martes, 20 de septiembre de 2011

"El vodka" y los pájaros lectores

   Llevo tiempo queriendo hablaros de un libro que, en realidad, se titula El vodka y todo lo que nos trajo hasta aquí. Su autor es mi amigo Pedro Letai, un joven que aún no llegará a los treinta años y que, además de este, tiene ya publicado otro poemario que se titula Cinco años y un beso. Empecé a leer El vodka allá por junio, en una de esas tardes en que, con el buen tiempo, me animo a ir a tomar café a la terraza de un bar cercano. Ese bar tiene unos curiosos parroquianos, los gorrioncillos que andan alrededor de las mesas picotenado lo que pescan. Son unos bichos realmente simpáticos, que le han perdido hasta el grado más absoluto el respeto al feroz ser humano y se te suben por la mesa o se plantan en el respaldo de la silla que tienes enfrente y desde allí se te quedan mirando muy atentos; el día menos pensado -no me extrañaría- se me despacha alguno preguntándome si el café lo tomo solo o cortado. La tarde en que empecé a leer El vodka, llevaba también otro libro que estaba a punto de terminar y, mientras me encontraba ocupado con él, los gorriones andaban dando saltitos por encima y alrededor de El vodka, que tenía yo sobre la mesa esperando su turno: ese día, pues, descubrí además que mis amigos son unos pájaros lectores, criaturas a la vez poéticas y amantes de la poesía. Terminé de leer El vodka en julio; luego, entre las vacaciones, el comienzo del curso, la huelga y mil historias más, me ha sido imposible hasta hoy haceros este comentario. 
   El que el título de este libro esté geminado no es caprichoso, sino que obedece al hecho de que está dividido en dos partes: una primera titulada El vodka y una segunda que se llama Todo lo que nos trajo hasta aquí. Hay además otra notable diferencia formal: mientras que la primera parte se compone de pequeños textos en prosa que ocupan entre la docena de líneas y las raramente más de dos páginas, la segunda está escrita en verso, un verso absolutamente libre apenas sometido a recurrencias de medida o rima; esta, las escasas veces que aparece, lo hace ajena a toda regularidad dentro de los poemas. El ritmo de estos, que suele estar muy conseguido -su autor es un gran amante de la música, pasión que ocupa un lugar importante en la obra-, descansa básicamente en la distribución acentual y en la muy personal medida de los versos. No es en general un ritmo cadencioso, sino irregular, entrecortado, con frecuentes encabalgamientos. Muy personal, lo entenderéis mejor con estos versos sacados del poema que se titula Martin Miller´s
                                                    Todo queda atrás
                                                    y comprendo que he vivido
                                                    de más.
                                                    De más y para eso hay que morir
                                                    mucho.
                                                    y romperse los puños
                                                    y extrañarte
                                                    y sufrir
                                                    y llorar
                                                    y querer.
   No quiero dejar estas líneas dedicadas a lo formal sin hacer una breve referencia a la primera parte, la escrita en prosa. En general puede decirse que se trata de poemas en prosa, sobre todo por el carácter íntimo de los temas y por la presencia abundante de recursos poéticos, que van desde la prosa rimada y el versículo hasta las hipérboles o las imágenes.
   El mundo de El vodka es muy personal y quizás la preferencia de la imagen como recurso literario tenga que ver con esto. El elemento que da unidad a ese mundo es el amor. El yo poético creado por el autor es un personaje que atraviesa episodios de la vida muy diversos, los cuales pueden a veces caer en asuntos tan triviales como la charla de dos fumadores desterrados a la fría calle por las leyes antitabaco, pero el tema predominante en el conjunto del libro es, repito, el amor. El amor y el sexo. De hecho, saltándose las notorias diferencias formales, puede apreciarse entre la primera parte y la segunda una fuerte unidad en la comunión de temas y de tono. Y lo que predomina en ese tono, lo que le da su caracterización más peculiar, son los sentimientos de nostalgia e insatisfacción. La voz poética que nos despliega sus vivencias y sus sentimientos pertenece a alguien acostumbrado a disfrutar de los goces de la vida, ya sea en la pasión amorosa, la promiscuidad sexual, el lujo, el conocimiento del mundo o los días de vino/vodka y rosas, pero, al mismo tiempo, toda esa gloria parece contemplada desde una perspectiva ya de nostalgia por lo perdido ya de insatisfacción por lo no conseguido o por lo que nunca volverá. Y también, en ocasiones, de autodestrucción. La alegría existe en el libro, pero aparece rodeada y superada por estas amenazas, como en el poema Gaviotas en cuatro estaciones:    
                                          Después la noche,
                                          de perros, oscura.
                                          Impone el insomnio
                                          y mis miedos a una calle vacía,
                                          vecina de tu armadura,
                                          invencible, mentira.
                                          Y lo que viene,
                                          el temor, la duda.
                                         
                                         Y todo lo que nos trajo
                                         hasta aquí.
                                         Tus pasos, el cine,
                                         el ron más caro del lugar,
                                         el otoño, la luna.
   Cuando, apurado su contenido, el vaso de vodka queda vacío, a través de su cristal curvado enseña un mundo que repele y hace añorar la felicidad perdida y tal vez imposible.



   -El vodka y todo lo que nos trajo hasta aquí. Pedro Letai. Editorial Taravilla, Madrid, año 2011.
   -Cinco años y un beso. Pedro Letai. Editorial Taravilla, Madrid, año 2010.

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