Libros que he publicado

-2028. ¿Cómo será la Tercera República? -LA ESCUELA INSUSTANCIAL. Sobre la urgente necesidad de derogar la LOMLOE. -EL CAZADOR EMBOSCADO. Novela. ¿Es posible reinsertar a un violador asesino? -EL VIENTO DEL OLVIDO. Una historia real sobre dos asesinados en la retaguardia republicana. -JUNTA FINAL. Un relato breve que disecciona el mercadeo de las juntas de evaluación (ACCESO GRATUITO EN LA COLUMNA DE LA DERECHA). -CRÓNICAS DE LAS TINIEBLAS. Tres novelas breves de terror. -LO QUE ESTAMOS CONSTRUYENDO. Conflictividad, vaciado de contenidos y otros males de la enseñanza actual. -EL MOLINO DE LA BARBOLLA. Novela juvenil. Una historia de terror en un marco rural. -LA REPÚBLICA MEJOR. Para que no olvidemos a los cientos de jóvenes a los que destrozó la mili. -EL ÁNGULO OSCURO. Novela juvenil. Dos chicos investigan la muerte de una compañera de instituto. PULSANDO LAS CUBIERTAS (en la columna de la derecha), se accede a información más amplia. Si os interesan, mandadme un correo a esta dirección:
repmejor@gmail.com

Tenéis información de los precios aquí:

lunes, 28 de marzo de 2011

Una de orientadores

Para los interesados en el tema de la orientación educativa, recomiendo la lectura de este artículo publicado hoy en Deseducativos:

Por cierto y hablando de Deseducativos: he añadido un segundo enlace en mi lista de blogs (el otro estaba en la lista de enlaces).

domingo, 27 de marzo de 2011

Gil de Biedma (porque sí)

   Queridos amigos: tiempo ha me dije que, siquiera los fines de semana, habría que añadir un nuevo artículo a esta desolada bitácora. Hoy, domingo 27 de marzo de 2011, entre pitos de una actualidad que aburriría a las ovejas más curtidas y flautas de escasez de tiempo, me encuentro con que se me muere el fin de semana y no he cumplido con mi compromiso. Bueno, siempre nos quedarán los poetas para sacarnos de apuros. Uno de los que más me gustan es Jaime Gil de Biedma. Aquí os dejo unos enlaces con dos de sus poemas más extraordinarios y famosos, para gozo de los que ya lo conocíais y grata sorpresa de los que no. Pinchad, pinchad.


sábado, 19 de marzo de 2011

Una sentencia delirante

   En el democrático y avanzado entorno de la Unión Europea, el asunto de los crucifijos en la escuela no debería en absoluto ser fuente de tribulaciones, puesto que es un principio democrático indiscutible el que ninguna ideología o creencia particular debe apoderarse de lo público o recibir en este ámbito un trato de privilegio, lo cual implica con toda naturalidad y coherencia y sin violencia contra nadie que en las escuelas estatales y pagadas con dinero estatal (que sale de los bolsillos de todos, cada uno con sus ideas) no deben exhibirse crucifijos ni otros símbolos religiosos o ideológicos, ya sean manos de Fátima, estrellas de seis puntas, hoces y martillos, gaviotas azules, puños y rosas, yugos y flechas o lo que a cada uno se le pueda ocurrir.
   Parece, sin embargo, que hay unos cuantos empeñados en convertir lo de los símbolos religiosos en un asunto espinoso. Que lo hagan los fundamentalistas de velos y crucifijos, sin dejar de ser reprobable, entra dentro de lo que uno se espera de esos grupos, pero sorprende, decepciona, indigna y escandaliza que una alta institución como La Gran Sala del Tribunal Europeo de Derechos Humanos dé un patinazo tan solemne como su denominación y venga a revolver las aguas en este asunto. En respuesta al recurso del gobierno italiano contra una sentencia anterior sobre la denuncia de una ciudadana llamada Soile Lautsi, este tribunal ha dictaminado que la presencia de crucifijos en las aulas de las escuelas italianas "no viola el derecho de los padres a asegurar la educación de sus hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas o filosóficas" ni constituye adoctrinamiento para el alumno. Añade además este otro desatino acerca del crucifijo: "Es sobre todo un símbolo religioso, pero no hay ninguna prueba de que su visión en los muros de un aula escolar pueda tener influencia sobre los alumnos".  ¿Qué se esperaban, que los niños salieran corriendo o tuvieran pesadillas ante la sola visión de un crucifijo? Parece cosa de idiotas y es una demostración más de que estos señores no han enfocado bien el asunto: lo han tratado como una cuestión religiosa, educativa o incluso cultural, cuando en realidad, como dije al principìo, es política, pues lo que está en juego aquí es el privilegio de una opción ideológica sobre las restantes. Haber ignorado esto es un alarde de ceguera o de cinismo, cosas muy poco perdonables en un tribunal.
   Quien dude de esta dimensión política, que lea completo el artículo de El País que cito arriba. Que vea quiénes se alegran, gente como Berlusconi o el secretario general de la FERE, de quien son estas palabras: "Esta sentencia introduce cordura. Un crucifijo en la pared no es un acto impositivo, sino que puede ser interpretado como un instrumento de diálogo. La religión no debe utilizarse para enfrentarnos. La gente sencilla de los pueblos se extraña cuando piden que se quiten. ¿Por qué, si forma parte de nuestra historia, de nuestro arte?". Se comentan solas, ¿no? Estos señores siguen aspirando a una España católica por la gracia de Dios donde ellos se impongan sobre los demás, ahora poniendo cínicamente como pretexto a Fernando III, a Santa Teresa y a Zurbarán.
   ¿Traerá esta sentencia una ofensiva de la conferencia epsicopal para meternos los crucifijos en los centros educativos? No me extrañaría, porque no faltan las muestras de arrogancia de esa institución y sus correligionarios, solo hay que ver la cita de un par de líneas más arriba. Espero que, de producirse, el gobierno sea firme en la defensa de la respetuosa neutralidad de los ámbitos públicos, aunque, conociendo ciertos precedentes, tampoco soy muy optimista.

domingo, 13 de marzo de 2011

La bella y las bestias

   Acabo de ver "El cisne negro" y no seré yo quien lleve la contraria a quienes la califican como una película terrorífica. La historia tiene un vago aire de cuento clásico, al estilo de Blancanieves o de Hansel y Gretel, criaturas delicadas e indefensas que son víctimas de una crueldad constante infligida por agentes muy diversos y en formas múltiples, tal y como le ocurre a la Nina de "El cisne negro". Y, al igual que en esas narraciones clásicas, la crueldad circula libremente por toda la historia, en todas las direcciones y sin ningún pudor en la forma de mostrarse. La atormentada protagonista de esa película (Natalie Portman se la pasa casi entera con gesto de angustia) es una bella rodeada por un enjambre de bestias, he aquí las más señaladas:
   -Su dulce mamaíta, una tía frustrada y más falsa que un duro de cartón, que envidia a su hija, la absorbe y  hace todo lo posible por hundirla, pero que finge adorarla y respaldarla.
   -El coreógrafo de su compañía de ballet, dominante, manipulador y un cerdo salido digno de un manual de psiquiatría.
   -La primera bailarina anterior a Nina, una señora autodestructiva con más peligro que una piraña en un bidé.
   -Las compañeras del ballet, una bandada de arpías disfrazadas con angelicales tutús. Destaquemos a una tal Lili: ¿estaría pensando en ella el Papa Inocencio X cuando dijo aquello tan celebrado de que la mujer es una sentina de vicios? De todos modos, este personaje es muy interesante por su ambigüedad.
   -Una surtida colección de guarros babosos, entre la que brilla con singular repulsión un vejestorio que Nina se encuentra en el metro.
   -Y por último, la más peligrosa de todas para la pobre Nina: ella misma. 
   Por su tratamiento del sexo, las relaciones entre las personas, la violencia y la sangre, "El cisne negro" es una película sádica. El sexo (de gran peso en el argumento) está siempre envuelto en un componente de morbo (casi de pecado) y de suciedad: suele ser grosero y/o abusivo; en las relaciones entre las personas, igualmente, suele haber una constante de intento de dominio, con un acusado componente sexual en el personaje del coreógrafo y algún otro; la violencia gravita de forma permanente en la película, en la mayoría de las escenas, con una presencia de la sangre (arañazos, cortes, acuchillamientos...) muy a tono con el sadismo que observo. Todo es retorcido, brutal, obsceno, desbocado, sangriento, y el trazado de los personajes, puesto al servicio de estos defectos, es hiperbólico, excesivo en los vicios. Y la razón es muy sencilla: que todo es esencialmente malévolo; la historia tiene un toque diabólico, cada uno de sus personajes está dominado por algún objetivo-obsesión-pecado que le corrompe, ya sea el éxito-soberbia, la envidia o el sexo-lujuria. De hecho, la principal línea argumental es la transformación de Nina, que empieza como inocente cisne blanco y acaba como enloquecido cisne negro, absorbida por el mal en su persecución del éxito. ¿Es esta la moraleja? ¿Es "El cisne negro" una película depravada o todo lo contrario, un sermón moralizante que utiliza uno de los recursos favoritos de los predicadores más retrógrados y puritanos, ya desde la Edad Media: dibujar el pecado con tintes horrendos y enlazarlo luego con un castigo igual y merecidamente horrendo? Interprételo cada cual como quiera. 
   Concluyo. "El cisne negro" es una película bien rodada, con buen ritmo, acertada escenografía y algunas escenas de gran belleza plástica. Las interpretaciones de los actores me parecen buenas, ajustadas al argumento y a sus personajes: parecen creérselos ellos mismos y los hacen creíbles. Es obvio que sus creadores pretendían producir una historia desasosegante y, sin duda, lo han conseguido. A pesar de estas virtudes tan claras, la película no me ha gustado, por ese exceso que creo que también he dejado claro.   
  

