de divorciados o de padres que trabajan ambos a quedarse solos en casa: cuando un centro expulsa a un alumno, está realizando un acto que forma parte de sus potestades, que es educativo y se realiza en beneficio de la vida escolar: lo que pase en casa del alumno ya está fuera de su responsabilidad. Mayor reflexión merece la paradoja de expulsar con deberes a chicos que, en un alto porcentaje no suelen hacerlos, pero eso los centros no lo hacen por capricho, sino porque la ley lo impone, y es una imposición sumamente razonable, ya que obedece a dos fines muy serios: que el expulsado tenga ocupación y que no se desvincule de los programas educativos.
    ¡Cuántas veces, cuando le he dado a un tutor trabajo para un expulsado, lo he hecho sabiendo que no iba a hacerlo! ¡Cuántas veces habré comentado u oído a compañeros comentar la inutilidad de ese acto! Y siempre hemos convenido en que, aun así, había que hacerlo, porque obedecía a una lógica aplastante. Pero es que además hay otra cosa: que muchos seamos partidarios de expulsar cuando conviene no quiere decir que rechacemos otras medidas. La más inmediata es el diálogo, ya sea con el alumno o con sus padres, y yo soy muy partidario de ella y la he practicado cientos de veces, pero ¿de verdad hay alguien que crea que se expulsa a un solo alumno sin haber dialogado -y mucho- antes con él o con sus padres? Incluso en esas expulsiones que son respuesta a un acto flagrante como un robo o una agresión grave, hay un trámite que lleva aparejado el diálogo con el sancionado y sus padres. Luego están algunas medidas relacionadas con la tarea y que se mencionan en el artículo y que serían, seguro, utilísimas, como el trabajo social o lo que en el texto se denomina aulas de convivencia y, dado el tema que nos ocupa y si no queremos ser hipócritas, deberíamos llamar aulas de sancionados o algo parecido. En cuanto a la primera, no hace falta señalar que, para llevarla a cabo, es imprescindible la implicación de los ayuntamientos y de la segunda, que se realiza en los centros, diré que sobre el papel puede estar bien, pero es una medida que he visto aplicar en la práctica y acabar convirtiéndose en una feria, en un vergonzoso simulacro de sanción mediante el que equipos directivos inoperantes se quitan de encima la para ellos antipática responsabilidad de expulsar.
Por qué son benéficas las expulsiones
   Una de las profesoras que intervienen en el artículo hace mención de un factor importantísimo:  que la mayoría de las expulsiones recaen sobre alumnos que ya desde cursos muy tempranos empiezan a ser problemáticos por una razón muy sencilla: lo que se dice en el aula no les interesa. Da pie con ello a señalar una gran verdad: que si la oferta educativa estuviese más diversificada y diversificada desde antes, podrían integrarse en ramas de estudio que les resultasen más atractivas y dejarían con ello de ser problemáticos. Esto es en general cierto y nos lleva a la conclusión de que parte de los alumnos que acaban entrando en el laberinto de las expulsiones son víctimas del sistema, pero tampoco conviene que nos llamemos a engaño, porque he tratado con alumnos de cursos que abarcaban un arco entre los doce y los veinte años, de niveles obligatorios y no obligatorios y con un espectro muy amplio de oferta y puedo decir que muchos chicos se portan mal aun estando en los cursos más apropiados. El problema del mal comportamiento es muy complejo y excede a cualquier organigrama educativo, por lo cual, siempre serán necesarios recursos para hacerle frente, y la expulsión es uno muy útil.
   He hablado ya de los beneficios que aporta al propio expulsado en el sentido de que le ayuda a entender que las normas hay que cumplirlas, a hacerse más responsable y a situarse mejor en el marco formativo y humano que es esa escuela de la que tantos beneficios puede sacar, y creo que ahora toca cambiar el enfoque. Generalmente, cuando en los medios de comunicación se habla sobre este asunto, se suele focalizar sobre la figura del expulsado y ello es debido a que las voces que suenan son las de expertos, pedagogos, psicólogos, orientadores, padres o los propios informadores, las cuales, aunque hay de todo, suelen lamentar samaritanamente el triste destino del pobrecito alumno al que se expulsa, esa víctima incomprendida a la que se destierra total por cosillas como tener aterrorizada a una compañera, haber robado seis móviles o hacer imposible la clase de matemáticas. Faltan en este reparto dos actores: los alumnos y los profesores. No puedo hablar por los primeros, pero sí por los segundos y es significativo que en el artículo las dos únicas personas que se han acordado del centro o de los compañeros sean dos profesores: el británico Tom Bennet y Alberto Royo, y ambos para decir lo que yo pienso: que probablemente el mayor beneficio que aporten las expulsiones es que alejan temporalmente del centro a personajes que se han portado como auténticos indeseables. Quienes contemplamos la escuela desde dentro tenemos muy claro que, a la hora de elegir entre treinta alumnos que no se meten con nadie y un alborotador que lo pone todo patas arriba, nos quedamos con los primeros, como también pospondremos al alborotador cuando sus ardores vayan dirigidos contra un profesor que lo que hace es cumplir con su trabajo.
