Como es posible que algunos sepáis, España acaba de proclamarse campeona del mundial de fútbol de 2026, ese extraño engendro trisédico disputado en Canada, Estados Unidos y México. Suelo evitar el fútbol como tema de mis artículos, pero en algunas ocasiones (y esta es una de ellas) encuentro elementos que me animan a saltarme esta restricción. Procedo a entrar en materia.
1. En primer lugar, felicitemos a la campeona
Y muy merecido se lo tiene, porque la selección española ha sido de largo la que mejor ha jugado en el mundial. Salvo el empate inicial con Cabo Verde, ha ganado todos los partidos superando y dominando con claridad a sus rivales con un juego vistoso y efectivo. Ha dado además muestras de gran temple y fortaleza mental y ha encajado solo un gol. Ha sabido vencer a rivales de diversos perfiles, desde la ultraviolenta Uruguay (1 - 0) a la virtuosa Francia -(2 - 0), la que más se nos ha acercado en cuanto a calidad y buen fútbol-, coronando la epopeya con una brillante victoria sobre Argentina, con un 1 - 0 que debió en realidad ser un 2 - 0, porque el árbitro anuló en el minuto 95 un gol de Nico Williams por una falta sobre Otamendi en la que lo que hubo en realidad fue una extraordinaria escena montada por el jugador argentino, a quien sin duda, cuando se retire del balompié, le aguarda una prometedora carrera en el teatro. El gol que nos dio la victoria lo marcó Ferrán Torres en la segunda parte de la prórroga.
Con este triunfo, a la selección española le queda un palmarés muy coqueto. Hemos ganado dos mundiales, este y el de Sudáfrica en 2010, donde derrotamos en la final a los holandeses por 1 - 0, supongo que recordaréis aquel iniestazo. En cuanto a la eurocopa, somos los que más tenemos, pues la hemos ganado nada menos que cuatro veces: en 1964 (España), cuando vencimos en la final a la URSS por 2 - 1, con aquel mítico gol de Marcelino; en 2008 (Austria y Suiza), en que ganamos la final a Alemania por 1 - 0; en 2012 (Ucrania y Polonia), con aquella memorable final en que pasamos por encima de los italianos con un 4 - 0, que bien hubiera podido ser un 16 - 0, porque los barrimos, ¡qué gozada!, y en 2024 (Alemania), en que ganamos la final a Inglaterra por 2 - 1. Debemos valorar también las tres platas (Amberes 1920, Sidney 2000 y Tokio 2020) y los dos oros (Barcelona 1992 y París 2024) cosechados en las olimpiadas.
2. Argentina, la merecida subcampeona (o a lo mejor ni eso)
He dicho antes que en la final hemos obtenido una brillante victoria. Alguno podrá decir que, con 1 - 0 y en la prórroga, tampoco hay para hablar de brillos ni resplandores, pero quienes hayan visto el partido pensarán lo mismo que yo, porque lo hemos dominado de cabo a rabo, hemos rematado a puerta mucho más (ellos no han tirado entre los tres palos ni una sola vez), hemos desplegado un juego vistoso y -lo he de repetir- nos han anulado un gol legal, que, de haber subido al marcador, habría supuesto paradójicamente también un resultado de 1 - 0, pues se consiguió en el minuto final del tiempo reglamentario. Y SOBRE TODO: nos hemos impuesto a un rival que, para variar, ha abusado de lo que mejor sabe practicar: el antifútbol, con juego subteráneo, patadas, golpes y su extenso muestrario de trampas y marrullerías antideportivas, que han coronado autorretratándose con un muy mal perder, conducta en la que han roto moldes, y tampoco es que tengan muy buen ganar, recordemos esta grosería de Messi tras su victoria en la final de Qatar en 2022. Jugar contra Argentina es jugar contra un rival sin el menor respeto a las reglas ni a la limpieza, así que se disfruta aún más la victoria. De hecho, su andadura a lo largo del mundial, que empezó con una tarjeta roja perdonada a Messi en el primer partido (contra Congo), ha estado jalonada de escándalos y fundadísimas acusaciones de favor arbitral. Pero, incluso con eso, ni son invencibles ni Messi es ya otra cosa que una estrella en el ocaso. Quede este colofón: futbolísticamente, Argentina no valía ni la cuarta parte de lo que una propaganda machacona nos ha vendido y demasiados ingenuos han comprado, esto ha aflorado en la final.
3. La alarmante violencia de los cavernícolas separatistas
Sabíamos que, si ganaba el mundial España, iba a haber un gran derrotado: el separatismo, al que su odio visceral ¡contra su propia nación! le lleva siempre a desear lo peor para España, pero, con toda sinceridad, jamás habría imaginado que iban a llegar a los extremos a los que han llegado esta misma noche. Esto va muy en serio: el odio envenenado del separatismo nos va a conducir por senderos muy amargos, ya ocurrió durante la primera y -más aún- la segunda repúblicas y sabemos los extremos de violencia y asesinato a que en las últimas décadas llegó una banda separatista vasca llamada ETA, cuyos herederos son hoy aliados del repugnante gobierno de corruptos que nos tiraniza.
Tras el mundial de 2010, se divulgó la noticia de que unos monitores separatistas vascos les habían prohibido a los niños de un campamento de verano ver la final y después les habían contado la mentira de que España había perdido. Parece una minucia, pero no lo es, porque hace falta estar muy podrido para descargar tu odio demencial sobre unos niños, aunque ya sabemos cómo trata el nacionalismo a los niños (pulsar aquí y aquí). Esta vez, siguiendo su ya vieja costumbre, se han dedicado a obstaculizar o prohibir la colocación de pantallas en las calles, o a declarar abierta o veladamente su deseo de que España perdiera, véase a los señores Pradales o Esteban. Esto, aunque no lo es, podría pasar por un manojo de reacciones ridículas en las que los separatistas demuestran su patológica enanez mental y moral, pero alcanza mayor gravedad cuando se relaciona con otros frutos que ha producido: una serie de comportamientos violentos contra los portadores de la camiseta de España (C1, C2) y otras cosas peores aún (aquí os dejo algunas muestras: M1, M2, M3). Violencia grave y con exhibición de armas: los cavernícolas del separatismo están llegado a unos desmanes muy alarmantes que hay que detener, porque sabemos las cosas que son capaces de hacer.
Una de las asignaturas en que ha fracasado la democracia española ha sido la de impedir los excesos de los separatistas, y con el actual gobierno, que los mima, estamos viendo que esto se ha puesto peor aún, porque están cada vez más engallados. Creo que deberíamos empezar a tomarnos muy en serio cortarles las alas a estos criminales gallitos, pero de una manera radical y eficaz, porque quedan muy pocas dudas de lo que, si pueden, van a hacer con la democracia y la paz y la continuidad de la nación. Con gentuza que reacciona violentamente contra un hecho tan inocente como ver partidos de fútbol o vomita su odio agresivo si vencen los equipos de esa España que odian, sería suicida mirar para otro lado o quedarnos con las manos en los bolsillos mientras queman y apalean. De cualquier forma, ¡qué felices nos ha hecho a los españoles sanos este gran triunfo de España! Y también tiene su puntito de satisfacción morbosa el comprobar que ha amargado, y mucho, a una horda de locos que nos odian sin motivo.