domingo, 6 de marzo de 2011

Un auto sacramental

Con el título de "Destino oculto", se ha estrenado estos días una película que os recomiendo no ver, a pesar de que está protagonizada por mi admirado Matt Damon. Por sus planteamientos, a mí me recuerda un  poco a "Abre los ojos", de Amenábar, pero al parecer está basada en otra fuente, una novela de Philip K. Dick, un escritor que ha suministrado ideas para numerosas y conocidas películas. Como la citada de Amenábar, "Destino oculto" versa en torno al tema de si las personas somos en realidad libres y auténticas dueñas de nuestros actos y destinos o meros y automáticos actores involuntarios de un plan de vida trazado por una mano superior que desconocemos. Tal y como está planteada la historia, esa mano superior recuerda demasiado al Dios de toda la vida, aunque se oculte de una manera a la vez chusca y un tanto ridícula bajo denominaciones como el Director, un Director-Dios a cuyas órdenes trabajan unos ángeles-funcionarios ataviados con abrigos largos que les dan apariencia de esos burócratas del departamento de estado de las "pelis" de espías. La alegoría va más allá y alcanza incluso a vehículos y oficinas, lo que arroja un cielo la mar de parecido a una multinacional americana, vaya. Si este argumento más propio de un auto sacramental calderoniano de aquellos del siglo XVII que versaban sobre cuestiones de dogma tales como la Santísima Trinidad o el libre albedrío resulta ya poco atractivo y un tanto trasnochado, la historia sobre la que se materializa no mejora las cosas, ya que constituye una sucesión de episodios que se mueven entre lo insípido, lo descabellado y lo ridículo. De los personajes, mejor no hablar; solo diré que la chica de la que se enamora el protagonista compone un modelo de mujer que haría comprensible un levantamiento del feminismo mundial.
Últimamente, veo al cine americano en un plan muy místico. Estoy pensando sobre todo en la relación que percibí entre  "La carretera", basada en la novela de Cormac McCarthy, y "El libro de Eli", película de 2010 protagonizada por Denzel Washington. Mientras que la primera es una espeluznante especulación sobre lo que podría ser el apocalipsis, con una humanidad sin esperanza en la que a los que conservan la decencia les está asignado el papel de víctimas de los desalmados caníbales en que se han convertido el resto, la segunda parece ser la deliberada réplica cristiana de la anterior y en ella, a una humanidad sometida a castigos similares a los de "La carretera", le queda un rayo de esperanza: el libro de Eli, que no es otro que la Biblia. Sin ser una mala película, queda bastante lastrada por este planteamiento ideológico: los tiempos que corren no son apropiados para el cine de catequesis.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Las Vegas en Madrid

   Según publican varios medios, una empresa de Las Vegas llamada Sands pretende levantar en nuestro país una réplica a pequeña escala de aquella entrañable ciudad estadounidense. La oferta se concreta en un complejo de megahoteles de 20.000 plazas, casinos y centros comerciales y el caramelito se endulza con la promesa de que llevará anexa la creación de 180.000 puestos de trabajo. La empresa, eso sí, precisa una amplia extensión de terreno para edificar este paraíso en la Tierra y este fue precisamente el escollo que frustró su intento de establecerse en Asia (por si alguien no tenía claro aún dónde está el futuro), pues los países a los que se dirigieron, al parecer, tienen normas muy estrictas acerca de la cesión de suelo, así que, buscando gobiernos más laxos en esta materia, los señores de Sand, los muy pillines, acabaron viniendo a España, ¿por qué será? Sheldon Adelson, representante de Sands, no tiene pelos en la lengua y dice que el gobierno español debería darle garantías en la celeridad para concederle los terrenos. ¡Vamos, rapidito!, que el dinero no puede estar parado por un quítame allá ese impacto medioambiental, ni bobadas románticas por el estilo. Por lo pronto, el gobierno autonómico de Madrid (uno de los posibles destinos) ya está valorando dos o tres ubicaciones idóneas para el complejo: ¿será una de ellas junto al proyectado campo de golf de Valdeloshielos, al que, al parecer, le van a poner ardillitas y murciélagos para que quede más ecológico? Sin duda, Sands y el señor Adelson saben muy bien con quién se juegan los cuartos, como no podía ser menos en gente que viene de Las Vegas.  
   En un momento en que tenemos 4'6 millones de parados quizás no parezca muy popular arremeter contra este negocio que promete 180.000 puestos de trabajo, pero, sintiéndolo mucho, creo que presenta serios incvonvenientes. El primero de todos sería la falta de solidez y credibilidad de nuestros políticos. Después de haber estado no sé cuánto tiempo rasgándose las vestiduras y prometiendo que iban a buscar un modelo económico más sólido que la simple suma de construcción más turismo, cuyos excesos nos han traído donde nos han traído, ahora, a la primera de cambio, no le hacen ningún asco a una oferta que lo único que presenta es eso: construcción y ocio a lo bestia: ni escarmentamos ni parecemos tener planes mejores. En segundo lugar, soy muy escéptico con respecto a esos deslumbrantes 180.000 puestos de trabajo, porque, miren ustedes, no es la primera vez que aquí a España viene una superempresa de fuera prometiendo el oro y el moro y luego... Sin salir del sector del ocio, ahí está la Warner. ¿Van a ser realmente 180.000 puestos de trabajo? ¿Durante cuánto tiempo y con qué proyección? ¿Cuántos de ellos van a ser pan para hoy y hambre para mañana? En tercer lugar, ¿no está la oferta española en este sector un tanto saturada? ¿No es además un sector en crisis? ¿Será beneficioso a medio o largo plazo meter un monstruo así a hacer la competencia en Madrid o donde sea?



EL ÁREA METROPOLITANA DE MADRID

   Sé que todos los argumentos anteriores pueden recibir serias objeciones, pero hay un cuarto que considero el más importante y difícilmente rebatible: el del impacto medioambiental, al menos, para Madrid,  que, en este capítulo, está para pocas bromas. Madrid es una comunidad de 8.028 km2 y con un área metropolitana que ocupa en su centro una extensión de 1.739’44 km2 (casi el 25% del total, miren el mapa y juzguen la impresión que produce), aunque otros cálculos la amplían hasta los 1.935'97 -26 más que la provincia de Guipúzcoa en su totalidad- o hasta unos exagerados 4.609. Cualquiera  que viva en la comunidad sabe el exceso de urbanización que ya presenta y el peligro que acecha incluso a zonas protegidas o cercanas a ellas, dada la voracidad de nuestros constructores y de los banqueros y políticos que se forran con ellos. Es además una comunidad castigada por la sobrecarga de vías de comunicación de todo tipo; una comunidad de tráfico saturado; una comunidad de aire viciado; una comunidad donde todos estos factores ya afectan seriamente a la calidad de vida: ¿de verdad es el sitio adecuado para esa mini-Las Vegas solo porque a Sands le parezca que es ahí donde va a sacar más beneficios? Supongo que no debo de ser el único que piense que no, aunque me temo que  eso no sirva de mucho, porque, si el gobierno de la comunidad dice que ya "lo está estudiando"... ¿Tendremos finalmente el privilegio de que nos traigan la réplica de Las Vegas que sueña Sands? No lo sé: hagan sus apuestas.

viernes, 18 de febrero de 2011

Wisconsin aprende de España

   Parece ser que las prácticas políticas del gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero por fin van alcanzando el reconocimiento internacional que en justicia se merece nuestro prócer, como prueba el hecho de que el  estado de Wisconsin (USA), cuyo gobierno controla el partido republicano, haya tomado la decisión de reducir su déficit con la siguiente medida, de patente española: recortar los sueldos de los funcionarios. Lástima que no haya habido reciprocidad en las respuestas, pues mientras que allí los empleados públicos han reaccionado de manera inmediata y han cercado la sede senatorial donde se iba a perpetrar el atraco a decisión política armada, aquí, en su momento, nos lo tomamos con una sumisa pasividad; en fin, dos décadas de servilismo sindical tienen que notarse en algo más que las corbatas para hablar con la señora Merkel. Nótese, insisto, que la medida lleva la firma de los republicanos: dime quién te copia y te diré quién eres. ¿Qué han hecho los demócratas? Parece ser que son contrarios a este dislate y lo han bloqueado con su inasistencia al senado de Wisconsin. Como muestra, aquí tienen la reacción del presidente Obama:  

   Algunos analistas ven la batalla de Wisconsin como la primera de las luchas similares en otros estados. Incluso Barack Obama llegó a manifestar durante una entrevista el miércoles a una cadena de televisión de Wisconsin: "Creo que es muy importante para nosotros entender que los empleados públicos, son nuestros vecinos, son nuestros amigos. Estas son las personas que son maestros y están los bomberos y son los trabajadores sociales y son policías".

   Esto es lo que hay, compárese con la reacción que en su día produjo el recorte a los funcionarios españoles en nuestra clase política y en los sectores más descerebrados de nuestra sociedad. Está visto que cada pueblo tiene lo que se merece. ¿Se acuerdan de aquella célebre imagen planetaria en la que Leyre Pajín ponía a Zapatero a la altura de Obama? ¿Que habría tomado aquel día esa señora?  

domingo, 13 de febrero de 2011

ME COMUNICAN POR AQUÍ número 6 (13 de febrero de 2011)

En el día de la fecha me comunican por aquí los siguientes asuntos:

1.- Túnez, Egipto y... Andalucía. Hace un par de días, recibí un correo de un amigo que me informaba acerca de los movimientos de protesta que están llevando a cabo los funcionarios de Andalucía. El motivo principal de su indignación es el proceso de creación de un sector público paralelo que, a lo largo de 30 años de gobierno del mismo partido (el PSOE), ha ido llevando a cabo la Junta de Andalucía, sector público paralelo cuyo volumen se calcula en unas 300 entidades y entre 20.000 y 35.000 empelados. Estamos hablando del ya viejo procedimiento de la externalización de servicios, enufemismo bajo el que se esconde  una deleznable práctica presente ya en todos los niveles de la administración española y que ha consistido, básicamente, en solicitar a empresas privadas que realizasen trabajos para la administración, trabajos que, con harta frecuencia, podían muy bien realizar sus propios departamentos. Sé de muy buena tinta que algunas empresas de este tipo han prestado (y cobrado) "servicios" que consistían en pedir a la administración datos que luego vendían a la propia administración como informes previamente solicitados por esta. ¿Aberrante, no? ¿Qué han conseguido con esto nuestros ejemplares políticos? Primero, arrebatar funciones a la propia administración, lo que les ha servido para sus demagógicos planes de adelgazamiento de la función pública; segundo, favorecer a esos sectores de amiguetes, allegados, afines políticos, etc. que, casualmente, siempre están detrás de esas dinámicas y supermodernas empresas externalizadoras. El actual temor de los funcionarios andaluces es que, a través de unos primeros pasos dados con los decretos-leyes 5 y 6 de 2.010, la junta acabe haciendo funcionarios a esos amiguetes que en su día colocó en sus empresas de amiguetes. Y no, estimados amiguetes: los puestos de funcionario hay que currárselos en una oposición, eso del dedito está muy mal ¿Cuánto dinero de las arcas públicas han derivado los partidos hacia sus afines con esta práctica? Sería bueno saberlo, porque, queridos lectores, los movimientos que están agitando países como Túnez y Egipto son históricos y debemos conocerlos, pero ocurre que en la propia España, en sitios como Murcia y Andalucía, están pasando cosas, sin duda de menor envergadura, pero también muy importantes y que afectan a serias disfunciones de nuestro sistema cuyos efectos estamos padeciendo en los últimos tiempos: ¿por qué muchos medios han informado poco o nada acerca de manifestaciones de hasta 50.000 personas que se han producido en Sevilla y en Murcia? Aquí también hay descontento, que no obedece a razones caprichosas y, sobre todo, es nuestro descontento. 

2.- Perseguir el incumplimiento de la ley (Part One). Volvemos con la Junta de Andalucía. Como ha sido apropiada y ejemplarmente difundido, el hostelero de Marbella que se negó a acatar la ley antitabaco ha sido multado con 145.000 euros y apercibido del posible cierre de su establecimiento. Como corresponde a los poderes públicos, la junta andaluza ha obrado con celeridad y contundencia contra quienes no cumplen nuestras leyes.

