lunes, 2 de mayo de 2016

Luis Gonzalo Segura en "Olvida tu equipaje"

   Radio Utopía es lo que su propio nombre indica: una emisora de radio llevada por un grupo de personas que, evidentemente sin ánimo de lucro, han elegido el ámbito de las ondas para divulgar la cultura y la información, pero sin temor a informar de lo que no gusta a quienes mandan aquí o de llegar a la cultura que, aun siendo tan digna como cualquier otra, no goza de la atención de los grandes canales de divulgación. 
    Utopías, ya digo. Por si os interesa, su dirección en la red es www.radioutopia.es  y su frecuencia es la 107.3 de la FM.
    Uno de los programas de esta cadena se llama Olvida tu equipaje. Es un programa de reportajes de actualidad que se emite en directo los viernes de 19:00 a 20:30.  El pasado 29 de enero, le hicieron una entrevista a Luis Gonzalo Segura, ya sabéis, el teniente que ha denunciado gravísimas irregularidades en el Ejército español, a través de los medios de comunicación y de dos novelas, "Un paso al frente" y "Código rojo". De este exmilitar ya os he hablado aquí, en el artículo que titulé No es solo Zaida Cantera, pero hoy he descubierto que tiene un blog. Os pondría, como suelo hacer, el enlace, pero sucede que, cuando he intentado entrar, el antivirus me ha bloqueado el acceso, inquietante, ¿no? Inquieta también que instituciones y grandes partidos estén dando la espalda a un hombre que está llamando la atención sobre hechos muy graves. Si queréis escuchar la entrevista que le hacen en Olvida tu equipaje, pulsad este enlace:
    Es larga (dura ochenta minutos), pero os aseguro que dice cosas muy interesantes. 

domingo, 17 de abril de 2016

Puesto ya el pie en el estribo: 400 años sin Cervantes

   Estoy recopilando información para una actividad en el instituto que girará en torno al prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, última obra de las escritas por Cervantes (salió a la luz en 1617, con él ya muerto), y, además de este interesante artículo, encuentro esta pequeña noticia en la que Andrés Trapiello pone por las nubes el texto con que Cervantes encabezó su obra póstuma. Me alegra coincidir con Trapiello, pues soy de los que piensan que las dos páginas que constituyen el prólogo del Persiles son las mejores y más emocionantes de las que escribió el genial autor del Quijote.  Podéis leerlas aquí:
   El día 21 de abril, en la entrega de premios del concurso literario de mi instituto, comenzaremos leyéndolo, ya que viene muy a propósito en un acto que aprovecharemos para rendir homenaje a Cervantes en el 400 aniversario de su muerte. Y viene a propósito porque su autor nos relata en él una anécdota tal vez real en la que nos habla de muchas cosas: de un rutinario viaje de retorno a Madrid, de un "estudiante pardal" que, por el camino, se les une a él y a sus amigos en ese viaje, de la reverencial admiración de ese estudiante cuando descubre que en ese grupillo al que se ha agregado va don Miguel de Cervantes, del presentimiento que este tenía de su ya próxima muerte... Tan certero es en esto, que sitúa el fin de sus días a lo más tardar en el cercano domingo, y la muerte, quizás por no dejarle mentir, se le presentó el sábado.
   Este prólogo debió de ser lo penúltimo que escribió Cervantes, pues lo último fue sin duda la dedicatoria de ese mismo libro al conde de Lemos, en la que dice: "Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo esta", justo después de haber dejado testimonio de que su buen humor le acompañó hasta el fin escribiendo estos versos, ligera modificación de una famosa copla:
                                                         Puesto ya el pie en el estribo,
                                                         con las ansias de la muerte,
                                                         gran señor, esta te escribo.
   ¿Acaso no sería suficiente todo esto para que la lectura del prólogo del Persiles (y hasta de la dedicatoria) ocasionara una vibrante emoción? Yo, desde luego, jamás he podido evitar que me la produjera. Tal vez sea porque, con ser mucho, lo que he expuesto hasta aquí no es todo, sino que hay aún un factor más, sin duda, el más grandioso: lo que más brilla en ese prólogo no es lo que se nos cuenta, sino cómo se nos cuenta. Cervantes, un genio consagrado ya por la admiración de muchos, habla de sí mismo despojándose de toda soberbia y llamando "baratijas" a todos los elogios que acaba de dedicarle el estudiante, muestra un humor fino y bondadoso, se refiere a su muerte que sabe inevitable con un estoicismo elegante e irónico, aunque sus palabras finales (¿podía ser de otro modo?) se empañen de tristeza, tristeza que contrapesa con otras de contento y regocijo. Alguien podrá decir que son tópicos, tópicos viejos, que se percibe ahí el de la falsa modestia, preceptuado ya por los retóricos medievales, pero ¿de verdad fue falsa alguna vez la modestia de Cervantes? ¿De verdad necesitaba para nada falsificar la modestia alguien que demostraba saber a la perfección que su muerte era cuestión de días? No parece que sea el caso de Cervantes, con lo que la mayor virtud del prólogo del Persiles es sin duda la autenticidad de su voz, que consigue el milagro de que casi, con sus palabras sencillas y sentidas, podamos ver a nuestro lado a Miguel de Cervantes hablándonos de tú a tú, despidiéndose cálidamente de nosotros como un amigo.


