martes, 21 de diciembre de 2010

La clase

Este artículo se publicó en mi blog difunto el 23 de mayo de 2009

Vi La clase hace unos meses, cuando acababa de ser estrenada, y mi primer impulso fue ponerme esa misma noche a volcar mis comentarios en este blog, pero no lo hice porque pensé que con ello podía reventarle la película a más de uno. Ahora, cuando ya todo el mundo ha tenido oportunidad de verla, creo que puedo ponerme manos a la obra.

Esta película está basada en un libro de François Bégaudeau, profesor de secundaria francés que vierte en él sus experiencias profesionales. Bégaudeau es también el actor que representa al profesor protagonista en la pantalla, lo que refuerza el valor documental de la película. Empezaré aclarando que, mientras la veía, me resultó imposible desligar mi condición de espectador de mi condición de profesor. Me acordé entonces de algo que decía Francisco Umbral, quien en algún momento de Mortal y rosa declaraba que cuando leía novelas ya no leía, sino que veía trabajar, ya no se interesaba en el relato, sino en cómo lo construía un colega suyo.

Viendo La clase como espectador, vi lo que supongo que vería todo el mundo: la ignorancia colosal de aquel puñado de alumnos, su nulo interés por las enseñanzas que recibían y por su propia formación, su permanente falta de respeto y de saber estar, la grotesca autocomplancencia con que se miraban a sí mismos, enorgulleciéndose incluso de su cinismo y su incultura...; vi también la esterilidad de las clases, la lamentable pérdida de tiempo que representaban todas y cada una de ellas, su descontrol, su paupérrimo nivel de contenidos, la enorme diversidad en los alumnos (por sus intereses, por sus conocimientos, por sus valores, por sus orígenes, por su cultura, por sus actitudes y aptitudes, por su color de piel...); vi el esfuerzo y la buena voluntad del profesor, su empeño en seguir su propia pauta, su paciencia, sus frecuentes fracasos, su desaliento; vi las grietas de la organización del centro, la falta de acoplamiento entre su oferta y las expectativas de los alumnos, la pobreza de horizontes, cierta incongruencia a la hora de fijar los límites y los derechos de los alumnos... En conclusión: percibí aspectos referentes a los alumnos, al profesor, a la práctica de la docencia y al propio sistema, para llegar, como quien más y quien menos, a conclusiones muy poco alentadoras acerca del presente y el futuro de la enseñanza, tanto en Francia como aquí, porque parece que las diferencias son pocas.

Mis ojos de profesor, por supuesto, también vieron eso, aunque con una primera particularidad: la mayoría de esas cosas me eran ya tan archiconocidas que en algún momento llegué a preguntarme si realmente merecía la pena haber pagado por verlas en la pantalla. Pero había merecido la pena, naturalmente. Aunque parezca que todos vemos lo mismo, uno puede sacar conclusiones distintas cuando lo ve con ojos de profesional, uno puede ver otros males y también, tal vez, algunas soluciones. A los dos minutos de la primera escena dentro de clase, ya me estaba revolviendo en el asiento, soy así, no puedo evitarlo, veo las películas como si fuesen verdades. Mi mujer me preguntó qué me pasaba y yo le respondí si no se daba cuenta de lo mal que lo estaba haciendo el protagonista, a lo que ella me dijo que no. Claro: ella veía la escena, mientras que yo veía trabajar. Concretamente, ella veía a unas alumnas haciendo una pregunta que no venía muy a cuento, mientras que yo veía a un par de cínicas sacándose de la manga la típica pregunta capciosa destinada únicamente a cargarse la clase y dejar en evidencia al profesor; ella veía a un profesor intentando responder con buena intención y poco éxito, mientras que yo veía a un ingenuo entrando al trapo cuando lo que tenía que haber hecho era cortar una deriva absurda. Y así, toda la película: con los ejercicios de vocabulario llenos de burlas, con las lecturas de libros o de redacciones torpedeadas, con las disparatadas y permanentes diatribas que montaban las dos o tres alumnas listillas, con el ronroneo del grupito de Solimán y sus amigos, con los desplantes y provocaciones apenas encubiertas y a menudo chulescas de estos...: en la pantalla se ve a un aventajado grupo de cínicos presentando como libertad de expresión sus permanentes salidas de tono, y al burlado profesor ir siempre a remolque y con la lengua fuera para intentar lo imposible: responder con lógica a lo planteado desde las coordenadas de la burla y el destruir por destruir. Desde mi condición de profesor, yo no paraba de preguntarme estas cosas: ¿qué le pasa a este hombre? ¿No ve que le están tomando por imbécil? ¿Es que no ve el desmadre en que se ha convertido la clase? ¿Por qué no lo corta? ¿Qué clase de autoridad tiene?

