Este artículo se publicó en mi blog difunto el 23 de mayo de 2009
Vi La clase hace unos meses, cuando acababa de ser estrenada, y mi primer impulso fue ponerme esa misma noche a volcar mis comentarios en este blog, pero no lo hice porque pensé que con ello podía reventarle la película a más de uno. Ahora, cuando ya todo el mundo ha tenido oportunidad de verla, creo que puedo ponerme manos a la obra.
Esta película está basada en un libro de François Bégaudeau, profesor de secundaria francés que vierte en él sus experiencias profesionales. Bégaudeau es también el actor que representa al profesor protagonista en la pantalla, lo que refuerza el valor documental de la película. Empezaré aclarando que, mientras la veía, me resultó imposible desligar mi condición de espectador de mi condición de profesor. Me acordé entonces de algo que decía Francisco Umbral, quien en algún momento de Mortal y rosa declaraba que cuando leía novelas ya no leía, sino que veía trabajar, ya no se interesaba en el relato, sino en cómo lo construía un colega suyo.
Viendo La clase como espectador, vi lo que supongo que vería todo el mundo: la ignorancia colosal de aquel puñado de alumnos, su nulo interés por las enseñanzas que recibían y por su propia formación, su permanente falta de respeto y de saber estar, la grotesca autocomplancencia con que se miraban a sí mismos, enorgulleciéndose incluso de su cinismo y su incultura...; vi también la esterilidad de las clases, la lamentable pérdida de tiempo que representaban todas y cada una de ellas, su descontrol, su paupérrimo nivel de contenidos, la enorme diversidad en los alumnos (por sus intereses, por sus conocimientos, por sus valores, por sus orígenes, por su cultura, por sus actitudes y aptitudes, por su color de piel...); vi el esfuerzo y la buena voluntad del profesor, su empeño en seguir su propia pauta, su paciencia, sus frecuentes fracasos, su desaliento; vi las grietas de la organización del centro, la falta de acoplamiento entre su oferta y las expectativas de los alumnos, la pobreza de horizontes, cierta incongruencia a la hora de fijar los límites y los derechos de los alumnos... En conclusión: percibí aspectos referentes a los alumnos, al profesor, a la práctica de la docencia y al propio sistema, para llegar, como quien más y quien menos, a conclusiones muy poco alentadoras acerca del presente y el futuro de la enseñanza, tanto en Francia como aquí, porque parece que las diferencias son pocas.
Mis ojos de profesor, por supuesto, también vieron eso, aunque con una primera particularidad: la mayoría de esas cosas me eran ya tan archiconocidas que en algún momento llegué a preguntarme si realmente merecía la pena haber pagado por verlas en la pantalla. Pero había merecido la pena, naturalmente. Aunque parezca que todos vemos lo mismo, uno puede sacar conclusiones distintas cuando lo ve con ojos de profesional, uno puede ver otros males y también, tal vez, algunas soluciones. A los dos minutos de la primera escena dentro de clase, ya me estaba revolviendo en el asiento, soy así, no puedo evitarlo, veo las películas como si fuesen verdades. Mi mujer me preguntó qué me pasaba y yo le respondí si no se daba cuenta de lo mal que lo estaba haciendo el protagonista, a lo que ella me dijo que no. Claro: ella veía la escena, mientras que yo veía trabajar. Concretamente, ella veía a unas alumnas haciendo una pregunta que no venía muy a cuento, mientras que yo veía a un par de cínicas sacándose de la manga la típica pregunta capciosa destinada únicamente a cargarse la clase y dejar en evidencia al profesor; ella veía a un profesor intentando responder con buena intención y poco éxito, mientras que yo veía a un ingenuo entrando al trapo cuando lo que tenía que haber hecho era cortar una deriva absurda. Y así, toda la película: con los ejercicios de vocabulario llenos de burlas, con las lecturas de libros o de redacciones torpedeadas, con las disparatadas y permanentes diatribas que montaban las dos o tres alumnas listillas, con el ronroneo del grupito de Solimán y sus amigos, con los desplantes y provocaciones apenas encubiertas y a menudo chulescas de estos...: en la pantalla se ve a un aventajado grupo de cínicos presentando como libertad de expresión sus permanentes salidas de tono, y al burlado profesor ir siempre a remolque y con la lengua fuera para intentar lo imposible: responder con lógica a lo planteado desde las coordenadas de la burla y el destruir por destruir. Desde mi condición de profesor, yo no paraba de preguntarme estas cosas: ¿qué le pasa a este hombre? ¿No ve que le están tomando por imbécil? ¿Es que no ve el desmadre en que se ha convertido la clase? ¿Por qué no lo corta? ¿Qué clase de autoridad tiene?