  

martes, 5 de abril de 2016

Tres escenas catalanenses

    En los últimos días, han salido reflejados en la prensa tres episodios que considero ilustrativos del clima del deterioro de la convivencia a que se ha llegado en Cataluña, deterioro que es responsabilidad exclusiva de las ambiciones y desafueros del independentismo. Veámoslos  brevemente uno por uno.
   1. Félix de Azúa y la distribución al por menor de pescado. Han levantado una considerable polvareda estas palabras de Félix de Azúa acerca de Ada Colau: "Una ciudad civilizada y europea como Barcelona tiene como alcaldesa a Colau, una cosa de risa. Una mujer que debería estar sirviendo en un puesto de pescado".  No ha podido ser más torpe el académico en sus últimas palabras, ya que encierran un innegable clasismo y corresponden a una mentalidad y un lenguaje arcaicos y trasnochados, precisamente, por ese clasismo. Deben por tanto ser condenadas y extrañan en alguien de la formación de Félix de Azúa. Dicho esto, querría hacer algunas precisiones. Primera: que lo único condenable de las palabras de Azúa es ese zafio clasismo, lo digo porque también he visto por ahí que se le acusaba de machista, cosa que me hace ponerme en guardia, porque hay por ahí ciertos sectores ultrafeministas que sacralizan a la figura de la mujer y te lanzan el anatema de machista a la más mínima, por no hablar de las políticas que recurren a él cuando se quedan sin argumentos. Segunda: en esa entrevista, Azúa no demuestra nada especial contra Ada Colau, sino que es tan crítico con todo que hasta el periodista llega en algún momento a decirle que su discurso es desolador, y hay que señalar que la mayoría de sus críticas tenían, como mínimo, algún fundamento. Tercera: las palabras sobre Colau, en realidad, la traen a ese discurso supercrítico solo de refilón, ya que, como puede verse incluso en las que yo he citado, están inscritas en un problema mayor: el del deterioro de la vida social, política y cultural en Barcelona en particular y en Cataluña en general. Acerca de esto, Azúa (que, como exiliado del independentismo, sabe muy bien de qué habla) dice algunas cosas muy graves y certeras, como que la situación allí es grotesca, que en las escuelas se enseña el odio a los españoles y que lo que domina allí es un fascismo que recuerda al País Vasco de la época de ETA. Estas cosas sí que eran importantes, mucho más que ese exceso tontorrón de la pescadera, ha sido una lástima que el propio Azúa haya conseguido que quedaran eclipsadas. En todo caso, para terminar, supongo que está claro que Ada Colau puede ser criticada como cualquier otro, más aún: creo que está haciendo sobrados méritos para ganarse muchas críticas, pero esto ya es otra historia. 
     Los que queráis ver completa la entrevista de Félix de Azúa, pinchad este enlace: Félix de Azúa en Tiempo
     Post scripta: mientras estoy escribiendo este artículo, escucho en el informativo de Radio Nacional de las 14:00 que se ha formado una plataforma autodenominada ciudadana que pide que se expulse a Félix de Azúa de la Real Academia Española por lo de Ada Colau, en otras palabras: ¡a la hoguera con ese hereje por haber osado blasfemar contra Santa Alcaldesa de Barcelona!: como ya he dicho una y mil veces, la corrección política es la Santa Inquisición de nuestros tiempos.  
     2. ¿Será la casa de Albert Boadella el punto limpio de su pueblo? A propósito de ese fascismo nacionalista de Cataluña que muchos denuncian hoy en día, encontramos una noticia sobre otro ilustre exiliado del independentismo catalán, Albert Boadella, en la que afirma que "en España, la ultraderecha se llama nacionalismo".  Cuenta el dramaturgo que en su pueblo, Jafre (Gerona), le están sometiendo a cobardes actos vandálicos de acoso, tales como estropearle las chumberas de su jardín, talarle los árboles o echarle bolsas de basura por encima de la tapia, porque un día se le ocurrió pedir que retirasen una estelada del campanario de la iglesia. Un nuevo episodio de totalitarismo nacionalista, sí señor, pero merece la pena leer el artículo completo, ya que Albert Boadella, auténtico experto ya desde la época de Franco en sufrir acosos fascistas e inquisitoriales, hace una magistral disección de cómo se producen en la actualidad estas prácticas, en la que se incluyen unas perspicaces observaciones sobre las redes sociales. No debería echarse en saco roto el que una voz tan autorizada como la de Boadella haya equiparado mil veces a los nacionalistas de hoy con aquellos franquistas de antaño.
     3.- Segregacionismo y tergiversaciones en la universidad. A mediados de la pasada semana, saltaba a los medios de comunicación la presentación en público de un manifiesto impulsado por la Universidad de Barcelona y respaldado por -hasta ese momento- 280 firmantes relacionados con la universidad y el mundo de la cultura. El elaborador de ese manifiesto era un colectivo de nombre Koiné y su propuesta era rotunda: que se abandone el bilingüismo en Cataluña y la lengua oficial sea allí solamente el catalán. Por suerte, esta propuesta modelo de moderación, realismo y respeto a la ciudadanía se contempla sobre todo para cuando Cataluña sea independiente, que es tanto como decir ad calendas graecas, tal vez sea esta la causa de que el colectivo Koiné haya elegido una palabra griega para bautizarse. Pero casi peor que la propuesta eran el tono y los argumentos. En primer lugar (y previa tergiversación de la historia) el manifiesto pinta una Cataluña en la que el catalán es la lengua de los catalanes y el castellano la lengua de la inmigración española, cosa que no es cierta, porque tan catalanes son los que hablan una lengua como la otra, por no mencionar el hecho de que muchísimos se manejan con las dos. Esa división además lleva implícita una separación perversa entre catalanes que son catalanes y catalanes que son, en realidad, inmigrantes: que me maten si eso no es segregación: ¿es ese el ideal de sociedad que ofrece la Cataluña independiente? Para fundamentar esto, se ha partido previamente de un amplio muestrario de mentiras impropias de un documento elaborado en una universidad: que en 1714 el reino castellano invadió el principado catalán e impuso el castellano como lengua de dominación; que el franquismo utilizó la inmigración desde territorios castellanohablantes como instrumento de colonización lingüística; que el régimen de 1978 ha reforzado la imposición del castellano...: las ya cansinas tergiversaciones victimistas del nacionalismo, ese nacionalismo cínico que, al mismo tiempo, trata de ocultar los graves excesos de su inmersión lingüística. Este documento es un alarmante avance en el sectarismo y el radicalismo de los planteamientos independentistas; su propuesta resulta a ratos guerracivilista y transpira el voluntarismo de los fanáticos que tiran p'alante con sus planteamientos aunque sean disparatados. Tan excesivos son que los han rechazado hasta los propios Rufián y Tardá. Os dejo aquí la respuesta que por su parte ha emitido Societat Civil Catalana.
     Pinchando este enlace podréis ver el texto íntegro del manifiesto del Grup Koiné. Asusta que una cosa así proceda de círculos universitarios.

