lunes, 29 de mayo de 2017

Ahora resulta que los profesores también somos racistas

   O, peor dicho, microracistas (así, con una erre), si hemos de creernos lo que cuenta en el artículo Microracismo en el aula "El Confidencial", medio al que quizás le convendría estar más atento a su seriedad, su objetividad y, naturalmente, su ortografía, cosas de no poca importancia en un periódico, aunque sea de internet. Por lo que se deduce de la lectura del artículo, a un periodista llamado Moha Gerehou se le ocurrió crear en Twitter una etiqueta titulada ProfesRacistas y, ¡halehop!, como por arte de magia, en cuestión de horas o quizás minutos y fundamentándose en sólidas argumentaciones de 140 caracteres, de manera tan repugnante como sensacionalista, se alzó sobre un colectivo de cientos de miles de profesionales la muy severa acusación de racismo. El artículo que cito no serviría, desde luego, para aumentar el prestigio de "El Confidencial" (si es que lo tiene),  ya que cae en prácticas imperdonables en un medio informativo, aquí señalo unas cuantas:
    -Condena a un gran colectivo haciendo extensivas a su cojunto y generalizándolas una reducidísima serie de conductas particulares.
    -Tales conductas concretas están presentadas con absoluta vaguedad: no se sabe muy bien ni quién, ni cuándo ni en qué situación concreta las llevó a cabo. Podrían perfectamente ser episodios inventados o retocados.
    -Se atribuyen al profesorado actos inespecíficos de la profesión, como el caso ese que cuenta de la profesora que dijo (además, en un encuentro en la calle) que las mujeres negras están más preparadas para el dolor. Eso es una simple estupidez que podría decir cualquiera, de cualquier profesión, condición o raza (sí, amigos míos: una tontería así también podría decirla un negro, ¿o acaso no?), no es necesariamente una aviesa aberración fruto de la perversa y racista mente profesoral.
   -Se retuercen inquisitorial y malintencionadamente las cosas: no todo lo que los fervorosos twiteros presentan ahí como actos racistas lo son: no es racismo y ni tan siquiera "microracismo" preguntarle a un alumno si ha entendido bien algo, como tampoco lo es preguntarle a una alumna de origen argelino por la política de Argelia. Qué decir de lo que cuenta en el artículo una persona llamada Soraya Guenna acerca de un episodio relacionado con el intento de asesinato de Malala Yousafzai: ¿acaso no fueron musulmanes los que intentaron matarla? ¿Qué le dijo exactamente a la señora Guenna su profesor de Filosofía? ¿Era de verdad tan malvado y racista como ella pretende? Para eso tendría que creerme su versión, la cual, siento decirlo, me genera dudas.
   En conclusión, se reflejan en el artículo diversas conductas, entre las que hay algunas que son groseras o incluso podrían -de conocerse los casos en profundidad, y no por una mera anécdota mal bosquejada- ser realmente racistas, pero, leído en su conjunto, lo que rezuma es más bien un exceso de susceptibilidad, un rigor claramente guiado por el afán de poder colgarle a alguien -en este caso, al respetable y voluminoso colectivo de los profesores- la etiqueta de racista. Otra cosa que resulta evidente es que algunas de estas acusaciones son más bien el fruto de un rencor personal de los acusadores hacia el profesorado en general o hacia algún profesor en particular, del que se estarían vengando con no pocas vileza e hipocresía.
   Precisamente ayer, en su artículo La nueva burguesía biempensante, hablaba Javier Marías, con su habitual perspicacia, de los nuevos anatemas que esa neoinquisición llamada corrección política está imponiendo sobre la sociedad y se encontraba entre ellos la falsa acusación de racismo. Había también en el artículo una atinada observación al partido que estos Torquemadas de hoy le están sacando a la proliferación del prefijo "micro": ¡a este Marías no se le escapa una! Parece claro que ciertos pescadores de río revuelto no tienen inconveniente en buscar notoriedad a base de lanzar con ligereza acusaciones muy graves contra quien sea; bueno sería que "El Confidencial" y el señor Gerehou se dedicasen a cosas serias y de provecho, como hacemos, con nuestros aciertos y errores, la inmensa mayoría de los profesores, que no tenemos por qué ser víctimas de su demagogia, su oportunismo, su superficialidad y sus aficiones inquisitoriales.

jueves, 25 de mayo de 2017

"Acongojado" no es "acojonado"