Algo de autocrítica debe de tener esta historia, porque, en algún momento, como cuando el alumno chino dice que se avergüenza del comportamiento de sus compañeros, se ve que ese tipo de reflexiones no se le han escapado al autor. Y la crítica alcanza también a ámbitos más amplios, porque la falta de autoridad le supera a él, como puede verse en la escena en que dos alumnas estúpidas se carcajean de toda una junta de evaluación (con director incluido) sin que nadie mueva un dedo por impedirlo. Eso, queridos, os juro que no hubiera ocurrido ni de lejos en ninguno de los catorce centros por los que ha pasado este guachimán.

Concluyo. La clase es una película muy interesante, sobre todo, porque consigue hacer muy bien algo que era necesario: retratar los obstáculos concretos de dentro y fuera de las aulas que hacen enormemente complicado hoy en día el desempeño de la labor educativa. Esto, repito, lo hace muy bien, sobre todo con los de dentro, porque logra reflejar cómo hechos que aislados y en términos objetivos parecen trivialidades sin fundamento, acumulados y convertidos en el pan nuestro de cada día, acaban teniendo unos efectos devastadores. Pero, desde mi perspectiva de profesor, voy más lejos, veo más cosas; deliberada o involuntariamente, Bégaudeau nos muestra que entre esos males -y con no poco peso- está el ejercicio inadecuado de la docencia. El profesor de esta historia es un verdadero incompetente en lo referido al control del grupo. Nunca es el dueño de la situación, se le escapa de las manos constantemente, los alumnos contestatarios, lo peorcito del grupo, le arrebatan las riendas de manera grosera, sin que él sepa nunca hacer nada por evitarlo, le pueden, se cargan las clases, pisotean el derecho a la educación de sus compañeros... y de sí mismos. ¿Estará en esto último la razón de su incapacidad? Tal vez, y me voy a explicar. Viendo esta película como docente, me fijé en una cosa: la actitud del protagonista es exasperantemente servil hacia los malos alumnos: les ríe las gracias y es cortés con ellos aunque le traten como a un trapo, y además les da todo el protagonismo, incluso ninguneando a los que se portan bien (hay un par de escenas en las que esto es patente). ¿Será que en el fondo toda su pasividad se debe a que es un apóstol de la enseñanza? ¿Procederá su candidez de motivos ideológicos? ¿Será de los que piensan que es antipedagógico ponerles límites a chicos como Solimán y por eso le permite crecer hasta que ya se ha cargado el curso y es demasiado tarde para todos? Es posible. No olvidemos que ese profesor es trasunto del propio Bégaudeau y que el título original de su libro es Entre les murs. En mi larga carrera profesional, solo he tenido un colega que se refería a las clases usando la frase "entre estas cuatro paredes", y lo hacía de forma muy peyorativa: era un encarnizado enemigo de todo lo que fuera esfuerzo, exigencia, contenidos y disciplina. Un auténtico defensor del desastre que ahora nos preocupa, un desastre como el de La clase, que él iba sembrando con el mayor de los empeños. ¿Habrá sido Bégaudeau uno de los suyos? ¿Será La clase un descargo de conciencia? No lo sé, lo que sí sé es que he tenido muchos Solimanes y muchas Esmeraldas y desde el minuto uno les he dejado siempre claras algunas cosas muy sencillas: a clase se viene a aprender, en clase manda el profesor, en la clase no se montan follones, en la clase todos respetan a todos. No es tan difícil, basta con dejarnos de pseudopedagogías y entender que nos pagan por hacer que nuestros alumnos mejoren, no por permitir que se embrutezcan. Y os lo juro, con sola esa cartilla, todas las clases que he dado han sido clases y jamás he tenido una clase como La clase. Más aún: el día que tenga una, sabré que ha llegado el momento de que me retire a pescar truchas.

