Contra la corrupción y la crisis, cambios profundos

Debido a que mi artículo titulado "Contra la corrupción y la crisis, cambios profundos" no aparece ya en el portal del Aula Europea de Humanidades, lo he ubicado en este mismo blog. Aquí tenéis el nuevo enlace:
http://papabloblog.blogspot.com.es/2013/04/contra-la-corrupcion-y-la-crisis.html

domingo, 20 de julio de 2014

Una lacra sangrante



   Como muy pocos deben de ignorar, aún existen hoy en día sociedades que ven con aprobación que una mujer sea ejecutada (muchos diríamos asesinada) por pecados, digamos, “femeninos”, o amplios colectivos de varones que parecen estar persuadidos de que, si es para obtener deleite o cualquier tipo de provecho, no hay por qué tener reparos en ultrajar o matar a una mujer. El problema no es de hoy, sino, por desgracia, tan viejo como la humanidad y al mismo tiempo tan aberrante que pone en duda la condición humana de quienes participan en él con el papel de verdugos. Existen delitos que se ceban especialmente en las mujeres, tales como el maltrato, la explotación sexual, las violaciones, los abusos o la violencia de género, los cuales, en efecto, son delitos… allá donde el respeto a los derechos humanos los considera como tales, allá donde las leyes los persiguen, las sociedades los condenan y hombres y mujeres se horrorizan ante ellos, pero la terrible cuestión es no solo que esto no ocurre en todos los países, sino que, además, en muchos, se añade el hecho de que las mujeres están expuestas a terribles castigos por una serie de motivos que en esos otros donde sí se respetan los derechos humanos serían aberraciones absurdas.
  Los casos son tantos que me limitaré a mencionar solo algunos de los más señalados. En Sudán, Meriam Yahya Ibrahim fue condenada a muerte por su elección religiosa y por casarse con un hombre no musulmán; sabemos que finalmente esa sentencia no se cumplió, pero fue sobre todo por la presión internacional, que ha salvado muchas vidas en casos así. En Afganistán, una joven llamada Gulnaz fue condenada a doce años de prisión por el “delito” de haber sido violada por el marido de su prima; la manera de eludir la pena que le brindan las leyes de aquel país es casarse con su violador. En Pakistán, la joven Farzana Iqbal ha sido hace poco lapidada por su familia ante las puertas de un tribunal y sin que nadie hiciera nada por impedirlo. La razón de tan brutal ejecución fue que ella había decidido casarse con el hombre al que amaba, y no con el que había señalado su familia. Después nos enteramos de que el hombre al que ella había elegido, llamado Mohammad Iqbal, previamente había asesinado a una anterior esposa para casarse con Farzana, pero eludió ser condenado tras llegar a un acuerdo económico con el hijo que lo denunció. Lamentablemente, los casos y las posibles situaciones de esta aberrante justicia divina son tan numerosos que darían para llenar páginas y páginas. Los que he citado hasta aquí, que a nadie se le olvide, son criminales abusos perpetrados contra mujeres con el respaldo en mayor o menor grado de las leyes y de las sociedades en que se producen, y quede claro que no se trata de historias excepcionales o aisladas, sino que cualquier mujer de aquellos países está, por el hecho de ser mujer, expuesta a verse envuelta en pesadillas como las que acabamos de referir.
   Pero estas aberraciones tienen otra posible versión, seguramente más monstruosa. Muy conocidos son los desmanes de Boko Haram, la banda de criminales nigerianos que perpetró el secuestro de más de doscientas niñas para usarlas como moneda de cambio en sus atroces planes. Si escalofriante es pensar en lo que pueda ocurrirles a esas desafortunadas jóvenes en manos de esa turba de asesinos sanguinarios, no menos lo es la historia que la periodista Caddy Adzouba nos refiere, sucedida en la República Democrática del Congo, un aquelarre de vejaciones, crueldad, violencia y muerte con odiosos componentes de sometimiento sexual, que señala a sus autores como algo de lejos peor que las peores alimañas, por mucho que envuelvan sus actos en la vitola de episodios de una guerra. Por otra parte, amplio eco está teniendo en el mundo la frecuencia con que en la India acaecen sucesos en los que se ven envueltos grupos de hombres que violan salvajemente a alguna mujer y a menudo finalizan sus indignos ataques  asesinando a la víctima. Los casos que han trascendido a los medios de todo el mundo son bastante numerosos y a menudo impresionan por la violencia brutal, la falta de piedad y las trágicas consecuencias. La inmensa mayoría de la sociedad india, tanto hombres como mujeres, rechaza estos crímenes y expresa de forma explícita su repugnancia y la petición de duros castigos, pero lo cierto es que la proliferación de casos en todo el país indica que hay en él un no pequeño número de varones lo suficientemente carentes de escrúpulos como para anteponer su placer a la menor consideración acerca del daño infligido a sus víctimas y enfangarse en un muestrario de aberraciones que los dejan a la altura de las peores bestias. Es este un caso similar al de Boko Haram o al de los soldados del Congo: si bien es cierto que sus actos son condenados y repudiados como criminales dentro y fuera de sus países, cierto es también que en ellos participa el suficiente número de depredadores como para hacernos pensar que en aquellos países la violación, la vejación o el asesinato de mujeres no son el crimen que en casos particulares y aislados se producen también y por desgracia en cualquier parte del mundo, sino que están demasiado arraigados en la población masculina, que son excesivos los hombres que parecen encontrar un especial deleite en ensañarse con las mujeres y no le conceden demasiada importancia al hecho de que estén torturando y a menudo también matando a personas. 
  Produce a la vez dolor, rabia y perplejidad que así sea. El dolor y la rabia no creo  que sea necesario explicarlos, pero me detendré algo en la perplejidad. A uno no le cabe en la cabeza que se pueda destrozar a pedradas a una persona, menos aún, que sea porque esa persona ha decidido casarse con quien ha querido y todavía menos aún, que eso lo hagan padres, hermanos o primos de la víctima: ¿qué entrañas hay que tener para cometer un acto así? No me lo puedo imaginar. A uno no le cabe en la cabeza que se tenga que hacer la guerra metiéndole objetos cortantes en la vagina a una mujer, u obligando a sus hijos a mantener relaciones sexuales con ella, o lanzándole una bolsa con los cráneos de esos hijos: ¿qué causa puede justificar semejantes métodos? No se me ocurre ninguna. A uno no le cabe en la cabeza que ocho o diez hombres se lancen en grupo a violar a una mujer, que hayan decidido que su diversión sea esa, que incluso suban al escalón de considerar “divertido” acabar ahorcándola, que en ningún momento a uno solo se le haya ocurrido que eso era una atrocidad: ¿qué clase de bestia repugnante hay que ser para actuar así? Una peor que las peores.   
   No lo entiendo, no me cabe en la cabeza que conductas así sean obra de personas como usted y como yo. Y, si se para uno a ver lo extendidas que están las prácticas de las que aquí he hablado, no hay razones para el optimismo, porque seguramente sean centenares de miles o quizás millones los hombres que están llevándolas a cabo. ¿Qué podemos pensar de ellos? ¿A qué conclusiones acerca de la condición humana nos llevan? Hay para echarse a temblar.

