miércoles, 30 de enero de 2019

Praxis educativa. 27: la fotocopia de exámenes para las familias

   Aparece hoy en el telediario de las 14:30 de Telemadrid una noticia en la que se nos informa de que en los centros educativos de la comunidad valenciana se implantará la obligación de entregar fotocopias de los exámenes a los padres que lo soliciten. Se pretende regular el procedimiento estableciendo trámites de petición por escrito, como sucede en otras comunidades donde esta norma ya funciona. La cuestión de si se debe o no entregar copias de los exámenes es asunto ya viejo que se movía en las aguas de la alegalidad, una alegalidad en realidad falsa, porque, mientras no hubiera una norma explícita que obligase al profesor a entregar fotocopias de los exámenes, existía de hecho una legalidad que establecía pura y simplemente eso: que no tenían por qué entregarlos y si lo hacían era por decisión propia (1). Y aquí es donde empiezan los conflictos, malentendidos, tensiones y abusos, que también los ha habido, como os conté hace tiempo en el artículo titulado El caso del examen desaparecido, un ejemplo paradigmático de conflicto con entrega de exámenes de por medio, paradigmático hasta en la lamentable actuación del director que participó en él, pues me consta que no es el único que ha hecho lo que hizo ese: decirle a la profesora la mentira de que estaba obligada por ley a un deber en realidad inexistente, y me consta porque durante años padecí yo mismo a un director que hasta en reuniones de profesores repitió muchas veces que teníamos la obligación legal de dar a los padres fotocopias de los exámenes, cuando no era cierto. Y no piense nadie que solo son estos dos: no me cansaré de repetir que a los profesores les conviene mucho conocer bien las leyes vigentes, no solo por profesionalidad, sino también por autoprotección.
   En la breve noticia de Telemadrid, se puede ver una muestra de diversas opiniones acerca de las ventajas e inconvenientes de dar fotocopias de los exámenes a los padres que lo soliciten. Se pregunta a siete personas: un importante representante sindical, que muestra reparos relacionados con la hipotética pretensión de juzgar al docente o con el desconocimiento de los criterios de evaluación por parte de los padres; un hombre que da toda la impresión de pertenecer al sector de las AMPAS, que señala que es un derecho de los padres y opina que genera reticencias entre los profesores, pero sus resultados serán beneficiosos; cuatro madres y un padre, que muestran posturas muy diversas, desde quienes aseguran que servirá para ayudar a sus hijos a corregir errores hasta quien declara que no se mete en la corrección, que eso es asunto de los docentes, pasando por alguien que con sinceridad concisa manifiesta que puede servir para posibles reclamaciones posteriores. Dejo para el final un testimonio de valiosísima elocuencia: el de una madre que, impostando la voz de su hijo, dice: "Mama, es que yo creo que me ha salido bien y, si tuviéramos la copia, pues podríamos haberlo corregido en casa". 
   En líneas generales, soy contrario a esta medida (luego explicaré por qué) y creo que, llevados bien y con buena fe por parte de  todos, los mecanismos de revisión de los exámenes hoy existentes -que son muchos y eficaces: aclaraciones en el aula en el momento de entregarlos, aclaraciones posteriores, más extensas y personales a cualquier alumno que lo solicite, explicaciones a los padres en visita de atención...- bastan y sobran para aclarar todo lo que haya que aclarar y que de ningún modo aclarará mejor la fotocopia de un examen revisada con lupa en la cocina, o con el primo que está en la universidad, o con el "profe" de la academia, por lo cual, aunque disguste a algunos, es difícilmente sostenible ese camelo de que el pedir copia de un examen no lleve implícita una de dos: o la desconfianza en el profesor, o la intención de poner en marcha una reclamación. O las dos. Ahora bien, la desconfianza en el profesor está hoy en día extendidísima y además ha sido siempre un gaje del oficio, por lo que hay que asumirla, sin olvidar que contra ella los docentes tenemos a nuestro alcance un escudo más duro que el acero: la solvencia profesional, que alcanzaremos con el dominio de nuestra materia y nuestro oficio. Y, en cuanto a lo de la reclamación... pues, naturalmente, es algo que no está en nuestra mano, pero insisto en esto: si se han hecho bien las cosas -recalco esto, porque los profesores también metemos la pata alguna que otra vez- no hay reclamación que deba quitarle a nadie el sueño. En consecuencia, y dado que es muy probable que este jueguecito de las fotocopias sea ya un camino sin retorno, lo que debemos hacer es afrontarlo con profesional tranquilidad, que empezará por un requisito: tener muy clara la normativa que lo regula, las condiciones en que deben darse las copias y las cosas que no pueden pedirse. Si bien lo miramos, el hecho de que se regule este capítulo tiene la ventaja de marcar un referente legal que nos obligará a todos, a los profesores por supuesto, pero también a padres, directivos e inspectores, y creedme que esto no es poca cosa (2). 
