lunes, 21 de diciembre de 2009

Javier Tomeo

Repaso las cosas que he leído en los últimos meses y me encuentro con que, en broma en broma, ahí tengo tres novelas de mi admiradísimo Javier Tomeo: El gallitigre, Los enemigos y La patria de las hormigas. La verdad es que he dicho novelas porque se trata de obras en prosa con más de cien páginas, un narrador, unos personajes y una historia, pero... ¿qué es lo que escribe Tomeo? A mí, francamente, se me escapa. Tomemos, por ejemplo, El gallitigre. Se trata de una especie de crónica de la vida en el interior de un circo, de la interacción entre artistas y animales. ¿Hay realmente un argumento? Yo diría más bien que hay una desbocada sucesión de escenas que puede resultar a la vez caótica y coherente. ¿Hay personajes? Los personajes -personas y animales- son más bien soportes de sentimientos, conductas, anhelos y frustraciones del ser humano en general. Visto así, no hay novela. Podría haber teatro, y de hecho Tomeo tiene un gran éxito en este género, sobre todo, en Francia. Sí, esta obra es muy teatral, tiene mucho movimiento escénico, diálogo -Tomeo es un verdadero maestro del diálogo-, pero El gallitigre tampoco es teatro, su forma discursiva no es teatral. No lo sé, me desconcierta, y lo mismo podría decir de las otras dos: parecen novelas, pero no lo son, son otra cosa indefinida y fascinante, particularmente, Los enemigos, que relata la demencial huida de un padre y un hijo acosados por unos enemigos supuestos o reales, no se sabe muy bien, una obra lírica y patética, la que más me ha gustado de estas tres. Lírica, patética y cargada de ese humor de Tomeo, negro, corrosivo.
Así es en general la obra de este aragonés ya setentón que estudió criminología y que tiene una cara con la que podría protagonizar películas de gángsters o de boxeadores aporreados por los rivales y por la vida. Imprevisible, fascinante, capaz de mezclar con naturalidad los extremos más alejados: ternura y crueldad, lirismo y prosaísmo, cordura y locura, absurdo y realidad; esto último es una constante, porque quizás uno de los soportes de todo lo que escribe, paradójicamente, es que el factor que da coherencia a sus argumentos es la ruptura de los límites entre lo que es posible y lo que no lo es. Otros elementos constantes: lenguaje sencillo, situaciones simples, frase corta y ágil, facilidad para la lectura, perversión y humor, un humor genial y bastante borde por lo común. Otras cosas suyas que he leído son Amado monstruo y Diálogo en re mayor, dos de sus obras de mayor éxito y tan desternillantes como corrosivas ambas; Cuentos perversos, un libro surrealista con hallazgos increíbles, y El crimen del cine Oriente, la obra de las suyas que conozco que más se ajusta a los cánones de la novela. Pero la verdad es que me queda aún mucho por conocer, porque su producción es amplísima. Y pienso ponerme a ello, porque, de los escritores que conozco, es uno de los que más garantizan el disfrute de la lectura.

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