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lunes, 18 de noviembre de 2019

Si por llevarles la contraria te queman vivo...

    Una de las escenas más crudas de Ágora, la excelente película de Alejandro Amenábar que retrata la figura de Hypathia de Alejandría y la sitúa en el centro de las disputas religiosas de su época, está relacionada precisamente con estas, las cuales, debo recordar, experimentan una escalada de violencia que acaba explotando y llevándose por delante la vida de la propia Hypathia. La escena de la que hablo es la que presenta los inicios de esta violencia de los cristianos de la ciudad. Uno de ellos, en una de las controversias que mantienen con los paganos para demostrar la superioridad de su religión, atraviesa sin quemarse una alfombra de carbones encendidos; cuando alguien del otro bando inicia una crítica burlesca de lo que ha visto, sin darle tiempo a reaccionar, los cristianos le empujan sobre las ascuas, donde muere abrasado. De manera brusca, el espectador se ve ante una muestra de impresionante horror, con la que empieza a entender el fanatismo criminal de sus causantes.
     Hace unos días, el mundo entero pudo contemplar una escena en la que se producía prácticamente el mismo horror, pero con la trágica y notable diferencia de que esta era real, podéis verla en esta noticia del diario argentino Clarín:
     La historia es sencilla. En Hong Kong, un hombre se enfrenta verbalmente a un grupo de manifestantes contrarios al régimen chino. Habla de forma enojada, pero de ningún modo amenazante ni violenta (empieza por estar él solo frente a muchos), por lo que causa estupor ver la fría naturalidad con la que uno de sus interlocutores lo rocía de repente con un líquido inflamable y, acto seguido y sin dar a la víctima tiempo para más cosa que sorprenderse, algún otro desalmado que sin duda actúa en complicidad con el primero le arrima un mechero encendido y el hombre queda fulminantemente envuelto en llamas. Su acción es tan fulgurante, injustificada, inesperada y traicionera que deja a su víctima sin la menor oportunidad de reaccionar y los retrata a ellos como unos asesinos de insondable repugnancia. 
     Encuentro en esta escena una serie de claves que me ayudan a entender el confuso y un tanto perverso concepto de la violencia y la no violencia que impera en nuestra época, en la que se está dando más importancia a la imagen (a menudo manipulada, incompleta o sacada de contexto) que a los hechos reales. Lo que prevalece ahora no es desenmascarar la violencia real, sino usar los poderosos medios de reproducción de que cualquiera dispone para crear una imagen violenta (verdadera o falsificada) y atribuírsela a quien no nos gusta. Se me dirá que esto se ha hecho siempre, pero creo que solo se atrevían a hacerlo los medios de comunicación más canallas, mientras que en la actualidad puede hacerlo cualquiera que no ande muy sobrado de decencia, y gente así no escasea, este es el problema. 
     Con estas precisiones, volvamos a Hong Kong. En el vídeo, conforme el hombre se va exaltando, van apareciendo jóvenes fríos como autómatas que le rodean y le hacen fotos con sus móviles. No me cabe la menor duda de que su intención era la de posteriormente colgar esas fotos en internet como prueba de la violencia de los contrarios a su movimiento: miren cómo grita este energúmeno; vean qué cara desencajada por el odio... Ahora bien, el hecho de que estos filmadores -seguramente, sin saberlo- estén siendo a su vez filmados, los desenmascara y los coloca en el bando de la abyección, que es el que les corresponde, al menos, en esta historia: hemos visto previamente que ese hombre estaba ensangrentado (lo que hace entender que había sido agredido); transmite mayor violencia el grupo de silenciosos fotógrafos hostigando a un solo adversario que los gritos de este y, para acabar de dejarlos inequívocamente en el lado de la basura moral, es de su grupo de donde salen los criminales que acaban abrasándolo sin piedad.
       Produce espanto ver la causa por la que estos monstruos han quemado vivo a un semejante: simplemente, porque les llevaba la contraria. Por hablar. Por expresar ante ellos su discrepancia. No menos espanto produce la cobarde y alevosa insensibilidad con que lo hacen: uno lo empapa a fondo y el otro le acerca el mechero. Como quien se enciende un cigarrillo, así queman vivo a un ser humano: he visto el vídeo cinco o seis veces y aún no me lo acabo de creer. ¿Estos son los que defienden la democracia en Hong Kong? ¿Así las gastan? ¿Así entienden la libertad de expresión: quemando al que exprese ideas contrarias a las suyas? ¿Esa va a ser su democracia?
       Este episodio es tremendamente grave, así que me sorprende la escasa proyección que se le ha dado: no he visto un solo medio que haya hecho referencia a la bestial crueldad de sus autores, y me pregunto por qué. ¿Será porque se presentan a sí mismos como demócratas? ¿Será porque los están presentando como los buenos de su película? La crueldad no se justifica nunca, ni por proclamarse cristianos en el siglo IV ni por declararse salvadores de la democracia en el siglo XXI.
   

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