3.- Perseguir el incumplimiento de la ley (Part Two). Por si nos tenía contentos la banca, ahora resulta que nada menos que 45 entidades de este sector al que decididamente deberíamos tener más viglado han sido denunciadas por fijar indebidamente topes en las bajadas de las hipotecas producidos por las oscilaciones del euribor. La demanda agrupa a 400 firmantes, pero la asociación que la dirige, Adicae, habla de 3.800.000 posibles afectados y de un beneficio de la banca, gracias a este fraude masivo en las hipotecas con suelo, de entre 3.500 y 7.000 millones de euros solo en 2010. No he encontrado postura oficial por parte de la administración o del gobierno, aunque sabido es que la señora Salgado no considera abusivas las hipotecas con suelo. Compare usted las partes One y Two de esta película y saque sus conclusiones. La defensa de la banca que hace este gobierno está pasando de indignante a repugnante.  

4.- Sortu. Como ya es tradicional cuando se avecinan unas elecciones, los aliados de ETA se han puesto un disfraz de demócrtas a ver si cuela y les dejan participar para optar a alcaldías del odioso estado español y tener de paso la oportunidad de acceder a ese apestoso dinero también español que ellos saben aplicar a fines generalmente tan sensatos como benéficos. Siguiendo también el guión habitual (¡ouuaaaaah!, esto es un bostezo), el PNV se ha apresurado a arropar este proyecto y a decir que merece ser legalizado y bla, bla, bla, bla, bla, Sacrosanto Derecho De Autodeterminación De Los Pueblos, bla, bla, bla, bla. Tranquiliza en cambio la postura del ministro del interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha rechazado tan reiterada como rotundamente la posibildad de tragarnos este nuevo anzuelito de los batasunos, pero es que... ¿Piensan igual todo el gobierno y todo el PSOE? El presidente Zapatero, no sé si decir curiosamente, se ha pronunciado muy poco sobre este asunto. En unas brevísimas declaraciones dijo esto: "Si es un paso importante o no, lo tenemos que ver con el tiempo". ¿Estamos otra vez con la ambigüedad calculada? ¿Con qué finalidad? Y mientras tanto, la última de Jesús Eguiguren, presidente del PSE-EE, es que "Sortu reúne las condiciones para ser legal". O el PSOE se aclara, o no podrá extrañarse de no generar demasiada confianza en este asunto.


Y no habiendo más asuntos que comunicar, se cierra el ME COMUNICAN POR AQUÍ número seis en Madrid a trece de febrero de 2011, día de san Benigno.

lunes, 31 de enero de 2011

La "dire" pasa revista

   El próximo 3 de febrero, Angela Merkel se va a dar un garbeíllo por España para ver qué tal ha hecho los deberes Joselu Zetapé, el alumno con el que se rumorea que está más cabreada, porque le han puesto ya un montón de amonestaciones y, aun así, no parece claro que progrese adecuadamente. La última: a pesar de la rigurosa prohibición de fumar que se ha implantado en el instituto, consta que le han pillado varias veces fumando en los servicios. ¡Es que este muchacho...! Glosaremos la visita siguiendo su programa tal y como lo presenta hoy La Vanguardia. Vamos a ello.

La cumbre entre José Luis Rodríguez Zapatero y Angela Merkel, prevista el 3 de febrero en Madrid, abordará la cooperación en materia laboral entre ambos países, pero el Gobierno niega que se vaya a estudiar un plan específico para que jóvenes españoles cualificados en paro vayan a Alemania a trabajar.


   Fijémonos en lo que la señora Merkel quiere llevarse a su país: "jóvenes españoles cualificados en paro", así lo expone la noticia, es decir, ¿cuál es la materia en que la canciller germana sabe que nuestros jóvenes están más cualificados? El paro; no la economía, la informática, la traducción simultánea, el derecho, el comercio o las telecomunicaciones, nada de eso: el paro puro y duro. Se nota que Merkel viene bien informada: se ha mirado las estadísticas, ha visto cómo está España en materia de paro juvenil y del otro y se ha dicho: "no voy a encontrar jóvenes más cualificados en eso de estar parados que los españoles". Lista, la jefa.

Además de mostrar el interés por reactivar el mercado de trabajo, Zapatero explicará a Merkel el "esfuerzo" hecho para sacar adelante reformas como la de las pensiones, con el retraso de la edad de jubilación a los 67 años, o la de las cajas de ahorro, aún por completar.
 
Ya me imagino el diálogo:

MERKEL.- Mi querido Zapatero,
                   ¿qué es lo que has hecho estos días
                   para joder al obrero?
ZAPATERO.- La pasta de la pensión
                       mucho se la he rebajado
                       y la edad de jubilación
                       más lejos se la he llevado.
                       ¡Mira cómo me he esforzado!
(Zapatero apretará los puños, cerrará los ojos y la boca y, sin respirar, pondrá todo el cuerpo en tensión. La cara se le irá poniendo cada vez más roja.)
MERKEL.- ¡Bien se ve que no es un truco!
                   ¡Para, no te esfuerces más,
                   o te dará un jamacuco!

El jefe del Gobierno ha invitado a los líderes de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, y de UGT, Cándido Méndez, al almuerzo con la canciller para escenificar el compromiso colectivo para combatir la crisis.


"¡Escenificar el compromiso colectivo!" O sea, que todas esas amenazas y advertencias con que tronaban los sindicatos eran en realidad una escenificación, otra comedia. ¡Ya me parecía a mí! Muchas voces y mucho más cualificadas que la mía se han preguntado en qué remediaba la crisis de hoy el alargar la edad de jubilación de dentro de muchos años. Y no ha habido respuestas muy convincentes a eso. Tampoco han sido, al final, muy convincentes las estrategias de los sindicatos, ni los resultados obtenidos: pensemos, por ejemplo, en que, con la edad a que empiezan a trabajar hoy en día, con la cantidad de años que se han puesto para lograr la pensión máxima, muchos jóvenes de hoy no podrán alcanzarla, ni a los 67 años ni menos aún a los 65. Y, mientras tanto, otro zapateril esfuerzo, seguimos dándole pasta a la banca, ahora, para algo que se está llamando "nacionalizar" las cajas de ahorros. ¿No se les habrá ocurrido que también podrían pedir resposabilidades a los que las han arruinado? Bueno, volvamos con la señora Merkel: ¿qué escenificación le harán del compromiso colectivo? ¿Saldrán los feroces sindicalistas disfrazados de osos mientras Zapatero, vestido de zíngaro, les hace bailar con un látigo? Lo bueno de esta opción sería que al menos el disfraz de Méndez nos lo ahorrábamos; con los tiempos de crisis que corren, no es poco.  
     

viernes, 21 de enero de 2011

El papel de la inspección

   Durante el mes de mayo del pasado curso, recibí una reclamación de un alumno de segundo de bachillerato que fue resuelta por la inspección aprobando por decreto a ese alumno, que había suspendido dieciocho de los veintidós exámenes que hizo durante el curso, entre ellos, uno final que se puso después de fuertes presiones de su familia. Cuando vieron que también lo suspendía, optaron por reclamar por el injusto y discriminatorio trato que, según su parecer, yo había ejercido sobre su hijo durante todo el curso, y obtuvieron el premio del ya mencionado aprobado. Me planteé entonces la posibilidad de escribir en torno a este cuerpo administrativo, aunque finalmente no lo hice, mitad por cansancio mental mitad por la convicción de que, con el conflicto todavía caliente, corría el riesgo de no hacer unas consideraciones muy serenas. Tal vez el propósito hubiera acabado cayendo en el olvido, no sabría decirlo, pero allá por noviembre vino a reavivarlo una noticia que llegó a mi conocimiento a través del foro de Deseducativos. En la clausura del XI congreso nacional de inspectores de educación, organizado por ADIDE, don Miguel Soler, director general de formación profesional del ministerio de educación y ciencia, dijo, entre otras inspiradas palabras, las siguientes:

“Tenemos aulas del siglo XIX, profesores del siglo XX y alumnos del siglo XXI"