 

2 comentarios:

  1. Hola:

    He visto la película y sentía que debía dejar un comentario aquí:

    Como no soy (ni he sido, si seré) profesor de secundaria, desconozco lo que supone esa tarea, de forma cotidiana. Yo me dedico a la Formación, que es un mundo distinto, aunque compartan cosas.

    En todo caso, coincido en la valoración al respecto del profesor y su escasa competencia profesional, como bien detallas.

    Creo que, si algo me sorprendió, fue la implicación de la mayoría de los alumnos. Imaginaba yo que en clases de secundaria era más habitual que los alumnos no participaran, que fuera difícil conseguir romper su hermetismo. Una vez oí decir a un profesor que era más complicado poner en marcha a un adolescente que se muestra apático, que corregir un comportamiento inadecuado. Si es cierto que este profesor no sabía hacerlo, es verdad que muchos de los alumnos eran activos.

    El profesor muestra prejuicios con sus alumnos, se pone a su mismo nivel, es pendenciero, trata de ocultar los motivos que originaron el incidente con la alumna que provoca la expulsión y, cobarde manifiesto, teme aplicar la disciplina en sus clases y en el desarrollo del curso en el centro escolar.

    Pero eso no es lo peor. En la escena final, una alumna llora porque dice que no ha aprendido nada. Es desolador. ¿Qué hacía el profesor durante los nueve meses del curso? No soy capaz de imaginarlo.

    He impartido muchos cursos de un día. Muchos. Y no ha habido ni uno solo en lo que no me planteara qué se habían llevado mis formandos por su participación en el curso. Cuando era posible (la mayoría de las veces) les pedía que lo dejaran por escrito, de forma anónima. No sé si siempre lo he logrado, pero el objetivo de mi trabajo siempre es dejar huella, producir algún cambio, provocar algún aprendizaje que los formandos incorporaran a sus vidas. Si un profesor no es capaz de conseguir NADA durante nueve meses, es que, además de ser un incompetente, ha perdido su tiempo y el de sus alumnos, porque un objetivo para un profesor debería ser conocer el grado de avance de sus alumnos.

    Gracias por el tiempo, el espacio y (espero) la posibilidad de debatir.

    Un saludo.

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  2. Gracias por tu comentario, Alberto, aunque, en lo referido al debate, poco alcance va a tener en este artículo, porque veo que compartimos puntos de vista acerca de la incompetencia del profesor de "La clase", sus motivos y sus manifestaciones, y hasta me temo que tú también te indignaste un poco viéndolo (como yo). Comparto también eso que dices de lo demoledor que debe de ser eso de que un alumno te diga que no ha sacado nada. De todos modos, también quiero dejar constancia de que eso no depende solo del profesor (el cual está, sin duda, obligado a poner de su parte todo y más para que la cosa funcione), sino también y muy en gran medida del alumno, que es el elemento más importante del acto educativo. Y, aunque te parezca paradójico y hasta discutible, yo pienso que con muchos alumnos de esos super-refractarios, es peor estar tirándoles de la manga para que se decidan a hacer algo que decirles: "Aquí lo tienes, está en tu mano: cuando quieras, te incluyes": uno de los grandes problemas de los chicos de hoy es que se les ha exonerado de la más mínima responsabilidad, parece que todo (hasta sus decisiones personales) corre por cuenta de los demás. Hacerles notar que esa responsabilidad existe puede ser, a la larga, una gran lección, no podemos tratarlos toda la vida como si fueran párvulos.

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