viernes, 5 de noviembre de 2010

Literatura oriental

Este artículo se publicó en Mi blog difunto el 27 – I - 09

Por estos días estoy leyendo Nieve, de Orhan Pamuk, autor que ya era famoso antes de ganar el premio Nobel en 2006. Por cultura, por historia y por geografía, pienso que Turquía es un país que tiene mucho de oriental, aunque por otras muchas razones mire inequívocamente hacia Occidente, de modo que este hecho me ha hecho reflexionar sobre algunos buenísimos libros de autores orientales que he leído en los últimos (o no tan últimos) años y se me ha ocurrido que tal vez sería interesante hacer un par de comentarios sobre ellos. Empezaré con Nieve, que es un libro publicado en Alfaguara y que me está resultando interesantísimo. No voy a cometer la torpeza de contar de qué trata, pero sí daré algunos retazos. El autor crea un ambiente al mismo tiempo claustrofóbico y de mágico alejamiento que tiene atrapados a los personajes y de paso secuestra también al lector. Uno de sus trasfondos es precisamente esa dualidad oriental/occidental que caracteriza a Turquía y que he mencionado antes. Como ocurre con muchos autores de tradición islámica, en la prosa de Pamuk hay marcados rastros de lirismo que, al contrario de lo que pasa con otros, constituyen una de sus virtudes.

Vamos ahora con Mapas para amantes perdidos (Alfaguara), de Nadeem Aslam. Es un libro fascinante en el que el autor (que tardó doce años en escribirlo), miembro de la comunidad paquistaní residente en el Reino Unido, cuenta una historia que entrevera sordidez y lirismo (al lector no acostumbrado, pueden aburrirle sus minuciosas descripciones, también muy orientales) que refleja los conflictos de esa comunidad con su entorno occidental y con su origen oriental, con su identidad dividida, con su cultura entre dos mundos... Un libro bonito y aleccionador.

Paso ahora a un libro que venero: El dios de las pequeñas cosas (Anagrama), de Arundathi Roy, autora india que no se tomó doce años en escribir su libro, se tomó... ¡veinte! Un consejo: si piensa leerlo, aguante las cincuenta o setenta primeras páginas, en las que tendrá la sensación de no enterarse de nada, porque después las cosas se van aclarando y toma forma una narración bella y compleja. Y no digo más, salvo una cosa: como el anterior, este es un libro que suele gustar mucho a las mujeres.

El siguiente que tengo apuntado es de un autor que maldita la necesidad que tiene de que yo le haga propaganda: el japonés Yukio Mishima. Este verano, por leer algo suyo, me saqué de la biblioteca Confesiones de una máscara, un libro que este autor escribió con 22 ó 23 años, lo cual no le impide ser extraordinario por dos razones (por lo menos): la limpieza de su estilo y la forma natural y directa con que Mishima aborda asuntos muy escabrosos que atañen a su propia persona, pues el libro es una autobiografía de alguien que, a pesar de sus escasos años, ya acumulaba una rica experiencia vital. Y esas cosas, algunas, bastante fuertes, Mishima las cuenta en el superconservador Japón de después de la guerra. Lo leí en una edición de esas que hacen los periódicos, creo que de El País.

Mencionaré ahora una auténtica rareza, La ciudad inicua, de Muhammad Kamil Husayn. Este libro lo leí por primera vez a mediados de los setenta, y más o menos por aquellas fechas debió de publicarlo el Instituto Hispano Árabe de Cultura, venerable entidad que no sé si seguirá existiendo. Es, en esencia, una escenificación de los últimos momentos de la vida de Jesucristo que presenta la visión musulmana de su pasión y muerte. Por aquellos años me impresionó bastante, aunque, en una lectura que hice siendo ya más mayorcito, no tanto. Me temo que hoy en día debe de ser un libro entre dificilísimo e imposible de encontrar.

Y ya que va de libros viejos, he aquí otra joya: Kwaidán, de Lafcadio Hearn, número 217 de la colección Austral, de 1962, tapas en azul (en la edición que yo tengo). Es una colección de cuentos tradicionales japoneses (los kwaidán), algunos de ellos realmente extraordinarios, que nos dan a veces una visión de la sensibilidad tan distinta a la nuestra que tienen por aquellos pagos. Otra particularidad de este libro: que yo conozca, es el libro más antiguo en español al alcance de los mortales que incluye una explicación y una antología sobre los haikus, ese curioso género de micropoemas japoneses que aquí empezaron a ponerse de moda allá por los años noventa.

Un rinconcito para uno de los grandes borrachos de la humanidad: el persa Omar Jayyam. De su famoso libro, Las rubaiyyat, leí hace tiempo una edición publicada por Losada, si no recuerdo mal, en la que se traducían así unos de sus más famosos versos: "Desvía tus pasos / de todo camino / que no te lleve / a la taberna", dichos en la Edad Media por alguien que vivía entre musulmanes, con un par. Actualmente, esta obra ha sido publicada por Hiperión. Una curiosidad: en el floreciente Islam de la Edad Media, hubo otro grandísimo poeta y grandísimo beodo a la altura de Omar Jayyam: Abu Nuwas, que creo recordar que era sirio, pero no conozco ninguna traducción de su poesía al español.

Finalizaré esta mini-antología con una occidental: la belga Amélie Nothomb, joven escritora de la que algunos destacan su descaro, el cual se corrobora en el libro que voy a citar: Estupor y temblores (editorial Quinteto), en el que narra su experiencia en Japón, en una etapa de su vida en la que fue a trabajar a aquel país. Por lo visto, el relato se ajusta bastante a unos sucesos reales y en él se ve que a la pobre Amélie se lo hicieron pasar bastante mal. Ahora bien, su venganza fue terrible: un libro desmitificador, borde y capaz de corroer hasta el acero galvanizado. Y también, eso sí, divertidísimo.

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