   Desconozco personalmente al señor Soler, pero me inclino a pensar que tan brillante frase la pronunció con la finalidad de captarse la benevolencia del público, que estaría, supongo, mayoritariamente compuesto por inspectores. Tomada en su sentido literal, la frasecita es una vaciedad tan absurda como altisonante, pero sería necio interpretarla en sentido literal, ya que está claro que la progresión cronológica en que se sustenta su retórica de superficie lleva una carga de profundidad donde se hallan su intención y su verdadero significado, ese guiño que el señor Soler lanzó a la audiencia para ponerla de su lado, pues, como se sabe, los políticos y los inspectores comparten con tanto regocijo como fervor una convicción: la de que el profesorado, al igual que esas aulas polvorientas del siglo XIX, es un colectivo anticuado, la rémora casposa y anclada en el remoto siglo XX que está haciendo que fracasen sus impecables leyes educativas e impidiendo que despegue la futurista educación del siglo XXI. Si alguien cree que me paso de retorcido o suspicaz, que pulse el enlace que incluyo más arriba y saldrá de dudas, porque podrá comprobar que, en el contexto amplio en el que se enmarca la frase, el propio Soler parte del reconocimiento de que algo falla en la enseñanza de hoy, y se puede entender muy bien que ese algo son los profesores, ya que la salvación que al final propone vendrá a través de la formación en nuevas tecnologías que van a recibir esos rancios fósiles del siglo XX. Y también los padres, no se lo pierdan: si un día los culpabilizó de los males de la educación el presidente del gobierno, algo habrán hecho. Cuando leí esta noticia, me dije que, decididamente, habría que escribir algo sobre esa inspección cuyos congresos se clausuran con autocomplacientes condenas del profesorado (¡los culpables son ellos!), la tan sempiterna como delirante fe en los ordenadorcitos y la tradicional táctica del avestruz ante los auténticos problemas de la enseñanza.
   A lo largo de los años, he podido observar el funcionamiento de la inspección, así como los juicios y posturas que inspira entre el profesorado, y pienso que esta no es precisamente la época en que despierta mayor confianza. Como puede suponerse, siempre ha habido una distancia entre profesores e inspectores, pero lo que hay hoy se asemeja a la brecha existente entre súbditos de los que solo se espera obediencia y señores con la potestad de imponer su mandato sin demasiados límites y sin dar explicaciones. Por regla general, el inspector se percibe como esa persona que de vez en cuando aparece por el centro para realizar alguna gestión administrativa de carácter rutinario y a menudo no habla sino con los miembros del equipo directivo. En este contexto, la valoración más extendida entre quienes lo han tratado es del tipo "¿El inspector? No sé, parece un tío majo". Nos movemos, insisto, en las inocuas aguas de las gestiones rutinarias, ámbito que nadie de los que tienen alguna vez relaciones con la inspección alberga  el menor deseo de transpasar y, aun los que llegan a él, lo hacen exclusivamente arrastrados por alguna obligación, nunca por gusto. Esto son obviedades, pero las digo porque, para muchos, la imagen de la inspección se basa en estas experiencias neutras, y eso no vale para formarse un juicio: la verdadera medida de cómo es el inspector nunca nos la darán este tipo de situaciones, sino las situaciones que implican decisiones comprometidas o las de conflicto: ahí será donde, llegado el caso, veremos si un inspector es de verdad "un tío majo", un profesional razonable, un frío burócrata o algo distinto y tal vez peor. 
   Antes incluso de mi incidente del pasado curso con que he comenzado este artículo, hubo algunos asuntos que me llevaron a formarme una valoración no demasiado positiva acerca de cómo está funcionando hoy en día la inspección cuando se enfrenta a asuntos comprometidos. Hará seis o siete años, un amigo mío presentó un proyecto para ocupar la dirección de su instituto. No entraré en una explicación pormenorizada de cómo es hoy el procedimiento a través del cual se nombra a los directores de los centros públicos, sino que me limitaré a decir que culmina con una exposición del proyecto ante un tribunal compuesto por representantes de los padres, las administraciones locales, los profesores y la administración educativa. Este tribunal lo preside un inspector y su composición y funcionamiento están pensados para que la administración controle el proceso de forma absoluta. En el caso de mi amigo, un profesional de solvencia en todos los aspectos que puedan imaginarse y que tenía más de veinte años de experiencia, la forma de ejercer ese control fue calificar su proyecto con un cero. Para alguien conocedor del oficio, resulta difícil de digerir que un profesional solvente, con más de veinte años de experiencia y que se decide a zambullirse en el berenjenal de trámites y trabajo que supone un proyecto de dirección, acabe presentando una propuesta digna de ser calificada con un cero, pero a mi amigo, ya ven, se lo pusieron, ante el estupor y la indignación no solo suyos, sino de todo aquel que tuvo noticia de tan inicuo despropósito. Quedó así eliminado de la carrera para ocupar la dirección, a la cual era el único profesor del centro que concurría. Llegó nombrado un director de fuera al que nadie conocía, alguien que a su vez tampoco conocía el centro y que concitó el rechazo o la aversión de la mayoría del claustro, con el resultado de que los años que duró su mandato resultaron desagradables y revueltos. De este tremendo despropósito -que hay que sumar a la grave injusticia cometida con mi amigo y fue resultado de ella- fue responsable la administración y su mano ejecutora, la inspección educativa. La explicación más insistente que por aquellos días circuló acerca del lamentable trato al que fue sometido mi amigo fue que, por alguna razón personal -recalco: personal, no profesional-, no era del agrado de la administración y que ese cero que recibió fue un cero de castigo, una manera de hacer imposible que alguien "non grato" alcanzase la dirección de un instituto. Esta, repito, fue la explicación más extendida, por no decir la única, y cada cual será muy libre de aceptarla o no, pero quizás este tipo de especulaciones no se producirían si, al contrario de lo que sucede, los representantes de la administración en estos procesos estuviesen obligados a dar una motivación de su nota y no tuviesen la potestad de acogerse a una ausencia de explicaciones que encaja muy mal en un estado de derecho.
   Pasados dos o tres años, fui yo mismo quien presentó un proyecto. No soy la persona indicada para decir si soy o no un profesional solvente, aunque pongo todo mi honesto empeño en serlo, pero sí puedo afirmar que, al igual que mi amigo, tenía entonces más de veinte años de experiencia a mis espaldas; que, como no podía ser de otro modo, me esmeré en la elaboración de un proyecto que salió, como mínimo, decoroso y razonable, en colaboración con los compañeros que se embarcaron conmigo en él, todos ellos profesionales excelentes e intachables; que, entre otras cosas, por las ideas motrices que lo impulsaban (elevación del nivel de exigencia académica, mejora del clima de convivencia y recuperación del respeto al profesor, en un centro en el que se había perdido), el proyecto gozaba de muchas simpatías y apoyos en el claustro: todas estas cosas sí son objetivamente comprobables para quien pudiera estar interesado en ello. Pues bien, con estos mimbres, mi proyecto también fue valorado con un cero o tal vez un uno o un dos, con la consiguiente perplejidad e indignación de todo el claustro, salvo, quizás, algún que otro fanático de los dogmas logsianos. ¿Por qué se valoró así mi proyecto? Serían otros quienes tendrían que decirlo, pero estoy convencido de que, en gran parte, fue por las ideas motrices que antes he mencionado: a alguien debió de parecerle que defendíamos esas cosas con más ardor del que se merecían. En los últimos tiempos, más de una vez me ha tocado ver en la enseñanza que la seriedad y la profesionalidad eran penalizadas, así están los tiempos últimamente. Terminaré este episodio con un dato anecdótico, pero que juzgo significativo. El día en que teníamos que leer los proyectos, el acto debía comenzar a las doce en punto. La comisión de representantes de la administración, encabezada por el inspector, llegó al centro a las doce y veinte y... encabezada también por el inspector, se fue derecha a tomar un cafelito, con lo que el acto comenzó con cuarenta minutos de retraso y de espera para los dos ponentes que estábamos citados.
   De todos modos, estos asuntos quedan un tanto empequeñecidos si se comparan con otro del que tuve después noticia, me refiero a la historia del profesor granadino José Manuel Rabasco Valdés, que fue víctima de un hostigamiento entre kafkiano e inquisitorial que le llevó a una injusta -así lo estableció una sentencia judicial- sanción de separación del servicio en octubre de 2007, después de nada menos que tres expedientes, una separación del servicio de ocho meses que incluía pérdida de sueldo. Un año después, cumplida la sanción y tras atravesar un durísimo periodo de dificultades económicas, en octubre de 2008, Rabasco moría por un empeoramiento de sus problemas de salud, al que no debe en absoluto considerarse ajena la injusta situación a que se vio sometido. Básicamente, el conflicto consistió en un enfrentamiento entre José Manuel Rabasco y el director de su centro, que saltó con una chispa en apariencia fútil pero tal vez nada casual, un roce del profesor con dos alumnas que llegaron tarde a clase, las cuales recurrieron al amparo del director, el cual, ante la profunda maldad de Rabasco, se vio obligado a solicitar el concurso de instancias superiores, es decir, la administración educativa, representada por la inspección, a partir de lo cual, bola de nieve, bola de nieve... se llegó al lamentable final de esta historia. Siquiera por mantener el buen nombre del difunto, la familia de Rabasco llegó hasta el final en la pugna que él ya había iniciado contra las autoridades educativas y, años después, en marzo de 2010, una juez de Granada le dio la razón, en una sentencia que todas las fuentes coinciden en calificar como tremendamente dura con la consejería de educación andaluza, el director y el inspector responsable de la instrucción de la sanción administrativa, instrucción de la que la magistrada subrayó la permanente vulneración de los principios más elementales del derecho sancionador. El caso del profesor Rabasco es un episodio muy inquietante, por lo que revela tanto del funcionamiento de la administración como del comportamiento del inspector y el director enfrentados a la víctima de este proceso. Si se atiende a lo establecido en la sentencia, parece claro que las autoridades perseguían más castigar a una persona insumisa que resolver imparcialmente un conflicto y que, en aras de este propósito, el inspector responsable de la instrucción no la condujo con la limpieza deseable. Son, sin duda, comportamientos muy alejados de una deontología profesional. Inquieta también el escaso o casi nulo eco que alcanzó en los medios de comunicación más poderosos de esta España donde nos enorgullecemos de nuestra libertad de expresión: ¿están preocupados de que alguna vez podamos pensar que no vivimos en el mejor de los mundos posibles? Pues no creíamos que fuera esa su función. En el momento actual, la fuente que probablemente más información ofrezca acerca de la historia de José manuel Rabasco es la página web de ACIA, pero ni siquiera en esta ni aun en la de APIA, sindicato que se implicó mucho en este asunto, he podido -dato curioso-  hallar completa la al parecer contundente sentencia de nueve páginas de la magistrada doña Estrella Cañabate Galera: alguna vez estuvo, pero parece haberse esfumado de la red.
   Con el propósito de ir finalizando este artículo quizás ya un poco largo, retorno a su origen, a aquel alumno mío al que la inspección aprobó a pesar de haber suspendido 18 de 22 exámenes. Aunque los envié a la inspección, estoy persuadido de que esos exámenes no fueron ni aun ojeados, a la vista de los argumentos en que se basó la decisión de aprobar, el más contundente de los cuales fue la afirmación de que el alumno había alcanzado la madurez para superar el curso. Nótese incluso que ni siquiera se esperó al final oficial del curso, es decir, a su última convocatoria, la de septiembre, sino que se entendió que el implicado, al contrario que algunas dulces frutas, había alcanzado la madurez ya antes del verano. ¿Había prisa? No sé. Entre los profesores que conocían al alumno, este argumento de su madurez produjo sonrisas irónicas o gestos de estupefacción, pero no debe tomarse a risa, porque -luego lo supe- es el asidero al que la inspección de toda España se está agarrando para dar -no encuentro mejor palabra, salvo tal vez "regalar"- aprobados sin tener que engolfarse en fatigosas motivaciones. Y es legal, este es el actual estado de nuestro ordenamiento educativo. También entre los alumnos causó estupefacción y cierto disgusto, ya que, al contrario de lo que algunos pintan, los chicos no son idiotas, y menos, a esas edades. Algunos habían suspendido y no por ello habían echado mano de recursos, digamos, "paralelos"; otros, de entre los que habían aprobado, me mostraron su perplejidad ante el hecho de que hubieran podido alcanzar ese aprobado sin el esfuerzo que les había costado a ellos: segundo de bachillerato no es curso fácil, ¿cuáles eran exactamente las reglas del juego: el esfuerzo que predicamos los profesores y cierta vistosa propaganda oficial o llamar a la puerta del despacho apropiado? No fue credibilidad lo que ganó el sistema con este episodio. Indignado por una resolución tan injusta, tomé la decisión de informarme para recurrirla por los cauces legales, pero finalmente no lo hice, sobre todo, por una razón: porque, tras consultar con tres abogados de diferentes ámbitos, todos por separado me respondieron con un consejo unánime: no lo hagas, porque, en el mejor de los casos, llegarás a un reconocimiento moral sin efectos prácticos y después de dos o más años de vaivenes jurídicos. Este es el actual estado de nuestro ordenamiento educativo. Ellos me dijeron además otra cosa que yo mismo comprobé por otras fuentes, por comentarios, por Internet, incluso por casos muy cercanos a mi entorno: que está sucediendo a diario, que en todas las comunidades autónomas se dan aprobados "por madurez", hasta con la callada como única motivación, hasta a alumnos con notas de cero o de uno, hasta a alumnos que han presentado signos de violencia hacia esos profesores contra los que reclamaron. Y al mismo tiempo, como me señaló sagazmente una compañera, en comunidades como Madrid, se nos concede a los profesores la condición de autoridades. Y es legal: este es el actual estado de nuestro ordenamiento educativo. ¿Para esto sirve la inspección? 
   Esta es la pregunta: ¿para qué sirve la inspección en esta enseñanza del siglo XXI? Volviendo a la frase de don Miguel Soler, desde el primer día en que la vi, capté en ella una colosal carencia: falta la inspección. Estando como estaba en la clausura de uno de sus congresos, es imperdonable que tan alto cargo educativo repartiese siglos entre los alumnos, los profesores y hasta los pupitres y se olvidase de los inspectores. ¿En qué siglo sitúa don Miguel Soler a los inspectores? Con los furores futuristas que demuestra, a lo mejor los sitúa en el siglo XXII, quién sabe. Habría estado genial, miren qué frase:

“Tenemos aulas del siglo XIX, profesores del siglo XX,
alumnos del siglo XXI e inspectores del siglo XXII"

   Si lo que se buscaba eran frases de efecto... vamos, que ni el propio Cantinflas, una pena que al señor Soler no se le ocurriera o no se atreviera a soltarlo. ¿Y nuestro sistema educativo, dónde lo situará? De esto no puede caber la menor duda: con esos planteamientos tan utópicos y divorciados de la realidad de hoy, nuestro sistema educativo es del siglo XXX, eso, como mínimo, vayan añadiendo eslabones a la frase. 
   Pero dejemos los futurismos y vengamos a lo de hoy, a este siglo XXI al que, mal que le pese al señor Soler, pertenecemos todos: aulas, profesores, alumnos, inspectores y hasta él mismo. El siglo XXI es hoy, es presente, es diario batallar para hacer mejores a nuestros alumnos con nuestro trabajo serio y real de hoy, es sacar nuestros logros de hoy y resolver nuestros problemas de hoy en nuestros centros de hoy, y para esto, la retórica futurista, vana y un tanto perversa del señor Soler aporta lo siguiente: cero patatero. Dejémonos ya de lucir el traje de Armani y la lengua florida y los cuentos de la lechera en congresos que empiezan con parabienes mutuos, terminan con vino español y fervorosos aplausos y dejan un balance concreto cuya aportación concreta a la mejora de la enseñanza concreta es exactamente la misma que si estos magnos señores, en lugar de hacer el congreso, se hubieran ido al campo a coger espárragos. Vale ya de irse a los saraos a hacerse los "guays", de hacerlo encima menospreciando a los que nos dejamos la piel día a día para que la cosa funcione y de sentirse encima la piedra de toque del Universo: digámoslo claro, eso será muy divertido para los que participan, pero, insisto, no aporta nada y a los demás nos produce, en el mejor de los casos, indiferencia. 
   A mí me hubiera gustado que el señor Soler me hubiera dado una respuesta creíble a esta pregunta: ¿para qué sirve la inspección? ¿Para colocarnos en un despectivo siglo XX a los cientos de miles de profesores que hacemos que ruede a diario la educación de nuestros jóvenes? ¿Para humillar a profesionales serios con ceros vengativos y aberrantes? ¿Para arrastrar por los suelos a José Manuel Rabasco? A propósito de este docente, profesional intachable mientras el director y el inspector que le persiguieron con saña no sean capaces de demostrar lo contrario: ahora, puesto que la sentencia que le dio la razón en todo aquel turbio asunto no es firme, parece ser que todos nos tenemos que estar callados y modositos y tentarnos las ropas antes de osar emitir una duda, pero yo me pregunto: ¿acaso hay en este mundo alguien tan ingenuo como para pensar que la cacería en que le metieron no tuvo nada que ver en su prematuro fallecimiento? Pero volvamos con aquello de para qué sirve la inspección: ¿para aprobar porque sí a alumnos que no lo merecían por el conducto del estudio y el esfuerzo? ¿Para tratar -cosa que he presenciado con mis propios ojos- con soberbia a los profesores? ¿Para abordar conflictos en los que estén inmersos tratándolos como a presuntos culpables? Ya me contestarán, o que me censuren este.
   Acabaré -ya sí- retomando la simpática retórica del señor Soler: ¿de qué siglo es la inspección? Puesto que en el siglo XXII no podemos colocarla (¡era una broma!) porque no sabemos cómo será, habrá que situarla en uno de los que, por pasados, ya conozcamos. Mirando hacia atrás, vemos que, en el XX y el XIX, no podemos ponerla, ya que están ocupados por los profesores y por las aulas, el mismo señor Soler lo dijo. ¿Quizás en el XVIII? Rotundamente, NO: el siglo XVIII es el siglo de la la Ilustración, del saber, del esfuerzo, de la ampliación del horizonte humano por la luz de la Razón: ¿cómo vamos a situar en ese siglo a una inspección que aprueba a los alumnos por madurez? Por eso de estar maduros se aprueba a  los plátanos, a las peras o a las chirimoyas, pero a los alumnos hay que aprobarlos por sus conocimientos: lo contrario es convertirnos en mantenedores de un sistema que produce un 30% de fracaso escolar nominal y un 40 o un 45% de fracaso escolar efectivo. Además, hay otro motivo: en el siglo XVIII, como es sabido, el 3 de agosto de 1713, se creó la Real Academia Española, rancia institución que mantiene entre sus caducos empeños la defensa de la ortografía, y yo he visto a más de un inspector cargar contra esta disciplina (¡horror, disciplina!). No, la inspección de educación no encajaría muy bien en el siglo XVIII. ¿Y el XVII? Hombre, el XVII es el siglo de Cervantes, de Lope, de Gracián, de Quevedo, de Góngora... de todos esos tíos que tan mal salen en un power point, cierto, pero... por otra parte... ¿no quedarían muy propios del inquisitorial XVII asuntos como el de José Manuel Rabasco? ¿Y eso de apalear con un cero a profesionales serios sin motivó alguno? ¿No se parece a un intento de humillarlos exponiéndolos a la vergüenza pública con un también inquisitorial sambenito? O lo de apobar con motivos pobres o directamente sin motivos a alumnos en contra de lo que demostraban sus rendimientos, en contra de las evaluaciones motivadas de sus profesores, en contra de dictámenes de departamentos compuestos por especialistas: ¿no se parece a una posesión de la verdad de origen divino muy del teocrático siglo XVII?
   Tal vez; tal vez sea el XVII el siglo de nuestra inspección. Pues ya ha llovido desde entonces, así que a lo mejor habrá que ir saliendo de la clausura del triunfal congreso y poniéndose a tono con los días, que no están para retóricas florituras.      

jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Balada triste o balada tonta?

   Acabo de salir del cine, donde a duras penas he podido aguantar hasta el final un penoso espectáculo tan grotesco e incoherente como mortalmente aburrido: la película (es un decir) de Álex de la Iglesia titulada Balada triste de trompeta. Se trata de un engendro (me niego a hablar de historia) con unos personajes insostenibles, una violencia gratuita y excesiva que cae de lleno en el gore (pero, naturalmente, no lo es, es arte, que para eso el señor de la Iglesia es ya un director "de culto") y unas escenas surrealistas puestas al servicio del tremendismo visual de este señor, que al parecer es su mayor virtud. El despropósito se inicia con unos episodios acaecidos en la guerra civil y se sitúa en los años setenta, no por razones de coherencia argumental (cosa inexistente en este bodrio), sino porque esto sirve para embutir unas escenitas de la época de Franco. Lo de la guerra civil y el franquismo viene tan a cuento como el monstruo de las galletas, pero está claro que el señor de la Iglesia y su equipo, avisados comerciantes, saben que estos temas han vuelto a ponerse de moda y por eso los han colocado ahí a tuerto o a derecho.
   Y lo más hilarante del caso es que esta película venía precedida de un vistoso envoltorio: ¡el premio al mejor guión de la Mostra de Venecia! ¡Al mejor guión, nada menos, como si esta orgía de escenas sin pies ni cabeza siguiese algún hilo! Una de dos: o los miembros del jurado le habían pegado al amaretto, o en esa mostra los premios no se dan precisamente por razones de calidad artística. Yo me inclino por lo segundo: sabemos cómo se dan los premios en el mundo cultural español (piensen ustedes, por ejemplo, en esa macro-operación de marketing llamada premio Planeta), no hay razón para creer que en el italiano las cosas circulen de otro modo. Y si alguien disiente de lo del marketing, que repase la brutal campaña publicitaria de que venía precedida esta película, una campaña en la que, como es habitual con el señor de la Iglesia, se empezaba por presentar a este director como el no va más del talento cinematográfico. Pasó ya con 800 balasCrimen ferpecto o Los crímenes de Oxford, y ahí están.
   Habrá que reconocer que con Álex de la Iglesia pasa lo mismo que con otros de nuestros talentos artísiticos: da para bastante menos de lo que se nos quiere hacer creer. Si repasamos su filmografía, la película más redonda es La comunidad, las demás son cintas irregulares con algún buen momento, cintas en las que se repite en su estética y su humor gamberro (que delata su origen de historietista) y que sin duda harán las delicias de sus incondicionales, pero que no pasan de mediocres. Y claro, como haga lo que haga se le ríen las gracias y se le promocionan los productos, pues tenía que llegar más tarde o más temprano el momento que hemos alcanzado con Balada triste de trompeta: el de que nos asestase una birria infumable y con un repugnante regodeo en la violencia, pero, eso sí, una birria "de autor", hasta ahí podríamos llegar, a ver si los de Bilbao van a ser menos que los de Calzada de Calatrava. 
   Una última reflexión: exceptuando al señor Boyero, ¿dónde está la crítica cultural en España? ¿Dónde están los críticos con criterio propio y capaces de hacer lo que se espera de un crítico, es decir, una valoración independiente, razonada y razonable, aunque no siempre sea benévola? ¿Dónde está el crítico literario capaz de decir, por ejemplo, que Riña de gatos, el último premio Planeta, que se va a vender como churros, es un folletín bastante flojo y con deficiencias impropias de su gran autor, mi admirado Eduardo Mendoza, o que a las novelas de Almudena Grandes suelen sobrarles bastantes páginas? Hace cuarenta años, estas cosas las hacían al menos La codorniz y las revistas "progres", pero hoy, ¿quién las hace? El establishment cultural español es hoy mucho más conformista que el de entonces, es un océano de inmensa placidez: premios que ya están dados de antemano y que ¡oh, sorpresa! recaen invariablemente sobre escritores consagrados o personajes famosos, ayudas oficiales que favorecen siempre a los mismos agradecidos creadores, críticos que nunca critican... Así se incentivan las artes y así nos luce el pelo. Y que esto ocurra en el país de Larra ya manda un buen par de narices.

