jueves, 10 de marzo de 2016

El señor de Buil. 2: el relato


   
   El género de terror siempre me ha resultado atractivo. Empecé a abordarlo con "El molino de La Barbolla" (que fue lo primero que escribí) y luego repetí en "El ángulo oscuro", mis dos novelas juveniles. Tiempo después, me propuse tratarlo nuevamente, pero pensando en un lector adulto. Para los que os preguntéis dónde puede estar la diferencia, diré que la composición de narraciones de terror pensadas para adultos y no para jóvenes te da más libertad en aspectos como el planteamiento de cuestiones filosóficas o religiosas, el manejo de la crueldad y la violencia, el tratamiento de temas duros o espinosos, la presencia de sexo o la felicidad o infelicidad de los finales.
    En lo referido a las cuestiones filosófico-religiosas, para quienes piensan que el terror es un género de segunda categoría, esto parecerá de chiste, pero conviene que no nos engañemos, porque en muchísimas historias de terror se hallan como fondo reflexiones muy serias sobre la condición humana, el bien, el mal o lo que hay más allá de la vida. Sin ir más lejos, "Drácula", novela a la que pocos negarán ya la condición de obra maestra, se entiende mal si no vemos en ella una guerra entre el bien y el mal, entre las fuerzas de Dios y las del infierno. Quien haya tratado alguna vez con las editoriales de juvenil, sabrá que este tipo de cosas constituyen cada vez más un estorbo si pretendes que te hagan caso, mientras que nunca son obstáculo en un libro adulto, o no deberían serlo. En cuanto a los finales no felices, lo tienen francamente complicado si se quiere publicar un libro juvenil, cosa que no deja de se lógica, pero, las cosas como son, dados los líos en que se meten los personajes de las historias de terror, con muchas de ellas, el empeñarse en ponerles un final feliz es empeñarse en cargárselas. Dejo para el final el lote surtido que incluye crueldad, violencia, temas duros y sexo: muchos me diréis que nuestros jóvenes tienen eso a su alcance y ante sí las 24 horas del día, y no lo niego, pero vuelvo a lo de antes: si queréis que una editorial de juvenil os publique una novela, ya podéis ser muy mirados con estos aspectos, cosa que me parece muy razonable, aunque a veces creo que se pasan, más por temor a una mala acogida de padres o educadores que por mojigatería.
    Pero, en definitva, cuando escribí "El señor de Buil" pude liberarme de todas esas restricciones, lo que no quiere decir que me las saltara (el sexo, por ejemplo, está ausente por completo), sino que dejaron de ser un estorbo, lo que no es poco. Esta historia forma colección con otras dos de extensión algo menor, o sea, que las tres pertenecen a ese género tan indefinido que hasta existe desacuerdo en su identidad, pues hay quien lo llama relato largo y otros lo consideran novela corta; si os digo la verdad, yo la consideraba un relato largo, pero con ella he ganado un concurso de novela corta, cosas de la vida. El aspecto formal lo cuidé mucho en los tres relatos; por ejemplo, "El señor de Buil", con el fin de darle apariencia de realidad, lo compuse siguiendo la vieja técnica del manuscrito antiguo y misterioso que llega por casualidad a manos de alguien, y a su vez ese manuscrito está incluido en un relato marco, el de ese alguien contándonos a los lectores actuales cómo lo encontró. Sí, ya lo sé: no es ninguna novedad, pero creo que funcionó.
   Quizás es más novedoso el aspecto temático. En "El señor de Buil" nos vamos a encontrar a algún que otro viejo conocido de la literatura gótica, más iglesias en penumbra, ratas repugnantes, el bien, el mal, castillos misteriosos, la Inquisición, curas buenos y malos, horror en la soledad silenciosa, caballos negros...: lo de siempre, vamos, pero con algún ingrediente de mi cosecha que creo que lo hace original. Y lo que sí os garantizo es una cosa: da mucho miedo.     

4 comentarios:

  1. No está a la venta. La edición que se hizo fue paa las bibliotecas del Principado de Asturias y algunos se e dieron a mí. Intentaré ver si alguna editorial se anima.

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  2. Entendido. Un abrazo y enhorabuena otra vez.

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