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martes, 23 de diciembre de 2025

Gallardo, Sánchez y el noble arte de dimitir

     Este artículo va a ser un apéndice del anterior, motivado por un hecho que tenía que ser consecuencia lógica de los resultados electorales del pasado domingo en Extremadura: la dimisión de Miguel Ángel Gallardo, cabeza de lista del PSOE, a causa de los desastrosos resultados obtenidos por su partido, que quedó segundo en la contienda, obtuvo un pobre 25'72% del voto y cosechó con ello un descenso de 14'18 puntos y diez diputados con respecto a la anterior consulta. Con unos logros como esos, en política decente, lo primero que tiene que hacer un cabeza de lista es dimitir, como finalmente ha hecho Gallardo y como parecen entender en toda la izquierda y en el PSOE, de manera perentoria en este caso, si nos fijamos en lo que dice un señor llamado Miguel Ángel Morales, presidente de la Diputación de Cáceres, ¡qué dureza la de este personaje!, lástima que la ejerza a toro pasado.

    Ahora bien, he hablado de política decente, cosa en la que no brilla Miguel Ángel Gallardo, que ha dimitido de sus cargos en el PSOE, pero conservará el acta de diputado, verdadera razón de que Sánchez lo colocara como cabeza de lista en esas elecciones contra viento y marea, con el fin de asegurarle el aforamiento ante el oscuro futuro judicial que le espera, motivado, recordemos, por su participación en el asunto del puesto de director de no sé qué concedido de forma irregular en Badajoz al hermano del presidente del Gobierno. Es muy necesario recalcar que esta turbia y vergonzosa aventura de la fallida colocación de David Sánchez es el origen del derrumbe actual del PSOE extremeño, así que, en el fondo, Pedro Sánchez es su máximo culpable. Llegados a este punto, no estará de más recordar dos consultas electorales en las que él mismo, con resultados peores que los de Gallardo el pasado domingo, hubiera debido dimitir y no lo hizo. La primera fueron las elecciones generales de 2015, en las que el PSOE obtuvo un miserable 22% del voto, con un descenso de 6'76 puntos y 20 dipuados. Un año más tarde tuvo lugar la segunda, pues en las elecciones de 2016 el PSOE, nuevamente encabezado por Sánchez, obtuvo un 22'63% del voto y solo ¡85 diputados!, su peor resultado en unas generales desde 1977. En definitiva, Gallardo ha sido en este capítulo más congruente y limpio que Pedro Sánchez, saquen ustedes sus conclusiones.

    En cualquiera de las dos ocasiones mencionadas, Pedro Sánchez debería haber dimitido, pero ya en la de 2016, en la que encadenó seguidos los dos peores desastres electorales de su partido desde 1977 y con el añadido de haber empeorado el ya pésimo resultado anterior, habría sido inexcusable. Inexcusable en política decente, claro, pero ya sabemos lo que es en materia de decencia Pedro Sánchez, un personaje que lo primero que encanalló fue su propio partido. Llevamos al menos una década padeciendo los resultados de su falta de decencia, pero el verdadero monto de la cuenta final no lo vamos a saber hasta que no le echemos, y me temo que va a ser escalofriante.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Fenómenos paranormales en Extremadura

     Terminaron pocas horas ha las elecciones autonómicas de Extremadura y los resultados no han hecho más que confirmar lo que los barruntos y las encuestas vaticinaban: el PP ha gando de calle, el PSOE ha recibido un severo correctivo y la podemia y Vox han experimentado una subida, cuantiosa en el caso de los de Abascal. Después de felicitar a María Guardiola y su partido por su rotunda victoria, a la que el hecho de no haber alcanzado la mayoría absoluta no resta méritos, paso a facilitaros los resultados, que esta vez he obtenido del diario "El País". Todas las cifras que vayan entre paréntesis serán las registradas en el correspondiente concepto en las elecciones extremeñas de 2023.

Partido y escaños

Votos

Porcentajes

Diferencia de votos

PP - 29 (28)

228.300 (236.235)

43’18 % (38’84 %)

 -7.935

PSOE - 18 (28)

136.017 (242. 659)

25’72% (39’9 %)

-106.678

Vox -11 (5)

89.360 (49.400)

16’9% (8’12 %)

+39.960

Podemia – 7 (4)

54.189 (36.379)

10’25% (5’98 %)

+17.810

     Se han emitido 539.251 votos y la abstención ha sido de un 37'26%, casi 10 puntos mayor que la registrada en la consulta de 2023, en la que los votos fueron 623.731, es decir, 84.480 más, que no son pocos, si se tiene en cuenta que el censo electoral extremeño oscila en torno a los 880.000 votantes.  Vayan por delante dos obviedades que firmaría el mismísimo Pero Grullo: que el PP debe gobernar en Extremadura y que el descalabro del PSOE se expande a esta formación en el conjunto nacional y alcanza de lleno a Pedro Sánchez. 

