Hay en Así habló Zaratustra un pasaje en el que Nietzsche se permite parodiar a unos hombres de un futuro que él supone tan aburridos y vacíos como el mundo que se han construido y los presenta guiñándose los ojos unos a otros mientras se dicen con orgullo: "¡Hemos alcanzado la felicidad!", con lo que se solazan en una perezosa autosatisfacción. En las últimas décadas me he acordado de este episodio cada vez que los españoles nos hemos quedado de brazos cruzados y sin mover un dedo ante graves amenazas o ataques, convencidos de que eran cosillas sin importancia que no podían alterar el mejor de los mundos posibles, es decir, nuestra perfecta democracia (😁😁), que estaba blindada contra esas pequeñeces. Casi siempre, nuestra inacción lanar la provocaban ciertas voces que minimizaban los peligros o nos susurraban que era mejor no responder a provocaciones, voces procedentes de la política y de sus medios afines y que, para engañarnos y paralizarnos, disfrazaban de sabia prudencia su cobardía, su incompetencia y la defensa de sus intereses inconfesables. Quien conozca la larga trayectoria de atropellos del separatismo que durante años quedaron sin atajar, sin condena y sin réplica sabrá muy bien a qué me refiero. Creo que el momento actual se ajusta mucho a lo que acabo de explicar, porque estamos siendo sacudidos por tres guerras y seguimos tan contentos, como si la cosa no fuera con nosotros. Esas guerras son la guerra contra la democracia, la guerra de los separatistas y la guerra de Mohamed VI.
Por empezar con esta última, yo tengo la convicción de que el permanente hostigamiento a España constituye uno de los planes prioritarios de la política del tiránico monarca marroquí, que lo está ejecutando desde su acceso al trono y lo ha intensificado a partir de la llegada de Pedro Sánchez al poder, con una brutal aceleración desde que, el 19 mayo de 2021, sus servicios secretos se apoderaron de enormes cantidades de datos del teléfono móvil del sátrapa español, y accedieron también a los aparatos de los ministros Grande Marlasca, Planas y Robles. A partir de entonces, la complacencia de nuestro gobierno con los caprichos maroquíes ha resultado tan absoluta y vergonzosa que la inmensa mayoría de los españoles estamos convencidos de que ello se debe a que el régimen magrebí sabe cosas muy comprometedoras de Pedro Sánchez, con las que le chantajea, le somete y consigue suculentos regalos. Así, las ayudas económicas de España a Marruecos son de un volumen desmesurado, más aún cuando este país nos las paga con ingratitud y permanentes hostigamientos y abusos. Está por otra parte el episodio del giro favorable a Marruecos en el asunto del Sáhara, que nuestro penoso presidente del Gobierno ejecutó traicionando las consolidadas posturas del Reino de España y sin someterlo a las consultas y consensos que hubieran sido pertinentes, con el colofón de los humillantes modos, recuerden, aquella sonrojante cartita en la que Sánchez se arrastró como una babosa y envolvió en ello a su propio país. Y la permanente actividad de las mafias marroquíes de la droga en nuestras costas, con el inexplicable abandono de nuestro Gobierno en lo referido a vigilancia, medios y apoyos a los cuerpos policiales. Y las pretensiones marroquíes sobre las aguas canarias. Y el actual navajeo de cara al mundial de fútbol de 2030, para el que nos quieren birlar la final, actitud muy inmunda si se tiene en cuenta que entraron en la organización de ese campeonato porque España los metió. Y el problema de los inmigrantes marroquíes, entre los que nos llega una nada despreciable cantidad de indeseables: okupas, yihadistas, ladrones, asesinos, violadores..., indeseables que Mohamed VI se quita de encima y, a decir de algunos, a la vez reconvierte en una quinta columna muy belicosa, afín a él y hostil a España que nos ha incrustado en nuestras calles y ciudades. Y un sinfín de agravios de menor envergadura, antes de llegar al mayor de los ataques: la reciente invasión de Ceuta por parte de 72.000 marroquíes, que, digan lo que digan ellos y el servil gobierno español, estuvo organizada por el régimen alauita. Esta flagrante agresión viene precedida de años y años de actos de acoso a Ceuta y Melilla, entre los que destaca el grave episodio de mayo de 2021, y es una verdadera declaración de guerra, la proclamación a voz en cuello de que Marruecos va muy en serio a por esas dos ciudades españolas. Y, sin embargo, nuestro Gobierno -que las desprotege con una dejación criminal- y sus lacayos mediáticos llevan ya varios días presentando la invasión -palabra que han proscrito- como una crisis humanitaria en la que España lo que tiene que hacer es tener penita, ser caritativa y facilitarles pan, agua, ayuditas públicas, vivienda social gratis y cama con compañía a esos pobres postergados, o sea, revolcándose en el papanatismo del que hablaba en el primer párrafo.