martes, 21 de diciembre de 2010

Jamón Jáuregui y el ramón de Cádiz

   La noticia es ya tan sobradamente conocida -sábéis que el guachimán tiene la fea costumbre de llegar a la candente actualidad con tres días de retraso- que me limitaré prácticamente a enunciarla: en un instituto de La Línea de la Concepción, una familia musulmana ha denunciado a un profesor de su hijo bajo la acusación de haber mencionado el jamón en clase. Por lo visto, esto ofendió las tiernas y devotas orejitas del retoño, que estudia 1º de ESO, y debió de hacerlo de forma tan cruda -y sin tomate- que fue él mismo quien se levantó en clase e hizo notar al docente la inconveniencia de nombrar tan pecaminoso producto en presencia de un musulmán.
   Cuando pienso que, de la simple mención del jamón en un ejemplo de clase, este episodio ha desembocado en denuncias, intervención de autoridades varias y hasta unas declaraciones de Ramón Jáuregui, ministro de la presidencia, me pregunto: ¿a qué disparate de país hemos llegado? Y, forzosamente, cuando uno reflexiona sobre un punto de llegada, acaba también parándose a pensar en torno al camino que ha llevado hasta él. Si se lee la noticia, parece claro que ni el nene ni su familia están jugando de forma bienintencionada y limpia, al tiempo que poco hay que decir del profesor, hasta tanto no se demuestre que decir "jamón" sea delito. Viendo el apoyo que el propio Jáuregui y el consejero de educación andaluz le han dado, podríamos caer en la tentación de decir que también han estado en su sitio, salvo si nos parásemos de nuevo a reflexionar en torno al camino y al punto de llegada, porque entonces veríamos que sí, que es cierto que en este grotesco episodio al que hemos llegado se ha apoyado al profesor, ¡faltaría más!, el caso es tan flagrante que negar ese apoyo hubiera sido cosa de puros imbéciles, pero ¿qué hay en lo que se refiere al camino? El camino hasta una conducta tan arrogante, provocativa y disparatada como la de ese niño y los  hechos que desencadenó está trazado y jalonado por una ingeniería: la de la LOGSE y su permisividad irresponsable, la del considerar a los padres como clientes y atender a cualquier demanda suya por inapropiada que fuera, la del paidocentrismo inapelable que ha sido el caldo de cultivo de monstruos caprichosos. Y en esa ingeniería, ¿está seguro el señor Jáuregui de que su partido no ha sido la escuela técnica superior? ¿Se atrevería a decir que se ha dado a los profesores el apoyo que se merecían? ¿No será más bien que se les ha ido negando hasta dejarlo en nada por culpa de un inicuo y demagógico clientelismo sustentado en la creencia de que unas leyes educativas blanditas daban muchos votos? Y mejor no hablar de don Francisco Álvarez de la Chica; que un consejero de educación andaluz diga cosas como "si no apoyamos a los profesores en el desempeño de su tarea, no nos irá bien" es un reconocimiento tan torpe como involuntario de por qué las cosas van tan desastrosamente en la educación andaluza. La rápida respuesta tanto de Álvarez como de Jáuregui es producto del complejo de culpa y el reconocimiento de que el camino que ha traído hasta este tipo de episodios han sido una leyes y unas políticas educativas grotescas.
   Una última reflexión, esta acerca del mozalbete. En mi larga experiencia docente, me he encontrado con unos cuantos alumnos cínicos y retorcidos, o con gamberros prepotentes empeñados en poner la clase a sus pies, pero nunca había visto a uno como este, que pretendía nada menos que decidir lo que se decía o no se decía en clase con arreglo a unos supuestos agravios que él había fabulado a partir de la permisividad y del tonto exceso en el respeto a la diferencia que impera en nuestro país. El resultado de estos vicios es patente: son el coladero para desaprensivos como esta criatura, que reúne otro factor de inquietud: el fondo de radicalismo islámico intolerante que hay en su conducta. Mucho ojo con este asunto, porque el radicalismo islámico intolerante no es ninguna broma en el mundo de hoy.  

La clase

Este artículo se publicó en mi blog difunto el 23 de mayo de 2009

Vi La clase hace unos meses, cuando acababa de ser estrenada, y mi primer impulso fue ponerme esa misma noche a volcar mis comentarios en este blog, pero no lo hice porque pensé que con ello podía reventarle la película a más de uno. Ahora, cuando ya todo el mundo ha tenido oportunidad de verla, creo que puedo ponerme manos a la obra.

Esta película está basada en un libro de François Bégaudeau, profesor de secundaria francés que vierte en él sus experiencias profesionales. Bégaudeau es también el actor que representa al profesor protagonista en la pantalla, lo que refuerza el valor documental de la película. Empezaré aclarando que, mientras la veía, me resultó imposible desligar mi condición de espectador de mi condición de profesor. Me acordé entonces de algo que decía Francisco Umbral, quien en algún momento de Mortal y rosa declaraba que cuando leía novelas ya no leía, sino que veía trabajar, ya no se interesaba en el relato, sino en cómo lo construía un colega suyo.

Viendo La clase como espectador, vi lo que supongo que vería todo el mundo: la ignorancia colosal de aquel puñado de alumnos, su nulo interés por las enseñanzas que recibían y por su propia formación, su permanente falta de respeto y de saber estar, la grotesca autocomplancencia con que se miraban a sí mismos, enorgulleciéndose incluso de su cinismo y su incultura...; vi también la esterilidad de las clases, la lamentable pérdida de tiempo que representaban todas y cada una de ellas, su descontrol, su paupérrimo nivel de contenidos, la enorme diversidad en los alumnos (por sus intereses, por sus conocimientos, por sus valores, por sus orígenes, por su cultura, por sus actitudes y aptitudes, por su color de piel...); vi el esfuerzo y la buena voluntad del profesor, su empeño en seguir su propia pauta, su paciencia, sus frecuentes fracasos, su desaliento; vi las grietas de la organización del centro, la falta de acoplamiento entre su oferta y las expectativas de los alumnos, la pobreza de horizontes, cierta incongruencia a la hora de fijar los límites y los derechos de los alumnos... En conclusión: percibí aspectos referentes a los alumnos, al profesor, a la práctica de la docencia y al propio sistema, para llegar, como quien más y quien menos, a conclusiones muy poco alentadoras acerca del presente y el futuro de la enseñanza, tanto en Francia como aquí, porque parece que las diferencias son pocas.

Mis ojos de profesor, por supuesto, también vieron eso, aunque con una primera particularidad: la mayoría de esas cosas me eran ya tan archiconocidas que en algún momento llegué a preguntarme si realmente merecía la pena haber pagado por verlas en la pantalla. Pero había merecido la pena, naturalmente. Aunque parezca que todos vemos lo mismo, uno puede sacar conclusiones distintas cuando lo ve con ojos de profesional, uno puede ver otros males y también, tal vez, algunas soluciones. A los dos minutos de la primera escena dentro de clase, ya me estaba revolviendo en el asiento, soy así, no puedo evitarlo, veo las películas como si fuesen verdades. Mi mujer me preguntó qué me pasaba y yo le respondí si no se daba cuenta de lo mal que lo estaba haciendo el protagonista, a lo que ella me dijo que no. Claro: ella veía la escena, mientras que yo veía trabajar. Concretamente, ella veía a unas alumnas haciendo una pregunta que no venía muy a cuento, mientras que yo veía a un par de cínicas sacándose de la manga la típica pregunta capciosa destinada únicamente a cargarse la clase y dejar en evidencia al profesor; ella veía a un profesor intentando responder con buena intención y poco éxito, mientras que yo veía a un ingenuo entrando al trapo cuando lo que tenía que haber hecho era cortar una deriva absurda. Y así, toda la película: con los ejercicios de vocabulario llenos de burlas, con las lecturas de libros o de redacciones torpedeadas, con las disparatadas y permanentes diatribas que montaban las dos o tres alumnas listillas, con el ronroneo del grupito de Solimán y sus amigos, con los desplantes y provocaciones apenas encubiertas y a menudo chulescas de estos...: en la pantalla se ve a un aventajado grupo de cínicos presentando como libertad de expresión sus permanentes salidas de tono, y al burlado profesor ir siempre a remolque y con la lengua fuera para intentar lo imposible: responder con lógica a lo planteado desde las coordenadas de la burla y el destruir por destruir. Desde mi condición de profesor, yo no paraba de preguntarme estas cosas: ¿qué le pasa a este hombre? ¿No ve que le están tomando por imbécil? ¿Es que no ve el desmadre en que se ha convertido la clase? ¿Por qué no lo corta? ¿Qué clase de autoridad tiene?

Algo de autocrítica debe de tener esta historia, porque, en algún momento, como cuando el alumno chino dice que se avergüenza del comportamiento de sus compañeros, se ve que ese tipo de reflexiones no se le han escapado al autor. Y la crítica alcanza también a ámbitos más amplios, porque la falta de autoridad le supera a él, como puede verse en la escena en que dos alumnas estúpidas se carcajean de toda una junta de evaluación (con director incluido) sin que nadie mueva un dedo por impedirlo. Eso, queridos, os juro que no hubiera ocurrido ni de lejos en ninguno de los catorce centros por los que ha pasado este guachimán.

Concluyo. La clase es una película muy interesante, sobre todo, porque consigue hacer muy bien algo que era necesario: retratar los obstáculos concretos de dentro y fuera de las aulas que hacen enormemente complicado hoy en día el desempeño de la labor educativa. Esto, repito, lo hace muy bien, sobre todo con los de dentro, porque logra reflejar cómo hechos que aislados y en términos objetivos parecen trivialidades sin fundamento, acumulados y convertidos en el pan nuestro de cada día, acaban teniendo unos efectos devastadores. Pero, desde mi perspectiva de profesor, voy más lejos, veo más cosas; deliberada o involuntariamente, Bégaudeau nos muestra que entre esos males -y con no poco peso- está el ejercicio inadecuado de la docencia. El profesor de esta historia es un verdadero incompetente en lo referido al control del grupo. Nunca es el dueño de la situación, se le escapa de las manos constantemente, los alumnos contestatarios, lo peorcito del grupo, le arrebatan las riendas de manera grosera, sin que él sepa nunca hacer nada por evitarlo, le pueden, se cargan las clases, pisotean el derecho a la educación de sus compañeros... y de sí mismos. ¿Estará en esto último la razón de su incapacidad? Tal vez, y me voy a explicar. Viendo esta película como docente, me fijé en una cosa: la actitud del protagonista es exasperantemente servil hacia los malos alumnos: les ríe las gracias y es cortés con ellos aunque le traten como a un trapo, y además les da todo el protagonismo, incluso ninguneando a los que se portan bien (hay un par de escenas en las que esto es patente). ¿Será que en el fondo toda su pasividad se debe a que es un apóstol de la enseñanza? ¿Procederá su candidez de motivos ideológicos? ¿Será de los que piensan que es antipedagógico ponerles límites a chicos como Solimán y por eso le permite crecer hasta que ya se ha cargado el curso y es demasiado tarde para todos? Es posible. No olvidemos que ese profesor es trasunto del propio Bégaudeau y que el título original de su libro es Entre les murs. En mi larga carrera profesional, solo he tenido un colega que se refería a las clases usando la frase "entre estas cuatro paredes", y lo hacía de forma muy peyorativa: era un encarnizado enemigo de todo lo que fuera esfuerzo, exigencia, contenidos y disciplina. Un auténtico defensor del desastre que ahora nos preocupa, un desastre como el de La clase, que él iba sembrando con el mayor de los empeños. ¿Habrá sido Bégaudeau uno de los suyos? ¿Será La clase un descargo de conciencia? No lo sé, lo que sí sé es que he tenido muchos Solimanes y muchas Esmeraldas y desde el minuto uno les he dejado siempre claras algunas cosas muy sencillas: a clase se viene a aprender, en clase manda el profesor, en la clase no se montan follones, en la clase todos respetan a todos. No es tan difícil, basta con dejarnos de pseudopedagogías y entender que nos pagan por hacer que nuestros alumnos mejoren, no por permitir que se embrutezcan. Y os lo juro, con sola esa cartilla, todas las clases que he dado han sido clases y jamás he tenido una clase como La clase. Más aún: el día que tenga una, sabré que ha llegado el momento de que me retire a pescar truchas.