miércoles, 16 de julio de 2014

La justicia ahonda otro poquito su falta de credibilidad

   En los últimos tiempos, a pesar de que hay jueces de muy digna labor, no anda la justicia en su conjunto muy bien de imagen ni de credibilidad. Se entiende si se ven y se comparan casos como estos:
   1.- Los directivos perdonados de Caixa Penedés.- El caso ya es conocido: cuatro directivos de Caixa Penedés (es decir, una entidad crediticia pública), se apropiaron de 28'6 millones de euros para autoconcederse unas abusivas e ilegales pensiones. Los trincaron, pero no hubo problema: llegaron a un acuerdo con la entidad, devolvieron la pasta y el tribunal les concedió un perdón previamente pactado. Eso es saltar con red: que no me pillan, me quedo con la pasta; que me pillan, la devuelvo, finjo arrepentimiento y me perdonan: ¿cómo no van a robar algunos en España, si la aventura no comporta ningún riesgo? Aquí tenéis la foto de los cuatro honestos ciudadanos, sacada de "eldiario.es":
El fiscal rechaza un acuerdo y pide hasta tres años y medio de cárcel para la excúpula de Caixa Penedès
   2.- ¿Un preso político en la España del siglo XXI? .- Muy distinto ha sido el trato que le ha dispensado a Carlos Cano, un joven granadino de 25 años. Se le imputaba el haber cometido estos hechos cuando formaba parte de un piquete de huelga: entrar en un local con varios clientes dentro, proferir amenazas y expresiones vejatorias, realizar pintadas y poner pegatinas. Penas que se le han impuesto: tres años y un día de cárcel, una multa de 3.655 euros y otra de 767. A joderle la vida tocan, todo lo contrario que a los ejemplares ciudadanos de arriba: ¿será por no llevar traje y no haber mangado una desorbitada cantidad de dinero de todos? Me hago una pregunta: dado que está claro que este joven va a ser encarcelado en virtud de un endurecimiento legal provocado por el miedo del PP a las protestas y reacciones de la gente ante las aberraciones y abusos que se están cometiendo hoy en España, ¿sería descabellado considerar a Carlos Cano un preso político? Lo único que le faltaba a nuestra renqueante democracia? Tomo de "El País" la foto de este peligroso maleante, tan proporcionadamente castigado por nuestras leyes y nuestros jueces:





   Lo dicho: la justicia española vuelve a dar una muestra de desvarío (tenéis una buena colección de ellos bajo la etiqueta "Justicia" de este blog), asunto que debe preocupar por varias cosas: porque si algo carateriza a las tiranías es la falta de justicia, porque el país atraviesa una enorme crisis de credibilidad institucional y que afecte a la justicia es muy serio, porque la injusticia alimenta el cada día más gordo cabreo de la gente, porque afecta a nuestra imagen como país, porque los ciudadanos honrados no nos merecemos ver unas leyes que parecen estar hechas al gusto de ladrones y sinvergüenzas...: porque cosas como estas retratan a nuestro país como una puñetera mierda, y ruego que perdonéis los terminos groseros, que utilizo por parecerme los más adecuados.