    Resulta muy fácil pontificar y rasgarse las vestiduras contra esas almas de pedernal que defienden la expulsión de ese pobrecillo que no se merece tal tormento, pero yo he conocido muchos casos de expulsión y voy terminar refiriendo algunos, a ver qué os parecen. Usaré nombres falsos, por supuesto. 
     1.- Scarlett. Cuando aún estaba en EGB, tuve en un centro una alumna que empezó sin destacar demasiado, pero a las pocas semanas del comienzo de curso empezó a verse envuelta en peleas cada vez más frecuentes. Todas con chicos, a los que solía vapulear, porque las chicas le tenían auténtico pavor. Muy pronto pasó a hacer imposible la clase de Lengua y prácticamente imposibles casi todas las demás, con alborotos y continuas faltas de respeto a los profesores. La guinda la puso cuando la tomó con una de sus compañeras a la que perseguía, amenazaba y agredió en alguna ocasión: la tenía aterrorizada. A lo largo de dos cursos, a Scarlett tuvimos que expulsarla en múltiples ocasiones.
     2.- Brad. A este alumno lo tuve siendo tutor de un segundo de ESO.  En el curso anterior, había tenido tan aterrorizados a sus compañeros que en mis primeras semanas recibí la visita de varios padres para ponerme al corriente de la situación y pedirme que protegiera a sus hijos. Una madre me llegó a enseñar un certificado médico sobre las secuelas que estaba padeciendo su hijo. Brad era un alumno terriblemente violento que empezó hasta encarándose conmigo e intentando intimidarme (mido 1'80) y, a decir verdad, solo yo y otro profesor fuimos capaces de mantenerlo a raya. Me enorgullezco de haber sido muy firme con él y no haber permitido la actitud contemplativa de la dirección, gracias a lo cual, a Brad se le expulsó muchas veces, es decir, fueron muchos los días que sus compañeros no tuvieron que padecerlo, y digo lo de que me enorgullezco porque tendríais que haber visto las caras de satisfacción y alivio de esos chicos cuando vieron que yo le paraba los pies a Brad, y porque, todavía años después de ese curso, había padres que se cruzaban conmigo y me lo agradecían. Ese año tuve en otro grupo de segundo a George, un chico que se negaba en clase a tan siquiera coger un bolígrafo. Naturalmente, yo no se lo permití. A principios del tercer trimestre, las cosas se pusieron muy mal con ambos en las otras asignaturas; además de eso, un día a George se le ocurrió decirme a mí también que no iba a hacer nada. El incidente acabó en el pasillo, donde, cuando estábamos separados unos metros, me dijo: "Chúpamela"; me lancé enfurecido a por él y salió corriendo como un galgo. Los dos últimos meses del curso, estos dos alumnos se los pasaron aislados del resto y con una profesora especialmente asignada para ellos.
     3.- Leonardo. Este chico de tercero de ESO tenía tres vicios: reventar las clases, faltarles al respeto a los profesores y robar. Le llevaron a una larga serie de expulsiones. Al final del curso, ya escarmentado, entraba a las clases muy mansito. 
     4.- Gary. Fui su profesor cuando hacía segundo de ESO en un instituto. Dos años después, llegué a otro centro y me lo encontré allí haciendo tercero (había repetido segundo). Era el permanente agitador a escondidas que tenía desesperados a compañeros y profesores. Suspendía siempre todas las asignaturas. Solo recuerdo en los dos años una expulsión: una vez que se le ocurrió lanzar un balón a propósito contra un fluorescente, que se rompió, lógicamente. Su padre acudió al centro con la pretensión de denunciarlo por tener los fluorescentes mal protegidos, con el consiguiente riesgo de que su hijo hubiera sufrido un percance cuando rompió aquel de un balonazo. Que este chico solo sufriera una expulsión en esos dos años demuestra lo mucho que hace falta para que te expulsen.     
     5.- Denzel. Con veintitrés años, este alumno estaba haciendo 1º de Bachillerato en un nocturno y pertenecía a un grupito de otros semejantes a él que hacían cosas como enjaularse en los huecos de las ventanas o boicotear las clases. Algunos de sus compañeros, gente adulta, manifestaron su queja, pero solo se le expulsó cuando llenó un examen de frases amenazantes contra una profesora a la que, en un primer momento, tuvo la osadía de denunciar ante la inspección por unas razones sin fundamento.
           ¿Qué me decís? ¿Os hubiera gustado que vuestros hijos hubieran tenido que aguantar a compañeros así? ¿Se ganó algo con expulsarlos?
     

