viernes, 24 de junio de 2011

De bodorrios y bodas

   Vais a perdonarme que hoy os fastidie con un sermón de abuelo Cebolleta. Resulta que estaba recogiendo el lavavajillas y he sacado una taza de esas típicas de ribeiro, como estas que tan bien acompañadas veis en la imagen:


   Les tengo mucho cariño a esas tazas, porque me las regaló para mi boda, junto con una jarra de mimbre aislada con resina, uno de esos buenos amigos que tengo en Galicia. La jarra no sé qué fue de ella, pero las tazas ahí siguen haciendo servicio, las seis del juego, gracias, Pepe. Esa taza me ha hecho recordar cómo fueron las bodas de la mayoría de mis amigos, cómo las celebrábamos y cómo queríamos que fueran los que nos casamos por aquella época de finales de los 70 y principios de los 80. Mi mujer y yo ganábamos entonces cuatro duros, pero nos empeñamos en pagar el banquete nosotros mismos y nos negamos en redondo a que nadie nos pagase una celebración por encima de lo que nosotros hubiéramos podido pagar. ¿Y qué pudimos pagar? Pues un banquete -elegimos un cock-tail, que entonces se llevaba- decente y normalito al que invitamos a familiares y amigos. Ni nos entrampamos ni nadie acudió pensando que tenía que compensar el haber sido invitado a una celebración de precio desorbitado. Triunfaba por entonces entre la gente de clase trabajadora -y muy en especial, entre la juventud- la idea de que el que celebraba una boda no se estaba poniendo en ningún escaparate, sino que simplemente quería eso: celebrar un momento feliz con los suyos. No había necesidad de compensar nada con los regalos, aunque la gente los hacía, como siempre. Yo recuerdo que a un primo mío le regalé un libro de edición un poco apañadita, que un buenísimo amigo me regaló una lámpara, que yo a él, más tarde, le regalé unas maletas y, en fin, ahí están las tazas de ribeiro. Como nadie se metía en bodas descabelladas por encima de sus posibilidades, el invitado no estaba sometido a ninguna presión.
   ¿Tiene esto algo que ver con lo de ahora? Dado el nivel estratosférico al que se han puesto los menús de las bodas, que raramente bajan de 150 euros por persona, el que es invitado a una se siente obligado a hacer un buen esfuerzo para compensar la invitación, para no ponerse en evidencia o quedar como un rácano. Esto no es de ahora, esto es de hace ya al menos quince o veinte años. Todo el mundo sabe que los salones y restaurantes abusan despiadadamente, todo el mundo sabe que por lo que suelen cobrar se podría comer muy bien en restaurantes de altísima categoría (acérquense al que les pille más cerca y comprueben lo que podrían hacer, por ejemplo, con esos 150 euros que he dicho antes), todo el mundo sabe que, encima, no es raro que en esos salones la calidad deje bastante que desear... ¿Por qué, entonces la mayoría de los españoles seguimos cayendo en esta trampa? Pienso que se debe sobre todo a una cuestión de imagen, a esa imagen cuya importancia tan desmesuradamente ha crecido desde mediados de los ochenta.
   Creo que la mentalidad que subyace bajo este comportamiento, una mentalidad vanidosa que incluye el vivir por encima de nuestras posibilidades, tiene bastante que ver en la crisis que hoy vivimos. Alcanza incluso a nuestros valores sociales colectivos: pienso que los de hoy están un tanto lastrados de superficialidad y materialismo. Os lo digo con sinceridad: me quedo con la jarra de mimbre y las taciñas. 

4 comentarios:

  1. ¡Cuánta razón tienes! Seguimos viviendo por el qué dirán pero al cuadrado. Esto me recuerda a Bernarda Alba y al hidalgo del Lazarillo.¡Anda que no llevan siglos avisándonos!
    Lo triste es que somos tontos de remate y no aprendemos.Pero es más fácil culpar a otros de nuestros males que mirar nuestra deforme figura en el espejo.
    Me encantan tus escritos. De mayor quiero ser como tú. je.

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  2. ¡No te quedan años, Patri! Y es verdad lo que dices: el hidalgo de nuestra historia de siempre está detrás de muchas cosas, hasta de un sistema educativo que, por sistema, tiene la formación profesional como una salida deshonrosa. Y nada, seguimos como si tal. Me alegro mucho de charlar contigo.

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  3. En este país de aparentes nuevos ricos, seguimos perpetuando la estupidez y haciendo alardes, aun ahogándonos en la miseria. Tirando la casa por la ventana, aunque ya no haya ni casa que tirar. Pa chulo uno, aunque no tenga un chavo. Ya dijo Cicerón que “la necedad es la madre de todos los males”.
    Vivamos según nuestras posibilidades, querido Pablo. Y brindemos con esas entrañables tazas de Ribeiro. ¡Saúde!

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  4. Pepe, a ver si pasas un día por aquí y las estrenas, que ya va para 30 años.

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