sábado, 2 de abril de 2016

Un pacto de Estado para la educación

    Decía en cierta ocasión aquel gran parlamentario que fue Miquel Roca Junyent, a propósito de la forma en que la clase política estaba afrontando los problemas del momento, unas palabras parecidas a estas, o tal vez estas mismas: “Hemos estado tan preocupados por lo urgente que nos hemos olvidado de lo importante”. Es cosa que suele ocurrir, para algo las urgencias son urgencias, y, de hecho, en el momento actual, está ocurriendo con muchos asuntos, entre ellos, la educación. Pronunciamientos acerca de la crucial importancia de la educación los hemos oído a centenares y en bocas de toda variedad, desde las de ciudadanos de a pie hasta las de personajes públicos, y entre estos últimos, que son los que a última hora gozan del privilegio de tener más audiencia y por tanto más oportunidad de influjo social, los han emitido no solo políticos o intelectuales, sino también cantantes, deportistas, grandes chefs, empresarios o actores, es decir, personas a las que el asunto les tocaba más bien como inquietud personal. En fin, creo que ha quedado claro lo que quiero decir: a TODOS nos parece que la educación es una cosa importantísima para que el país funcione.
   Eso está muy bien y podemos sentirnos orgullosos de lo concienciados que estamos todos, pero ¿se corresponden nuestros actos con la preocupación que demostramos? Soy de la opinión de que está muy lejos de ser así y me preocupa particularmente la postura de los partidos políticos, que son los que, en definitiva, dado que de ellos salen nuestros gobernantes y legisladores, tienen en su mano decidir el rumbo que tome nuestra enseñanza en cada momento y el trato que reciba desde la sociedad y desde el poder. En el nivel de las proclamas, como hemos podido ver en la reciente campaña electoral y en el periodo de maniobras poselectorales que se ha abierto, sí que se ha mantenido el ritual de señalar que la educación va a ser importantísima, sí que se ha hablado mucho de cambiar las cosas y de mejorarlas, sí que se ha hablado mucho de la necesidad de grandes pactos y consensos, pero, en el terreno de las concreciones, todo se ha reducido a lo de siempre: tópicos altisonantes, posiciones de trinchera, un desconocimiento y hasta un desprecio de la realidad educativa no muy alentadores y un hipócrita silenciamiento de lo que se piensa hacer en torno a algunas cuestiones espinosas y polémicas, pero, miren por dónde, tan importantes que ningún partido que pretenda ser creíble puede dejar de contarnos qué piensa hacer en lo referido a ellas, he aquí algunas: una verdadera diversificación del sistema, los abusos lingüísticos de los nacionalistas, el fraude del bilingüismo, la conflictividad en algunos centros, la concertada, la presión sobre el aprobado… (1).   
   El pasado 9 de febrero, el Instituto de España hizo público un documento titulado Un pacto de Estado para la educación (2), título que desde el principio deja poco lugar para las dudas. El Instituto de España es un organismo que agrupa a las ocho Reales Academias españolas, así que nos hallamos ante el documento de una voz muy autorizada, la de instituciones punteras en el mundo del conocimiento y del saber, cuyos miembros son personas de demostrada valía en la cultura y en la ciencia: algo sabrán estas personas de educación y conocimiento; alguna sabiduría hemos de concederles para examinar una situación dada sobre tales materias, para establecer un diagnóstico, para emitir una demanda adecuada.
   Conocedores de lo que hay, empiezan reclamando un pacto para todos los niveles educativos, al que califican de “verdadero”: ¿será que están, como estamos muchos, hartos de pactos falsos, hartos de que se les dé gato por liebre en esta como en otras materias? Puede ser, porque en algún momento declaran: “Llevamos casi medio siglo de  reformas sucesivas […] que desafortunadamente no han dado todos los resultados positivos que sería de esperar”. A su juicio, no ha fallado la inversión, que nunca antes había sido mayor en España, sino la estabilidad en los objetivos, afirmación que debe sin duda tomarse como una denuncia de lo sometida que ha estado nuestra enseñanza a propósitos políticos partidistas. Pasan tras esto a señalar una serie de puntos clave: el desprecio hacia el profesor que se ha instalado en nuestro sistema, la necesidad de que la transmisión de conocimiento esté por encima de particulares técnicas pedagógicas, la pasividad de nuestros actuales alumnos, la necesidad de que el índice de materias sea consensuado, reducido y centrado en las esenciales… Por si esta serie de puntos no fuera ya muy sintomática de que, como adelantaba más arriba, estos señores saben muy bien de qué hablan, nos dejan dos apuntes que lo confirman plenamente, los reproduzco:
            -“Los profesores que enseñan en colegios e institutos, más allá de los índices de eficacia del sistema y de abandono escolar, nos ilustran acerca de las dificultades internas que existen para el ejercicio de su cometido, algunas de ellas no mensurables estadísticamente, pues tienen más que ver con las actitudes que con las aptitudes de los estudiantes.”
            -“No se trata primordialmente de producir trabajadores, sino de formar ciudadanos instruidos, responsables y competentes.”
   ¡Anda y que no saben estos señores del Instituto de España, ya se explica uno por qué son académicos! Sin dejarse narcotizar con estadísticas, se han ido a la realidad y se han dado cuenta de que el fallo está en algo que no detectan los radares, no en que las normas sean buenas o malas, sino en que luego, a pie de aula, la presión por el aprobado y otras prácticas viciadas han instaurado una destructiva molicie que campa por sus respetos. Y, por cierto, de esto se han enterado oyendo las voces de “los profesores que enseñan en colegios e institutos”: ¿para cuándo un gobernante o un político que se anime a llevar a cabo tal práctica? Igual de listos han andado en lo referente a la segunda frase: han captado muy bien cómo ciertos sectores del poder, especialmente el PP y la banca, se han lanzado al inicuo proyecto de empobrecer la educación, de reducirla al objetivo de enseñar a hacer cuatro cositas destinadas a capacitar al alumno exclusivamente como productor. Formar para el trabajo no es malo, lo aberrante es reducir la enseñanza solo a eso (como han estado predicando en los últimos cuatro años los fontaneros políticos del PP y algunos supuestos expertos), porque su objetivo debe volar hacia fines más amplios, ricos y complejos. Por eso, porque el conocimiento y la formación personal esperables en el estado de bienestar son una riqueza impagable que “se compadece mal con la volatilidad normativa en materia de educación”, el Instituto de España pide para ella un urgente pacto de Estado.       
   ¿Y bien? El documento fue hecho público, ya he dicho, el pasado 9 de febrero. El primer aviso nos lo dieron los medios de comunicación, que tampoco es que lo presentaran con gran entusiasmo. La propuesta, que tiene algunos matices más, es sencilla y seria y sería sin duda eficaz, pero requeriría esfuerzo y compromiso por parte de todos, y eso está muy lejos de la tan brillante como vana pirotecnia educativa que llevan ofreciendo nuestros políticos desde hace años. ¿Ha oído alguien a alguno pronunciarse en serio o simplemente pronunciarse acerca del documento? Esto me hace ser muy pesimista, por mucho que los partidos no paren de proclamar su voluntad de alcanzar ese gran pacto.    

NOTAS Y ENLACES
(1) Entro más a fondo en esta cuestión en este artículo de mi blog:
http://papabloblog.blogspot.com.es/2015/12/elecciones-2015-3-propuestas-educativas.html
(2) El documento del Instituto de España:
http://www.raing.es/sites/default/files/Pacto_Instituto%20de%20Espa%C3%B1a.pdf

