jueves, 19 de mayo de 2011

Acerca de la grosería hispana

   Mi amgo Antonio Gallego Raus nos cuenta en Deseducativos una historia que  me parece un ejemplo de la grosería, la falta de sensibilidad y de modales, la falta de empatía y el entumecimiento moral y mental que se van extendiendo en la sociedad española. De bastantes años a esta parte, España se ha convertido en un país donde la cortesía se toma por estupidez y la educación y los buenos modales por debilidad; donde se lleva el pisar fuerte, el sacar pecho y el entrar arrasando. El listo que se te cuela por la cara, el energúmeno que te pasa por encima y bichos así son ejemplares que te puedes encontrar sin demasiada dificultad, y no solo eso, sino que además, el 99% de ellos se imaginan que lo que hacen está muy bien, que ese es el comportamiento adecuado en el ciudadano rebosante de desparpajo y sin complejos que, al parecer, hemos convertido aquí en ídolo y modelo. Una situación típica: cuando dos personas o dos grupos se cruzan en una calle que no permite el paso de todos a la vez, la cortesía y educación más elementales indican que lo apropiado es, por parte de ambos, recogerse un poco para facilitar el paso; pues bien, yo tengo observado que en nuestro modélico país es cada vez más la gente que anda como Napoleón: arrollando y sin apartarse una micra, como si el mundo fuera suyo. Esta cortesía española procede de una mezcla sutil de varios factores, a mi juicio, y creo que aquí la escuela no es la más culpable.
   En primer lugar, hoy en muchas casas no se enseña cortesía y en algunas incluso se procede a lo contrario:  a dar ejemplo de prepotencia. En segundo lugar, este escalón primario de formación, que (Savater dixit) debería venir ya de casa y al no venir se convierte en una de las principales fuentes de problemas en los centros educativos, se nos transfiere a los maestros, pero con el agravante de que, a veces, meterte a enseñar cortesía produce un gran rechazo, porque ciertos energúmenos no conciben que su asnalidad sea algo reprobable, lo cual es arriesgarse a generar más conflictos, cosa a la que, hemos de admitirlo, muchos docentes no están dispuestos. En tercer lugar, y aquí sí que veo ya un factor de cierta importancia, están los sacrosantos derechos: los españoles, entre pitos y flautas, llevamos ya muchos años venerando la libertad y los derechos, cosa que está muy bien, pero desde las esferas políticas creo que se ha cometido y se sigue cometiendo el error de no haber puesto al lado de la imagen de san Derecho la de su hermano san Deber, porque ya se sabe que nuestras autoridades políticas son poco inclinadas a disgustarnos, y aquí los deberes a muchos les producen auténticos ataques de licantropía. El resultado de esto ha sido, en el asunto que nos ocupa, que dentro del concepto hipertrofiado que de nuestros derechos tenemos, los más cerriles han incluido el de tratar a los demás como felpudos y el derecho a no tener ni un solo deber. En cuarto lugar, y a mi juicio, con mucha culpa, están los medios de comunicación, particularmente, los televisivos, que, sobre todo desde el desembarco del estilo Telechinque de los primeros tiempos, han encanallado el sentido del espectáculo,  y han modificado sensiblemente el de la vergüenza, el de la consideración, el de la dignidad, el de la discreción, del saber estar, el de los modales, etc. etc. que se pueden reflejar cara al público: ahí tenemos la telebasura, los matamoros, las belenes esteban, los grandes hermanos, etc. etc., que han demostrado que se puede vivir, e incluso muy bien, sin esas cosas que he mencionado, y hasta ser gracioso o parecerlo, ser popular, hacerse rico... ¿Cuánta gente se traga esta porquería? ¿Cuánta gente la tiene como su único horizonte informativo? ¿Cuánta gente la ve muy bien? ¿Cuántas jóvenes en España desearían montárselo como Belén Esteban? Se ha creado un modelo, este que os digo, que tiene la misma sensibilidad de un carambuco y está muy extendido. La clave humana, de sentimientos y de sentido del humor del programa del que nos habla Antonio es esta; los descerebrados que se burlaron tan vilmente de esa pobre chica que les llamó para desahogarse de su grave problema funcionan en este registro y salen todas las noches a las ondas pensando en gente de "esa onda". Desde la escuela, creedme, podemos hacer y hacemos algo o quizás mucho contra esto, pero siempre he dicho una cosa: un minuto inspirado de cualquiera de esos tertulianos puede tirarme por tierra el esfuerzo de todo un año.

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