    En cuanto a los detalles, el primero que debemos valorar es la importante abstención y la considerable disminución de votantes con respecto a 2023 que arrastra, que es más o menos de un diez por ciento del censo. Un fenómeno así debe explicarse principalmente como cansancio del electorado, cosa de la que los partidos tienen la inexcusable obligación de estudiar las causas. Sin duda, una de ellas es la cercanía de las anteriores elecciones, pero tendrá que haber otras que sean responsabilidad de los políticos y, por su bien, deberían analizarlas y corregirlas. Para el PSOE la cosa no puede ser más sencilla: mucho tendrán que ver en esa abstención sus culebrones de los últimos tiempos, pero entraré en esto más adelante. ¿Qué pasa con el PP? Parece también bastante claro, porque en las elecciones las cifras no engañan, y, viéndolas, les están gritando a los peperos que no han ganado ellos, que no enamoran, porque, a pesar de la problemática situación extremeña de hoy, han sacado menos votos que en 2023 y su victoria es en realidad una derrota brutal que su adversario, el PSOE, se ha trabajado con esmero. Que no se duerma María Guardiola, porque estos resultados le están diciendo que no es que lo esté haciendo de maravilla. Estas mismas cifras, por contra, deberían llevar al optimismo a Vox y Unidas por Extremadura, aunque creo que hay matices distintos. La formación izquierdista debe sin discusión congratularse de su ascenso en votos y en escaños, pero no puede ignorar una obviedad: que, al ser el partido minoritario de la izquierda, se ha tenido que beneficiar del hundimiento del PSOE, y es el caso que, de la hemorragia de votos que este ha sufrido, el ascenso morado no representa ni el 17%, luego, si con unas condiciones tan favorables su pesca ha sido tan mediocre, lo mínimo que se podría decir es que la ultraizquierda extremeña tiene un techo más  bien bajito. Caso distinto es el de Vox, que casi duplica los votos obtenidos en 2023, y lo hace frente a una formación rival que está gobernando y no hace agua como el PSOE. Vox tiene motivos para creer que tiene mucho que ver en el estancamiento del PP, pero ¿debe de esto deducir que puede venirse arriba y apretarle las tuercas a María Guardiola a partir de mañana? ¡Qué gran satisfacción le daría esto a Pedro Sánchez! Repito lo que he dicho antes: el PP debería gobernar en Extremadura. Pero tendrá que hacerlo con el apoyo de Vox, lo que obliga a ambos a llegar a acuerdos. Si no lo hacen y caen en maximalismos que bloqueen a Extremadura, aparte de perjudicar a los extremeños, lo pagarán políticamente, y que tenga claro Vox que el palo más fuerte se lo llevarán ellos, porque en estas situaciones la ciudadanía siempre percibe que la parte minoritaria se ha dedicado a obstruir y chantajear. 

    Terminaré hablando de los fenómenos paranormales que dan título a este artículo: después del escándalo de David Sánchez y toda la porquería que está sacando a la luz, de las canalladas de Gallardo para agenciarse un aforamiento, de que a Pedro Sánchez le haya importado tan poco el PSOE extremeño que haya sido capaz de enviarlo al matadero poniendo como cabeza de lista a un imputado o de que se sigan haciendo auténticas gorrinadas con el puesto que se cocinó para el hermanísimo, ¡¡¡aún quedan en Extremadura 136.017 personas que han votado al PSOE!!!  ¡¡¡Y con ese gallardo señor como cabeza de lista!!!  No pueden ser de esta realidad, tienen que venir del más allá, de otra dimensión o de mundos muy lejanos. Los ovnis existen, y también las metarrealidades, está claro, una razón más para que el PP y Vox no se duerman, porque parece que el mundo de lo oculto se inclina a favor de Pedro Sánchez.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Relectura de "Tiempo de silencio"

     Empieza fuerte Tiempo de silencio. Recuerdo que la primera vez que la leí -con dieciocho años y en segundo curso de Filología-, ya desde el comienzo ni me enteraba de por dónde me venían, con ese bombardeo de cosas inconexas y diversas cuyo único denominador común es el foco del narrador-protagonista, que a la vez relata hechos en primera o  tercera persona (Sonaba el teléfono y he oído el timbre.), introduce los diálogos usando comillas en lugar de guiones, pero unas veces con verba dicendi (He dicho: "Amador") y otras sin ellos ("¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?"), o sirviéndose, como hace a continuación, del estilo indirecto libre (Sí, ya sé, ya, Se acabaron los ratones.). También aparece por ahí algo que no sé si será monólogo interior o hablar consigo mismo, como cuando, después de un nuevo vistazo por el microscopio, el personaje constata para sus adentros: "Claro, cancerosa". Y no falta la revelación de las reflexiones que lo que ocurre le suscita, el fluir de la conciencia, como en ese irónico ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca, espera que fructifiquen los cerebros y los ríos?, producto de la penuria que al protagonista, un joven investigador médico, le acarrea su lastimosa carencia de medios. Para los que hayáis leído la novela, excuso decir que todo este arsenal lo he sacado de la primera página, y ya antes de voltearla, en aquella primavera de 1976 en que calculo que lo hice cuando era un estudiante, sospeché que me estaba enfrentando a un buen reto.