   Lo oí hace un par de días en un medio de comunicación de mucho alcance, no sé si una televisión o una radio. A propósito del trágico atentado en el Manchester Arena y de la necesidad de no hacerle el juego al terrorismo, decía el locutor que los ciudadanos de Manchester iban a demostrar que no estaban acongojados y no se iban a quedar encerrados en sus casas. Está claro que quería decir que pensaban demostrar que no tenían miedo, pero lo que dijo -me temo que sin saberlo- fue que pensaban demostrar que no tenían pena o aflicción, que es lo que significa estar acongojado, o sea, tener congoja, cuando no puede haber duda, por las muchas imágenes y otras pruebas que hemos visto, de que aflicción en Manchester hay mucha, como no podía ser de otro modo.
   La confusión con el significado de "acongojado" viene, tengo la impresión, de los años setenta, en los que hicieron efímera fortuna expresiones como "tener los congojos de corbata", creo que no hace falta que explique el significado que se da aquí a "congojos". Luego, en los últimos años, los comentaristas deportivos -especialmente, los radiofónicos y más especialmente aún los de cierta cadena- han venido haciendo el resto con la eficacia que los caracteriza: me he hartado de oírles decir cosas como que "el árbitro está acongojado por la presión del público" o que "Ronaldo no se acongoja por las entradas de los rivales". Esto es lo que a menudo hacen con el lenguaje los medios de comunicación, deberían ser más cuidadosos.

sábado, 13 de mayo de 2017

"El molino de La Barbolla": primera reimpresión

   Pues sí, amigos, este ha sido un buen año para El molino de La Barbolla, ya que lo han puesto como lectura en algunos centros más y se han agotado los ejemplares, así que he tenido que hacer una nueva reimpresión. Aparte de lo que aparece en la columna de la derecha, acerca de este libro también podéis informaros en el primer artículo que escribí sobre él
    Cuando me decidí a arriesgar con El molino de La Barbolla, fue porque percibía que en el nivel de 1º de ESO había un cierto vacío de libros que pudiesen resultar atractivos para los lectores, así que me lancé a componer uno que reuniera una serie de ingredientes que yo creía que a ellos les gustan, tales como la amistad, el dinamismo o el misterio. Aunque me esté mal el decirlo, creo que acerté, y me baso en lo que he visto en las ya bastantes charlas con lectores que he dado, tanto en lo que ellos me transmiten como en lo que me dicen sus profesores. Estos últimos suelen insistir en una cosa: en que ellos y sus alumnos están más bien hasta la coronilla de tanto tema transversal embutido malamente en historias mohínas, aviso para las editoriales y su corrección política, tan oportunista como hipócrita. Quiero añadir algo más: junto a los ingredientes que he mencionado más arriba, me preocupé también de otras cosas, como el estilo literario, la riqueza del vocabulario o la inclusión de elementos de cierto nivel cultural: la calidad y la diversión no solo pueden, sino que deben ir juntas: entretener a un lector joven no tiene por qué significar empobrecerle. 
    Para que os hagáis una idea de cómo es la historia, voy a terminar dejando tres fragmentos que considero significativos, cada uno de un capítulo diferente, y empezaré por el comienzo del libro. 
Primeras líneas del capítulo I (La cuerda)
    Era una hermosa mañana de mayo. En la plaza de la iglesia, la brisa cantaba entre las ramas de un olmo y los ciprinos de la fuente surcaban de lado a lado las aguas entibiadas por el sol. 
    Irene y Emma, dos niñas de doce años, descansaban de no hacer nada tumbadas sobre el montón de tierra que unos albañiles habían dejado en un rincón de la plaza. A pocos pasos yacían sus bicicletas con los manillares retorcidos hacia atrás, como si estuvieran vigilando a sus dueñas por temor a que escapasen. 
Del capítulo III (El fantasma de las salinas):
    Ese pozo que habéis visto se hizo allá por los años cuarenta, mejor dicho: se empezó a hacer, porque nunca llegó a terminarse; fue como un maldición. Los dueños de la salina quisieron aprovechar la bolsa de agua que había debajo de la nave, así que un buen día vino una empresa de prospecciones, instaló el taladro más grande que nunca se había visto por aquí y comenzaron a perforar el suelo. A las dos semanas, habían profundizado ya más de treinta metros y dieron con un yacimiento pequeño y con muchas impurezas, de modo que decidieron seguir en busca de otro mayor; ojalá no hubieran tenido nunca esa idea.
Del capítulo V (La casa de Villacorza):
    Tenía un par de estatuas de mármol y dos de sus paredes estaban cubiertas de libros de todos los tamaños, algunos, llamativamente grandes. La mayoría parecían ser muy viejos. Tal vez por sus tonos oscuros o el olor a papel rancio que exhalaban, había en ellos algo que repelía, pero a Irene no le extrañó, porque lo cierto -pensó mientras los observaba- era que, pasados los primeros días, habían podido ir comprobando que no todo era maravilloso y atractivo en aquella casa: estaba siempre tan sombría...; y luego, las cosas: muy bonitas, muy valiosas, sí, pero ¡todas antiquísimas! A veces, además, encontraban objetos o rincones que resultaban como aquellos libros: inquietantes sin que se supiera por qué. 
    ¿Os ha parecido interesante? Me agradaría pensar que sí. La Barbolla, Imón (donde están las salinas del capítulo III), Villacorza...: sitios reales donde se sitúa una historia irreal y misteriosa; ese es uno de los aspectos que más atraen a los lectores del libro y por los que más suelen preguntarme los chicos en las charlas: ¿cómo son, qué hay allí de verdad? Siempre resulta fascinante el abrazo entre la realidad y la fantasía.    