viernes, 5 de octubre de 2018

Patio 23 de febrero

   23 de febrero de 1981, naturalmente. ¿Os imagináis que en 1982, o incluso en 1992 u hoy mismo, a algún director fanático, franquista e imbécil, secundado por un consejo escolar del mismo pelaje, se le hubiera ocurrido la genialidad de poner en el patio de su centro unas placas con esa denominación? Entiendo que vuestra imaginación, por fértil que sea, no llegue a esas estratosferas de surrealismo. Lo que sí está claro es que, de haberse producido un hecho así, cualquier gobierno lo habría atajado de forma contundente. 
   Pues bien: haciendo bueno el dicho aquel de que la realidad supera a la ficción, en el instituto "Narcís Oller" de Valls (Tarragona) han tenido la democrática ocurrencia de bautizar a uno de sus patios con el nombre de Pati U d'Octubre (aquí podéis ver la placa). Haciendo una vez más alarde del insultante cinismo que guía a los partícipes del golpe separatista, los directivos del centro y demás responsables de esta provocación la justifican con argumentos como los siguientes:
   -Es un reconocimiento a todas las personas que hicieron posible el referéndum de autodeterminación de Cataluña.
         -Es una manera de no olvidar los valores democráticos y de pacifismo que fomenta el centro.
     -Da respuesta a la represión mediática, policial y judicial que están padeciendo profesores y centros educativos.
     ¿Cuál ha sido la respuesta del Gobierno ante la apología del golpismo y la grave descalificación  de nuestro sistema democrático que representan este bautizo, esa sarta de mentiras calumniosas y esas motivaciones? A la ministra de Educación solo se le ha ocurrido esta: decir que no le parece un nombre adecuado y sugerir que se ponga otro. 
   Vuelvo al principio del artículo: lo mismo que sería inadmisible que ningún centro se despachase haciéndole homenajes al intento de golpe de estado del 23-F, es inadmisible este homenaje que el instituto "Narcís Oller" le ha hecho al intento de golpe de Estado del 1-O, agravándolo además con esas motivaciones, que son, además de cínicas, insultantes para España y sus ciudadanos. No me cabe duda de que, si alguien se hubiera atrevido a hacer esto con el 23-F, no se le habría permitido y los responsables habrían sido sancionados de forma tan merecida como fulminante, así que no entiendo por qué no se actúa de este modo con el "Narcís Oller", que, para más inri, es un centro público, aunque daría igual si fuera privado. Cada minuto que pase sin que, como mínimo, se expediente y se retire de su puesto al director de ese instituto arañará un poquito más la ya menguada credibilidad del actual Gobierno.
    Pedro Sánchez no es que nos tenga contentos con su permisiva actuación ante la amenaza del separatismo, y, en cuanto a su ministra de Educación, ya cometió una grave negligencia cuando descalificó y ninguneó un informe de la inspección educativa que dejaba constancia escrita de los gravísimos abusos que la Generalidad lleva años cometiendo en el ámbito de la educación, así que anda bastante justita de crédito, si es que le queda alguno. ¿Es una política inteligente el responder con indulgencia a todas las extralimitaciones del independentismo? ¿Va a aportar avances en la solución de tan grave problema? Tengo serias dudas de ambas cosas y, concretamente en el ámbito de la educación, donde los abusos y el adoctrinamiento son escandalosos, el Gobierno debería mostrar una firmeza absoluta, una firmeza que se echa en falta ya desde hace mucho tiempo.