 

sábado, 11 de diciembre de 2010

A la carga con mis fijaciones

Y es que no tengo remedio, cuando me emnperro con algo...
Fijación primera: Sakineh Muhammadi Ashtiani. Lo que pasa con Sakineh es tan solo uno más de los espeluznantes casos de ensañamiento con que este mundo en  general y el islámico en particular se ceban con las mujeres. Si me he fijado en ella puede que sea porque ha tenido la fortuna de atraer la atención mundial, o porque la lapidación que la amenaza es un castigo particularmente repulsivo, o porque es a todas luces víctima de una ¿justicia? pervertida y corrupta, o porque, por razones personales, me interesan las cosas relativas a Irán. El último capítulo (por ahora) es una farsa muy del gusto de los sistemas inquisitoriales (religiosos o no) que en el mundo han sido: un montaje en el que la propia Sakineh, ante las cámaras, cuenta cómo participó en el asesinato de su marido y se autoinculpa. Os animo a que pulséis el enlace que incluyo arriba, veáis el burdo montaje de la reconstrucción, leáis la noticia y os percatéis del singular hecho de que, mientras que Sakineh se enfrenta a las peticiones más espantosas, al hombre acusado del asesinato se le puso en libertad, al ser perdonado por los hijos de la víctima, cosa que es posible en las leyes iraníes, así esta el patio. En mi anterior artículo sobre Sakineh, me permito (con todas las precauciones) el optimismo de vaticinar que ya no iba a ser lapidada ni ejecutada, sino que acabaría atravesando un laberinto al final del cual su libertad sería la moneda de cambio de vaya usted a saber qué transacción: los teócratas que gobiernan Irán son fanáticos, pero no tontos, y saben que iban a pagar un precio demasiado alto por ajusticiar a una simple pecadora. El aflojamiento del cepo que representa este último sainete me refuerza en esa convicción, pero también tengo otra: que, para que eso ocurra, la presión internacional no puede ceder hasta que veamos a Sakineh libre, sana y... en Londres, París, Móstoles o Santo Domingo de la Calzada.

Fijación segunda: los campos de golf de Tres Cantos. Hace algunos años, el PP hizo un primer intento de construir un campo de golf en Tres Cantos, pero esa iniciativa se vio frustrada por la general oposición de la ciudadanía. Fiel al principio de que quien la sigue la consigue, este partido volvió a la carga, pero ahora con el propósito de construir no uno, sino DOS campos de golf, ¿no queríais té? Pues ahí van tres tazas. Haciendo gala de una descarada demagogia, el gobierno municipal de Tres Cantos y el autonómico de Madrid, han utilizado la imperiosa necesidad que tenemos los tricantinos de que nos traigan aquí la Ryder Cup para impulsar su fijación golfística (no voy a ser yo solo el de las fijaciones). Para tal empeño, han contado con la esperable colaboración del señor Ballesteros y la cortés a la par que desconcertante del también señor Lissavetzky: ¿es que el PSOE no tiene programa medioambiental? ¿O acaso estas cosas se esconden debajo de la mesa en cuanto sale un caramelito con aroma propagandístico-molón-promocional? Aclarémonos. Por aquí por Tres Cantos hay gente que parece tenerlo un poco más claro; sin ir más lejos, hoy, unos cuantos ciudadanos convocados por la asociación de vecinos (entre los que, por cierto, había bastantes del partido del señor Lissavetzky) han puesto en marcha una campaña de petición de firmas contra los campos de golf, con la que vuestro amigo el guachimán se honra en colaborar. Para más información, pulsad este enlace: http://www.camposidegolfno.org/.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Mis diez mejores películas de terror

Este artículo se publicó en Mi blog difunto el 16 de julio de 2009

Cualquiera que me conozca a fondo sabe muy bien que no soy más miedoso porque no entreno, y aun así, me encantan las pelis de terror, ya veis, cosas de la vida. El cine de terror tiene sus paradojas, como todos los cines de género: está muy ligado a la serie B y sin embargo ha producido alguna que otra obra maestra; puede darte en auténticas birrias de películas una o dos escenitas que salven el resto a base de lo que se espera de una peli de terror: que te haga pasar miedo o te dé unos sustos de muerte; es irracional por definición y, sin embargo, gusta a personas que son modelo de racionalidad... Por lo demás, es un filón inagotable, no solo en la gran pantalla, sino en la televisión: ahí tenemos aquellas películas de la productora Hammer, con sus Dráculas y demás horrores y sus efectos especiales que hoy nos hacen partirnos de risa; ahí están los desparrames de John Carpenter o de Darío Argento; más allá tenemos las Historias para no dormir de Narciso Ibáñez Serrador, que nos hicieron palmar de un infarto allá por los años sesenta... A propósito de este último, recuerdo que él mismo solía hacer unas presentaciones de sus episodios que eran un alarde de humor negro. Y es que, curiosamente, el buen cine de terror ha ido a menudo unido al humor.


Como estamos de vacaciones y el que más el que menos vais a acabar en algún pueblo con cine de verano, de entre las muchas películas de terror que he visto, os he entresacado las diez mejores (no ha sido fácil), para que no dejéis de pasar a verlas si las ponen en vuestro lugar de veraneo. Ahí van:

La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968). De esta como de algunas otras que os pongo, ha habido secuelas y versiones, pero me referiré siempre a la versión que cito, que en general, será la original y la mejor. ¿Os gusta el estofado de carne? ¿Y qué diríais si fueseis vosotros el contenido de la olla? Como ya sabréis, por ahí van los tiros en esta joya en blanco y negro, que es cortita (unos 80 ó 90 minutos), la angustia en estado puro tampoco conviene prolongarla. Extraordinario final.

Drácula (Francis Ford Coppola, 1992). Ha habido infinidad de Dráculas y vampiros en el cine, desde el Nosferatu de Murnau en 1922, pasando por Bela Lugosi, Christopher Lee (sin duda, el mejor intérprete) o el Nosferatu de Herzog de 1979, como el de su paisano Murnau, un verdadero poema visual, pero, para mi gusto, la mejor adaptación de la novela de Stoker, la de más rica escenificación, la que mejor capta el fondo a la vez horrendo y trágico del personaje, es sin duda ésta de Coppola. Un verdadero espectáculo.

La vuelta de tuerca. Empezaré por decir que este título se corresponde en realidad con el de la magistral novela de fantasmas de Henry James en que se basan las mil películas que sobre ella se han hecho. La mejor sin apenas discusión es una en blanco y negro que dirigió Jack Clayton en 1961, con una espléndida Deborah Kerr como protagonista, esa valiente y bondadosa institutriz zarandeada por el tétrico juego en que se ve metida. En inglés se tituló The innocents, y en español, Suspense, vaya usted a saber por qué.

Poltergeist (Tobe Hooper, 1982). Si no estuviera la anterior, sería sin duda la mejor película de fantasmas de la historia del cine. Escalofriante, espeluznantes sucesos en una casa como la tuya y la mía, con una preciosa niñita diciendo inocente y cantarina: "Están aquííí" y poniéndonos a todos los pelos de punta. Sabéis que Spielberg tuvo mucho que ver en el guión y tal vez en la dirección de alguna escena y sabréis, cómo no, lo de la maldición de esta película, la serie de hechos luctuosos que la rodean.

Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981). Paradójicamente, la mejor película que ha dado un monstruo tan acreditado como el hombre lobo es esta, que es más bien una parodia, en dura competencia con Aullidos (1981) y En compañía de lobos (1984), aunque esta en realidad es más bien una formidable ensoñación erótica. La que ahora nos ocupa a mí me encanta por su mezcla con el componente humorístico, que es genial, sin que esto signifique que el aspecto del terror esté mal. Amor, humor, horror y estupenda banda sonora.

REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 23 - XI - 07). Genial; ya nadie puede decir que los españoles no somos capaces de hacer buen cine de terror. Y muy recientita, ya veis, aún andará por alguna cartelera, así que, si queréis veros metidos en el mismo centro del horror, id a verla, y no digo más. P.S.: Ya esta por ahí la parte dos. No la he visto (aún) pero quienes sí lo han hecho me dicen que es bastante buena.

Noche de miedo (Tom Holland, 1985). Aunque también tiene sus sustitos, su mayor mérito es ser una buena y divertidísima parodia del cine de vampiros, que da para mucho. Aprovecho aquí para mencionar otra joya del tema: Kung fu y los siete vampiros de oro (1974), como su propio nombre indica, una inenarrable papilla de cine de terror y de artes marciales producida por la Hammer, pero que ya hubieran querido firmar Groucho Marx o Woody Allen.

Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979). Y es que Scott a veces hace películas buenas. En Alien se explota a las mil maravillas el recurso del horror que te acecha en la oscuridad o a la vuelta de la esquina, para saltar sobre ti cuando menos te lo esperas. Y por si faltaban criaturas sobrecogedoras en la opresiva nave Nostromo, por allí andaba también la teniente Ripley.

El exorcista (William Friedkin, 1973). Repita conmigo: "¿Has visto lo que ha hecho la cerda de tu hija?" No, así no, tiene usted que poner voz rasgada, de diablo malísimo. Entrar en la habitación de esa niña era entrar en el mismísimo infierno, también para el espectador, ese es uno de los grandes méritos de la película, sin perder de vista la perversa capacidad de manipulación en todos los sentidos que demuestra el maligno en esta historia de posesión. Un clásico que se basa en una novela de William Peter Blatty, quien, a su vez, se basó en un caso real, un exorcismo que una comunidad de franciscanos estadounidenses intentó con un adolescente que hacía cosas muy raras.

La profecía (Richard Donner, 1976). Una escalofriante película de muy sobria realización y nada menos que con Gregory Peck como protagonista. Por aquí también anda metido el diablo, y hace unas cosas que dejan chiquito al de El exorcista. Cuidado con la versión de hace unos pocos años, porque es bastante inferior.

Al final de la escalera (Peter Medak, 1979). También esta podría competir por la medalla de oro de las películas de fantasmas. Una historia tenebrosa que poco a poco va descubriendo el protagonista (encarnado por un sensacional George C. Scott) y un par de buenos sustos la acreditan como un clásico del cine de terror, aunque quizás no muy conocido.

House (una casa alucinante). Dirigida por Steve Miner en 1986, esta película garantiza escalofríos y carcajadas a partes iguales. La verdad es que el guión es casi un tebeo, recuerda las historietas de la revista Creepy (que aquí se llamó Vampus) que leíamos allá por nuestra adolescencia, pero es muy entretenida. Otro aliciente: el protagonista es William Katt, el que hacía de superman desastroso en El gran héroe americano.

