martes, 17 de noviembre de 2015

Un lance que no se merece una placa

   
   A través de una breve noticia de ABC, me entero de que en la madrileña plaza de San Martín, pegada a la de las Descalzas, se encuentra la placa que veis en la imagen, la cual deja constancia de que en ese lugar, en el año 1611, el escritor Francisco de Quevedo asestó una estocada mortal a un adversario.
   Al parecer, el hecho ocurrió el Jueves Santo de aquel año. Estando Quevedo en la iglesia de San Ginés, un hombre dio una bofetada a una mujer. Quevedo intervino en defensa de la dama y el suceso se fue complicando hasta llegar al final que recuerda la placa. Por lo que se cuenta aquí, Quevedo se vio obligado a huir de España por este lance. También nos enteramos de que el oficio al que asistían los participantes en el suceso era el dedicado al Amor Fraterno, curiosa manera de practicarlo y honrarlo la del genial poeta y la de su desdichado contrincante. 
   Como señala la noticia de ABC, en aquella época era fácil que un incidente de estas características terminase tan dramáticamente, pero también hemos visto que, incluso en el XVII, la conducta de Quevedo, aun siendo quien era, debió de considerarse desaforada, lo que le obligó a convertirse en prófugo. No cabe duda de que, tanto en aquella época como en esta, pegar a una mujer es un acto abominable, pero tampoco la hay de que acabar llegando a matar a un hombre por ello es un exceso más abominable aún. Siendo esto así, me parece aberrante e incluso una humillación para la víctima que la memoria de este suceso haya sido perpetuada mediante una placa, y más aún, si nos fijamos en su texto:
   En esta plaza 
hirió mortalmente 
FRANCISCO 
DE QUEVEDO 
a un caballero el
 Jueves Santo de 1611 
en defensa de 
una dama
   Por mucho que el autor de la estocada fuese una cumbre de nuestras letras, el hecho no deja de ser un acto criminal, por lo que es un contrasentido perpetuar su memoria en esos términos tan benévolos con el matador, que tienen toda la apariencia de ser la celebración de una hazaña. Y no lo es; no es en absoluto un hecho que deba celebrarse: ni añade gloria a su autor -sino que más bien se la resta de la mucha que obtuvo por sus méritos- ni resulta propio que en un país civilizado del siglo XXI las instituciones coloquen placas de dudosa sensibilidad y que parecen ser fruto de un sentido del honor acartonado y caduco. Quizás sería lo más sensato que el Ayuntamiento la quitase, ya pasaron los tiempos en que se aplaudían los duelos a espada.

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