martes, 31 de enero de 2017

"La tarima vacía", de Javier Orrico

   Desde que se implantó la LOGSE, en España nos ha tocado padecer un sistema que impulsa el empobrecimiento de los programas, la falta de estudio y el desprecio al profesor, y a la vez favorece a sus insidiosos aliados, esa legión de "innovadores" que, bajo distintos uniformes y tanto desde dentro como desde fuera de los centros, se dedican a torpedear la enseñanza con propuestas que fomentan el colegueo, la tontuna, el vaciado de los programas, el aprobado regalado y otras pestes que nos torturan. Entre las voces más señaladas que se han alzado contra este despropósito, se encuentra la de Javier Orrico, que acaba de publicar La tarima vacía (editorial Alegoría), un ensayo que hace un exhaustivo análisis de las deficiencias del sistema, así como de sus causas y su evolución histórica, a la vez que señala cuáles son los caminos apropiados para un buen ejercicio de la enseñanza.
   Aparte de los males ya mencionados, Orrico reflexiona también sobre la desacertada gestión política, los nefastos resultados de la cesión de competencias educativas, los abusos y discriminaciones perpetrados por los nacionalistas, la concienzuda destrucción de la figura del profesor y la usurpación del control del rumbo de la enseñanza que, especialmente mediante el recurso de adueñarse de los másteres de formación del profesorado, han llevado a cabo los piscopedagogos, con el beneplácito o la pasividad cómplice de los gobernantes. Como antídoto para estas penalidades, Orrico propone medicinas tales como el prestigiar el conocimiento, el esfuerzo y  la excelencia, el reforzar la autoridad del profesor, que debe ser un referente por el dominio de su materia, es decir por su sabiduría -ya que la enseñanza es sobre todo transmisión de conocimiento- y la consecuente atracción por el saber que todo esto ha de generar, porque, como nadie puede discutir -y esta apreciación es mía, pero me parece que él también la suscribiría-, si no se lo somete al trato vejatorio que hoy en día sufre en algunas aulas, el saber es una cosa que atesora por sí misma un gran interés. Hacia el final del libro y dentro de este marco, hace Orrico unas reflexiones sobre la literatura y las nuevas tecnologías que arrojan mucha luz sobre el papel de ambas en la enseñanza.
    Todo esto se presenta con apasionamiento, un apasionamiento que adivino que procede del amor de Orrico hacia esas cosas que valora, tales como la educación o la literatura, y también de haber sufrido sobre su propio pellejo las dentelladas de mucho tiburón, de tanto comisario lingüístico o petimetre burocrático defensor de dogmas pedagógicos como por desgracia anda suelto hoy en día por ahí. Quiero terminar esta reseña con dos citas sacadas del libro, que traigo aquí porque me han gustado y porque me parece que reflejan bien el espíritu de esta obra. Están ambas en la página 217, aquí las tenéis:

   Creo que lo más importante que debe hacer un sistema de enseñanza es no estandarizar el trabajo de los profesores, no forzarlos contra su naturaleza y su capacidad, no hay un método para todos, ni las disciplinas pueden equipararse. El uso de las TIC no puede implantarse como nueva verdad revelada, porque terminará haciendo un estropicio. Lo que puede resultar muy provechoso para enseñar Biología o Física, no lo es necesariamente para la Literatura o la Filosofía.

   El principio esencial, no solo para la libertad, sino para la eficacia del profesor, es la libertad de cátedra. La libertad de elegir un método y de transmitir aquello -siempre insuficiente, siempre limitado- que ha conseguido aprender tras mucho esfuerzo. Porque la herramienta principal del profesor no es otra que él mismo. Un profesor es un modelo, no deberíamos olvidarlo. A un profesor hay que respetarle su autonomía y demandarle resultados. Y en España estamos haciendo exactamente lo contrario: uniformar, clonar, someter las diferencias, implantar métodos "infalibles", diseñados por pedagogos que nunca pisaron una clase, y obviar los resultados, eliminar las pruebas externas, las reválidas verdaderas que pondrían a cada uno en su sitio.

                              Comparto al cien por cien estas afirmaciones.

 
   
   

10 comentarios:

  1. No puedo más que coincidir. He visto varios vídeos de la presentación del libro, que quiero leerlo en breve. Y están en la misma línea de su obra anterior, La enseñanza destruida y de los artículos que escribe en su blog y los que mandó a Deseducativos. Orrico es un referente más en la contestación a la pedagogía oficial.

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    1. Así es, Mariano. Se merece todo nuestro apoyo.

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    2. Un jabato. El libro es excelente.

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    3. Yo se lo he pasado al compañero que se encarga de la biblioteca de mi centro para que vea qué le parece y si lo compra. Con este protocolo, el tuyo y el de Ricardo están ya en la biblioteca desde que salieron (y se les hizo publicidad). Hay que airear las cosas que se escriben.

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  2. En ello laboramos. Hace un par de años, estuvo durante un buen montón de días clavado en un tablón de la clase de profesores un artículo de la señora Acaso. Estuvo tantos días -varios meses-, que acabé quitándolo yo mismo, ya que parecía que la persona que lo puso pensaba que ese era el sitio a perpetuidad de las estupideces de doña María. En ese mismo sitio, puse después un collage con las portadas de vuestros libros, más unas líneas de información sobre ellos y el aviso de que estaban en la biblioteca, solo que yo fui más prudente y lo quité yo mismo un par de meses después. Es posible que lleve más libros; si hay biblioteca del pedagogismo, también debe haberla del antipedagogismo; ¿la habrá en muchos centros?

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Debiste quitarlo antes. Acaso acaso se hubiera molestado, ya que defiende la caducidad de los saberes. Y cualquiera entiende que, si los saberes, caducan un artículo mucho más. "Tiempos cambiantes", lo llaman.

      [He eliminado el anterior comentario porque sobraba una coma. Y no están los tiempos para regalar nada]

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    3. Se me ocurre una objeción importante: dado que lo de Acaso son sin duda no-saberes, ¿caducan los no-saberes?

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    4. Para responder a esa pregunta tendría que hacer antes un cursillo de Pedagogía Blanca. Ahora mismo no me siento capacitado.

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