lunes, 30 de noviembre de 2009

La llamada del alcaraván

Hoy voy a tener que pediros por enésima vez que me perdonéis que me enrolle. Para el diccionario de la RAE, el alcaraván es un pájaro, pero para la lengua española es también el almuédano, es decir, el señor que llama a la oración desde los alminares de las mezquitas. El título de esta entrada está tomado de una obra autobigráfica del egipcio Taha Husayn, uno de los más grandes intelectuales árabes del siglo XX. Leí no sé cuándo en no sé qué libro un episodio de un viajero occidental que llega a un país árabe y se siente amedrentado cuando un atardecer oye la voz de alguien que salmodia desde una torre unas palabras para él incomprensibles. El miedo le dura hasta que otro alguien le explica que las primeras palabras que ha pronuciado esa voz significan "En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso", y que con ellas está llamando a algo que también los fieles cristianos de su país hacen a menudo: rezar. Clemencia, misericordia y oración: ¿hay algo en esas tres palabras que pueda producir temor?
Sabéis que vuestro amigo el guachimán dejó de ser ingenuo hará algo así como dos meses y que no se distingue por su fervor religioso, por lo tanto está al corriente de que detrás de la historia de las religiones pequeñas o grandes, tanto más cuanto más se han hecho aliadas o dueñas del poder en todo tiempo y en todo lugar, hay una triste ejecutoria de intolerancia, abuso, hipocresía y muerte, pero tan verdad como esto es que en su día los mensajes del islam y el cristianismo sirvieron, al menos en parte, para hacer avanzar a la humanidad hacia modelos y conductas más justas. No hay comparación entre las normas del Antiguo Testamento y las del Nuevo, como no la hay entre las de la Arabia preislámica y la posterior al mensaje de Mahoma: mucho aportaron de civilización estas religiones a la barbarie que las precedía. Y ese componente humanitario es grande en ambas y todavía perdura y es admisible. ¿Qué es lo que ha sucedido entonces para que a menudo las veamos ahora como reductos de oscurantismo? Algo generalizable a todas las ideologías: que sectores intransigentes se apoderan de su mensaje y lo interpretan y aplican de manera perversa, haciendo prevalecer lo más obsoleto y/o dañino. ¿Quién no conoce a un buen puñado de cristianos que se escandalizan ante los disparates anacrónicos de la Conferencia Episcopal? ¿Cuántos millones de buenos musulmanes habrá en el mundo que condenen los crímenes de Al-Qaeda?
¿A dónde quiero llegar? A algo muy sencillo: a que prohibir los alminares -como se ha hecho en Suiza- es una conducta tan equivocada como el miedo injustificado del viajero del que os hablaba más arriba: lo que hoy nos asusta del islam no está en la oración o en la torre de la mezquita, está en el mensaje envenenado con que algunos intoxican esta religión y la orientan hacia la represión y el terror. El alminar no es nuestro enemigo, luchar contra él es equivocarse de adversario y, lo que es peor, dar a ese adversario una ventaja, porque con medidas como ésta siempre podrá decir a los demás musulmanes: "¿Lo veis, hermanos? ¡Ya lo decía yo, nos persiguen! ¡Guerra Santa al infiel!". Y esos intoxicadores se meten en las mezquitas y centros islámicos de todo el mundo, musulmán o no; a ésos es a los que hay que perseguir, a sus infundios, a su violencia, a sus velos impuestos, a su ataque contra los derechos humanos de nuestra sociedad, de los que se valen para campar por sus respetos, pero que detestan y pisotean. Pero no seamos ingenuos, porque hay mucho lobo con piel de cordero: regímenes árabes -estoy pensando en la monarquía saudí- que económicamente están aliados con el capitalismo occidental, por otro lado, subvencionan en nuestros países a los imanes de mensaje más fundamentalista y retrógrado: el jeque que viene a Marbella a pegarse la gran vida en la carencia de límites más dionisiaca puede estar al mismo tiempo sosteniendo a mezquitas de puritanismo medieval en sus proclamas, éste de hoy es un mundo muy complejo.
Concluyo. Alminares fueron muchas torres que hoy en España son torres de iglesia; muchos de nuestros monumentos fueron primero iglesias, luego mezquitas y después de nuevo iglesias; esos vaivenes se produjeron a costa de muchas luchas y mucha sangre en la época medieval, y sin embargo, hoy en día, los líderes más sensatos de esas religiones andan celebrando concilios ecuménicos y pidiendo perdón por las atrocidades pasadas. ¿Vamos a volver al medievo? Mejor será que construyamos sociedades tolerantes, con la libertad de creencia reconocida en todas ellas, y que sólo seamos inflexibles contra los elementos de estas creencias que vayan contra los derechos civiles generales. ¿Es éste el caso de los alminares? No sé en Suiza; en España, desde luego -aparte de que no abundan-, creo que no.

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