lunes, 28 de marzo de 2016

"La conjura de los ignorantes", de Ricardo Moreno Castillo

   Hace unas tres semanas, estuve en la presentación de "La conjura de los ignorantes", último libro de Ricardo Moreno Castillo, el cual voy a comentar en este artículo. La presentación se celebró en un lugar muy adecuado, una biblioteca de barrio (Lavapiés, nada menos) y corrió a cargo de Jon Juaristi, que dedicó a la pedagogía como actividad (no diré como ciencia, ya que lo primero que hizo fue negarle tal atribución) un análisis que no reproduciré por no herir susceptibilidades. En la misma línea de criticar duramente a la pedagogía y al pedagogismo estuvo después el propio Ricardo, e igualmente quienes intervinimos en el pequeño debate que tuvo lugar. La principal imputación fue esta: que la secta pedagógica ha hecho un daño terrible a la educación en España. En este punto el acuerdo fue absoluto, cosa perfectamente lógica, habida cuenta de que es difícilmente discutible.
   Y precisamente ese es el principal asunto de "La conjura de los ignorantes", y así se declara en la misma tapa con este subtítulo de resonancias clásicas: De cómo los pedagogos han destruido la enseñanza. Sabemos que Moreno Castillo lleva ya años en la tarea de desenmascarar a los pedagogos y desmontar su discurso y en este libro el procedimiento mediante el cual se nos muestra cómo los pedagogos se han cargado la enseñanza es ni más ni menos que ese: los primeros dieciocho capítulos parten de una cita textual de algún pedagogo, la cual contiene los habituales disparates y atrocidades, disparates y atrocidades que Ricardo pone en evidencia o refuta en el resto del capítulo. El capítulo 19 es un poco más largo y está dedicado a lo que el autor califica como "la quintaesencia del dislate pedagógico", o sea, aquel concentrado de embustes y bobadas que el mundo conoció como manifiesto No es verdad. Por último, se cierra el libro con el capítulo número 20, dedicado a la indignación que produce a los pedagogos el descrédito de la pedagogía entre los profesores. Su espíritu se refleja en esta breve controversia: a esta reflexión de Gimeno Sacristán:
            Nuestro nivel de deterioro es de tal calibre, que encuentra uno eso como el "Panfleto Antipedagógico", que va por ahí vendiéndose y va por la sexta o séptima edición; mientras que los panfletos pedagógicos se mueren de risa en las estanterías sin que nadie acuda,
   opone Moreno Castillo esta suya:
             Si los panfletos pedagógicos se mueren de risa es porque los profesores no encontramos en ellos nada que valga la pena, no porque no deseemos ser buenos docentes.
   Antes de esos 20 capítulos, encontramos un sabroso prólogo de Arcadi Espada y una introducción de Moreno Castillo, en la cual nos cuenta por qué ha escrito este libro y nos explica las cuatro razones por las que cree que la pedagogía no es una ciencia, que son estas:
   1.- La afición que tienen sus defensores de argumentar ad hominem contra sus discrepantes.
   2.- La resistencia de los pedagogos a cotejar los hechos con la realidad.
   3.- La afición a crear neologismos que acaban constituyendo una jerga críptica que oculta la vaciedad de su disciplina.
   4.- Las patochadas y estupideces que dicen los pedagogos, entre los que aquí incluye también a esa legión de burócratas que hay en los despachos y de docentes (sean profesores u orientadores) que hay en los centros y que han sido los peones de brega de la imposición del pedagogismo. Estos últimos parecen tener muy poca fe en lo que predican, ya que, en cuanto pueden, escapan de las aulas. Al desarrollo mediante ejemplos de esta cuarta razón, se dedica el cuerpo de la obra.
   La lectura de los disparates pedagogistas, a pesar de que algunos ya los conocía, me ha producido a menudo verdadera indignación: pensar que estupideces de tan grueso calibre se hayan impuesto o se hayan pretendido imponer como pauta para la práctica de la docencia en nuestros centros hace que se rebelen la inteligencia, la racionalidad, el sentido común y la ética profesional de cualquier profesor; pensar que sus autores gozan de la confianza de los políticos y de las administraciones, que recurren a ellos a la hora de concebir planes y programas educativos genera un terrible pesimismo, porque equivale a decir que esos señores van ganando, que lo que ellos idean condiciona el marco en que todos nos movemos y las normas que todos debemos cumplir, que -por desgracia y como a menudo ocurre- la conjura de los ignorantes ha vuelto a salir victoriosa, que quizás lo que la LOGSE, la LOE o la LOMCE ofrecen tiene tanto éxito porque es lo que la gente quiere. 
   Ese pesimismo lo capté entre algunos de los que acudieron a la presentación de hace unos días. Creo que es engañoso y no debemos dejarnos vencer por él, y estoy tan convencido por poderosas razones. La primera es que, metido en los centros (y yo ya llevo ahí muchos años), ves que la inteligencia y el sentido común distan mucho de escasear entre los alumnos, por lo que muchos aprueban aprendiendo y estudiando aunque podrían hacerlo sin estudiar y, entre los que no estudian, los planteamientos hueros del pedagogismo no convencen en absoluto, sino que simplemente se sirven de ellos por mera comodidad. De la segunda ya he hablado antes: los profesores no creen en la pedagogía, salvo un reducidísimo número; el resto, o sea, la inmensa mayoría, se someten a ella sin fe, la orillan fingiendo obedecerla o la combaten. Como tantos credos impuestos por la fuerza o con calzador, el pedagogismo vence sin convencer, cosa que saben muy bien los pedagogos. Y aquí va la tercera: el libro del que estoy terminando este comentario, que se titula "La conjura de los ignorantes" y es una durísima crítica del pedagogismo, está teniendo muy buena acogida. Creo que son unas razones muy sólidas para ser optimistas. 