viernes, 5 de mayo de 2017

"La sociedad gaseosa", de Alberto Royo

   El pasado mes de marzo, se publicó La sociedad gaseosa, segundo libro de Alberto Royo, del que hará una presentación aquí en Madrid el próximo jueves 18 a las 19:00 horas, en la Casa del Libro de la calle Fuencarral, os adjunto abajo el cartel.  
   Entrando ya en el libro en sí, se trata de un volumen no muy extenso (189 páginas), encabezado por un prólogo de Enrique Moradiellos y compuesto de una introducción, veintitrés capítulos de diversa extensión y dos epílogos. En lo referente al contenido, se concreta en tres ejes temáticos fundamentales. En primer lugar, el autor adopta un decidido posicionamiento en favor de todo lo que represente cultura y conocimiento, ya sea de ámbito científico, humanístico o artístico, posicionamiento que a menudo adquiere un tono de defensa, parece mentira que hayamos llegado a una situación en que cosas así necesiten ser defendidas, pero los hechos no dejan lugar a dudas. En este eje nos habla también de lo imprescindibles que son el esfuerzo, el interés y la dedicación para alcanzar frutos tan excelsos como el conocimiento profundo o la producción de belleza artística. En segundo lugar, y en coherencia con el título del libro, aborda Alberto el penoso panorama de baratija intelectual que se está imponiendo en nuestra sociedad y lo hace a través de una serie de reflexiones y ejemplos, que van desde Operación Triunfo como máximo exponente del escaparate musical hasta la variada gama de "expertos" educativos que, con sus esperpénticas recetitas milagro, están embaucando a la sociedad con una (interesada) mentira tan repugnante como funesta: que se puede alcanzar un conocimiento que valga la pena con tontorrones postureos lúdicos, sin necesidad de apurar el cáliz del esfuerzo, el interés y la dedicación. En tercer lugar, se interesa por algo que va implícito en lo que acabo de decir: las repercusiones -sin duda, muy nocivas para la sociedad- que la invasión de la estupidez gaseosa tiene en la enseñanza y sobre lo que representa hoy ser profesor.
   Cada uno de estos tres pilares es imprescindible en el discurso de La sociedad gaseosa, pero creo que el último es el más importante, y no voy a engolfarme en las múltiples razones que avalarían esta apreciación, sino que voy a ir a una sola muy explícita: el hecho de que la frase "Los profesores tenemos que enseñar y no entretener" se repita casi de forma literal al principio y al final del libro (páginas 23 y 187). Por algo será. Y, sin perjuicio de la altísima dignidad de los otros dos (de los que, por otra parte, difícilmente podría ser desligado), lo celebro, porque son muchas las afinidades que me unen a Alberto, pero esta cruzada quijotesca en favor de la afligida causa de una enseñanza merecedora de tal nombre es sin duda la más grandiosa. Estoy con él; estoy con él en esto y en lo demás, y más, en un momento como este, en el que algunos percibimos quizás no una conjura de los necios, pero sí una época de bonanza de la necedad, en la que cosas tan sagradas como la cultura, el conocimiento, las artes, la belleza o el tormento y el éxtasis de la verdadera creación están siendo asediadas, minusvaloradas y hasta ridiculizadas, mientras se manipula y entontece a la sociedad con orwellianos productos de masas que entronizan lo vano y lo ligero hasta la náusea. Releo el último párrafo y me hago una pregunta: ¿no estaremos en realidad asistiendo a una conjura de supermegalistos para convertirnos en necios a todos los demás? Ahora de quien me acuerdo es de Huxley.
   Todo lo que he dicho lo presenta Alberto en un libro a la vez rico y ameno, con el estilo limpio y ligero a que nos tiene acostumbrados. La composición en capítulos breves facilita una variedad en la que están presentes nuestros amados "expertos", una conferencia sobre sus embustes, múltiples y sustanciosas referencias a autores de diversas épocas y también apelaciones a diversas artes, en especial, la música, esa en la que el libro nos deja ver que Alberto ha experimentado el difícil camino de tormento y éxtasis que desemboca en el excelso logro de la belleza artística. Que habla por experiencia, vamos, justo lo contrario del 99% de los que, en el mundo educativo de hoy, se cuelgan la medalla de "expertos".  
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