El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Es curioso lo de esta película: en su época fue muy discutida: ya fuera por la realización de Kubrick, la historia de Stephen King o la interpretación de Jack Nicholson... Y sin embargo, cada uno de ellos es genial en lo suyo. Para mi gusto, la película es un tanto irregular, pero sea por lo que sea, como historia de terror funciona a las mil maravillas, sobre todo, cada vez que el protagonista o su hijo se quedan solos por alguno de los escenarios del hotel ese de mil demonios (nunca mejor dicho) en el que están medio encerrados. Quiero destacar algo que no sé si se habrá señalado mucho: la fabulosa interpretación de Shelley Duval. Por último, algo de lo que me enteré hace poco: el chiflado de Kubrick le hizo repetir cien veces una toma al niño de la peli. Para matar al señor director con el hacha de papaíto Jack.

El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999). A pesar de los bodrios perpetrados posteriormente por su director, esta película es muy recomendable. Me gusta bastante la interpretación que hace Bruce Willis. Y no digo más, porque, si hay una película que puedes cargarte si te vas de la lengua, es esta.

Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1999). Si usted quiere ver un desparrame vampírico, aquí está su película. Y si no ha tenido suficiente, entonces, váyase al videoclub y pida Vampiros (1999), de John Carpenter, y luego compare. En la de Rodríguez destaca sobre todas una escena en la que aparece Selma Hayek marcándose un bailecito con una pitón albina como bufanda: esa sí que está de miedo.

El baile de los vampiros (Roman Polanski, 1967). Clásico del cine de vampiros realizado en clave de parodia. ¿Que por qué es un clásico? Pues quizás, sobre todo, por la escena que le da título. Sabemos que Polanski hizo otra gran película de terror, La semilla del diablo (1968), una inquietante historia con intervención diabólica y repulsiva corte de fieles satanistas. Muy recomendable. La trágica historia posterior de Polanski, con el brutal asesinato de su esposa a manos del clan Manson, alimentó toda clase de leyendas.

La cosa (John Carpenter, 1982). Terminamos con otra del bueno de Carpenter. Esta historia está situada en una estación científica en la Antártida, la cual recibe la cordial visita de uno de esos entes extraterrestres que amenizan algunas cintas de terror. Es bastante eficaz, pero con un par de escenas un poco fuertes, lo advierto. Muy bien Kurt Russell, le van este tipo de historias.

En fin, hoy se me ha vuelto a ir la mano; espero al menos que, con alguna de estas diez películas, acabéis pasando una tarde de agradables escalofríos y gritos de espanto. ¿Qué? ¿Que no son diez? ¡Ah!, pues es verdad, me habré equivocado al contar, cada día me patinan más las neuronas.

Addenda de 2010: Añadiré a esta lista The ring (Gore Verbinski, 2002) que en español se tituló La señal, y que es una desasosegante historia de fantasma mediático con una magistral dosificación de los terroríficos acontecimientos. Los aficionados al género os preguntaréis cómo se me pudo pasar esta excelente película, así que os voy a decir por qué fue: vi antes en vídeo el original japonés en que se basa, Ringu (Hideo Nakata, 1998), que quizás sea una buena película, pero no podría decirlo, porque los primeros minutos son tan aburridos que la dejé al poco rato de empezar, y eso me quitó las ganas de ver la secuela. Que The ring se ha convertido en una película mítica lo prueba el hecho del montón de entradas que ha generado en YouTube. De entre estas, echad un vistazo a la titulada El tronco de Edgar y a sus diversas versiones, ¡la imaginación y la guasa que le echan algunos!



viernes, 12 de noviembre de 2010

ME COMUNICAN POR AQUÍ número 5 (12 de noviembre de 2010)

En el día de la fecha, me comunican por aquí los siguientes asuntos:


1.- ¿Qué hay de Sakineh? No es la primera vez que cito en esta garita el cuento de Villiers de de l'Isle Adam titulado "El tormento de la esperanza". Dicho de forma sucinta, ese famosísimo relato versa sobre la extrema y refinada crueldad de unos inquisidores que permiten que uno de sus prisioneros se escape sin saber que su fuga está absolutamente controlada, con el fin esencial de pillarle en el último instante para someterle al peor de los tormentos: el tormento de la esperanza. ¿Están los ayatollahs iraníes utilizando con Sakineh Mohammadi Ashtiani la misma táctica? No me extrañaría, porque, a fin de cuentas, los ayatollahs de hoy pertenecen al mismo gremio de nuestros viejos inquisidores. Digo todo esto por la anunciada ejecución de hace unos días, que, final y afortunadamente, no se produjo. De todos modos, y dicho sea con toda precaución, mi interpretación es otra mucho más optimista: que la presión internacional ha conseguido que el piadoso régimen de Ahmadineyah (que será fundamentalista, pero no es tonto) haya por fin comprendido que matar a Sakineh va a ser para ellos un pésimo negocio y, en consecuencia, hayamos entrado ahora en otra fase muy típica de los regímenes autocráticos: el haber convertido a esta persona en moneda de cambio para utilizarla a su conveniencia en cualquier transacción futura. Sea o no cierta esta hipótesis, hay que continuar exigiendo no ya que no se lapide a Sakineh, ni siquiera que los ayatollahs, en su infinita clemencia, le conmuten la pena por un civilizado y limpio ahorcamiento, sino que, sencillamente, se la ponga en libertad.

2.- España, país aconfesional.  Hace poquito más de un año, comenté aquí mismo una sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo en la que se establecía que la presencia de crucifijos en las aulas violaba los derechos de libertad religiosa. Lo hice a propósito de una madre italiana que había sido sometida a un auténtico calvario (miren por dónde) por pedir lo exigible: que no hubiese crucifijos en el colegio de sus hijos. Y ahora resulta que, sin salir de este país nuestro tan democrático y tan ACONFESIONAL, me salta a la prensa un puchero en el que cocían las mismas habas. Cinco años y la intervención de la justicia ha necesitado Lorenzo Losada para que se quitasen los crucifijos del colegio público "Ortega Gasset" de Almendralejo, al que van sus hijos, cinco años en un país constitucionalmente aconfesional desde hace 32, ya tiene narices. Ojo: y solo se han quitado de las aulas de sus hijos y de los pasillos, una auténtica vergüenza. La hipocresía de nuestros poderes públicos y su laxitud para todo lo que implique principios democráticos es vomitiva, como podéis comprobar viendo cómo el señor Vara se evade de su obligación de gobernante (que es ni más ni menos que no consentir que haya símbolos religiosos en los centros públicos) y deja la puerta abierta a que salgan mamás creando jurisprudencia y diciendo memeces acerca de si eso debería quedar al arbitrio de los gustos de la zona. Con esa filosofía, ¿a qué caos caprichoso llegaríamos? No hace falta imaginarlo, que ejemplos reales nos sobran en España, gracias, precisamente, a que quienes deberían dejar las cosas claras y hacer cumplir la legalidad se inhiben como el presidente de la junta extremeña. Y no es el único caso; en Valladolid se produjo uno parecido, impulsado por un ciudadano llamado Fernando Pastor. A este señor, en una noticia de Internet, he visto cómo se le acusaba de ser próximo a Batasuna: tendría delito que la pasividad de gobiernos y administraciones hubiera dejado la defensa de la aconfesionalidad del estado en manos de simpatizantes de batasuna. Sea cierto o no, lo que sí es patente es esto: que tanto él como Losada han quedado a merced de una verdadera lapidación pública: es lo que sucede cuando políticos cobardes como el señor Vara dejan la defensa de las leyes que sería de su competencia en manos de particulares dispuestos a jugarse el tipo por los principios democráticos. Si tenéis tiempo y ganas, meteos en foros y revistas y ved lo que se ha dicho por ahí contra Losada: espeluznante. ¿Qué será lo que esté aguantando ahora en una localidad no demasiado grande como Almendralejo? Sea lo que sea, se lo tendrá que agradecer a su compañero de partido Guillermo Fernández Vara. Y mientras los gobernantes socialistas hacen estas cosas, el papa viene a España y dice lo que dice.
3.- A vueltas con Jesús Eguiguren.- Ya andaréis flojos de paciencia, así que no diré demasiado acerca de este señor: ¿qué le pasa? ¿A qué juega? ¿El PSOE negocia con ETA y sus aliados o no lo hace? Si es verdad que no lo hace, ¿por qué no expulsa fulminantemente a Eguiguren del partido?


Y no habiendo más asuntos que comunicar, se cierra el ME COMUNICAN POR AQUÍ número cinco en Madrid a doce de noviembre de 2010, día de san Josafat.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La visita del papa

Suelen dejarme indiferente las visitas de los papas a nuestro país y los festivales que se montan alrededor, pero esta vez me chocan algunas cosas:

-Que los telediarios lleven días diciendo que esta visita será vista por 150 millones de televidentes, ante cuyos ojos se pondrán las ciudades de Barcelona y Santiago, con sus muchas virtudes. Ya se sabe, el turismo, la imagen y todo eso: ¿es que los medios -en especial los estatales- se ven obligados a dorarnos la pildorita con el oro del famoso becerro bíblico? ¿Por qué? ¿Quién anda con mala conciencia?

-Jamás se ha visto un despliegue mayor de seguridad y con tantas molestias a los ciudadanos que viven en sus casas de siempre. A algunos los están tratando como a sospechosos, una pasada.

-Un jefe de estado viene metiendo las narices en la libertad de pensamiento de la gente del país que visita. Y esto es lo habitual cada vez que viene un papa. ¿Quiénes se han creído que son? Deberían ser más cautos y respetuosos: algunos aún recordamos la imposición ideológico-religiosa que la iglesia practicó durante el nacional-catolicismo.

-Otra falta de cautela: ¿cómo se le ocurre al papa mencionar la España de los años 30? ¿Acaso cree que por el lado de los que se proclamaban creyentes aquella época fue todo dulzura? ¿Es que no sabe que el comportamiento de la iglesia y de algunos cristianos de entonces le daría razones para estar calladito? ¿Es que no sabe que un antecesor suyo se dedicó a bendecir cañones? ¿Qué pasa con los asesores de su santidad, que desconocen la historia, que nos toman por idiotas o que se ejercitan en la soberbia, que es el mayor pecado? ¿A qué viene esta provocación gratuita en un tema tan sensible? 

-¿Es cierto eso que dice El País de que hoy, que, a la llegada del avión del papa a Santiago, los guardias civiles y los policías agitaban banderitas? ¿Hemos perdido la sensatez? ¿Hemos retrocedido 50 años en la historia? ¿Hemos olvidado que este es un país aconfesional?

-Y el gobierno (que, por cierto, parece ser que por estos días ha aparcado el proyecto de ley de libertad de culto, que disgustaba a los obispos), ¿qué hace? ¿Que piensa? ¿Qué dice? ¿Va a mantener un decoro mínimo y nada cosotoso o todavía vamos a acabar viendo a Zapatero y a Rubalcaba con mantilla?