Veintiocho años han pasado entre Torrente, el brazo tonto de la ley (1998) y Torrente presidente (2026), y ese paradigma de la grosería, la suciedad, la caspa franquista y la incorrección política llamado José Luis Torrente sigue siendo el mismo. Está, lógicamente, más viejo, y ha perdido la lozanía que le daba aquella superioridad en kilos de la primera entrega, pero, en lo esencial, o sea, la mugre mental y física, el ecosistema delirante (Barragán, Cañita Brava y toda esa ilustre corte de subnormales), las gafas de poli macarra y la camisa de saldo y resudada, no ha evolucionado ni una micra: sigue siendo el mismo pitecantropo, y hasta le debe aún al dueño del bar las seis mil pesetas en whisky de aquellos lejanos tiempos. En conclusión: si usted se rio con el humor gamberro, irreverente y muy a menudo soez de aquel policía impresentable de 1998, tendrá razones sobradas para reírse también con el político impresentable de 2026. Si es de los que aborrecen a aquel, créame: esta no es su película. Le diré también que ya he hablado con algunos que no conocían a este campeón de la ordinariez, pero, atraídos por el eco que ha producido Torrente presidente, han ido a verla y, como mínimo, reconocen que se han reído bastante o mucho.
De las seis películas que componen la saga, yo he visto la primera, la segunda, la quinta y esta última, me negué a ver la tercera cuando me enteré de que comenzaba con una desafortunada escena que bromeaba con el terrorismo y vi una vez algo así como un cuarto de hora de la cuarta, unas escenas carcelarias bastante surrealistas y zafias, pero bastante graciosas también, porque nadie podrá negarle al señor Segura su dominio de la sátira y el esperpento, géneros de los que en Torrente presidente hay para dar y tomar. Digo todo esto por una cosa: creo que en esta sexta entrega el personaje se parece más que en ninguna otra al de la inicial, y lo digo por una razón: si con aquel capullo no podía ningún policía darse por ofendido porque era el antipolicía, con este de ahora tampoco podrá darse por ofendido ningún político ni ningún partido, porque es el antipolítico, una caricatura grotesca e hiperbólica. Así pues, he de decir que estoy en completo desacuerdo con eso que corre por ahí de que esta película es una feroz crítica a la actual política española: no hay nada de eso, aun con las evidentes semejanzas en nombres, logos, mensajes y hasta apariencia física de alguno que otro, por la sencilla razón de que no sacude a nadie en particular por sus pecados particulares, sino que se limita a ridiculizar a lo bestia los vicios políticos para hacernos reír. Esa es su humilde aspiración y su gran acierto.
Tampoco haga mucho caso a esos que la critican por su torpe construcción cinematográfica, por la sencilla razón de que me temo que Segura tampoco aspiraba al virtuosismo en las nobles reglas del Séptimo Arte, más aún cuando me temo que esto hubiera estorbado el logro que de verdad perseguía: que el espectador se riera a gusto y cuanto más, mejor, lo repito para no dejar dudas.
Esto es todo lo que tengo que decir acerca de una película que acabo de ver y con la que me he reído mucho; espero que sea útil tanto para aquellos a los que se la recomiendo como para esos a los que se la desaconsejo.
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