jueves, 10 de julio de 2014

¿Cultura o competencias? Cuidado, que nos jugamos más de lo que parece

   Después de sacarse de la chistera un muchachete japonés más competente que todo un señor  licenciado español (ver aquí y aquí), los medios de comunicación vuelven a arrearnos hoy con el ariete de las competencias, esta vez, para descubrirnos los problemas que tienen nuestros chicos para interpretar las facturas, una nadería, si se compara con los que tenemos los adultos para pagarlas. Os relaciono aquí las últimas incompetencias de nuestros alumnos  de quince años que ha descubierto PISA, relativas esta vez al apartado de las finanzas:
   -Los alumnos españoles de quince años están deficientemente capacitados para interpretar una nómina.
   -Los alumnos españoles de quince años están deficientemente capacitados para que no les metan clavo en una factura.
   -Los alumnos españoles de quince años están deficientemente capacitados para comprar tomates.
   De todo ello se deduce que:
   El nivel de conocimientos financieros de los estudiantes de quince años es en general muy bajo, lo que frena el crecimiento económico, pero, sobre todo, impide a los consumidores tomar las decisiones adecuadas.
   Esta parece ser la principal conclusión del estudio, en palabras casi textuales. ¿Os dais cuenta? ¡Los hemos "pillao"! ¿Por qué no prosperaba el mundo? ¿Por qué hay crisis económica? ¿Por la economía sumergida, el fraude fiscal, la corrupción, las subprime, la burbuja inmobiliaria, los abusos de las multinacionales, el injusto reparto de la riqueza, el hambre de millones de personas? ¡Qué va, hombre! Era, una vez más, por culpa de los putos alumnos españoles de quince años, con su intolerable incompetencia financiera. Y por si aún no estáis temblando lo suficiente, escuchad lo que dicen al alimón los señores Ángel Gurría y Francisco González: 
   Con una mejor educación en este terreno todos los países habrían afrontado mejor la crisis. Los jóvenes de hoy no están suficientemente preparados para desenvolverse adeuadamente en el mundo financiero del siglo XXI y lo que propone la OCDE es que la educación en esta materia forme parte del currículo académico.
   Sí, señor, sin complejos: el secretario general de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (D. Ángel Gurría) y don Francisco González, presidente del BBVA (uno de los mayores bancos españoles y cofinanciador del estudio), barriendo para casa con toda la desfachatez del mundo, proponiendo, a partir de unas premisas burdamente manipuladas, que la economía y las finanzas metan sus zarpas también en la educación, como las han metido ya en los bolsillos de la gente, en las legislaciones laborales, en los recortes, en los rescates bancarios... ¿Tiene el señor González todas esas preocupaciones didácticas cuando ve que las leyes españolas permiten a la banca excesivas libertades, que la inexistencia de la dación en pago ha beneficiado a la banca a costa de la ruina de miles de españoles, que por ahí andan miles de afectados de las preferentes, que la banca española se permite mil prácticas abusivas, tales como las cláusulas suelo y comisiones sin cuento, que los ejecutivos bancarios han gando ilícitamente dinero (a veces, público) a espuertas, que se han puesto jubilaciones doradas y que cuando los han pillado se les ha indultado...? ¿Habríamos afrontado mejor la crisis sin esas pequeñeces bancarias? Ahora resulta que cuando un banco te imponía una hipoteca abusiva el problema era de educación del infeliz que la aceptaba.
   El secuestro de la educación para dejarla en manos de los poderes económicos no es una de esas cosas que salen casualmente, sino que cada vez veo más claro que es un inquietante plan en el que colaboran muchos sectores. Uno de los más activos es el Gobierno clasista del PP y en esta tarea se señala con especial brillo doña Montserrat Gomendio. He aquí su participación en el capítulo que hoy nos ocupa; empieza diciendo:
   Después de la crisis económica padecida y de la que empezamos a salir es importante que los ciudadanos tengan conocimiento sobre cómo funciona la economía nacional y global para que comprendan las repercusiones que tiene.
   Y luego añade esto otro:
  Es la primera vez que los jóvenes tienen que gestionar tarjetas de crédito, móviles prepago... y por ello es particularmente importante que adquieran conocimiento y destreza en este ámbito. 
   Ahí la tenemos, en plena forma. Huelga aclarar un sobreentendido: estamos saliendo de la crisis económica gracias a las benéficas políticas del PP, ¿acabaremos tragándonos esta pildorita? Muestra por otra parte su habitual desprecio a la ciudadanía cuando parece presuponer que no sabemos cómo funcionan la economía nacional y global, pero me temo que lo sabemos muy bien, ¿o se imagina que no leemos los periódicos y no tenemos las espaldas apaleadas? Sabemos lo que son las cifras millonarias de parados, sabemos lo que es el fraude fiscal, sabemos lo que son los tratos privilegiados a las grandes fortunas y a las multinacionales, sabemos lo que son las especulaciones bursátiles, sabemos lo que son los paraísos fiscales, sabemos lo que es la reforma laboral, sabemos lo que son los rescates hechos a costa de la ciudadanía, sabemos lo que es el despilfarro de políticos megalómanos, sabemos lo que es la corrupción, sabemos lo que son los recortes, sabemos lo que es la ley del suelo, sabemos lo que es la ley de costas, sabemos lo que es el pelotazo urbanístico, sabemos lo que son los sueldazos de alcaldillos, sabemos lo que son las legiones de asesores... Sabemos todo eso, señora Gomendio, es un alarde de cinismo tomarlo como pretexto para implantar sus disparatadas ideas en educación, de las que hablaré más adelante. 
