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-LA ESCUELA INSUSTANCIAL. Sobre la urgente necesidad de derogar la LOMLOE. -EL CAZADOR EMBOSCADO. Novela. ¿Es posible reinsertar a un violador asesino? -EL VIENTO DEL OLVIDO. Una historia real sobre dos asesinados en la retaguardia republicana. -JUNTA FINAL. Un relato breve que disecciona el mercadeo de las juntas de evaluación (ACCESO GRATUITO EN LA COLUMNA DE LA DERECHA). -CRÓNICAS DE LAS TINIEBLAS. Tres novelas breves de terror. -LO QUE ESTAMOS CONSTRUYENDO. Conflictividad, vaciado de contenidos y otros males de la enseñanza actual. -EL MOLINO DE LA BARBOLLA. Novela juvenil. Una historia de terror en un marco rural. -LA REPÚBLICA MEJOR. Para que no olvidemos a los cientos de jóvenes a los que destrozó la mili. -EL ÁNGULO OSCURO. Novela juvenil. Dos chicos investigan la muerte de una compañera de instituto. PULSANDO LAS CUBIERTAS (en la columna de la derecha), se accede a información más amplia. Si os interesan, mandadme un correo a esta dirección:
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martes, 12 de marzo de 2019

Violencia de género entre menores y educación

   Desde hace ya algunos años, se viene percibiendo con preocupación un aumento del maltrato de género ejercido en parejas muy jóvenes, es decir, de situaciones en las que un chico de dieciocho, dieciséis o incluso menos años ejerce sobre su chica (subrayo el "su" porque en estos casos parece que alguien lo entiende literalmente como un posesivo) conductas tales como los golpes, los celos enfermizos, el control de los actos, las palabras, la vestimenta o el móvil o, en definitiva, cualquier otra de las mil formas en las que el abuso puede practicarse. En el año 2017, hubo 266 juicios por malos tratos en los que los acusados eran menores de edad, lo que supuso un aumento de un 48% con respecto a 2016. Tanto el agresor como la agredida envuelven a menudo estos hechos en el generoso paño de amor romántico, pero ya desde hace mucho se sabe que no es lícito usarlo para justificar los  excesos, como podéis comprobar en esta canción que os dejo aquí, que es de 1963:


Lesley Gore, You don´t own me

    ¿Qué es, pues, lo que está ocurriendo en nuestra época, en la que la información y la concienciación son de lejos muy superiores a las de aquellos años sesenta, para que el fenómeno no solo persista entre los más jóvenes, sino que incluso se agrande? Naturalmente, los factores son múltiples y muy complejos, pero quiero hacer ahora unas observaciones sobre algo que se repite con mucha frecuencia: que la solución está en la educación. Como profesor que soy, tengo una gran fe en ella, pero, por lo mismo, sé que no es el bálsamo de Fierabrás que resuelve todos los males, y el propio hecho de que en la hiperinformada época actual este problema se esté agrandando de año en año creo que me da la razón: está claro que, para resolverlo, hará falta educación y algo más.
  Si prescindimos de ese algo más que me rebasa y nos ceñimos a lo educativo, hay quienes dicen que, para que no haya chicos machistas que pretendan ser amos y señores de sus parejas, es muy importante erradicar los modelos perniciosos en la familia. No puedo estar más de acuerdo: si un niño ve que su padre trata a su madre como un trapo, será más fácil que, al hacerse adulto, siga ese camino que en los casos de niños acostumbrados a ver a sus padres tratarse con respeto, ya que el ejemplo -y más, si es de nuestros padres- es una poderosa herramienta educativa. Otros proponen la implantación de programas activos en los centros escolares, es decir, la existencia de cursos, talleres, etc. en los que se enseñen el respeto y lo que es la igualdad entre hombres y mujeres. Reconozco que estas medidas pueden dar algún resultado, pero pienso que, en todo caso, son de alcance muy limitado: sirven para convencer a los ya convencidos y poco más.  La razón es la siguiente: según se refleja en algunos estudios, el maltrato es rechazado por el 92% de los jóvenes varones, pero, si cruzamos esto con otros datos, nos sale que eso es en la teoría, mientras que lo que arroja la realidad de los comportamientos, según hemos visto en las dos fuentes que cito, se aleja mucho de ese optimista porcentaje. La conclusión es esta: la teoría nuestros jóvenes se la saben muy bien y se declaran virtuosos cuando les pasan una encuesta o les ponen una redacción, pero, en la práctica, su virtud no se corresponde con eso. Esto es algo tan viejo como el mundo: que uno se aprendiera el catecismo por las buenas o por las malas no le convertía en un cristiano ejemplar. Por lo tanto, estas charlas, talleres y demás apenas tienen efecto. Sé que Podemos ha propuesto hace poco remediar esta ineficacia mediante el expediente de reforzarlas imponiendo una asignatura de Feminismo, lo cual es un disparate más de este partido y una inquietante muestra de su disposición a invadir los programas educativos con sus particulares preferencias ideológicas.
   Hay, por último, una tercera parcela en la que la educación está influyendo en el aumento de niñatos inclinados a maltratar a sus parejas. Es una de la que no se habla mucho, quizás porque en la actualidad lo que estamos haciendo hoy en este campo sea muy mejorable: la creación de límites. Cuando por uno u otro conducto ha llegado a mi conocimiento algún caso de un menor que maltrataba a su pareja, invariablemente, el individuo se ajustaba al cien por cien al perfil de esos tiranos con los que me he encontrado a lo largo de mi carrera profesional en más ocasiones de las que me hubiera gustado: caprichoso, insolente, irrespetuoso, endiosado y despótico, alguien, en suma, convencido de que el mundo se ha creado para darle gusto y de que obedecer sus mandatos y satisfacer sus deseos son leyes universales a la altura de la de la gravitación de los cuerpos. Con este tipo de personas, una inexcusable labor educativa, tanto en la familia como en la escuela, es hacerles entender que en la vida hay límites a nuestros deseos, obligaciones que cumplir y normas y personas a las que respetar. Dicho más llanamente: hay que bajarles los humos. Aunque a algunos beatíficos oídos les moleste, bajarles los humos a los que los tienen subidos o, simplemente, dejar claras las cosas que no pueden hacerse, es una ineludible obligación de padres y profesores y estoy convencido de que el cumplirla con seriedad y diligencia, entre otros benéficos efectos, nos ahorraría unos cuantos maltratadores de categoría juvenil. Cada familia sabrá cómo lo hace, pero, en el ámbito de la enseñanza, deberíamos preguntarnos: ¿lo estamos haciendo lo mejor que podemos? Sinceramente, creo que el actual sistema le pone demasiados obstáculos a esta tarea.
   Voy a terminar con una reflexión que quizás no sea del agrado de todo el mundo. En los muchos años que he estado en la enseñanza, a menudo me he encontrado con seráficos colegas que siempre les echaban un capote protector a alumnos de esos que he dicho: energúmenos que no respetaban ni a su madre, por abreviar. La mayor parte eran mujeres, pero, fueran mujeres u hombres, todos estaban en contra del maltrato y la mayoría eran fervientes feministas. A veces la vida tiene sus paradojas.  

2 comentarios:

  1. Paradojas o no, no es extraño que aquellas personas favorables a subvertir la jerarquía social puedan estar confusos y simpatizar con aquellos de apariencia rebelde, sin percibir su narcisismo. O quizá por solidaridad narcisista es por lo que tan bien los comprenden?

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    1. Por lo que yo he percibido, esa solidaridad tiene a veces ese narcisismo del que hablas (disfrazado de un propósito redentor que se sustenta en creerse superior a esa escuela a la que traiciona); otras veces es puro cacao mental e ingenuidad; otras, el resentimiento del mediocre que se pone en contra de la escuela porque en su momento le trató como lo que era y, finalmente, a menudo procede de una lamentable inmadurez: hay profesores que se empecinan en razonar como adolescentes. Básicamente, alguna de estas (solas o mezcladas) suelen ser las motivaciones del docente que es capaz de socavar la escuela ayudando a los alumnos obstinadamente problemáticos.

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