martes, 2 de octubre de 2018

A ver cómo maquillan esto

     El actual presidente de la Generalidad, ante una audiencia de radicales partidarios de la violencia callejera, les animaba hace un par de días a presionar, es de suponer  que de la única manera que ellos saben:
Torra en un mitin el 30 de septiembre
      Y por si alguien no se cree eso de que la CUP y los CDR solo saben presionar con violencia, dejo aquí unos ejemplos:
       Acoso y agresión a personas que querían ejercer su derecho a manifestarse:
Manifestación de Jusapol el 29 de septiembre en Barcelona
    Acoso y agresión a un periodista que quería ejercer su derecho a informar:
Manifestantes acosan a Cake Minuesa el 1 de octubre
     Y el Gobierno, ¿qué dice? Oigamos al "cuñao" mayor del reino:
El ministro de Fomento se pronuncia sobre las incitaciones de Torra
   No dejaré de proclamarlo: José Luis Ábalos pasará a la historia como el mayor representante del cuñadismo en la política española. ¡Qué verbo!  ¡Qué lenguaje gestual!  ¡Qué autosuficiencia más convincente!  ¡Qué estilazo!  
   Ábalos no debería tomarnos por tontos a los ciudadanos. Solo porque él ponga cara de "cuñao" sabelotodo que nos descubre que las palabras de Torra no tienen importancia, no nos vamos a tragar esa píldora. También ha dicho que al Gobierno le "importan las acciones, más allá de los discursos". ¿Nos quiere convencer acaso de que las palabras nunca son acciones o no pueden ser tan peligrosas como las acciones? Pues debería saber que en muchos delitos, tales como la calumnia, la incitación o la apología de depende qué cosas, lo que se penaliza es la palabra; debería conocer el poder destructivo de las simples palabras de líderes como Hitler o algunos predicadores de ciertas mezquitas. Si el Gobierno quiere mirar para otro lado con respecto a su interlocutor Torra, que no se escude en esa niñería de que "son solo palabras", porque las de Torra son tan dañinas e incendiarias como sus actos, así que tampoco en esto nos puede engañar. Cuando uno oye estas cosas, se pregunta si el Gobierno y Ábalos no ven los gravísimos sucesos que están ocurriendo en Cataluña, e increíblemente parece que no los ven, a juzgar por estas otras palabras del artículo que os he enlazado: 
    Para el Gobierno, el 1-O es una fecha "para la concordia, el diálogo, la convivencia", que desea que se desenvuelva en un clima de "normalidad".
      No doy crédito, ya solo con mirar los vídeos de este mismo artículo, que no son más que una ínfima parte de lo que está sucediendo en Cataluña y que quizás dentro de unas horas ya nos parezcan pequeñeces, basta para entender que hace falta estar muy ciego o ser muy cínico para pronunciarse así. Si, con las cosas que están pasando en los últimos tiempos, el Gobierno creía esas palabras hace unas horas, debería irse por incapaz, y, si no se las creía, debería irse por mentiroso. Si se las sigue creyendo ahora mismo (a la 1:27 del 2 de octubre de 2018), con las cosas que han pasado en las últimas horas y que mañana veremos en todos los medios, entonces es que ya no merece el menor crédito. ¿Con qué cara nos contarán sus monsergas sobre el diálogo y nos dirán mañana la portavoz o el señor Ábalos que Torra es un tío sostenible?  ¿Qué pensarán hacer?




lunes, 24 de septiembre de 2018

¿Ministro de Fomento o "cuñao"?