   Pero, aun así, sigo pensando que esto de las fotocopias de los exámenes no es una buena idea. Sometido a una normativa clara, me parece un derecho innegable, pero debería situarse en un momento posterior, para ser exactos, como uno de los trámites del proceso de reclamación formal, una vez iniciado este, concretamente, después de que el examen en cuestión ya haya sido revisado por el departamento y en el caso de que este lo califique de forma inapropiada a juicio del reclamante. Esto para mí tiene la indiscutible lógica que he mencionado ya antes: en realidad, por mucho comentario hipócrita que queramos echarle encima, cuando unos padres solicitan un examen es porque están ya en el territorio de la desconfianza y la reclamación. ¿Quién se cree eso de que se piden para revisar el examen con el niño, ver los fallos y así poder ayudarle? Eso es una falsedad siempre; volvamos a la respuesta de una madre que señalé arriba, que es muy reveladora. Empieza la señora: "Mama, es que yo creo que me ha salido bien..." ¡Esto es un clásico! De pequeño tenía amigos que lo utilizaban y no tengo más remedio que decir que eran los más asnos, porque quienes mejor saben quién es quién en cada grupo son los propios alumnos. ¿Qué nos hace pensar que hoy sea distinto? Puedo asegurar que el 95% de los padres que venían predispuestos contra mí (cosa que se nota desde el primer momento, incluso cuando te dan la mano con una sonrisa hipócrita) acudían soliviantados por las mentiras de unos hijos que ocultaban su falta de estudio bajo una montaña de falsedades sobre mi persona (no me pasaba solo a mí: se hace con todos los profesores). El primer problema era que sus padres les creían. El segundo problema surgía al ver los exámenes, que yo les mostraba siempre, aunque no me los pidieran, porque no hay testimonio más elocuente de lo que hace o deja de hacer un alumno. Y, en efecto, para los padres que no volvían los ojos a la realidad, resultaba de gran ayuda, pero explicados por mí, no interpretados por cualquiera y de cualquier manera, con resentimiento y vaya usted a saber dónde. Con estos padres era el fin de la historia: entendían lo que pasaba, me agradecían mi labor y tomaban las medidas oportunas. Pero siempre quedaba un grupito refractario, gente capaz de exculpar a sus hijos incluso ante un examen de dos y con respuestas en blanco. Estos eran los del segundo problema. El tercer problema podía adquirir muchas formas: resentimiento, rumores infundados, intriguillas de despacho o reclamación formal. Y aquí es donde vienen mis reticencias contra la entrega indiscriminada de fotocopias ANTES de reclamar: como hoy en día vivimos inmersos en la cultura de la queja y la reclamación, agudizada por el desprestigio de los profesores en determinados sectores sociales y el desprecio hacia ellos, mucha gente no tiene empacho en pedir revisión de exámenes hasta de contenidos sonrojantes, porque además nada pierde con ello; en estas condiciones, ¿qué obstáculo habrá para pedir fotocopias si este trámite adquiere la sencillez de un juego? Mucho me temo que, si esto no se enfoca bien, podemos llegar a un momento en que se acabe normalizando que, una vez corregidos los exámenes, los profesores entreguen directamente a cada alumno la correspondiente fotocopia para ir ganando tiempo. ¿De verdad queremos llegar a semejante esperpento? No niego el derecho de solicitar fotocopias de los exámenes, aunque me reitero en que, en los límites de la normalidad, no hacen falta para nada, pero, al menos, limítese a aquellos que estén dispuestos a llevar hasta el final el pulso de una reclamación, que no son tantos. Y, hablando de estos y de los que llegan al paso previo de la revisión de examen, que son algunos más: si no fuera materialmente imposible, me encantaría poder enseñar los exámenes para los que alguna vez se me pidió alguna de esas reconsideraciones. Valdrían los míos o los de cualquier profesor que haga algo tan común como cumplir con sus obligaciones y serían un excelente elemento de juicio para ayudar a entender no solo problemas como el fracaso escolar en nuestro país, los grises resultados en PISA u otros similares, sino también cuánto de exageración y de infundio hay en ese rasgarse las vestiduras de algunos por la supuesta vulneración de su derecho a revisar sus exámenes y que se les expliquen sus fallos.         

