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sábado, 18 de abril de 2026

Ofidios

     El sábado pasado, caminando por una senda entre árboles en el Soto de Viñuelas, se me cruzó a un par de metros una culebra bastarda de alrededor de un metro, y hace cuatro días, paseaba por el camino del Zahurdón, que está por Colmenar Viejo, cuando me topé con una víbora que podría tener un grosor de un dedo y entre 30 y 40 centímetros de longitud, no lo podría decir bien, porque no estaba extendida, sino haciendo siete u ocho curvaturas. Yacía tan inmóvil que dudé si estaría viva o muerta, así que la toqué muy ligeramente con un palo, y entonces se puso en movimiento y, mientras se alejaba, me obsequió con una exhibición de su lengua bífida. Lo que hacía hasta que llegué yo a importunarla era tomar el sol, una costumbre bastante habitual entre las serpientes, que a menudo lo hacen en medio de caminos e incluso carreteras, con grave riesgo para su existencia, y esto sí que puedo asegurarlo, porque, hará dos o tres años, en ese mismo camino, solo que a un par de kilómetros, me encontré con otra víbora plantada en medio, pero esta estaba muerta y bien muerta, ya que incluso se le veían las tripas fuera, sin duda debió de atropellarla alguno de los poquísimos vehículos autorizados a circular por allí.

    El día que paseaba por el Soto de Viñuelas, intercambié saludos con un ciclista que me dijo que tuviera cuidado, porque había muchas culebras, de donde deduzco que él debió de ver más de una; uniendo unas cosas y otras, hay razones para pensar que este va a ser un año culebrero, como tengo observado que ocurre después de inviernos o primaveras muy lluviosas, tómese esto como un aviso a caminantes.

 


 

Víbora

    Aparte de los dos ya mencionados, he tenido algunos otros encuentros con víboras. El primero fue hace ya mucho, cuando tenía quince años. Estaba en Velilla de Ebro (Zaragoza) visitando a mi abuela y se me ocurrió una tarde ir a fisgar por un pajar que tenía al otro lado de la calle. Me subí a una valla para inspeccionar el tejado y me dio por levantar una teja que se movía, debajo de la cual me topé con una víbora medio aletargada. Volví a poner la teja en su sitio y me largué de allí. Otra vez, hará unos quince años, paseaba por la Pedriza con unos amigos y vimos a un chico en cuclillas en medio de la carretera; cuando nos acercamos, averiguamos por qué: estaba observando una víbora de las dimensiones de la primera de la que os he hablado, que iba lentamente alejándose de él. Hace dos o tres años, en un pueblo de Segovia llamado Prádena, pasamos a casa de un amigo y nos enseñó una víbora que acababa de descubrir en su jardín (creo recordar que la había metido en un barreño). No sabía muy bien qué hacer con ella, pero me parece que al final la soltó en el monte, lejos del pueblo. Hará unos veinte años, paseando por un bonito camino entre montes y tierras cultivadas cercano a Sigüenza (Guadalajara), vimos una en la cercanía de una fuente. He dejado esta para el final porque, aquel día, un amigo que era de por allí nos contó una triste historia que había ocurrido en los años sesenta. Un grupo de personas que estaba trabajando por aquellos campos, paró a descansar después de comer. Entre ellos había un joven de unos veinte años que se acostó debajo de un árbol y tuvo la inmensa mala suerte de que por allí anduviera una víbora, que le mordió en el cuello y lo mató. Atrasados años sesenta, zona mal comunicada, muy lejos del hospital más próximo, mordedura en un punto muy delicado...: aquel pobre chico no tuvo salvación posible, pero, aun sin esas condiciones tan adversas, las víboras son unos animales peligrosísimos y que pueden matar fácilmente. En la actualidad, en muchos centros médicos se dispone de antídotos, pero hay que tener mucho cuidado si nos encontramos con una, cosa que, como habréis visto, no es difícil, pues las hay en toda España y su interacción con humanos no es rara: caminos, fuentes, zonas de cultivo, pajares y hasta jardines: no están tan lejos de nosotros.

 



Culebra bastarda

    Tampoco con las culebras bastardas ha sido este mi primer encuentro. Hará unos treinta años, fuimos  con unos amigos a pasar un día de campo por un paraje de sierra de la provincia de Ávila. El sitio era muy bonito, con un río de esos de montaña y una poza muy profunda a la que te podías tirar desde una roca de unos dos metros. Mi hijo, que tendría entonces ocho o nueve años, se pasó todo el tiempo explorando la zona, especialmente, la orilla del río y, como a las cinco de la tarde, se me acercó y me dijo que había visto una culebra dentro del agua. Me llevó al sitio y allí la teníamos: posada en el suelo cerca de la orilla y con la cabeza erguida, dejando verticales unos quince o veinte centímetros, en posición claramente defensiva. Arqueé el brazo derecho haciendo un rodeo, la cogí por un lado y la saqué del agua agarrada con la mano. Debía de medir como un metro y tendría entre cinco y siete centímetros de grosor, era muy parecida a la que vi el sábado pasado. Se retorcía y se movía con una fuerza inesperada y no tarde en llevármela a un lugar alejado y soltarla. Media hora más tarde, nos fuimos a dar un paseo y se nos cruzó por el camino otra igual. Le eché encima de la cabeza una funda de prismáticos que llevaba y también la cacé y la solté al poco rato. Entre los presentes, se suscitó una discusión acerca de la clase de culebra que era, lo que me llevó a buscar cuando volví a casa, y, después de mucho mirar libros y guías -aún no tenía internet-, llegué a la conclusión, creo que acertada, de que era una culebra bastarda, que es también una especie muy común en España. Aclaro: ese fue el único día de mi vida en que cacé culebras a mano, nunca antes ni nunca después he hecho tal disparate.

    También creo que era una culebra bastarda, a juzgar por el hecho de que en Wikipedia dicen que es la mayor de las existentes en España y aun en Europa, ya que puede alcanzar los 2'55 metros, la más grande que he visto por ahí en libertad. Un día, yendo de La Roda a Ruidera, al llegar a Munera, un pueblo que está a medio camino, vi desde el coche una que me impresionó por su enorme tamaño, que pienso que alcanzaba y tal vez superaba los dos metros, y no fue una alucinación mía, puesto que mi mujer, que iba a mi lado, también la vio y también se quedó muy sorprendida. El sitio exacto en que la vimos fue una explanada sin cultivar que había junto a la carretera, donde había montículos naturales y también montones de escombros, un lugar donde seguro que hay muchos conejos y quizás también otros roedores más antipáticos, que serían la explicación del descomunal tamaño de aquel animal que vi. Fue una lástima que no hubiera un sitio donde aparcar, porque me hubiera gustado bajar y observarla de cerca y con tranquilidad. También con esta pudo cruzarse cualquiera que hubiese ido por allí a pasear o tirar escombros, o de camino a los cercanos cultivos, pues el paraje en que la vi debía de estar a unos trescientos metros del pueblo. No son bichos exóticos las serpientes, los tenemos al lado nuestro, sin necesidad de ser un misterioso y selvático país tropical.

    

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