   Sé perfectamente que en todos los partidos existe un personaje que ejerce el papel de malo, o sea, que es el que se encarga de lanzar los ataques y críticas más duros, las palabras menos amables y las alusiones a asuntos más intocables, así que no voy a rasgarme las vestiduras porque el actual Gobierno cuente también con esta figura, cuyo ejercicio ha recaído en don José Luis Ábalos. Entre los rasgos que en general debe poseer el "poli malo" se encuentran el tener arrestos y temple, no tener pelos en la lengua, tener una cierta audacia y mala uva, estar bien informado (sobre todo, de los puntos flacos del adversario) y gozar de cuanta más capacidad dialéctica, mejor. Luego existen otros que  son ya los que diferencian a los fuera de serie, me refiero a virtudes tales como la finura, la inteligencia, la cultura, la ironía y la extremada rapidez de reflejos. Personalmente, creo que en nuestra democracia no ha habido un "malo" más brillante que Alfonso Guerra, que me parece que será difícil de superar. Los "malos" tienen que tener cuidado también con ciertos rasgos que los pueden hacer odiosos incluso para los ciudadanos de su misma ideología, ya que esto a veces se vuelve en contra de su partido; así, tienen que tener cuidado con los excesos con la grosería, la bilis o la mentira. También les perjudica el estar permanentemente desencajados y con cara de odio, como ocurría con Álvarez Cascos o Neus Munté. 
    ¿Cuál sería el perfil de Ábalos como "poli malo"? No estoy en condiciones de negarle o atribuirle inteligencia, pero, desde luego, no le veo por ningún lado ninguno de los otros rasgos que he enumerado como propios de los fuera de serie: no demuestra tener unos reflejos particularmente rápidos, ni ser culto ni muy afortunado en la ironía. Ya lo de la finura... Creo que su rasgo más característico sería el cuñadismo,  como se aprecia muy bien en este vídeo:
José Luis Ábalos en Barcelona el pasado día 23
   Sin duda, para dirigirse a sus compañeros de partido en un mitin dominguero, el señor Ábalos optó por el recurso de la campechanía, pero se le fue la mano y, en lugar de hablarles como un ministro enrollado, les habló como un cuñao a la hora del café y la copa. Y este rasgo parece que es habitual en él, recuérdese cómo afrontó el conflicto de los taxistas, con qué alegre desparpajo se lo quiso quitar de encima despachándoselo a las comunidades autónomas.
   Un ministro no puede ejercer el cuñadismo, ni aun en los mítines. Quedan bastante penosos ese tono de barra de bar, esas hipérboles desafortunadas, ese final en el que se trabuca con las frasecitas sobre los cielos, de auténtica vergüenza ajena. Pero muchísimo peores fueron las cosas que dijo, fueron gravísimas y llegaron mucho más allá de lo que se ve en el vídeo, que no es que sea poco. Es una monstruosidad decir todo eso de que es el Estado el que se ha independizado de Cataluña, de que el Gobierno anterior no dialogó (omitiendo que las condiciones que pusieron Mas o Puigdemont eran inadmisibles) o de que los ministros no podían pisar Cataluña como si la culpa fuera de ellos. Supongo que querría halagarles los oídos a los separatistas con quienes negocia su Gobierno, o a Batet, o a Iceta, y seguro que lo consiguió, pero me parece que al alto precio de hacerles un flaco favor a España y a su ciudadanía. Es una estupidez y un insulto a la inteligencia de los españoles esa bobada que se soltó de que el apoyo de Cunillera a un indulto a los golpistas es un acto de humanidad; es una canallada el que lo defendiera hablando con desprecio de quienes criticaron semejante exceso, ahí estuvo muy "cuñao".
    Esos "cuñaos" que todo lo saben, todo lo arreglan en diez minutos y a los que nadie les tose, a la segunda copa de Veterano o de Chinchón, se remangan y no es raro que se líen a desbarrar ensalzando a canallas, defendiendo disparates o tomando por idiotas a los miembros de su familia, que les escucharán o fingirán escucharles, les mandarán a la m _ _ _ _ _ o discutirán con ellos, pero no importa, porque son cosas menores que se quedan en casa y al día siguiente ya nadie las recuerda. Pero un ministro no puede ir de "cuñao"; un ministro no puede decir frases del tipo "Y estos responden con una iniciativa para que estos reos no sean indultados", porque queda como un lerdo, un bravucón de plazoleta; un ministro no puede tomar por idiota a su audiencia, que es toda la nación; un ministro no puede pretender hacernos comulgar con ruedas de molino: todo eso, para los "cuñaos". Se da además la circunstancia de que, si analizamos las cosas que dijo ayer el "cuñao" Ábalos, son para poner los pelos de punta, porque revelan que su Gobierno se esta pasando con armas y bagajes a las pretensiones de los golpistas, mirad solo esa defensa de los indultos, por los que, además de Cunillera y Ábalos, parecen estar Batet, Carmen Calvo y... ya veremos lo que tarda en destaparse Pedro Sánchez.
    Con esos proyectos y sus maneras de "cuñao", preocupa que el señor Ábalos esté de ministro y no de tertulia en cualquier bar de su pueblo.
    