NOTAS
   (1) Como muy a menudo sucede, en este asunto la extensión del innovacionismo pedagógico allá por los años 70 marca un antes y un después, por lo que habrá que reconocer una vez más que los Movimientos de Renovación Pedagógica tuvieron algo de Nuevo Testamento, lo que da derecho a sus defensores y practicantes al merecido título de Apóstoles de la Idea del que unos en secreto y otros en voz alta se enorgullecen. Fue a partir de entonces cuando, entre los profesores -sobre todo, de EGB- que en mayor o menor grado creían en la Buena Nueva, se normalizó la innovadora costumbre de dar a los alumnos no ya copia de los exámenes, sino los exámenes mismos una vez corregidos. Sí, habéis leído bien: el mismo examen, y a todos los alumnos, sin necesidad de pedirlo. ¿Por qué lo hacían? Si he de creer lo que argumentaban compañeros míos a los que formulé esta pregunta, por una cuestión de transparencia y también para que los padres conocieran en tiempo real los rendimientos de sus hijos. Contraargumentaba yo que esa práctica suponía los peligros de que les modificasen los exámenes, los perdiesen, fingieran haberlos perdido o (lo más importante) diera la impresión de que el docente se sometía al visto bueno del padre, de que declinaba su condición de último responsable de la evaluación. Esto eran controversias de los años 80 y creo que el tiempo ha venido a darme la razón.
   (2) Cuando estaba bajo el inexistente amparo de aquel director que mentía diciéndonos que estábamos obligados a dar fotocopias de los exámenes, me sucedieron cosas como tener agrios encontronazos con padres que venían a pedírmelas sin tener derecho, o entrar cierta mañana de septiembre en el centro y encontrarme con un alumno que jamás había sacado más de un dos en mi asignatura y que había suspendido cinco las dos veces que había hecho 2º de ESO, el cual me recibía diciéndome: "Me han dicho mis padres que me tienes que dar una fotocopia del examen". Así, literalmente: mandar a un mocoso sin solvencia como portador de las órdenes destinadas a un profesor. En ambos casos, tenían el paraguas de la confusión creada por la dirección del centro. Tal vez la existencia de una norma evite estas grotescas situaciones.  

4 comentarios:

  1. Ya he dado mi opinión sobre esta iniciativa de la Comunidad Valenciana. Es un instrumento más de presión al profesorado para que dé aprobado general. ¿Quién va a querer copia de un examen aprobado? Que conste que la transparencia me parece bien, pero esta medida parte de la sospecha generalizada de que detrás de un profesor que suspende se esconde un malvado al que hay que investigar. El profesor que exige destroza las estadísticas, acaba con la felicidad del alumno y con su autoestima. ¡A por ellos, como en Paracuellos!