   Siento que el artículo se esté extendiendo tanto, pero era preciso fijar estas premisas para exponer ahora mis inquietudes. Desde que el PSOE se sacó de la manga la LODE y la LOGSE, la educación ha sido un juguete sometido a la explotación de políticos y empresarios ambiciosos, pedagogos iluminados y ventajistas (ya fueran burócratas o gandules) de diverso pelaje, los cuales han perseverado en cargarse la calidad de nuestro sistema a base de desterrar el esfuerzo y la exigencia. Toda esta santa compaña ha cultivado con esmero flores como las destrezas, las competencias y demás engaños, porque eran un instrumento muy útil para sus políticas de vaciado de contenidos de los programas. Ya no hay que pedirle a un niño que haga una raíz cuadrada o sepa quién era Felipe II, sino que se  debe evaluar si es capaz de... la memez que se le haya ocurrido poner al "experto" de turno en los papeles oficiales. Ahora llegan el PP, los tecnócratas financieros y la OCDE y dan una vuelta de tuerca a todo esto, porque, según ellos, para lo que ha de servir la enseñanza es para que un niño sepa colocar a los invitados en torno a una mesa, ir a comprar tomates, estar despierto cuando le den la factura de Mango o "gestionar tarjetas de crédito, móviles prepago...", de acuerdo con la impagable aportación de la señora Gomendio, que no ha tenido ni la prudencia de pararse a pensar un poco antes de hablar: para la secretaria de Estado de educación, el asunto de que los chicos de quince años se manejen con esos instrumentos de gasto tan volátiles no suscita las reflexiones educativas que debiera (¿cuántos padres están preocupados por el uso que sus hijos hacen de los móviles y por lo que gastan? ¿Es razonable que chicos insolventes económicamente dispongan de tarjetas y móviles sin límite? Cosas así.), sino que simplemente las da por hechos consumados y lo que le interesa es que los estudiantes adquieran "conocimiento y destreza en el ámbito". ¿Conocimiento y destreza de qué? ¿De cómo gastar más? ¿De cómo obtener más puntos para que la compañía X los tenga amarrados con la promesa de un móvil más fashion en el que luego se gastarán facturas de muchos euros que tendrán que afrontar sus padres? ¿Estas son las inquietudes y los horizontes "educativos" de Montserrat Gomendio, secretaria de Estado de Educación de nuestro Gobierno? No puede caber mayor irresponsabilidad y mayor ignorancia acerca del área que gestiona; la única esperanza que me alegra, ya lo he dicho más veces, es que ya le queda poco tiempo de destrucción el mundo de la enseñanza.
   Con sus últimas acciones, la OCDE me merece cada vez menos credibilidad; quizás nos lo deberíamos haber planteado antes: ¿qué hace un organismo económico pontificando sobre educación? Todo test está condicionado por quien lo hace y los objetivos que persigue: ¿son asépticos los test de la OCDE, especialmente, estos de competencias prácticas y financieras? A mí me parece que no lo son; me parece que están destinados a orientar a la opinión pública hacia un concepto educativo preconcebido e interesado. ¿No es sospechoso que esa prueba la financie el BBVA? ¿No es sospechoso el desembarco del Santander en el mundo educativo? Estos señores siguen ahí: ¿qué pinta tanta banca en la educación? ¿No es sospechoso que se fomente a "expertos" en educación como Sebastián Barajas (ver aquí y aquí), que sostiene que los niños van a la escuela para aprender a fundar empresas? Todos estos que cito son ardientes defensores de las competencias y esas zarandajas que comparten con la pedagogía progresista (?) del PSOE y demás, casi diría que se las arrebataron, pero son mucho más peligrosos. Los chicos de la LOGSE arremetieron contra la cultura porque les estorbaba por razones prácticas: el estudio esforzado y con contenidos era contrario a su estúpida utopía del aprender sin esfuerzo, del 100% de aprobados que ellos entendían como éxito escolar, mientras que los chicos de la banca puede parecer que lo que quieren es hacer de la escuela su negocio, pero, con sus actuales consideraciones acerca de las competencias y de la necesidad de que se conviertan en el norte educativo, mucho me temo que persiguen un objetivo mucho más ambicioso y alarmante: subvertir la enseñanza, cambiar "competencias" por conocimiento, meter cosas de esas prácticas y que se pueden comprobar en un test de PISA como la compra de tomates o la interpretación de facturas y darles una patada en el trasero a Arquímedes y a Cervantes, quizás, me temo, para conseguir ciudadanos más competentes (en apariencia) pero menos inteligentes.
   Lo que se persigue es un empobrecimiento de la escuela. ¿Debe esta dedicarse a enseñar cómo comprar tomates o cómo interpretar recibos? De ningún modo; estos conocimientos prácticos son en realidad cosa bien sencilla, que cualquiera puede aprender y llevar a cabo con bien poco tiempo y esfuerzo en cuanto lo necesite. No solo enseña la escuela, enseñan también la familia y la actividad cotidiana, y si nuestros chicos no están muy duchos en estas cosas, ocúpese quien debe de aleccionarles en ellas, porque sí que es cierto que están muy acomodados, que no saben hacer esas cosas porque ya las hacen otros por ellos. Pero dejarlas en manos de la escuela en perjuicio de los programas tradicionales de real conocimiento sería una aberración, no nos la traguemos: la escuela debe enriquecer humanamente, suministrar a las personas conocimientos y habilidades de amplio rango que, en su mayoría, no se le van a suministrar en ningún otro sitio. La escuela enriquece a la persona; a comprar tomates o a meter la tarjeta por la ranurita del cajero del BBVA o del Santander pueden aprender los chicos por sí solitos o con la ayuda de sus papás o de un empleado de la sucursal, y en cuestión de minutos; en contacto con Garcilaso, Mozart, Darwin o las leyes que rigen el movimiento, solo les van a poner en la escuela una serie de señores que entienden de eso y que cada vez andan más menospreciados: los profesores. ¿Nos tragamos el cuento este de las competencias que nos están vendiendo la OCDE y la señora Gomendio? ¿Qué elegimos, cultura y conocimiento o competencias, enseñanza de aspiraciones elevadas o romo adiestramiento en cuatro cositas de andar por casa, enriquecer humanamente o empobrecer? Cuidado con lo que elegimos, que nos jugamos más de lo que parece.