martes, 18 de septiembre de 2018

Donde estén los planes de Batet, que se quite la tesis de Sánchez

   Con el jaleo de la tesis doctoral de Pedro Sánchez -sobre la que se ha escrito mucho y yo recomiendo estos dos artículos: Usted no es una persona decente (de Arcadi Espada) y Antropología (de Jon Juaristi)-, pasó casi desapercibida una entrevista que el domingo 16 le hicieron en "El País" a doña Merichel Batet, la cual se encabezaba con este titular:
        Si esto no es presionar y demonizar al poder judicial, que venga Dios y lo vea. La entrevista es una operación de propaganda que solo puedo calificar con una palabra: sucia, y que cuenta con la complicidad del propio medio, el cual rema en la misma dirección que la entrevistada, como deja bochornosamente claro el entrevistador, Carlos Elordi Cué, ya desde la primera pregunta, que reproduzco a continuación:
        Parecía que el independentismo estaba dividido, débil, pero en la Diada volvió a llenar las calles de Barcelona reclamando independencia. ¿Ese movimiento es imparable?
        Ahí queda eso, para regocijo del separatismo y para abrirles la puerta de par en par a las propuestas cómplices y entreguistas de la señora Batet y su Gobierno. Creo que deberíais leer la entrevista completa, pero, para los que no tengáis tiempo, dejo aquí algunas de las cosas más notables que dice la ministra de... no sé muy bien de qué es ministra la entrevistada.
        -Percibo voluntad de diálogo (en el Gobierno catalán). Parece que la interlocutora de ese Gobierno tan "dialogante" no se ha enterado de lo que está impulsando en las calles de toda Cataluña, desconocimiento que resulta muy grave.
      -Sobre presos podíamos hacer una cosa y la hicimos, que fue trasladarlos. Ahora están en cárceles catalanas, cuya competencia es de la Generalitat. Esto es vender como un logro lo que es en realidad una claudicación vergonzosa.
        -Hay que hacer un referéndum sobre un acuerdo. El solo hecho de convocar un referéndum constituiría una importante victoria para los golpistas y no estará de más recordar que, hasta hace bien poco, la señora Batet era partidaria de eso que los separatistas llaman derecho a decidir, lo que hace que resulte inquietante que ocupe hoy el cargo que ocupa.
       -El señor Torra es president de la Generalitat. Es una institución democrática con la que tenemos que ser capaces de entendernos. La legitimación de un totalitario  como Torra que estas palabras representan no resulta un desliz sin importancia. Torra, además, no desperdicia una sola ocasión de ofender a España, a su sistema político, a los símbolos de todos, a los españoles y al rey. ¿De qué lado están la señora Batet y el Gobierno?
          -Se le pregunta si es partidaria de indultar a los políticos presos y responde: Soy partidaria de no hacer futuribles. No me quiero poner en ese escenario. Yo me ocupo de cuestiones sobre las que puedo hacer cosas. Si no se ha limitado a responder que no, entiendo que es partidaria de indultar a esos procesados, que lo están por querer dinamitar el país; la verborrea elusiva ya engaña a muy pocos, entre los que no me incluyo.
     Creo que lo que dice la señora Batet, la ministra que se ocupa de dirigir ese disparate de las negociaciones con los totalitarios, es alarmante, porque revela que los planes del Gobierno ante el golpismo separatista consisten simplemente en ponerse de rodillas. A mí por lo menos, esto me preocupa mucho más que el asunto de la tesis, que no va a servir para echar a Sánchez de donde está para mal de todos ni añade nada nuevo sobre lo que ya sabíamos que podíamos esperar de él. 