Muy ingenuo, muy buenista, muy cabrón o muy traidor hay que ser para no admitir que la actitud de Marruecos con España es tan hostil que cae de lleno en lo bélico. El régimen marroquí se regocija en humillarnos, esquilmarnos y atacarnos, utilizando para ello cualquier instrumento que se ponga a su alcance, incluidas las personas, sus propios súbditos. Tomemos, por ejemplo, el muy delicado caso de los menas. Siempre me ha llamado la atención una cosa: ¿cómo es posible que Marruecos no reclame a los menores de su nacionalidad que acaban aquí? Resulta inconcebible y a la vez una buena muestra de lo monstruosos que son el régimen de aquel mágico reino y, al menos en parte, su sociedad. Si un menor español apareciese desamparado en cualquier país extranjero, su familia y nuestras autoridades moverían cielo y tierra para repatriarlo a la mayor brevedad y con los mayores cuidados. ¿Y qué pasaría si cayese por aquí un "mena" francés, portugués, italiano, o británico, por mencionar países que nos quedan próximos, al igual que Marruecos? La respuesta en estos casos sería la misma que he referido en el español. Vamos a dejarnos de hipocresías y de ñoñeces: la miseria económica no justifica que un estado y una familia dejen a su suerte a sus menores que se van a otros países; esgrimir este "argumento" es caer de propina en la miseria moral, una picaresca repugnante usando a seres vulnerables como moneda de cambio lucro, y reconocer de manera implícita nuestra iniquidad humana y nuestro fracaso como nación: en eso está cayendo Marruecos cuando no reclama, como debiera, a sus menas, por no hablar de otra aberración, esta, achacable a la negligencia de la Administración y los sucesivos gobiernos de España: la de admitir como menores a tipos que no lo son, bastantes de los cuales llegan aquí a cometer delitos, algunos, gravísimos. En este contexto, hace un par de días, resultó -como suele- patéticamente graciosa la portavoz del Gobierno, Elma Saiz, cuando reclamó la solidaridad de las comunidades autónomas españolas para ocuparse de los menores que se habían colado en la invasión de Ceuta: ¿no le hubiera resultado más fácil y sensato reclamar la de su país de procedencia, que estaba al ladito, ese Marruecos según el Gobierno tan colaborador? No estará de más señalar aquí la despiadada frialdad, el inhumano desprecio de ese país tiránico hacia los suyos: no ha levantado ni una miserable choza para recibir a los que retornaban, se ha desentendido por completo de sus menores, ha llegado incluso al aberrante límite de abandonar en el mar a los cadáveres de esos marroquíes que han perdido la vida por caer en la demencial trampa que montó la cuadrilla de canallas que gobiernan allí. Este es el país que nos tiene declarada una guerra apenas encubierta, que en los ominosos años de Sánchez ha acelerado. ¿Cree alguien que renunciará por las buenas a esos planes? ¿Nos lo vamos a ganar con buen rollito, a un país cuyo rey es tan malvado que es capaz de ponerte la bandera del revés en una visita amistosa? ¿Qué país tiene como vecino a otro que le invade el territorio, le birla información de sus altas autoridades o le hace una jugada como la del mundial de 2030? No sé si habrá muchos pero, desde luego, eso es una actitud traicionera y hostil, no entiendo como Sánchez y Marlasca van diciendo que Marruecos colabora con lealtad con nosotros, no entiendo como ellos y sus medios a sueldo pretenden que los españoles no veamos la amenaza de un país que nos humilla por placer y nos maltrata constantemente. O espabilamos, o nos fríen, y el gobierno colaboracionista que nos zarandea hoy no va a espabilar.