jueves, 10 de marzo de 2016

El señor de Buil. 2: el relato


   
   El género de terror siempre me ha resultado atractivo. Empecé a abordarlo con "El molino de La Barbolla" (que fue lo primero que escribí) y luego repetí en "El ángulo oscuro", mis dos novelas juveniles. Tiempo después, me propuse tratarlo nuevamente, pero pensando en un lector adulto. Para los que os preguntéis dónde puede estar la diferencia, diré que la composición de narraciones de terror pensadas para adultos y no para jóvenes te da más libertad en aspectos como el planteamiento de cuestiones filosóficas o religiosas, el manejo de la crueldad y la violencia, el tratamiento de temas duros o espinosos, la presencia de sexo o la felicidad o infelicidad de los finales.
    En lo referido a las cuestiones filosófico-religiosas, para quienes piensan que el terror es un género de segunda categoría, esto parecerá de chiste, pero conviene que no nos engañemos, porque en muchísimas historias de terror se hallan como fondo reflexiones muy serias sobre la condición humana, el bien, el mal o lo que hay más allá de la vida. Sin ir más lejos, "Drácula", novela a la que pocos negarán ya la condición de obra maestra, se entiende mal si no vemos en ella una guerra entre el bien y el mal, entre las fuerzas de Dios y las del infierno. Quien haya tratado alguna vez con las editoriales de juvenil, sabrá que este tipo de cosas constituyen cada vez más un estorbo si pretendes que te hagan caso, mientras que nunca son obstáculo en un libro adulto, o no deberían serlo. En cuanto a los finales no felices, lo tienen francamente complicado si se quiere publicar un libro juvenil, cosa que no deja de se lógica, pero, las cosas como son, dados los líos en que se meten los personajes de las historias de terror, con muchas de ellas, el empeñarse en ponerles un final feliz es empeñarse en cargárselas. Dejo para el final el lote surtido que incluye crueldad, violencia, temas duros y sexo: muchos me diréis que nuestros jóvenes tienen eso a su alcance y ante sí las 24 horas del día, y no lo niego, pero vuelvo a lo de antes: si queréis que una editorial de juvenil os publique una novela, ya podéis ser muy mirados con estos aspectos, cosa que me parece muy razonable, aunque a veces creo que se pasan, más por temor a una mala acogida de padres o educadores que por mojigatería.
    Pero, en definitva, cuando escribí "El señor de Buil" pude liberarme de todas esas restricciones, lo que no quiere decir que me las saltara (el sexo, por ejemplo, está ausente por completo), sino que dejaron de ser un estorbo, lo que no es poco. Esta historia forma colección con otras dos de extensión algo menor, o sea, que las tres pertenecen a ese género tan indefinido que hasta existe desacuerdo en su identidad, pues hay quien lo llama relato largo y otros lo consideran novela corta; si os digo la verdad, yo la consideraba un relato largo, pero con ella he ganado un concurso de novela corta, cosas de la vida. El aspecto formal lo cuidé mucho en los tres relatos; por ejemplo, "El señor de Buil", con el fin de darle apariencia de realidad, lo compuse siguiendo la vieja técnica del manuscrito antiguo y misterioso que llega por casualidad a manos de alguien, y a su vez ese manuscrito está incluido en un relato marco, el de ese alguien contándonos a los lectores actuales cómo lo encontró. Sí, ya lo sé: no es ninguna novedad, pero creo que funcionó.
   Quizás es más novedoso el aspecto temático. En "El señor de Buil" nos vamos a encontrar a algún que otro viejo conocido de la literatura gótica, más iglesias en penumbra, ratas repugnantes, el bien, el mal, castillos misteriosos, la Inquisición, curas buenos y malos, horror en la soledad silenciosa, caballos negros...: lo de siempre, vamos, pero con algún ingrediente de mi cosecha que creo que lo hace original. Y lo que sí os garantizo es una cosa: da mucho miedo.     