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    1. Sin duda, porque representa diluir los cauces existentes para la reclamación formal, que algo de orden ponen y algo protegen. El asunto es que, en determinadas situaciones, la persona que desee tener fotocopia de un examen tiene derecho a que se le dé, pero creo que todos -padres, profesores, Administración- estamos obligados a ser serios, sinceros, realistas y respetuosos con los demás y con la actividad común. Por eso insisto en desenmascarar ese embuste de que se piden las fotocopias con la angelical finalidad de ver los fallos cometidos por el niño y ayudarle a superarlos. Es una mentira tan absurda que ofende a la inteligencia: los padres que de verdad van al centro a ver los fallos para corregirlos (que son muchos) lo que hacen es ir a hablar con el profesor, por la meridiana razón de que es el que enseña, el que pone los exámenes y el que los corrige, así que es el más indicado cuando de lo que se trata es de aclarar, de orientar y de colaborar: por eso he insistido tanto en que, existiendo como existe y se practica sin inconvenientes la vía de aclaración mediante consulta directa con el profesor, no ofrece ninguna ventaja lo de las fotocopias. ¿A dónde llegamos con esto? A que estas solo sirven cuando se desconfía y se quiere reclamar. Todo el mundo tiene derecho a ello, pero no disfracemos la verdad ni mareemos a la gente Por tanto, si la fotocopia es en realidad un elemento para la reclamación, lo razonable es que su petición y entrega se regulen dentro de los procedimientos de reclamación y no alegremente y porque sí. Creo que son unos auténticos hipócritas quienes niegan que detrás de una petición de fotocopia haya desconfianza, propósito de reclamar o ambas cosas, por la explicación que he dado arriba, de manera que es injusto y jugar sucio negarlo y venir con monsergas. Mal empezamos si venimos defendiendo los derechos con tergiversaciones y mentiras, porque esas tergiversaciones y mentiras están dañando los derechos de los demás. Solo ha habido dos veces en que unos padres han pedido fotocopias de exámenes míos: una era para simplemente reclamar (con todo el derecho, pero con nulas opciones) y otra procedía de unos padres que buscaban en realidad y sin exagerar poner mi cabeza en una bandeja (fueron por lana y salieron trasquilados, por cierto). Tengo otra experiencia muy curiosa: la de una "compañera", una profesora de orientación que me pidió ver los exámenes de unas niñas a las que yo daba clase y ella prestaba apoyo. Me dijo que era "para ver dónde habían fallado y así ayudarlas". Se los di muy escamado y, haciendo buenas mis sospechas, un par de días después me llamó para intercambiar impresiones y, a los dos minutos, estaba diciéndome cómo tenía que corregir. Resultado: le dije que ella no estaba ahí para eso, le quité los exámenes y le comuniqué que eran los primeros y los últimos que le daba. ¡Y es que tenemos por ahí cada colega...! Como ves, se cumple el guion: pedir los exámenes para ayudar y usarlos para apuñalar. En esta anécdota aparece, por cierto, un elemento del que no se ha hablado y es importante, porque los profesores también tienen derechos, y uno de ellos es a preservar su dignidad profesional: no puede ser eso de que venga cualquiera a corregirle en lo que es su oficio; si se ha hecho acreedor a ello, tendrán que hacerlo personas u órganos indicados y siguiendo unos cauces apropiados.

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  2. Esa es la cuestión clave: la dignidad del profesor, su profesionalidad, el respeto a sus competencias. Tanto que han hablado algunos de la autoridad del profesor y en la práctica es obvio que la pedagogía contemporánea pretende jibarizar al profesor, ningunearlo y negarle sus atribuciones profesionales. La opinión profesional de un profesor sobre los conocimientos de sus alumnos ya no vale nada. Con actitudes como estas se está destruyendo la profesión y degradándola hasta unos niveles insoportables.

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    1. Ese propósito es ya viejo. Lo practican políticos, pedagogos, asociaciones de padres (sus cúpulas, más bien, porque dentro hay cierta diversidad) y los medios de comunicación, con la penosa complicidad de algunos profesores y el sindicalismo progresista. Ahora bien: el uso torcido de esto de las fotocopias lo podrían frustrar los profesores con una actitud de firmeza en hacerlas inservibles: si los cada vez más abundantes abonados a la picaresca viesen que les resultaban inútiles, acabarían criando telarañas. Pero hay que estar dispuesto a plantarse, está claro.

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