domingo, 16 de septiembre de 2018

Una guía sobre medicina y otra sobre música

   Los que leéis este blog sabéis que en la columna de favoritos de la derecha tengo enlazado desde hace mucho uno que se titula Medicina y Melodía, cuyo autor es José Manuel Brea Feijoo. José Manuel y yo somos amigos desde hace casi cuarenta años, pues coincidimos haciendo el servicio militar en Pontevedra. Entonces él era un joven médico y, entre las cosas que teníamos en común, estaba la afición a la música. Con el paso del tiempo, naturalmente, su trayectoria profesional se amplió y enriqueció y, en lo referido a la música, sus conocimientos se profundizaron hasta el punto de que aquella condición de aficionado quedó atrás y pasó a convertirse en un experto que ha colaborado en publicaciones, páginas de internet y programas radiofónicos. De esa doble pasión por la medicina y la música, nació hace muchos años ese blog en que tan interesantes cosas nos cuenta y ahora ha dado como fruto las dos guías de las que os voy a hablar en este artículo. 
   La primera de ellas se titula Guía de humanidades médicas. En más de una ocasión, habremos visto en los artículos de Medicina y Melodía esta frase de Edmund Pellegrino: "La medicina es la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades". Está también como cita liminar al principio del libro y da perfecta cuenta tanto de las inquietudes del autor como de la línea maestra de su contenido: presentar los campos de coincidencia entre estas dos importantes esferas de la actividad humana, campos que no son escasos ni intrascendentes. De manera ágil y amena, José Manuel Brea nos explica los conceptos esenciales en torno a temas como la bioética médica, el derecho sanitario o la eutanasia como problema médico, nos transmite un interesante caudal de reflexiones bajo el título común de "aforismos médicos" o nos da a conocer lo más importante de las biografías de grandes figuras que pertenecieron al mundo de la medicina, pero al mismo tiempo cuidaron una rica producción humanística, tales como Gregorio Marañón o Santiago Ramón y Cajal, entre otros.  
   La segunda se titula Sonoridades clásicas y representa un utilísimo compendio de una serie de conocimientos básicos sobre la música, especialmente, la clásica: formas musicales, elementos fundamentales, historia, periodos principales o figuras más importantes y sus obras. Es ameno e instructivo y su lectura resulta agradable. 
   Desde aquí felicito a mi amigo José Manuel -al que ahora que me despido me permitiré la informalidad de llamarle Pepe- por la publicación de ambos libros.  

lunes, 10 de septiembre de 2018

Móviles en las aulas: ni Delibes, ni Celaá, ni "ná de ná"

