A la hora en que escribo -seis de la tarde-, debería caer aquí en Tres Cantos un sol justiciero que me obligaría a tener los toldos echados y las ventanas cerradas, y sin embargo, las tengo abiertas por los dos lados de la casa y corre así una agradable corriente que me refresca, algo realmente inaudito a estas alturas del año. Ese aire es aquí fresco gracias a unas nubes que tapan el sol, pero esas nubes son en realidad el humo de unos espantosos incendios que arden unos kilómetros al suroeste, allá por La Adrada, Navas del Rey, San Martín de Valdeiglesias, Burgohondo, Pelayos de la Presa, Aldea del Fresno...; ese aire amable de aquí es allí el viento diabólico que está avivando esos espantosos incendios, de los que solo espero una cosa: que sean extinguidos lo antes posible. Es el deseo que me inspiraría cualquier incendio forestal (o cualquier incendio a secas), pero cien veces más en el caso de este, porque tendría que escribir un artículo muy muy muy largo, más bien un libro, para contar lo que personal, familiar y emocionalmente me vincula con aquellos maravillosos parajes.
Es brutal la magnitud de esta catástrofe y, por si lo que acabo de contaros del viento y las "nubes" no es lo suficientemente explícito, os daré algún dato más. A eso de la una y media de la tarde, venía por la carretera de Burgos, y ya a la altura de La Cabrera o quizás desde antes podía verse a nuestra derecha una extensa zona de tenue nubosidad que era en realidad humo de los incendios. Cuando hemos llegado a Colmenar Viejo, ya teníamos encima una extraña neblina y, en los cristales y las carrocerías de los coches que llevábamos por delante, el sol se reflejaba como un disco naranja tan raro que, en un primer momento, he creído que eran focos o balizas, cualquier extravagancia de esas que se inventa Tráfico, pero no: era el sol, que, en un mediodía de julio, hubiera debido ser un resplandor blanco de esos que te obligan a ponerte las gafas ahumadas. En torno a las dos y media, al llegar a casa y salir del coche, ya ha sido (aún lo es ahora, más de cuatro horas después) una mezcla de sensaciones indescriptibles: caía una lluvia de finas partículas de ceniza, la luz solar que se reflejaba en el suelo y nos envolvía tenía el tono anaranjado de un crepúsculo y el aire olía a leña ardiendo en una chimenea, un olor que me ha transportado a muchos años atrás, porque era el mismo que se me metía por la nariz cuando, de pequeño, llegaba al pueblo de mi abuela, con todas las chimeneas echando su penachito de humo.
Una precisión: entre Tres Cantos y Navas del Rey, el más cercano de los pueblos amenazados por las llamas, hay una distancia en línea recta de 51'7 kilómetros. Termino de escribir y se me ocurre mirar por la ventana. Lo que veo es un sol pequeño y rojo, una especie de luna diurna de color rubí, aunque tampoco podría precisarlo mucho, porque resulta imposible fijar la vista en él más de un segundo.
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