    Y acerté: Tiempo de silencio, con sus doscientas cuarenta páginas amazacotadas (hablo de la 10ª edición, publicada por Seix Barral en 1974) y su elaboradísimo estilo, es una novela difícil y que exige mucha concentración al lector, pero es necesario recalcar que también tuvo que representar un reto para el escritor, un reto sin duda colosal, por su compleja estructura, la variedad de sus registros estilísticos y léxicos, su rico vocabulario y la a menudo intrincada sintaxis. Luis Martín Santos debió de ser un hombre de gran talento. Nació en 1924, y con veintitrés años era doctor en Medicina, con veintisiete dirigía el Sanatorio Psiquiátrico de San Sebastián y con treinta y ocho, en 1962, publicaba Tiempo de silencio: no es fácil conseguir tanto en tan poco tiempo, así que, aparte de la tragedia personal, su muerte en accidente de tráfico en 1964 representó una gran pérdida para la literatura española. Hay que reparar además en las fechas y las intenciones artísticas. Cuando se publicó, esta novela tuvo algo de revolucionaria para la narrativa española, porque era muy diferente a lo visto hasta entonces y sus procedimientos abrían caminos en gran parte nuevos y desconocidos. Esto fue otro reto vencido por su autor, que sin duda era muy consciente de la necesidad de renovación en nuestro lenguaje literario de entonces y lanzó su propia propuesta: Tiempo de silencio, pero esto no le salió de chiripa, sino que lo hizo de forma plenamente consciente, ahí está esa frase, ese mil veces citado "Hay que leer el Ulysses". No obstante, agarrémonos a la frasecita con precaución, porque está pueste en boca de Pedro, el protagonista, en una situación en la que por esa boca ya ha circulado bastante ginebra y él se permite unos "jueguecillos estéticos" para hacerse el enterado ante una jovencita guapa, interesada por la literatura y que ha leído a Proust. Hay ahí mucha ironía -uno de los recursos más presentes en la novela-, la suficiente como para que resulte temerario eso tan repetido de que Tiempo de silencio va tras las huellas de Ulises.   

    Porque, además, es verdad que la abundancia de referentes culturales o el construir la novela en torno a una especie de paseo por su microcosmos próximo está en ambas obras, pero eso, para empezar, no es privativo de ellas y, por otra parte, la intención de ambos paseos es muy distinta, por no hablar de otra semejanza: las referencias clásicas, las que más directamente enlazan con el mito homérico, que para Joyce son fundamentales, mientras que Martín Santos las coloca sobre todo en boca de Matías (amigo de Pedro), un buen muchacho y de una cultura -clásica en especial- admirable, pero también un redomado botarate, lo que interpreto como una punzante ironía de Martín Santos hacia el irlandés. Por dejar atrás esta cuestión, otra de las grandes diferencias entre ambas obras es que Ulises no saben muy bien lo que quiere decir ni lo que cuenta ni sus propios admiradores (lo que, a mi juicio, es su mayor defecto, si bien he de reconocer que para muchos es parte de lo que la convierte en una cumbre de la litertura universal), mientras que Tiempo de silencio puede interpretarse muy bien, lo que no significa ni de lejos que sea una obra simple, monolítica o unívoca, como facilmente puede desprenderse de todo lo que he dicho hasta aquí: muy al contrario, es bastante compleja.

    ¿Y qué nos cuenta Tiempo de silencio? El viaje homérico de Pedro, su protagonista, empieza por culpa de esas carencias de las que hablaba al principio: se ha quedado sin ratoncitos para sus investigaciones y no tiene presupuesto para más, pero ahí surge Amador, un subalterno apicarado de la institución en la que trabaja que le dice que un tal Muecas (uno que trabajó eventualmente en ese sitio) los cría Dios sabe cómo en su chabola (la acción transcurre en 1949). Joven e ingenuo como es, Pedro tiene la ocurrencia de irse a ver al Muecas para comprarle ratones, lo que constituye un error mucho más grande de lo que estáis imaginando quienes no hayáis leído la novela. Sobre el mundo cimentado en está columna vertebral, se van engarzando otros de los ambientes en los que Pedro se mueve, y con esta agregación construye Martín Santos el mosaico con que nos presenta la variopinta vida del Madrid de la época, con rincones resplandecientes y tenebrosos, tristes y alegres, sórdidos y dignos, pero con demasiada miseria y mediocridad envolviéndolo todo. Podríamos pensar que el título apunta hacia esto, y no estaríamos del todo equivocados, pero, para orientarnos mejor, finalizaré con una cita sacada de las páginas finales:

    La bomba no mata con el ruido sino con la radiación alfa que es (en sí) silenciosa, o con los rayos de deutones, o con los rayos gamma o con los rayos cósmicos, todos los cuales son más silenciosos que un garrotazo. También castran como los rayos X, pero yo, ya, total, para qué. Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Va traqueteando y no es un avión supersónico, de los que van por la estratosfera, en los que se hace un castillo de naipes sin vibraciones a veinte mil metros de altura. Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo.