Si no llevásemos meses con el PSOE y Podemos embarcados en una feroz campaña de acoso y derribo contra el Gobierno madrileño; si no llevase semanas viendo a diario que la primera página de "El País" incluía en cabecera una noticia a grandes titulares hablando de la desastrosa situación sanitaria de Madrid; si no hubiera contemplado, allá por mayo y junio, el chalaneo miserable en que el Gobierno nacional convirtió el final del estado de alarma, con arbitrariedades para contentar a las comunidades de siempre; si no recordara que en abril, cuando el Gobierno de Sánchez ostentaba el mando de la política sanitaria de toda la nación, la Generalidad de Cataluña, sin recibir el menor reproche, impidió la construcción de un hospital de campaña en Sabadell, podría tener un resquicio de duda acerca de que el cierre de Madrid llevado a cabo por el Gobierno central tiene razones sanitarias y no políticas.
¡Qué ganas había de meterle mano a Madrid! ¡Qué locos están en el PSOE y el fabuloso mundo de la podemia por crear una imagen de caos en esta comunidad que les permita derribar al gobierno y ocuparlo ellos! Y bien que la señora Ayuso, a la que ni defiendo ni considero más eficiente que sus adversarios, se lo está poniendo en bandeja con su torpeza. Pero está claro que las razones han sido distintas a las esgrimidas y además inconfesables, lo que no extraña viniendo de un gobierno de Sánchez. Aparte de lo dicho en el párrafo anterior, las motivaciones del Gobierno de todos los españoles se hacen increíbles por otros datos, como estos: es inexplicable tal giro de ciento ochenta grados a pocos días de la escenita en que Sánchez y Ayuso anunciaron que iban a colaborar; no parece que lo que se ha implantado hasta ahora, desde el punto de vista sanitario, sea muy distinto de lo que ya había, y, sobre todo la cara de Salvador Illa: el día que anunció la decisión, era patética: despeinado, con una rara mezcla de aflicción e ira y sin apenas atreverse a levantar la mirada: inseguridad, falta de convicción... Repito: patético. En la grave situación sanitaria que atravesamos, me he abstenido de hacer valoraciones sobre el ministro de Sanidad, consciente de que debe de ser un palo ocupar un ministerio de algo de lo que no tienes ni idea porque, total, con las competencias transferidas, ahí ibas estar haciendo pajaritas y que a los dos días se te venga encima una catástrofe como la del coronavirus. ¡Por favor, si yo me metí aquí para que hubiera en el Gobierno otro amiguete de los separatistas! Son los gajes de la política cínica de la actualidad y de nuestro INSOSTENIBLE Estado de las autonomías. Lo pasó mal en la primeras semanas, cometiendo fallo tras fallo, viendo la nulidad de su cargo, recibiendo diarios aluviones de críticas... Pero, en su situación de entonces, era inexcusable ser comprensivos con él. Pero ya no. Visto que la emergencia sanitaria se iba a extender por algún tiempo, Illa debió dimitir nada más levantarse el estado de alarma, con el fin de que su jefe -contando con que hubiera tenido un rapto de sensatez- hubiese puesto en su lugar a alguien con conocimiento profundo de la sanidad. Esta es otra razón para no creer en la limpieza de lo que Sánchez acaba de hacer en Madrid: ¿qué credibilidad tiene la preocupación por la sanidad de un presidente que sigue manteniendo a Illa? Si a Illa, un incompetente manifiesto, lo sigue teniendo en un puesto tan delicado por la razón política de que es del PSC, ¿por qué habríamos de tragarnos los españoles que el señor Sánchez ha intervenido en Madrid por razones sanitarias y no políticas? (1)
Madrid ha sido estigmatizada y eso acabará trayendo consecuencias. Empezó todo con aquella estúpida caza de brujas de las primeras semanas, cuando de todas partes se quejaban de esos madrileños que se escapaban a sus segundas residencias, una torpeza importante y una auténtica satanización, primero, porque a segundas residencias escapó gente de todas partes; segundo, porque el pecado de unos cuantos nos lo colgaron a todos los madrileños, que somos muchos millones, con la frívola complicidad de los medios de comunicación de mayor alcance. El madrileño se convirtió en un apestado por unos conductos propios de la Edad Media. Después vino ya la muy meditada operación política, con intervenciones tan memorables como las de Rafael Simancas y su terrible demonización de Madrid. Cuando lo vi, me dije: ¡Y pensar que este señor pudo haber sido presidente de la comunidad!
Pero la cosa sigue; de hecho, si me he decidido a escribir este artículo es porque hoy he visto en La Sexta un reportaje que rayaba a los altos niveles de manipulación de esta cadena. Comparaba Madrid con otra grandes capitales del mundo, con el fin de dejarla en evidencia ante el mayor rigor de las medidas de las demás y, una vez más, demostrar que está tan mal porque es pecadora y culpable. Ahora bien, Madrid ha tomado unas medidas en la línea de las tomadas en toda España, de modo que la comparación, lógicamente, habría que haberla hecho entre países, no entre capitales: Madrid es una ciudad que está muy mal en coherencia con que España es un país que está muy mal. Reflexiono sobre estas cosas y luego veo a cierto individuo poniendo carita de bueno y diciendo que en la lucha contra la pandemia hay que dejar de lado las diferencias políticas y me dan ganas de vomitar.
Lo que nos importa a todos es que la epidemia acabe cuanto antes y, desde luego, sería ideal que quienes deben luchar contra ella apartasen sus intereses particulares. Ahora bien, quiero dejar una reflexión: lo normal cuando un lugar es especialmente azotado por una catástrofe es que todos a su alrededor se compadezcan de él, le den ánimos e intenten ayudarle, así que me llena de perplejidad lo que ha ocurrido con Madrid: ante el hecho de que hayamos sido los más duramente castigados por la pandemia, la reacción ha sido criminalizarnos. Esto lo han hecho algunos miserables anónimos, medios de comunicación perrunos y partidos políticos. A estos últimos, los esperamos en las elecciones. A lo mejor consiguen cargarse a Ayuso, pero eso de que entonces subirán ellos puede que no esté tan claro.
1.- Unas horas después de escribir estas líneas, me encuentro en "El País" un artículo cuyo titular empieza con esta frase tan esclarecedora: El pulso político que terminó con el cierre de Madrid, un relato inefable en el que, involuntariamente, el no menos inefable Carlos E. Cué y otros dos periodistas dejan retratado a Salvador Illa.