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lunes, 12 de enero de 2026

Los curas musulmanes que tiranizan Irán se echan a temblar

     En el año 1979, Irán era un país oprimido por un terrorífico tirano llamado Muhammad Reza Pahleví, conocido mundialmente como el Shah (algo así como "rey") de Persia, un personaje de una egolatría que rozaba lo guiñolesco, hasta el punto de presentarse a sí mismo como el Shah a'an Shah, o sea, el Rey de Reyes, lo cual no le impedía encabezar un régimen sanguinario que perseguía, encarcelaba, torturaba y asesinaba a sus opositores; era trístemente célebre su policía política, la criminal Savak. La desesperación del pueblo iraní fue capitalizada por el clero musulmán de aquel gran país (1), que, liderado por el ayatollah Jomeini (2), prendió la llamada revolución islámica, un levantamiento generalizado que derrocó al régimen del shah. Lo que seguramente solo los más lúcidos iraníes previeron fue que el fruto de su heroica rebelión, que costó millares de vidas, lo que implantó fue una nueva tiranía, que yo sospecho que a estas alturas ya ha superado en crímenes y crueldad a la de Reza Pahleví: el régimen teocrático dominado por los ayatollas, o sea, los curas musulmanes de allí, que pertenecen a la rama chiita del islam, bautizado como República Islámica.

    Ciertamente, la República Islámica de Irán nació con muchos y potentes enemigos, tales como Estados Unidos, Israel, Arabia o el vecino y entonces poderoso Irak, por lo que sus comienzos fueron muy problemáticos, baste recordar que en 1980 Sadam Husein, el dictador iraquí, le declaró la guerra, funesta y estúpida ocurrencia que, aparte de la muerte y destrucción que sembró, terminó en 1988 en unas tablas más bien desfavorables para él y el principio de su caída en desgracia. Para el pérfido régimen iraní, la guerra fue un instrumento para enmascarar su desgobierno, la miseria de la que no había librado a su pueblo, su crueldad y su siniestro totalitarismo religioso. Una buena muestra de la crueldad fue la estrategia con que enfocó la contienda, al menos en sus principios. Como su aislamiento y la ruptura con EEUU (país del que el régimen del shah había sido fiel aliado) había perjudicado mucho a sus otrora poderosos recursos militares, utilizó a la población como arma, enviando a millares de infelices mal armados a una muerte segura, como recurso más útil para plantar cara a un enemigo entonces en posición ventajosa. Se les animaba diciéndoles que serían mártires de la revolución y del islam, con lo que su muerte sería una recompensa, y hasta circuló un detalle macabro, pero que me inclino a pensar que fue cierto: que se les daba una llave que sería con la que abrirían la puerta del paraíso (bella palabra de origen persa, por cierto) si caían en batalla.

    ¿Y qué iba pasando mientras lejos de los frentes? Pues que se sumió al país bajo las tenebrosas leyes de la teocracia fundamentalista, convirtiéndolo en una cárcel donde todo pensamiento, palabra u obra debía acomodarse a las ideas, los límites y la moral impuestos por las enfemizas mentes de los fanáticos religiosos que empezaron a tiranizarlo en cuanto se adueñaron del poder. Prohibieron toda idea política distinta a las suyas y, tras un breve simulacro de tolerante convivencia, persiguieron, encarcelaron o asesinaron incluso a los que habían sido aliados suyos para derrocar al shah; impusieron a todos la religión islámica y, por último y como consecuencia de lo anterior, los sometieron a su represiva moral, con extremos como la persecución y ejecución de los homosexuales o el arrinconamiento de las mujeres, privadas de derechos, convertidas en seres inferiores y dependientes, amenazadas por brutalidades como la ejecución de las adúlteras (con trato muy distinto al reservado a los adulteros) y humilladas poniéndoles trapos por encima, asunto en el que los tiranos han sido capaces de llegar a los criminales extremos que todos conocemos. Y, como guinda, dos armas criminales: el Ministerio de Orientación Islámica (sí: en Irán tienen un ministerio que se ocupa de que todos sean buenos musulmanes y la mujeres no se quiten el velo) y los guardianes de la revolución o pasdarán (sí: en Irán hay una policía religiosa que se encarga de hacer cumplir las burradas que emanan de Orientación Islámica, y ojo, que sus penitencias llegan hasta el asesinato).