En cuanto a la guerra de los separatistas, es también una contienda que esas lastimosas criaturas llevan décadas librando contra España, si nos fijamos en la fase que nos ocupa hoy, claro, es decir, la declarada contra la democracia constitucional del 78, porque, en realidad, el rencor demencial de esta gente llevamos siglos padeciéndolo. Hay una cosa que nunca debemos perder de vista si queremos entender bien la naturaleza del nacionalismo: su guerra es más feroz cuando España se halla en periodos democráticos, cosa que se ve muy clara cuando hablamos de ETA, organización que se fundó en 1958 y mató a 854 personas: 44 durante el franquismo y 810 durante la democracia y la Transición. No hay, pues, objeción posible: aunque durante algún tiempo nos confundieron y arteramente mantuvieron el engaño, la lucha criminal de la separatista ETA no era contra la dictadura, sino contra España, y a la democracia la martirizó con saña mayor y desde el primer momento, pues ya en 1976 mató a 16 personas (aparte de otras desgracias humanas y daños que ocasionara). Y la repugnante razón, que retrata a los etarras como unos bichos con patas de naturaleza vomitiva, es esta: que, convencidos de que la democracia era más débil que el franquismo, esperaban doblegarla multiplicando su crueldad. Quiero precisar que el nacionalismo no asesino, a la luz de lo que sabemos y vemos hoy, también estuvo en guerra contra la democracia desde el primer segundo: ni el PNV ni CiU ni ERC han sido jamás leales a la Constitución de 1978, sino que han estado siempre en guerra contra España, en algunos periodos, larvada, y en otros, como el actual, abierta. Por todo ello, recalco: el separatismo lleva en guerra contra España los cincuenta y un años que llevamos de democracia (más muchísimos anteriores, que no son objeto de este artículo), guerra que en el caso de ETA fue literalmente a muerte.
La única diferencia hoy, además de que ya no existe una ETA asesina (pero yo pienso que sí hay una ETA ¿política?), es que, coincidiendo con la entrada en el siglo XXI, con hitos iniciales como el plan Ibarreche (2002), el disparate del Estatut de Zapatero (2006) y el esperpéntico referéndum de Artur Mas (un ciclo iniciado en 2012), el separatismo se ha internado en un proceso de aceleración de sus pretensiones y de intensificación de su agresividad, es decir de endurecimiento de su guerra, que ha alcanzado en el momento actual una virulencia alarmante. Los síntomas de esto son conocidísimos: el golpe separatista de 2017, la escalada verbal, chantajista y extractiva del viscoso PNV (ese Esteban, ese Ortúzar, ese Pradales... ¡puajjjj!), el desborde en las amenazas, la chulería y los proyectos de Otegui, que ya está levantando otro muro frentista, el cada vez más acusado renacer de la violencia de signo separatista (1) y, por último, la muy alarmante adhesión del PSOE a su bloque, de la que serían buenas muestras la decidida colaboración del PSE con la política de liberación de etarras en las vascongadas -conducida por una consejera socialista- y el no menos decidido liderazgo de la agenda separatista que en Cataluña ha asumido el fúnebre Salvador Illa (2), ese Mortadelo sin gracia. El separatismo está hoy en día envalentonado -basta con ver la chulería y descaro con que proceden en sus acciones violentas, porque hace falta estar muy convencido para obrar así- y dispuesto a, una de dos: fragmentar España en un destructivo puzzle de repúblicas independientes -de iure o, al menos, de facto-, o mantener una ficción de país unido, pero con una independencia y dominio absolutos en sus territorios, acompañados de una vinculación a la patria común en un capítulo: el de la pasta, con el guion que ya conocemos: que los demás les demos la nuestra a ellos porque se sienten muy ofendiditos y perjudicados en sus derechos históricos, lo cual es en realidad lo que lleva años ocurriendo y quizás resulte peor que la independencia pura. Un factor realmente catastrófico de la situación actual es que haya ampliado su base y su fuerza gracias a la traición del PSOE, que ha abrazado con firmeza sus proyectos, basta con ver lo que está ocurriendo en las vascongadas y Cataluña, lo que redunda en una terrible consecuencia: que a la guerra del separatismo va a resultar durísmo hacerle frente, porque esta bellaquería socialista lo ha fortalecido enormemente. Pero no librarla significaría rendirse, lo que equivaldría a desaparecer como nación. Han conseguido además atraerse inconcebibles aliados/tontos útiles, como los defensores del bable en Asturias y de otros dialectos en otras zonas de España. Aunque al final siempre están por debajo el poder y el cochino dinero, en esta guerra es crucial el frente cultural, especialmente, en dos terrenos, el educativo y el lingüístico, en los que los abusos y contrafueros separatistas son tan numerosos y graves que dejan una meridiana muestra de sus torcidas intenciones.
Llegamos por fin a la tercera guerra, la declarada contra la democracia. Se acordarán del 15-M y de aquel grito de "¡Sí se puede!", ¿verdad? Pues ese fue el manantial de la actual etapa de esa guerra, pero no podemos quedarnos en esto, porque sería pretender que solo la libra el ejército podemita, cosa que dista mucho de la realidad, pues en la guerra contra las libertades se mezclan múltiples factores y agentes, lo que la hace muy compleja. Está, en primer lugar, algo ya mencionado, su confluencia con la guerra del separatismo, ya que esta, aunque va dirigida contra la nación, lleva implícita e inseparable otra contra la democracia, como vimos en lo referido a ETA, pero sucede también con el prusés de 2017 o el de 2012, o con el pisoteo de los derechos lingüísticos de los hispanohablantes allá donde exista presencia del separatismo. En realidad, históricamente, los rrrevolucionarios y los separatistas se han llevado siempre muy bien, pues comparten una querencia antisistema, solo hay que ver lo bien que se entienden Arnaldo Otegui y Pablo Iglesias. En segundo lugar, está la ampliación a las demás banderolas de la izquierda: en cuanto el 15-M dio el toque de clarín, allá que se agregaron todos: además de lo que luego fue Podemos, se unieron IU, los cien mil partidos comunistas, el sindicalismo de clase, los activistas LGTBI, las feministas rabiosas, los animalistas, el ecologismo adanista, los siempre sospechosos grupúsculos antisistema...: un explosivo combinado de wokismo, anarquismo casposo y comunismo, una demencial macedonia que se refleja en las estrambóticas y volátiles coaliciones que después han edificado: Unidos Podemos, Unidas Podemos, Sumar... El denominador común es el aborrecimiento visceral de la democracia, a la que demonizan bajo diversos nombres: capitalismo, neocapitalismo, fascismo, franquismo (para esta gente, España sigue siendo franquista), patriarcado, nazismo..., cosa que no es trivial, porque esas etiquetas odiosas les permiten satanizar a sus adversarios y justificar la violencia que ejercen contra ellos, que no es irrelevante (véanse los enlaces cuarto, quinto y octavo de la nota 1, aunque en la prensa hay ya mucha información sobre este asunto), lo que ha desembocado hoy en que estas facciones sean ya un peligroso enemigo de la democracia. No se puede hablar de ellas sin destacar a Podemos, no solo por ser un hervidero de conocidos radicales en este sentido, sino por ser el partido de Pablo Iglesias, que durante mucho tiempo fue el gran aglutinante de este odio, el forjador de numerosas estrategias destinadas a poner en jaque a lo que él llama el régimen del 78 -cosa que hace con la peor intención, pues es de los que sostienen que seguimos viviendo en el franquismo- y el hombre que puso el mayor empeño en que el ariete separatista y el izquierdista unieran fuerzas.