martes, 8 de julio de 2014

Un alumno de secundaria en Japón tiene el nivel de un licenciado español

   Cuando he visto esas palabras del título en la portada de "El País" de hoy (edición en papel), me he sentido muy contrariado: ¡y nos lo dicen cuando ya está todo el mundo de vacaciones!, ¿cómo vamos a averiguar de quién se trata en cada caso? Licenciados tenemos en España centenares de miles y entiendo que en Japón deben de tener millones de alumnos de secundaria, así que va a ser imposible. 
   ¡Vaya titular!, me recuerda aquel viejo chiste:
   -Según las estadísticas, en Nueva York, un hombre es atropellado cada minuto.
   -¡Joder, cómo estará el tío!
   Luego, cuando entras en la noticia (aquí tenéis su versión digital), ves que la frase es de Ángel Gurria, secretario General de la OCDE y que a lo que se refiere es al nivel de competencias. Empezaré por reiterar mi desconfianza hacia esto de las competencias, primero, porque debo decir con sinceridad que, en el marco educativo, no sé exactamente qué son, me parecen el concepto vago y movedizo que los textos legales sobre los que se fundamenta nuestro actual sistema utilizan para cargarse los contenidos de toda la vida e implantar una enseñanza chachiguay; segundo, porque, como ya manifesté en mi artículo sobre PISA y la memoria, es muy relativo delimitarlas y establecer los criterios para medirlas real o supuestamente: estoy seguro de que, dependiendo de quién, cómo y dónde diseñe las pruebas de verificación, el mismo alumno puede salir supercompentente o megaincompetente. 
   Con esto no quiero decir que nuestros alumnos estén maravillosamente preparados, porque sé que hay problemas, sino que conviene hilar fino: la frase del titular parece cargar el énfasis sobre los alumnos, cuando debería fijarse en los sistemas, que es donde aquí tenemos el problema real; la frase del titular podría hacer pensar, si la extendemos a la generalización, que todos los alumnos japoneses de secundaria tienen el mismo nivel de competencias que los universitarios españoles, lo cual representa una aberración, un absoluto desconocimiento de la realidad educativa y hasta una estupidez racista, porque, dentro de cada sistema, luego habrá alumnos buenos y malos en ambos países, tanto en Japón como en España; la frase podría hacer pensar que la culpa de lo que pasa aquí la tienen los alumnos, y era lo que les faltaba: la culpa de nuestros males la tiene un complejo entramado de causas achacables en general al sistema, la mala gestión o la manipulación de lo educativo en beneficio de lo político. Malos alumnos claro que los hay, por supuesto, pero solo tienen culpa (si la tienen) de lo que a ellos mismos les afecte, y uno de los fallos de nuestro sistema, que se distingue por buscar la igualdad igualando por lo bajo, es que parece estar hecho a la medida de estos, es tan buenista que al final se hace malista, con lo que genera diversos problemas, uno de los cuales es, precisamente, que permite llegar a la universidad a muchos alumnos que están dudosamente capacitados.
   A propósito de esto último, vuelvo para terminar al artículo de "El País". Al final, entre sus muchas "virtudes", tiene también la de la incongruencia entre el titular y el contenido, ya que de lo que habla sobre todo es de la sobrecualificación, es decir, del hecho de que gran parte de nuestros licenciados estén trabajando en  oficios distintos de aquello para lo que se prepararon y de menor nivel: ¿qué tendrá esto que ver con si son más o menos competentes que los japoneses? Leedlo y veréis que es un artículo bastante demagógico. De su contenido y de lo que cualquiera puede hoy ver, se desprende que una de las cosas que pasan en España es que sobran licenciados, no porque yo sea un elitista, sino porque nuestro mercado laboral no da para tanto titulado superior. Lo coherente, en tal caso, sería abogar por una adaptación de nuestro sistema a nuestra realidad, con una ampliación de la FP y una reducción de las universidades, las cuales, además, deberían elevar el nivel de exigencia en la admisión de alumnos, y así ya no tendríamos complejos frente a los chicos japoneses de secundaria, seguro. ¿Qué te encuentras en cambio en el artículo? Una interesada manipulación del asunto de las becas y una demanda, por parte de algún rector, de que se fomente el acceso a la universidad. En pocas palabras: no se hablaba de competencias, se hablaba de pasta.

sábado, 28 de junio de 2014

La insuficiente natalidad española



   El presente artículo lo pubiqué el pasado mes de marzo en el número 3 de la revista El ballet de las palabras. Como hace unos días el asunto ha estado de actualidad, ya que han salido los datos de 2013 (que son peores que los ya malos de 2012), lo incluyo ahora aquí. Una vez más, el guachimán y su amiga Patry se adelantan a los grandes medios, más ricos, pero menos eficaces.
                                                                                 
