jueves, 13 de junio de 2013

Praxis educativa. 1: presentación

   Supongo que con eso de "praxis" ya me habré ganado la suspicacia de unos cuantos, así que, haciendo uso del añejo y acertado tópico de la captación de la benevolencia, comenzaré mi discurso explicándome, pero solo un poquito, porque me consta que, últimamente, a las siete líneas ya os echáis a roncar.
   Llega el final de curso y, como me sucede a menudo en los principios y finales, me pongo filósofo y me entran las ganas de hacer balance de lo hecho y lo visto y de sus implicaciones en el devenir general de nuestra enseñanza. Este prurito, en los años más conflictivos o con más episodios preocupantes, se convierte en furor, con lo que las ganas fructifican en balances y reflexiones efectivas. Como se da la circunstancia de que este curso ha sido rico en episodios preocupantes, me he decidido a castigaros con una serie de  reflexiones sobre la educación a las que daré el título colectivo de Praxis educativa y procuraré administrar en píldoras lo más ligeras posibles.
   Os explicaré ahora por qué he elegido esa palabreja: praxis. Sé muy bien lo venida a menos que anda, y todo por culpa de aquella pujanza de que gozó en los años 70 y primeros 80, en los que los ideólogos rojeras y los líderes asamblearios de izquierdas (mayormente, de barba y melena) la usaban a destajo como argamasa de sus propuestas, hasta que, con el posterior desprestigio de sus emisores, la palabra también cayó en desgracia. Recuerdo incluso que, en El jinete polaco, incluye Antonio Muñoz Molina un personaje un tanto patético, un profesor al que apodaban precisamente el Praxis, por lo mucho que introducía la palabrita en sus soflamas revolucionarias en plena clase, palabras a las que ponían seriamente en cuestión sus actos, básicamente, uno: el andar acostándose con sus alumnas adolescentes, a las que seducía  y engañaba con una serie de halagos que encubrían sus verdaderos y muy materiales intereses.
    Pero no es por eso por lo que la uso, sino por la sencilla razón que ahora veréis. En los últimos tiempos, por aquello de que se propone nueva ley, se ha desatado un debate educativo en torno a grandes principios y planteamientos. El debate es el más pobre que he visto en los treinta años que llevo en la enseñanza, porque los argumentos que se usan son más bien rígidos dogmas, porque se dejan de lado multitud de aspectos que afectan al mundo educativo y porque las partes atrincheradas lo que exponen son más bien auténticos morterazos de frente bélico, es decir, monótonos monólogos en los que machacan con lo que les interesa y excluyen todo aquello que no quieren ver. Y todos ellos, curiosamente, ya sean logseros defensores de la enseñanza supuestamente progresista que hoy padecemos o lomceros valedores de un cambio con más grietas que el Sahel en sequía, se olvidan de una cosa: de los hechos reales del día a día educativo, es decir, de la praxis. ¿Por qué? Porque eso a ellos les trae al pairo, mejor dicho: les molesta. Lo que está matando a nuestra enseñanza son una serie de hábitos dañinos muy arraigados en la praxis eductiva cotidiana, tales como la excesiva complacencia con los padres, la arbitrariedad de inspectores y directores muy a menudo a favor de los caprichos más insostenibles, la vergonzante  e inconfesada persecución de los buenos porcentajes de aprobados a base de lo que sea, incluido y muy especialmente el falsificarlos con aprobados regalados, la burocratización (que ha pasado de inútil a inquisitorial), la cada vez más extendida conversión del profesor en sospechoso habitual, su desprotección, su vergonzoso y humillante ninguneo, el mayor que recuerdo haber visto nunca, con las consiguientes desmoralización y pérdida de ese prestigio necesario para la transmisión del saber (¿cómo van a creer los alumnos en personas de las que saben que a la más mínima alguien puede convertir en peleles?), la imparable extensión entre el profesorado de la terrible palabra desilusión... Todas estas cosas forman parte del día a día de la vida escolar, de su praxis, vamos, y son potenciadas por los poderes políticos de todo signo gobernantes en España, ya sean del PSOE, del PP o nacionalistas, ya que se ajustan mucho a su sentido clientelar de la enseñanza, que concede una nula importancia a la verdadera educación. Y ojo, que, por lo que veo (y he visto mucho) en los planteamientos de otros colectivos, tales como UPyD (plagados de incumplimientos sin haber siquiera llegado a tocar poder) o el 15-M (plagados de las perniciosas memeces buenistas del pedagogismo, que ya han demostrado su peligro), lo que podrían ofrecer no entusiasma.
   En fin, de esto es de lo que voy a hablar: de los graves problemas concretos que padece la realidad educativa, esos que de verdad están matando a nuestra enseñanza, esos de los que no hablan ni Wert, ni Rubalcaba, ni los partidos políticos así enanitos ni (¡ya te vale!) los señores de la marea verde.
   ¿Y decía yo que iba a explicarme solo un poquito? ¡No tengo arreglo! Juro que en los próximos artículos procuraré ser más breve.   

2 comentarios:

  1. “Lo que está matando a nuestra enseñanza…”, y a nuestra sociedad en general, Pablo, es la excesiva tolerancia, complacencia y permisividad que, lejos de promover las libertades, lima los derechos de los ciudadanos de bien, que resultan desprotegidos y humillados. Parece que haya desaparecido el principio de autoridad y que fueran proscritas las mínimas normas de urbanidad, palabras de gran contenido que a algunos les pueden sonar retrógradas, pero que simbolizan lo contrario, pues son bases de la libertad y del progreso. Hay cada vez más niños (algunos de más de treinta años) caprichosos, a los se les permite todo, que campean a su albedrío y enarbolan la negra bandera del “hago lo que quiero”, no de una necesaria y sana rebeldía, maleducados hasta decir basta, amparados por un estado garantista que ha perdido el norte. El fracaso educativo es preocupante, y la formación cívica para echarse a llorar. El presente lo veo desmadrado y el futuro próximo demasiado turbio. Tenemos un gran problema humano. ¡Lo que pudimos haber sido y a dónde hemos llegado!…

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  2. Lo suscribo al cien por cien, Pepe, y, como ya lo has dicho tú de una manera impecable, no tengo nada que añadir. Son problemas gordísimos y es una desilusión gordísima. Algún episodio de los que pienso contar toca muy de cerca estas cosas.

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