Algo de autocrítica debe de tener esta historia, porque, en algún momento, como cuando el alumno chino dice que se avergüenza del comportamiento de sus compañeros, se ve que ese tipo de reflexiones no se le han escapado al autor. Y la crítica alcanza también a ámbitos más amplios, porque la falta de autoridad le supera a él, como puede verse en la escena en que dos alumnas estúpidas se carcajean de toda una junta de evaluación (con director incluido) sin que nadie mueva un dedo por impedirlo. Eso, queridos, os juro que no hubiera ocurrido ni de lejos en ninguno de los catorce centros por los que ha pasado este guachimán.
Concluyo. La clase es una película muy interesante, sobre todo, porque consigue hacer muy bien algo que era necesario: retratar los obstáculos concretos de dentro y fuera de las aulas que hacen enormemente complicado hoy en día el desempeño de la labor educativa. Esto, repito, lo hace muy bien, sobre todo con los de dentro, porque logra reflejar cómo hechos que aislados y en términos objetivos parecen trivialidades sin fundamento, acumulados y convertidos en el pan nuestro de cada día, acaban teniendo unos efectos devastadores. Pero, desde mi perspectiva de profesor, voy más lejos, veo más cosas; deliberada o involuntariamente, Bégaudeau nos muestra que entre esos males -y con no poco peso- está el ejercicio inadecuado de la docencia. El profesor de esta historia es un verdadero incompetente en lo referido al control del grupo. Nunca es el dueño de la situación, se le escapa de las manos constantemente, los alumnos contestatarios, lo peorcito del grupo, le arrebatan las riendas de manera grosera, sin que él sepa nunca hacer nada por evitarlo, le pueden, se cargan las clases, pisotean el derecho a la educación de sus compañeros... y de sí mismos. ¿Estará en esto último la razón de su incapacidad? Tal vez, y me voy a explicar. Viendo esta película como docente, me fijé en una cosa: la actitud del protagonista es exasperantemente servil hacia los malos alumnos: les ríe las gracias y es cortés con ellos aunque le traten como a un trapo, y además les da todo el protagonismo, incluso ninguneando a los que se portan bien (hay un par de escenas en las que esto es patente). ¿Será que en el fondo toda su pasividad se debe a que es un apóstol de la enseñanza? ¿Procederá su candidez de motivos ideológicos? ¿Será de los que piensan que es antipedagógico ponerles límites a chicos como Solimán y por eso le permite crecer hasta que ya se ha cargado el curso y es demasiado tarde para todos? Es posible. No olvidemos que ese profesor es trasunto del propio Bégaudeau y que el título original de su libro es Entre les murs. En mi larga carrera profesional, solo he tenido un colega que se refería a las clases usando la frase "entre estas cuatro paredes", y lo hacía de forma muy peyorativa: era un encarnizado enemigo de todo lo que fuera esfuerzo, exigencia, contenidos y disciplina. Un auténtico defensor del desastre que ahora nos preocupa, un desastre como el de La clase, que él iba sembrando con el mayor de los empeños. ¿Habrá sido Bégaudeau uno de los suyos? ¿Será La clase un descargo de conciencia? No lo sé, lo que sí sé es que he tenido muchos Solimanes y muchas Esmeraldas y desde el minuto uno les he dejado siempre claras algunas cosas muy sencillas: a clase se viene a aprender, en clase manda el profesor, en la clase no se montan follones, en la clase todos respetan a todos. No es tan difícil, basta con dejarnos de pseudopedagogías y entender que nos pagan por hacer que nuestros alumnos mejoren, no por permitir que se embrutezcan. Y os lo juro, con sola esa cartilla, todas las clases que he dado han sido clases y jamás he tenido una clase como La clase. Más aún: el día que tenga una, sabré que ha llegado el momento de que me retire a pescar truchas.





