domingo, 20 de julio de 2014

Una lacra sangrante



   Como muy pocos deben de ignorar, aún existen hoy en día sociedades que ven con aprobación que una mujer sea ejecutada (muchos diríamos asesinada) por pecados, digamos, “femeninos”, o amplios colectivos de varones que parecen estar persuadidos de que, si es para obtener deleite o cualquier tipo de provecho, no hay por qué tener reparos en ultrajar o matar a una mujer. El problema no es de hoy, sino, por desgracia, tan viejo como la humanidad y al mismo tiempo tan aberrante que pone en duda la condición humana de quienes participan en él con el papel de verdugos. Existen delitos que se ceban especialmente en las mujeres, tales como el maltrato, la explotación sexual, las violaciones, los abusos o la violencia de género, los cuales, en efecto, son delitos… allá donde el respeto a los derechos humanos los considera como tales, allá donde las leyes los persiguen, las sociedades los condenan y hombres y mujeres se horrorizan ante ellos, pero la terrible cuestión es no solo que esto no ocurre en todos los países, sino que, además, en muchos, se añade el hecho de que las mujeres están expuestas a terribles castigos por una serie de motivos que en esos otros donde sí se respetan los derechos humanos serían aberraciones absurdas.
  Los casos son tantos que me limitaré a mencionar solo algunos de los más señalados. En Sudán, Meriam Yahya Ibrahim fue condenada a muerte por su elección religiosa y por casarse con un hombre no musulmán; sabemos que finalmente esa sentencia no se cumplió, pero fue sobre todo por la presión internacional, que ha salvado muchas vidas en casos así. En Afganistán, una joven llamada Gulnaz fue condenada a doce años de prisión por el “delito” de haber sido violada por el marido de su prima; la manera de eludir la pena que le brindan las leyes de aquel país es casarse con su violador. En Pakistán, la joven Farzana Iqbal ha sido hace poco lapidada por su familia ante las puertas de un tribunal y sin que nadie hiciera nada por impedirlo. La razón de tan brutal ejecución fue que ella había decidido casarse con el hombre al que amaba, y no con el que había señalado su familia. Después nos enteramos de que el hombre al que ella había elegido, llamado Mohammad Iqbal, previamente había asesinado a una anterior esposa para casarse con Farzana, pero eludió ser condenado tras llegar a un acuerdo económico con el hijo que lo denunció. Lamentablemente, los casos y las posibles situaciones de esta aberrante justicia divina son tan numerosos que darían para llenar páginas y páginas. Los que he citado hasta aquí, que a nadie se le olvide, son criminales abusos perpetrados contra mujeres con el respaldo en mayor o menor grado de las leyes y de las sociedades en que se producen, y quede claro que no se trata de historias excepcionales o aisladas, sino que cualquier mujer de aquellos países está, por el hecho de ser mujer, expuesta a verse envuelta en pesadillas como las que acabamos de referir.
   Pero estas aberraciones tienen otra posible versión, seguramente más monstruosa. Muy conocidos son los desmanes de Boko Haram, la banda de criminales nigerianos que perpetró el secuestro de más de doscientas niñas para usarlas como moneda de cambio en sus atroces planes. Si escalofriante es pensar en lo que pueda ocurrirles a esas desafortunadas jóvenes en manos de esa turba de asesinos sanguinarios, no menos lo es la historia que la periodista Caddy Adzouba nos refiere, sucedida en la República Democrática del Congo, un aquelarre de vejaciones, crueldad, violencia y muerte con odiosos componentes de sometimiento sexual, que señala a sus autores como algo de lejos peor que las peores alimañas, por mucho que envuelvan sus actos en la vitola de episodios de una guerra. Por otra parte, amplio eco está teniendo en el mundo la frecuencia con que en la India acaecen sucesos en los que se ven envueltos grupos de hombres que violan salvajemente a alguna mujer y a menudo finalizan sus indignos ataques  asesinando a la víctima. Los casos que han trascendido a los medios de todo el mundo son bastante numerosos y a menudo impresionan por la violencia brutal, la falta de piedad y las trágicas consecuencias. La inmensa mayoría de la sociedad india, tanto hombres como mujeres, rechaza estos crímenes y expresa de forma explícita su repugnancia y la petición de duros castigos, pero lo cierto es que la proliferación de casos en todo el país indica que hay en él un no pequeño número de varones lo suficientemente carentes de escrúpulos como para anteponer su placer a la menor consideración acerca del daño infligido a sus víctimas y enfangarse en un muestrario de aberraciones que los dejan a la altura de las peores bestias. Es este un caso similar al de Boko Haram o al de los soldados del Congo: si bien es cierto que sus actos son condenados y repudiados como criminales dentro y fuera de sus países, cierto es también que en ellos participa el suficiente número de depredadores como para hacernos pensar que en aquellos países la violación, la vejación o el asesinato de mujeres no son el crimen que en casos particulares y aislados se producen también y por desgracia en cualquier parte del mundo, sino que están demasiado arraigados en la población masculina, que son excesivos los hombres que parecen encontrar un especial deleite en ensañarse con las mujeres y no le conceden demasiada importancia al hecho de que estén torturando y a menudo también matando a personas. 
  Produce a la vez dolor, rabia y perplejidad que así sea. El dolor y la rabia no creo  que sea necesario explicarlos, pero me detendré algo en la perplejidad. A uno no le cabe en la cabeza que se pueda destrozar a pedradas a una persona, menos aún, que sea porque esa persona ha decidido casarse con quien ha querido y todavía menos aún, que eso lo hagan padres, hermanos o primos de la víctima: ¿qué entrañas hay que tener para cometer un acto así? No me lo puedo imaginar. A uno no le cabe en la cabeza que se tenga que hacer la guerra metiéndole objetos cortantes en la vagina a una mujer, u obligando a sus hijos a mantener relaciones sexuales con ella, o lanzándole una bolsa con los cráneos de esos hijos: ¿qué causa puede justificar semejantes métodos? No se me ocurre ninguna. A uno no le cabe en la cabeza que ocho o diez hombres se lancen en grupo a violar a una mujer, que hayan decidido que su diversión sea esa, que incluso suban al escalón de considerar “divertido” acabar ahorcándola, que en ningún momento a uno solo se le haya ocurrido que eso era una atrocidad: ¿qué clase de bestia repugnante hay que ser para actuar así? Una peor que las peores.   
   No lo entiendo, no me cabe en la cabeza que conductas así sean obra de personas como usted y como yo. Y, si se para uno a ver lo extendidas que están las prácticas de las que aquí he hablado, no hay razones para el optimismo, porque seguramente sean centenares de miles o quizás millones los hombres que están llevándolas a cabo. ¿Qué podemos pensar de ellos? ¿A qué conclusiones acerca de la condición humana nos llevan? Hay para echarse a temblar.

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