            A finales del pasado mes de enero, produjo eco y también disgusto un documento del Ministerio de Justicia que sostenía que la ley del aborto propuesta por Ruiz Gallardón tendría un impacto positivo en la economía española, entre otras cosas, porque incrementaría la natalidad (1). A pocos convenció esa afirmación, pero, al menos creo que tuvo un aspecto positivo, el de que una instancia gubernamental reconociera, siquiera de forma implícita, que la baja natalidad es un problema en la España de hoy. Yo soy de los que piensan que es además uno de los más importantes, a pesar de que no suela aparecer en esas encuestas sobre percepción de problemas por parte de la ciudadanía y de que los estudios y estadísticas sobre población suelen orillarlo con pretextos diversos. Así, es cierto que se suele reconocer que la población se va envejeciendo cada vez más, haciendo hincapié en asuntos como la esperanza de vida, la dependencia o las pensiones, pero nunca se entra muy a fondo en una causa tan crucial de ese envejecimiento como es la baja natalidad. Otras veces (esto, hace unos años, cuando se podía decir) se minimizaba esa baja natalidad diciendo que era paliada en parte por el índice mayor de natalidad que presentaba la población inmigrante, pasando por alto el hecho de que mucha de esta no tenía como proyecto definitivo el establecerse en nuestro país.
            En el año 2012 nacieron en España 454.648 niños, lo que representa una tasa de natalidad (número de nacidos por cada 1.000 habitantes) del 9’7 por mil y un índice de fecundidad (número medio de hijos por mujer) del 1’32. España, pues, está muy lejos del 2’1, que es considerado el índice de reemplazo, lo que no nos garantiza una pirámide de población estable. Si vemos la tabla (2) que acompaña a estos datos, comprobaremos que el último año en que cumplimos ese índice de reemplazo fue 1980 y que desde entonces, con altibajos, tanto la natalidad como la fecundidad no han parado de disminuir. Otra cosa que se observa es que los niveles más bajos se alcanzaron en el periodo 1995-99, cinco años en que el último de ambos indicadores nunca alcanzó la cifra de 1’2. Durante los años 60 y 70, España era un país de natalidad más bien alta, como puede comprobarse también echando un vistazo a la tabla. Se solía decir que, en este factor, teníamos un comportamiento de país subdesarrollado o en vías de desarrollo. Ciertamente, parece que el despegue económico nos ha puesto en la línea del entorno de Europa, un continente que en su conjunto acusa el problema del envejecimiento. Si vemos la tabla continental (3), observaremos que ocupamos una posición media. De los países más fuertes, nos superan el Reino Unido o Francia, pero están por debajo de nosotros Italia y Alemania, país este último donde la natalidad es preocupantemente baja. Pero el problema no deja de ser un problema porque lo padezcan también los países de nuestro entorno.
            Un artículo de estas características no permite profundizar demasiado, por lo que, a la hora de reflexionar sobre las causas de este problema, apenas voy a poder hacer algo más que enumerarlas. La cuestión ya es vieja, pues recuerdo que, hace ya muchos años, en una reunión de amigos –todos de cuarenta para arriba y con hijos- hablábamos de ella y había básicamente dos bandos: los que sostenían que los jóvenes no querían tener hijos porque su hedonismo les llevaba a rechazar la carga que representan y los que creían que no era que no quisieran tenerlos, sino que no podían, atemorizados básicamente por dos factores: la precariedad laboral y el excesivo precio de las viviendas. Esto sucedía a mediados de los 90: ¿qué hubiéramos dicho ahora? En todo caso, se echaba en falta alguien que hubiera defendido una síntesis de las dos posturas, pero, entiéndase, éramos todos españoles.
            Pero no cabe duda de que los dos factores operaban. Es un hecho probado que el desarrollo económico abre amplias posibilidades de emancipación y disfrute personal y de proyección profesional, para las cuales los hijos suelen representar un obstáculo. En las sociedades desarrolladas, por lo general, los hijos no se tienen si no se quiere, y muchos no los tienen por conveniencia personal, sea hedonista o de cualquier otra índole. Pero, aun así, centrándonos en España, quedarían aún millones de personas que sí desearían tener hijos o no les importaría tenerlos. Y a mediados de los 90, desde luego, a muchas les era imposible por factores ajenos a su voluntad, y hoy, en 2014, las cosas en este terreno han evolucionado hacia muchísimo peor: la precariedad laboral, sobre todo para los jóvenes, es espantosa; los precios de la vivienda siguen imponiendo respeto; el dejar de pagar una hipoteca puede hundirte la vida (¿para cuándo la dación en pago?); las compensaciones por hijo son más bien insuficientes; el ser mujer, el quedarse embarazada o la sola posibilidad de ello siguen (todos lo sabemos) siendo factores con peso a la hora de que no te contraten o te despidan; lo de la conciliación entre la vida familiar y laboral va pareciendo cada vez más una leyenda… Si escarbase un poco, seguro que podría encontrar algún motivo más, pero creo que con estos, por su cantidad y su envergadura, ya es suficiente para hacerse esta pregunta: ¿para cuántas parejas el tener un hijo puede representar meterse en una arriesgada aventura?  
            Se me podrá argumentar, y con mucha razón, que, si uno desea realmente tener hijos, también debe estar dispuesto a afrontar alguna posibilidad de riesgo, porque a la vida no podemos pedirle garantías de que todo nos vaya a salir bien al cien por cien, pero, mirando cómo lo teníamos los jóvenes de aquellos años 80 en que empezó a bajar la natalidad y cómo lo tienen los de hoy, aun siendo el país más rico y con mejores servicios en algunos aspectos, entiendo que se retraigan: en los años ochenta, si te comprabas una casa y a los dos meses perdías el trabajo, la catástrofe no era tan grande para tu economía como lo puede ser ahora; en los años ochenta, te independizabas entre los veinticinco y los treinta años y no eran tantas como ahora las personas que con esa edad o más aún vivían con sus padres ni las que, después de independizarse, se veían obligadas a volver a casa de sus padres por culpa del paro o de una hipoteca. Una cosa esta clara: hay que pensárselo antes de tener hijos en estas condiciones.   
            Pero el caso es que, aunque se me llame antiguo, he de decir que es bueno tenerlos, no parece que sea muy necesario argumentar a favor de la perpetuación de la especie. Y, por si este pequeño motivo no bastara, están otros, como la realización personal que para muchos representa el hecho de tener hijos, lo que alegran la vida y las calles los niños o –esto, para los más preocupados por la economía- que a la larga para un país y una sociedad el envejecimiento es un pésimo negocio: ¡qué caro y qué inviable acabaría resultando un país de viejos ocupándose de cuidar a viejísimos! Vamos camino de ello, a no ser que como sociedad consigamos alcanzar e incluso superar ese 2’1 de índice de fecundidad, al que, si llaman de reemplazo, será por algo. Cualquier gobierno realmente preocupado por un resurgir en todos los sentidos, debería tomarse muy en serio el diseñar políticas a favor de la natalidad: ¿ha oído alguien a algún partido pronunciarse en serio a este respecto?