lunes, 7 de marzo de 2016

"Contra la nueva educación". 2: el contenido

1. Consideraciones generales. Ya he terminado de leer el libro de Alberto y abro este segundo y último artículo con unas breves consideraciones. Lo que voy a decir tengo la intención de que no sea muy extenso, pues nunca he sido partidario de hacer largas exégesis a la hora de comentar libros, sino de hacer una valoración general y después recomendar o no su lectura. Naturalmente, este de Alberto recomiendo leerlo, porque es bueno y entretenido y porque, en coherencia con su título, es una severa crítica a ciertas concreciones de la nueva educación muy nocivas para la escuela. A lomos de esta refutación de las propuestas del adversario, Alberto introduce ocasionales pinceladas de las suyas propias, con lo que, aunque tal y como se debe entender por su título, este libro no pretende ser una presentación sistematizada del modelo educativo del autor, algunas pistas da de él, y significativas.
2. La planta y los parásitos. Porque lo que pretende Alberto es identificar a algunos de los dañinos parásitos que atacan a la planta de lo que yo llamo la escuela (preferentemente, pública), es decir, el colosal conjunto de centros y maestros que nos ocupamos de las etapas de infantil, primaria y secundaria, con el fin de que la gente los pueda reconocer en su verdadera faz de embaucadores y así los daños que ocasionan se reduzcan al mínimo. Esto no me lo invento, sino que lo dice él de manera explícita en la página 196 y la razón que principalmente le impulsa es una que algunos con sus mismas inquietudes conocemos muy bien: que el éxito que muchos de esos parásitos tienen en los medios de comunicación multiplica su perniciosidad y sus estragos, así que algún freno habrá que ponerles. He de aclarar que la planta es un ser colosal y que goza de  muy buena salud, porque a ella acuden millones de alumnos que reciben una enseñanza como mínimo pasable, procedente de cientos de miles de profesores conocedores de lo que enseñan y seleccionados por medios que se podrán criticar, pero que son, al menos, igual de buenos que otros alternativos. No es poco: millones de niños y jóvenes atendidos a diario por cientos de miles de especialistas en diversas etapas y áreas, muy diferenciadas a veces y con metodologías por tanto muy particulares (no es lo mismo 2º de infantil que 1º de bachillerato; no es lo mismo Música que Física), que esos especialistas, en general, dominan. Y la cosa funciona razonablemente día a día, curso tras curso. No es poco, repito, y me temo (que me desmienta si me equivoco) que esta planta es lo que el libro de Alberto defiende de los parásitos. A veces, algunos profesores comprometidos nos quejamos de los problemas del inmenso vegetal que cultivamos, pero no es por él, sino por disfunciones del sistema que lo rigen, los cuales causan esos problemas, que hacen que funcione peor de lo que podría. No nos confundan: nos quejamos, por ejemplo, de cosas como que se hayan implantado unas perversas prácticas en torno a la evaluación que fomentan la molicie, pero para nada atacamos a los alumnos como colectivo, pues la mayor parte de ellos, a pesar de los pesares, esa buena educación que reciben la aprovechan muy bien, ¡vaya que sí! Por lo tanto, ni Alberto ni los que pensamos como él somos unos ogros amargados que odiamos a los niños (les aseguro que es un tipo agradable y jovial, como tantos otros), ni la escuela es un campo de concentración en tonos grises (hace falta ser muy malvado o muy ignorante para defender esto, solo hay que ver la alegría con que suelen ir al colegio nuestros niños), ni se exige a nadie memorizar bajo tortura la lista de los reyes godos ni impera en los institutos la famosa lección magistral: esto es una gigantesca majadería, aparte de una iniquidad, por el simple hecho de que, como ya he dicho, la escuela de la cual participa Alberto es un ágora colosal con multiplicidad de métodos. Solo desde la ignorancia y desde la maldad interesada se puede mantener que en la escuela domina la lección magistral, método que tal vez utilicen ocasionalmente y como uno más algunos profesores en bachillerato, profesores que, con toda seguridad, cuando entren en cursos de ESO, utilizarán otros, porque, aunque los parásitos inoculen en la sociedad sus intoxicaciones, aparte de las ya aludidas mil maneras de enseñar según las distintas áreas, dentro de cada una, los profesores suelen manejar una flexible multiplicidad de metodologías. Así funciona esa grandiosa escuela a la que pertenece Alberto; solo con defenderla de estos infundios que interesadamente siembran los parásitos para poder colar sus baratijas, está haciendo profesión de comunión con este polivalente, gigantesco y sólido edificio y con sus principios educativos, que no son poca cosa. Eso, de paso, ya es definirse y presentar de manera implícita un ideario educativo.
   Y en el otro lado, ¿quién está? Duele decirlo, pero la mayor parte de las veces que me molesto en leer las propuestas de los que se autodenominan innovadores, expertos o cosas parecidas, lo primero que pienso es que delatan una clamorosa ignorancia, un clamoroso cinismo o ambas cosas a la vez. Creo que ya no tengo que explicarlo: solo desde esas posiciones se pueden decir cosas como lo de la lección magistral o lo del imperio de la memoria, entre otras. La primera, ya he explicado por qué, y la segunda, hace falta tener un penoso desconocimiento del actual estado de nuestra educación para tacharla de memorística (por cierto, este desconocimiento lo demostró con machaconería nada menos que una secretaria de Estado, doña Montserrat Gomendio, alegre defensora de algunas de estas "novedades"), lo digo porque precisamente uno de los problemas que el pedagogismo ha provocado en nuestra enseñanza es el desprestigio de la memoria, con lo que ha conseguido casi proscribirla. Ya solo unos pocos nos atrevemos en los centros a defender abiertamente esta facultad humana fundamental, que es imprescindible para la adquisición y conservación del conocimiento. La pregunta es: ¿cómo se puede proscribir a la memoria en un sistema educativo, o sea, un sistema que persigue o debe perseguir la elevación de los conocimientos de los alumnos? Cosas de nuestro sistema. Pues bien: esos parásitos que Alberto censura en su libro son personajes con estas y parecidas propuestas. Otro rasgo que los adorna es la suficiencia: a menudo se trata de personas que creen haber descubierto la panacea, que han elaborado un sistema consistente en cuatro ideítas simples (o dos) y lo presentan como la solución definitiva para todos los males, y encima lo adornan con una  tremenda agresividad contra la escuela, que se concreta en críticas y descalificaciones tan insensatas como feroces y, en general, de inconfesables fines comerciales. Con ser esto malo, lo sería menos si no fuera por algo que ya he dicho: a menudo los medios de comunicación dan a estos arbitristas más atención de la que se merecen, y hasta los aplauden y jalean, con lo que sus disparates se popularizan y se hacen mucho más perjudiciales. Por esto son muy necearios libros como el de Alberto.
