viernes, 23 de octubre de 2009

No me critiques, machista, que soy una mujer

Los que habéis elegido para ganaros el cielo el penoso camino de aguantarme (vía sin duda exigente, pero de resultados garantizados), conocéis muy bien mi aversión a la discriminación positiva. Para mí, toda discriminación es discriminación a secas; si existen colectivos desfavorecidos, la sociedad debe brindarles todos los apoyos posibles, pero, una vez hecho esto, los miembros de esos colectivos, como individuos, deben afrontar los retos de la vida en las mismas condiciones que todo hijo de vecino. En consecuencia, si resulta que usted es Ministra de Economía y un diputado de la oposición, ejerciendo su legítimo derecho de crítica, tiene la ocurrencia de afirmar que los presupuestos que usted defiende parecen más bien obra de su jefe y Presidente del Gobierno, haga usted lo que se espera de un responsable político en un país democrático: encajar la crítica y rebatirla con argumentos, si es que los tiene, pero de ningún modo puede usted recurrir a la pataleta, a hacerse la ofendida y a invocar su sacrosanta condición de mujer para descalificar al adversario llamándole machista y despachárselo sin un solo razonamiento. Eso, señora Salgado (yo sé que ahora mismo usted estará leyendo este blog, del que es asidua), no es hacer política, es practicar un lamentable victimismo ventajista. Por lo demás, usted sabe muy bien que nuestro buen amigo Mariano algo de razón tenía, pues esos presupuestos vienen lastrados por los pactos políticos que su jefe ha alcanzado para sacarlos adelante y capear un poco el chaparrón de la crisis. Y, por otra parte, lo de que Zapatero trata a sus ministros como secretarios no es de Rajoy, lo dijo hace poco Carlos Solchaga y refiriéndose a todos, hombres y mujeres, así que tampoco cuela lo del machismo.
Naturalmente, la réplica de Salgado fue el agarrarse a un clavo ardiendo de quien no tenía respuestas, pero lo cierto es que obedece a unos vicios que ya han arraigado fuertemente en la izquierda: la rigidez y la fobia a la crítica. No digamos ya a la autocrítica, aquel viejo fantasma marxista, que ya no aparece ni en las sesiones de espiritismo. A propósito de esta esclerosis de la izquierda, es muy interesante un artículo titulado "Primero demócrata, después de izquierdas", el cual fue publicado en El País el pasado 20 de octubre. Su autor, Sabino Bastidas Colinas, habla de unos particulares hechos ocurridos en México, pero su análisis es exportable a otras situaciones. Parte de esta frase de José Saramago: "La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive" y la ilustra con el ciego e irreflexivo apoyo que esta franja política está dando en México a los sindicatos por el simple hecho de ser sindicatos, a pesar de estar demostrado que son desde ya hace tiempo un cuerpo apestado por la corrupción. Y esto es lo que le está pasando con demasiada frecuencia a la izquierda: atada a sus dogmas y sus altares, a su corrección política, está cada vez más alejada de la realidad, más ciega para ver que las cosas no son buenas o malas porque sí, que no toda crítica a una mujer es machismo, que no todo sindicato es una organización de lucha por el progreso de la humanidad, que no todo blanco es un racista, ni todo hombre es un maltratador... que no es oro todo lo que reluce y que por eso todo debe estar sujeto a crítica permanente, no sea que por debajo de algún refulgente chapado se esconda una chatarra roñosa. Y es que es lo que dice Bastidas: primero demócrata y después de izquierdas: no someter nunca a crítica lo propio es puro y simple sectarismo.

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