martes, 24 de junio de 2014

Praxis educativa. 14: en el nombre del padre

   He de deciros que este curso, en su período regular, he acabado con 67 entrevistas con padres contadas y apuntadas, más unas cuantas que, con toda seguridad, he olividado apuntar. Esta cifra, aunque he sido tutor, me parece exagerada y síntoma de una serie de males que se perciben hoy en muchos institutos, entre ellos, el mío.
   Os he señalado ya en alguna ocasión que tengo comprobado -gracias, entre otras cosas, a las muchas veces que me he entrevistado con padres- que el diálogo con ellos es necesario y beneficioso para la educación de los alumnos, ya que muchos problemas se resuelven al intercambiar información desde distintas perspectivas y, a menudo, los consejos que los profesores les damos acaban siendo útiles. Otra cosa que tengo comprobada es que los padres tienen una leyenda negra entre el profesorado; con frecuencia, oigo a colegas clamar contra ellos, en general, después de haber tenido algún encuentro que no ha brillado por la cordialidad, pero, nuevamente desde la experiencia, si he de juzgar a partir del número de entrevistas desagradables que he tenido, puedo afirmar que los padres conflictivos, groseros o que aparecen con pretensiones inadecuadas representan, como mucho, el diez por ciento del total. Sucede, naturalmente, que la normalidad no da pie a comentarios, al contrario que los sucesos problemáticos, por eso las relaciones entre padres y profesores aparentan ser peores de lo que son.
   Con lo expuesto hasta aquí, algunos os estaréis preguntando: si tan maravillosas son las relaciones con los padres, ¡oh, guachimán!, ¿por qué decías al principio que las 67 entrevistas que has tenido te parecen excesivas? Deberías estar lamentándote de que hayan sido solo 67, y no 670. ¡Cómo sois! Voy a demostraros que lo uno no está reñido con lo otro, por una sencilla razón: aun habiendo sido cordiales y hasta positivas, tanta entrevista resulta un exceso. La razón es muy sencilla: el 60% o quizás más eran de padres que querían saber por qué sus hijos suspendían en mi asignatura y la mayoría de ellos venían inducidos por una actitud manipuladora de sus hijos.
   De un tiempo a esta parte, observo con preocupación que se están multiplicando los alumnos que fían el aprobado a procedimientos espurios, es decir, distintos a los únicos válidos: atender, trabajar y estudiar. Entre esos procedimientos espurios, está la reclamación paterna. Especialmente tras los periodos de evaluación, recibo las visitas de padres que están muy extrañados de que sus hijos hayan suspendido y vienen a preguntarme qué ocurre. En estos casos, hace ya tiempo que me dejo guiar por un expeditivo dicho aragonés: "Hablen cartas y callen barbas": no explico nada, no monto argumentaciones, me limito a sacar los exámenes de los niños y enseñárselos a los padres. Algunos, incluso, cuando me ven proceder así, me dicen que no quieren ver los exámenes, que no vienen a reclamar, que lo que quieren es dialogar para entender las causas de los suspensos, y entonces yo les digo que justamente a eso vamos. El procedimiento es de unos resultados extraordinarios: como, salvo en rarísimas excepciones, la causa de los suspensos es la falta de estudio o el estudio deficiente y eso se refleja en los exámenes, los padres, en cuanto los ven, encuentran lo que venían buscando y comprenden (la mayoría, porque algunos recalcitrantes todavía se empeñan en especulaciones tan absurdas como perjudiciales... para sus propios hijos). ¡Qué explícitos son los exámenes!  ¡Qué claras dejan las cosas a los padres, particularmente, esos de calificaciones desastrosas, un 2'75, un 1'5, un 0'75...! ¿Qué se puede decir ante algo así? Para esos padres que venían engañados por las justificaciones embusteras de sus hijos, los cuales les habían hecho creer que estudiaban hasta la extenuación y que el problema estaba en el c_ _ _ _ _ del profesor, esto resulta utilísimo. Entonces ya se puede hablar. Entonces ya se puede decir lo que hay que hacer: sabemos ya todos dónde está el mal, sabemos cómo afrontarlo. Lo que el guachimán lamenta es constatar que cada vez son más los padres que podrían haberse ahorrado la visita, que, hace unos años, para comprobar lo evidente, a lo largo de un curso, venían solo diez o doce padres, y ahora vienen cuarenta: la capacidad de los hijos para manipular a los padres se está disparando, se nota también en que bastantes de esos padres vienen predispuestos contra mí.
   Terminaré contando dos casos. Una de las personas que más agresivamente me han abordado este año fue una madre a la que atendí primero por teléfono. Me dijo que tenia problemas de horario en el trabajo, por lo que le respondí que, en tal caso, puesto que había poco que contar, se lo podía transmitir por teléfono, y me respondió, ya bastante indignada, que lo del trabajo me lo decía para ver cómo encajábamos la hora de visita, que, por supuesto, quería hablar conmigo personalmente. Días después vino al instituto, con una actitud que rozaba la insolencia. Quería ver los últimos exámenes de su hijo. ¿Qué pasó? Que después de ver uno de los no peor calificados (tenía un tres), el cual era desastroso, malevolamente le dije que le iba a enseñar los demás, pero ella misma me dijo que ya no hacía falta. Aquella señora acabó llorando y vuestro humilde guachimán, tratando de darle ánimos. Pero la historia tiene un final feliz: a partir de entonces, el genio de su hijo empezó a aprobar los exámenes, para los que ya sí estudiaba. Su madre sacó las conclusiones adecuadas y tomó las medidas pertinentes.
   La segunda historia no es tan ejemplar y no es mía, sino que le sucedió a un amigo. A una alumna que faltó al examen de suficiencia, mi amigo se lo hizo un par de días después. Al siguiente, le dio el examen para que lo viera corregido: tenía un 0'5. Dos día después, fue al instituto su madre, que quería ver el examen. Mi amigo se quedó de metacrilato. Le dijo que su hija ya había visto el examen y que tenía un 0'5, pero ella insistió en verlo, así que él se lo enseñó: tenía los fallos esperables en un examen de 0'5. Le preguntó a la madre qué le había contado su hija, pero ella le reespondió con evasivas; luego le dio las gracias y se marchó. Mi amigo se quedó perplejo, no entendía nada, pero unos días después, en mitad de la junta de evaluación del grupo de esa niña, apareció la orientadora de su centro, que no tenía nada que ver con ese grupo, y les pidió a él y a otros dos profesores que habían suspendido a esa niña que le dijeran qué pasaba con ella, porque su madre estaba muy preocupada. Alguien le pidió tímidas explicaciones sobre tan anómala conducta, eso de meterse en una junta final con semejante motivo, pero el asunto terminó en que uno de los otros profesores, allí mismo, cambió el suspenso de la niña por un aprobado. Mi amigo ya entiende algunas cosas, pero sigue estando perplejo. 