3. Algunos ejemplos. El muestrario que ofrece el libro de Alberto es amplio y variopinto y abarca desde nombres prestigiosos como Eduardo Punset o Ken Robinson hasta desconocidos o casi desconocidos como María Acaso, Félix Pérez-Orive o Juan Ramón Rallo. Reúnen, sin embargo, una serie de características comunes que acaban siendo los rasgos que los hacen muy nocivos para la escuela. La primera es el producto: todos venden (y las más de las veces lo hacen en un sentido literal) algún camelo: lo emocional, el coaching, la competitividad, el aprender-es-hacer, el evaluparty..., camelo inservible o pernicioso que indefectiblemente sus promotores presentan como la  solución definitiva, dedicándose de paso a despellejar a la escuela. La segunda es su condición de superinnovadores y megarrevolucionarios, destellante medalla que se cuelgan del primero al último y que usan para deslumbrar por el prestigio que emanan estas palabras con solo pronunciarlas. Y les funciona, con la impagable complicidad del papanatismo reinante. La tercera es que todos son expertos en educación, aunque en su vida hayan pisado un aula, aunque su formación esté a años luz del campo educativo: cualquier ignorante en el tema que haya juntado un puñado de disparates sobre él en un libro, en un artículo o en un vídeo, ya es experto en educación. La cuarta es que todos se presentan como supercríticos contra el sistema, aunque en realidad lo son contra la escuela, es decir, contra la práctica educativa ejercida por quienes saben hacerlo y por los métodos apropiados. ¿Por qué? Muy sencillo: porque la quincalla que venden es un sucedáneo barato y malo de ese producto auténtico, al que intentan desprestigiar porque les estorba. Y la quinta, la que ya he mencionado como la más peligrosa, es su capacidad de subyugar a los medios de comunicación de cualquier tipo e ideología: todos les abren sus puertas encantados, se tragan sus embustes y los aplauden subyugados con ingenuidad de adolescentes. Esta irresponsabilidad de los medios de comunicación para hacerles el juego me duele particularmente y uno de sus episodios más lamentables fue la encerrona que le montaron en La 2 hará un par de años al propio Alberto, en un programa que parecía ya predispuesto contra su discurso. Si uno echa un vistazo a este tipo de propuestas y a sus consecuencias, entiende la necesidad y oportunidad del libro de Alberto.
   En este capítulo, me recuerda en parte a Fray Benito Feijoo. Miradas una por una, ¿qué importancia podían tener las absurdas supersticiones contra las que batalló en su vasta obra? ¡Eran tonterías que no merecían la menor atención! Pero ¿qué sucede si las miramos en su conjunto? Pues que, todas unidas, esas tonterías constituían nada menos que el negro nubarrón de la superstición que en el siglo XVIII entorpecía el avance de España hacia el progreso, y ahora, más de dos siglos después, entendemos el gran valor que el empeño de Feijoo tuvo para ir despejando ese abominable cúmulo. Salvadas las proporciones, algo parecido está intentando Alberto con su libro en el mundo de la enseñanza. Y él mismo es muy consciente de todo esto. En la página 196, dice: "Más de una vez me he preguntado (y me han preguntado) si merece la pena invertir tiempo y esfuerzo en armar razonamientos para rebatir la vacuidad argumental del contrario. Creo que sí. [...] Es inexcusable dar respuesta a la presencia masiva en los medios de comunicación de corrientes de "contrapensamiento" educativo pobres, pueriles, fraudulentas e intrusistas". Podría seguir, porque la cita es interesante, pero mejor vais al libro y lo leéis, que ya me estoy alargando mucho.      
4. Un hecho importante. Y por eso me voy a dejar en el teclado algunas otras cosas que quería decir y voy a ir al final de este artículo. La pelea contra el empobrecimiento de la educación que han traído ciertas leyes, la conveniencia de los partidos y los intereses de unos cuantos mercaderes es vieja; en internet, la hemos llevado una serie de páginas, entre las que destaca de lejos la por desgracia desaparecida Deseducativos; en formato de libro, han salido de nuestras filas obras muy buenas escritas por Javier Orrico, Mercedes Ruiz Paz, Gregorio Luri o Ricardo Moreno Castillo. Por desgracia, y sé que sabéis que no lo digo con ninguna mala intención, porque admiro a todos estos autores, de alguno de los cuales soy amigo, la resonancia alcanzada por ellos no ha sido la que hubieran merecido y nos hemos encontrado con que los libros de estos autores, buenos libros, con sustancia y exponentes de la situación real de la educación, eran menos conocidos que las recetitas de algún paisano afortunado al que se le hubiera ocurrido escribir disparates sobre enseñanza en sus ratos libres, ya no digamos lo que se multiplicaba la diferencia si el disparatador salía por la televisión. Que yo sepa, el libro de Alberto es el primero que está rompiendo esta tendencia: tengo a mi lado un ejemplar de "El Mundo" del pasado domingo en el que se le hace una entrevista a doble página, y no es este ni mucho menos el primer medio que se ocupa de él, medios de toda condición, envergadura y situación en el mapa. ¿Servirá su libro para que empecemos a aparecer en ese mismo mapa los docentes que pensamos como él, o sea, que la memoria es importante, que los contenidos son el elemento esencial de la enseñanza, que se aprende estudiando y con esfuerzo, que aprender, aun así, ni es aburrido ni es una tortura, que en las clases debe reinar el respeto y el orden, que lo que está en internet no es el conocimiento, sino la información (y sin filtrar), que el profesor es quien tiene ese conocimiento y no está al mismo nivel del alumno y que la escuela es mundo muy complejo, con un enorme potencial educativo y que no puede ser sustituido por las alegres especulaciones de supuestos expertos? Si es así, estaremos hablando de un libro importante, aparte de bueno.