Si Pablo Iglesias, con su saña antisistema, no ha sido el gran líder del actual asalto izquierdista a la democracia, ha sido porque ese papel se lo ha arrebatado Pedro Sánchez (3), con quien entramos en el tercer factor que complica la composición del actual frente contra las libertades: la inclusión en él del PSOE. Pedro Sánchez, con sus políticas, la corrupción de su partido y de su entorno (y, en el sentido político, también la suya, porque "cositas" como sus acuerdos y servidumbres con el separatismo o sus mentiras durante la pandemia, entre otras muchas, son corrupción del más alto grado), sus pactos y sus mentiras, ha sido el gran salto cualitativo, el torpedo más dañino lanzado contra la democracia española, que hoy está gracias a él en gravísimo peligro. Lleva camino de destruirla, guiado por la más absoluta disposición y pertrechado con la mentira, un depravado instrumento que maneja como arma de destrucción masiva, tanto desde su boca como desde las de sus colaboradores políticos o sus siervos mediáticos, que constituyen una legión muy bien engrasada con el dinero de todos (es UNA AUTÉNTICA VERGÜENZA de aires coreanos lo que estamos viendo hoy en la televisión pública, una parrilla de peones del poder dedicada a hacer propaganda a su favor, difundir sus mentiras y machacar a quienes él señala). Hoy en España el Parlamento ha sido postergado, se hostiga a los jueces, se abusa del poder con decisiones descabelladas como los indultos y amnistías a los golpistas, se favorece a quienes han delinquido y se protege a la horda de chorizos corruptos que proliferan en torno al PSOE y el Gobierno a una velocidad meteórica. Y, por si esto fuera poco, cunde la sospecha de que el Gobierno está preparando un pucherazo para 2027 a través de la manipulación tramposa del censo, aunque algunos estamos convencidos de que ya lo dio en 2023. Estas cosas están ya tan extendidas que afloran de forma escandalosa, pero, sorprendentemente, muchos españoles no las ven o no las quieren ver e incluso apoyan a su responsable, bien que esta ceguera cuenta con el inestimable apoyo de los esbirros mediáticos de Sánchez, tanto públicos como privados. Pero la verdad y los hechos son tozudos: la democracia española hace frente hoy a la seria amenaza de quienes le hacen la guerra, y entre ellos, para asombro y escándalo, destaca el actual presidente del Gobierno.
Pero este personaje aún va mucho más allá de todo esto, porque representa algo así como la superguerra, el punto clave por el que pasan todas. Si nos fijamos, él y su partido han sido mencionados y tienen decisiva participación en las tres guerras sobre las que he reflexionado aquí: la de la antidemocracia, la del separatismo y la de Mohamed VI. Si España está hoy en una situación límite en todos esos frentes, ha sido siempre por su decisiva participación: es él quien se humilla ante Mohamed VI y le hace concesiones escandalosas, es él quien indulta a golpistas separatistas o pacta con los herederos del terrorismo y les da todo, es él quien preside el Gobierno de la ley sisí, de la coalición con la ultraizquierda, del acoso a los jueces, de la televisión que apesta a sectarismo o de la corrupción con las mascarillas, con Plus Ultra, con la joyas, con la SEPI, con Servinabar, con el hermano, con la parienta... Sánchez es el corazón de una guerra feroz contra España de al menos tres frentes, una guerra que está en marcha y muy avanzada. Puede que muchos españoles le voten y no vean estas verdades como puños, pero lo cierto es que ni hemos descubierto la felicidad, ni estamos en el mejor de los mundos posibles ni nuestra democracia está sana y bien protegida, sino más bien todo lo contrario.
1. Quien quiera buscar ejemplos concretos de la renacida violencia nacionalista los va a encontrar por decenas en los medios. El mismo desarrollo del prusés entre 2016 y 2017 -y 2019, cuando se celebró el juicio- es una guía antológica de la violencia política, así que tiene gracia que la defensa de los acusados y sus amiguetes, en su día, se volcase de una forma obsesiva en sostener que no existió tal violencia. Os dejo aquí algunos artículos míos en los que abordé el tema de la violencia nacionalista. Contra Inés Arrimadas: Arrimadas. En la escuela: represión escolar. Alsasua: enseñanzas. A cantazo limpio: eso mismo. Pequeña antología: de hace ocho años. Mundial: atacaos de frustración. Vito Quiles: ojo con Navarra. Vuelta ciclista: no hace ni un año. Tengo mucho más, pero creo que esto basta. Y lo que hay en realidad es cien veces más, resulta muy alarmante. Y, mientras estaba elaborando este artículo, me encuentro con esta noticia: informe de Europol.
2. El peligro de Illa es que es un lobo -y muy feroz- con piel de cordero. Os dejo solo las dos cositas más recientes que he escrito sobre él: Illa 1, Illa 2.
3. Pulse aquí para ver una selección de lo que escribí sobre él hasta 2024. Después aún he escrito más cosas, porque este malvado es inagotable.