    Como todos sabemos, en los días que corren, entre los pasdarán, la policía y el ejército se están dedicando nuevamente a matar iraníes, ¡esa obcecación que tienen en no someterse a los curas! En el momento en que escribo, se habla de 500 muertos, pero las cifras no son fiables, porque los tiranos han cortado las vías de comunicación con el resto del mundo. Ante tan luctuosa tragedia, todos por aquí esperábamos que Ada Colau, Gretita, Barbi Gaza y la podemia organizasen una flotilla para detener aquello, y que les acompañase el Furor mandado por el Gobierno, pero esta vez ha hecho algo mucho más contundente, esta vez... ¡se ha pronunciado el mismísimo José Manuel Albares! Quien quiera saber en qué feroces términos, que pulse aquí:

¡Como vaya yo p'allá...!

    Entenderéis con esto que Jamenei, el resto del clero iraní, las ratas del ministerio de Orientación Islámica, los pasdarán y demás alimañas se hayan echado a temblar. ¡Qué contundencia! ¡Vaya condena flamígera! ¡Qué gestos, qué acusaciones! ¿Qué necesita Irán? "Que regresen a la mesa de negociación", es lo que está pidiendo el pueblo de Irán en estos momentos, lo dice bien claro Albares, lo de que dejen de matarlo a tiros, ya si acaso para más adelante. ¡Y qué cierre más adecuado!: allí se la están jugando y están muriendo hoy hombres, mujeres y, seguramente, niños, pero hay que felicitar especialmente a las mujeres por su valentía. La caricia en el lomo de las feministas (españolas, claro) no puede faltar, no vaya a ser que en el próximo consejo de ministros Ana Redondo se líe a dar gritos.

    Una vez más, El Gobierno español respondiendo a la altura esperada.


1. Su historia y su cultura son milenarias, por lo que atesora multitud de yacimientos, monumentos y producciones artísticas de diversas etapas. Su superficie es de 1.648.000 kilómetros cuadrados, es decir, más del triple que España y las tres cuartas partes de la hoy tan traída y llevada Groenlandia, y posee enormes riquezas minerales y naturales.

2. Seguramente los más jóvenes lectores de este artículo sabréis poco o nada de este personaje, pero ha sido uno de los más importantes (para mal) de la historia del mundo posterior a él. No fue el inventor del radicalismo islámico ni de la extensión de esta fe mediante la violencia (¡eso es viejísimo!), pero sí fue el que lo reorientó y le dio su cara actual, con los rasgo que más lo caracterizan: fundamentalismo (en la época de la que hablamos, esta palabra se aplicó mucho a sus posturas y las de sus seguidores) en los planteamientos doctrinales, exigencia de una práctica religiosa extrema, con castigos a los infractores, extensión universal del islam, rechazo de los regímenes políticos que no sean islamistas, a los que se debe combatir y derribar, si es necesario, mediante la violencia; de hecho, van mucho más lejos y también consideran enemigos y traidores al islam a los regímenes confesionales musulmanes que no alcancen su nivel de fervor, de donde procede su enemistad con países como Arabia o los restantes del Golfo Pérsico. Desde su triunfo en 1979, el jomeinismo abrió un nuevo prisma para todo musulmán que tuviera un sentido extremista de lo que debe ser el islam en el mundo, ya fueran sunníes o chiíes, y se convirtió en el gran modelo. Jomeini pasó a ser un ídolo desde Indonesia hasta Mauritania y no era raro ver retratos suyos colgados en las paredes de los hogares o las tiendas más humildes de cualquier país musulmán. La aspiración y el objetivo de todos los movimientos de criminales islamistas que surgieron después de él -Isis, Al Qaeda, Fis, Boko Haram, talibanes, Hamás...: incalculable la sangre que habrán llegado a verter- fue y es fundar en sus dominios repúblicas islámicas como la de Irán y, a más largo plazo, imponer su religión en todo el mundo.  

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