   Después de estar hace unos días a punto de sufrir un ataque cardiaco por el precedente ataque de risa que me produjo la ministra de Educación con su anuncio de que el Gobierno estudiaba la posibilidad de prohibir los móviles en las aulas, hoy han estado a punto de salírseme los ojos de sus albacetes, digo de sus cuencas, cuando he leído una columna de "El Mundo" titulada Estudiar a otra Delibes, en la que su autora, Berta González, presentaba a la que fuera viceconsejera de Educación de Lucía Figar entre 2007 y 2015 como el modelo a seguir en materia de legislación educativa. ¿En qué se fundamenta? En un hecho innegable: que la señora Delibes impulsó en la comunidad de Madrid una normativa que ya en 2007 prohibía el uso de los móviles en las aulas. Pero este mérito debe ser analizado más a fondo, porque a menudo sucede que detrás de unos hechos innegables vienen otros hechos también innegables que los anulan, los invalidan o los pervierten, y así ha ocurrido en este caso, vayamos por partes.
   En lo tocante al anuncio de la señora Celaá, me voy a extender poco, ya que hay poco que decir en materia educativa cuando se habla del PSOE, el partido que es con diferencia el que más daño le ha hecho a la enseñanza española, especialmente (pero no solo), por la catastrófica LOGSE y el discurso contrario al conocimiento, el esfuerzo, la cultura, el respeto y el juego limpio que esa ley impuso en ella como marco referencial y de corrección política. Que ahora el PSOE venga diciendo que a lo mejor prohíbe los móviles para disminuir la adicción digital de los estudiantes cuando hace no tanto, con el nefasto Zapatero, impulsó una demencial invasión de ordenadores y tabletas en las aulas, es algo que produce repugnancia, pero el Gobierno no se queda ahí en su escalofriante frivolidad, sino que reconoce que estudia esa medida siguiendo el ejemplo de Francia. Uno podría preguntarse: ¿y qué narices importa Francia? La enseñanza francesa tiene sus circunstancias y nosotros tenemos las nuestras, y son estas las que el Gobierno debería conocer y tomar como motivación de sus actuaciones: si se decidiera a hacerlo, vería que además de los móviles hay otras cosas que se deberían eliminar de la enseñanza, tales como la indisciplina, la grosería o la falta de estudio. A este Gobierno infantil que padecemos podría decírsele aquello que nos decían nuestras madres cuando éramos niños: ¿y si Macron se tira a un pozo vosotros y vosotras os tiráis a un pozo?
    Tampoco habrá mucho que decir en torno al almibarado artículo de doña Berta González, que apostaría algo a que de vez en cuando merienda con Alicia Delibes. El Decreto 15/2007 de la Comunidad de Madrid es, en efecto, una excelente norma para la defensa del orden y la buena convivencia en los centros educativos y en algún artículo de este blog se lo agradecí a doña Esperanza Aguirre, como aprovecho ahora para agradecérselo a las señoras Figar y Delibes. Voy más lejos: cuando se implantó, el equipo directivo del centro en que yo estaba entonces, que era tan progre que no podía soportar la existencia de una norma tan facha, tan sancionadora de los gamberros y tan del PP, tuvo la progresista ocurrencia de intentar hurtar al profesorado la información sobre esta medida a la que la ley le obligaba, lo cual me forzó a impugnarles el claustro más vergonzoso al que he asistido en mi vida, una cosa bolivariana, lo menciono en Lo que estamos construyendo, ese librito del que acabaré comiéndome con patatas un buen montón de ejemplares. ¿Cuál es el problema, entonces? Uno muy típico en nuestra España querida: que esa estupenda norma los encargados de aplicarla se la pasan por el c _ _ _. Así lo hicieron en ese centro y en otro en el que estuve después: durante los diez años que van de 2007 a 2017, sus equipos directivos, ante constantes y numerosos actos de gamberrismo, indisciplina y, muy especialmente, falta de respeto a los profesores, se inhibieron en la aplicación de la norma sancionadora, aplicaron paños calientes en defensa de los infractores y dejaron a los perjudicados en la absoluta desprotección. Lo he visto y lo he padecido en múltiples ocasiones concretas, ante alumnos cavernícolas y padres más cavernícolas aún, y no solo eso, sino que no han sido pocas las ocasiones en las que he visto a directores y jefes de estudios no ya "ser comprensivos" con los energúmenos, sino ponerse abiertamente de su lado. En cuanto al tema concreto de los móviles, recuerdo una anécdota realmente chusca en un claustro de inicio de curso, hará tres o cuatro años: un jefe de estudios dijo que tendríamos que "aprender a convivir con ellos". Los profesores nos quedamos con cara de idiotas, hasta que alguien le pidió que aclarase lo que quería decir, pero no voy a castigaros con la "aclaración". Doy por supuesto que todos sabréis muy bien que estas cosas pasan y han pasado en muchos centros de Madrid, y no solo en los míos.
   ¿Y la inspección qué hacía? Me da la risa amarga. ¿Y la Administración? Ídem, y si alguien duda de su abandono en este terreno, que consulte los múltiples estudios que hay, las denuncias ante los sindicatos o incluso ante la propia Administración, pero ya señalo otro secreto a voces: que, en el caso de los profesores, estas últimas serán muchas menos de las que debieran, pues han estado restringidas por el hecho de que los despachos les inspiraban más miedo que confianza, también hablo de ello en mi librito. Este es, en conclusión, el inconveniente que descalifica a Alicia Delibes como referente en materia de disciplina escolar: su discurso era impecable, pero ha sido sistemáticamente traicionado por la Administración en la que ella misma ha ocupado un altísimo cargo durante ocho años. No basta con predicar, hay además que dar trigo, así que el articulito de doña Berta González es pura inconsistencia.
    En conclusión, cuando desde cualquier instancia política española se me habla de controlar el mal comportamiento en los centros, no me creo ya ni una sola palabra: ni Delibes, ni Celaá, ni "ná de ná"; el actual sistema educativo y sus valedores no me inspiran la menor confianza y solo empezaré a prestar atención a quien haga algo (HAGA, no diga) que vaya en la línea de fomentar el trabajo, el respeto, el estudio, el esfuerzo y el recompensar a cada cual según sus méritos.