miércoles, 14 de marzo de 2018

¿Y si todos nos pusiéramos a quemar fotos?

   Saltaba ayer a los medios la noticia de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo ha condenado a España por la sanción que en 2007 impusieron nuestros tribunales a unos independentistas (cómo no) que quemaron la foto de los reyes Juan Carlos y Sofía. 
    Según establece en su sentencia el alto tribunal, quemar fotos no es un delito, sino una forma de libertad de expresión política. Añade además precisiones como que la libertad de expresión acoge también a informaciones e ideas que ofenden, chocan o molestan y es una de las condiciones de pluralismo, tolerancia y amplitud de miras sin las cuales no hay una sociedad democrática. Así, esto de quemar la foto de los reyes lo han entendido como un acto que entra dentro de la esfera de la crítica política o la disidencia. 
     Si esto es así, debemos entender que el derecho a quemar fotos como particular apartado de la libertad de expresión nos ampara a todos los ciudadanos europeos, pues, en esas sociedades democráticas a las que se refiere el TEDH, no se entenderían tales derechos si no tuvieran un alcance universal. 
     En consecuencia, el guachimán, movido por su derecho a la crítica política o a la disidencia, va a realizar un experimento de quema de fotos,  ahí va:

Quema de la foto de Marta Rovira



Quema de una ikurriña (con llama de gas)



Quema de la foto de Roger Torrent



Quema de la foto de Carles Riera
   Basta de quemas, aunque sean experimentales.
   En virtud de mi derecho a disentir con las destructivas ideas políticas de los señores Riera, Torrent y Rovira, ejerzo mi derecho a quemar sus fotos; en virtud de mi indignación por los cientos de veces que he visto a partidarios de la ikurriña quemar la bandera española, ejerzo mi derecho a quemar una ikurriña. Seguro que los habituales quemadores, si vieran sus fotos o sus banderas como combustible, pensarían que eso de quemar es una conducta intolerable, cosa de fachas, y no de demócratas como ellos.
   La quema en efigie fue una práctica muy utilizada por la Santa Inquisición: en los autos de fe, se quemaba de verdad a los condenados que habían tenido el infortunio de haber sido atrapados y en efigie (bajo la forma de burdos muñecos de palo) a los que habían conseguido escapar. Como práctica política moderna, la ejercieron con asiduidad o la siguen ejerciendo los nazis, los radicales vascos que apoyaban (y aún apoyan) a ETA o los cada vez más energuménicos independentistas catalanes. 
  No voy, pues, a discutirle al TEDH su carácter de derecho inalienable, pero tanto por su innegable trasfondo violento como por la catadura de sus ejemplares usuarios, todos ellos modelo de pluralismo, tolerancia y amplitud de miras, no me va a colar nadie la rueda de molino de que sea una forma democrática, racional y humanitaria de expresar las opiniones.
   Quemar fotos o banderas es un acto vandálico que ahora el TEDH parece haber santificado como un derecho: ¿y si todos nos pusiéramos a ejercerlo? ¿En qué quedaría convertido el debate político?  

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