domingo, 22 de junio de 2014

Més que un club

   Por si alguno no lo sabía, yo soy del Barça. Recuerdo que hace unos años, probablemente en la final de la recopa que ganó en 1997, fue cuando por primera vez empecé a sentirme indignado por el secuestro en que el nacionalismo tiene cautivo a este gran club, que, como les dije una vez en el foro del diario Sport a un puñado de mentecatos, tiene una dimensión universal y está muy por encima de los cuatro gatos de visión aldeana que son ellos. Al acabar aquel partido, alguien le dio al portugués Figo una bandera de su país, que el jugador paseó orgulloso por el campo, en el cual había también unas cuantas senyeras, pero... ni una sola bandera española. Me pareció indignante que la bandera del país del equipo campeón estuviera vetada en esa celebración por la dictaorial exclusión a que la tiene sometida el fanatismo nacionalista.
   Pero el caso es que con el tiempo ese secuestro se ha ido agudizando, cosa de la que tenemos muchas muestras, ya sea a propósito de la inmersión lingüística o del himno nacional, en general, bastante vergonzosas y demostrativas del talante fascista y excluyente del nacionalismo catalán (como todos). Una cosa que solía llamarme la atención era lo prudentes que eran todos los jugadores en este terreno, prudentes a veces en demasía: ¿es que no había ninguno que se sintiese español o respetase lo español? Bueno, pues parece que sí que los hay. En uno de los artículos citados unas líneas más arriba, ya hemos visto cómo Sergio Busquets le daba al expresidente Laporta una lección de prudencia en este sentido y en los últimos días hemos tenido estos dos señaladísimos ejemplos:
   -Hemos visto nada menos que a Pau Gasol asistiendo como invitado a la coronación de Felipe VI, me figuro que para regocijo de Artur Mas, que verá con satisfacción cómo el formidable jugador, que es amigo personal de los reyes, ya no podrá ser manipulado por su causa excluyente. 
   -Cesc Fábregas ha puesto de uñas al cerrilnacionalismo al negarse a responder en catalán en una rueda de prensa y al afirmar en su despedida que iba a defender los colores de su país, España. ¡Huy lo que ha dichoooooooooooooo! ¡Cómo se atreve a decir que su país es España, y no Catalunya! ¡Ah, claro, es que ya no es del Barça! y así ya no está sometido a chantajes, ya no tiene que ocultar delitos como ese de sentirse español, porque ya está fuera del alcance de las iras de estos señores. Esta situación es realmente vergonzosa. Cuando se puso de moda aquella frase de que el Barça era "més que un club", fue para distanciarlo de una dictadura: que tenga todo el mundo en cuenta que hoy este gran club esá siendo manipulado y secuestrado por otra. Bien por Busquets, Gasol y Fábregas.