martes, 24 de junio de 2014

Praxis educativa. 14: en el nombre del padre

   He de deciros que este curso, en su período regular, he acabado con 67 entrevistas con padres contadas y apuntadas, más unas cuantas que, con toda seguridad, he olividado apuntar. Esta cifra, aunque he sido tutor, me parece exagerada y síntoma de una serie de males que se perciben hoy en muchos institutos, entre ellos, el mío.
   Os he señalado ya en alguna ocasión que tengo comprobado -gracias, entre otras cosas, a las muchas veces que me he entrevistado con padres- que el diálogo con ellos es necesario y beneficioso para la educación de los alumnos, ya que muchos problemas se resuelven al intercambiar información desde distintas perspectivas y, a menudo, los consejos que los profesores les damos acaban siendo útiles. Otra cosa que tengo comprobada es que los padres tienen una leyenda negra entre el profesorado; con frecuencia, oigo a colegas clamar contra ellos, en general, después de haber tenido algún encuentro que no ha brillado por la cordialidad, pero, nuevamente desde la experiencia, si he de juzgar a partir del número de entrevistas desagradables que he tenido, puedo afirmar que los padres conflictivos, groseros o que aparecen con pretensiones inadecuadas representan, como mucho, el diez por ciento del total. Sucede, naturalmente, que la normalidad no da pie a comentarios, al contrario que los sucesos problemáticos, por eso las relaciones entre padres y profesores aparentan ser peores de lo que son.
   Con lo expuesto hasta aquí, algunos os estaréis preguntando: si tan maravillosas son las relaciones con los padres, ¡oh, guachimán!, ¿por qué decías al principio que las 67 entrevistas que has tenido te parecen excesivas? Deberías estar lamentándote de que hayan sido solo 67, y no 670. ¡Cómo sois! Voy a demostraros que lo uno no está reñido con lo otro, por una sencilla razón: aun habiendo sido cordiales y hasta positivas, tanta entrevista resulta un exceso. La razón es muy sencilla: el 60% o quizás más eran de padres que querían saber por qué sus hijos suspendían en mi asignatura y la mayoría de ellos venían inducidos por una actitud manipuladora de sus hijos.
   De un tiempo a esta parte, observo con preocupación que se están multiplicando los alumnos que fían el aprobado a procedimientos espurios, es decir, distintos a los únicos válidos: atender, trabajar y estudiar. Entre esos procedimientos espurios, está la reclamación paterna. Especialmente tras los periodos de evaluación, recibo las visitas de padres que están muy extrañados de que sus hijos hayan suspendido y vienen a preguntarme qué ocurre. En estos casos, hace ya tiempo que me dejo guiar por un expeditivo dicho aragonés: "Hablen cartas y callen barbas": no explico nada, no monto argumentaciones, me limito a sacar los exámenes de los niños y enseñárselos a los padres. Algunos, incluso, cuando me ven proceder así, me dicen que no quieren ver los exámenes, que no vienen a reclamar, que lo que quieren es dialogar para entender las causas de los suspensos, y entonces yo les digo que justamente a eso vamos. El procedimiento es de unos resultados extraordinarios: como, salvo en rarísimas excepciones, la causa de los suspensos es la falta de estudio o el estudio deficiente y eso se refleja en los exámenes, los padres, en cuanto los ven, encuentran lo que venían buscando y comprenden (la mayoría, porque algunos recalcitrantes todavía se empeñan en especulaciones tan absurdas como perjudiciales... para sus propios hijos). ¡Qué explícitos son los exámenes!  ¡Qué claras dejan las cosas a los padres, particularmente, esos de calificaciones desastrosas, un 2'75, un 1'5, un 0'75...! ¿Qué se puede decir ante algo así? Para esos padres que venían engañados por las justificaciones embusteras de sus hijos, los cuales les habían hecho creer que estudiaban hasta la extenuación y que el problema estaba en el c_ _ _ _ _ del profesor, esto resulta utilísimo. Entonces ya se puede hablar. Entonces ya se puede decir lo que hay que hacer: sabemos ya todos dónde está el mal, sabemos cómo afrontarlo. Lo que el guachimán lamenta es constatar que cada vez son más los padres que podrían haberse ahorrado la visita, que, hace unos años, para comprobar lo evidente, a lo largo de un curso, venían solo diez o doce padres, y ahora vienen cuarenta: la capacidad de los hijos para manipular a los padres se está disparando, se nota también en que bastantes de esos padres vienen predispuestos contra mí.
   Terminaré contando dos casos. Una de las personas que más agresivamente me han abordado este año fue una madre a la que atendí primero por teléfono. Me dijo que tenia problemas de horario en el trabajo, por lo que le respondí que, en tal caso, puesto que había poco que contar, se lo podía transmitir por teléfono, y me respondió, ya bastante indignada, que lo del trabajo me lo decía para ver cómo encajábamos la hora de visita, que, por supuesto, quería hablar conmigo personalmente. Días después vino al instituto, con una actitud que rozaba la insolencia. Quería ver los últimos exámenes de su hijo. ¿Qué pasó? Que después de ver uno de los no peor calificados (tenía un tres), el cual era desastroso, malevolamente le dije que le iba a enseñar los demás, pero ella misma me dijo que ya no hacía falta. Aquella señora acabó llorando y vuestro humilde guachimán, tratando de darle ánimos. Pero la historia tiene un final feliz: a partir de entonces, el genio de su hijo empezó a aprobar los exámenes, para los que ya sí estudiaba. Su madre sacó las conclusiones adecuadas y tomó las medidas pertinentes.
   La segunda historia no es tan ejemplar y no es mía, sino que le sucedió a un amigo. A una alumna que faltó al examen de suficiencia, mi amigo se lo hizo un par de días después. Al siguiente, le dio el examen para que lo viera corregido: tenía un 0'5. Dos día después, fue al instituto su madre, que quería ver el examen. Mi amigo se quedó de metacrilato. Le dijo que su hija ya había visto el examen y que tenía un 0'5, pero ella insistió en verlo, así que él se lo enseñó: tenía los fallos esperables en un examen de 0'5. Le preguntó a la madre qué le había contado su hija, pero ella le reespondió con evasivas; luego le dio las gracias y se marchó. Mi amigo se quedó perplejo, no entendía nada, pero unos días después, en mitad de la junta de evaluación del grupo de esa niña, apareció la orientadora de su centro, que no tenía nada que ver con ese grupo, y les pidió a él y a otros dos profesores que habían suspendido a esa niña que le dijeran qué pasaba con ella, porque su madre estaba muy preocupada. Alguien le pidió tímidas explicaciones sobre tan anómala conducta, eso de meterse en una junta final con semejante motivo, pero el asunto terminó en que uno de los otros profesores, allí mismo, cambió el suspenso de la niña por un aprobado. Mi amigo ya entiende algunas cosas, pero sigue estando perplejo. 

10 comentarios:

  1. Estamos tan perdidos todos... y sin visos de encontrarnos. La falta de valores a todos los niveles asusta. Los críos no se quieren esforzar, muchos padres les animan a seguir así y hasta hay profesores que por presiones superiores, por evitar enfrentamientos por aquí y por allá, regalan aprobados. Lo de trabajar, estudiar y sacrificarse para conseguir buenas notas no está de moda. Vale pasar de todo y luego azuzar a los papis contra los maestros, cuando en el examen hay faltas de ortografía hasta en el nombre, por poner un ejemplo.

    Ni padres ni profesores les hacemos ningún favor a los niños consintiendo y arropando de este modo su desgana caprichosa. Esto se volverá en nuestra contra más pronto que tarde, y, lo que es peor, en contra de estos niños, que crecerán pensando que todo el monte es orégano.

    Por eso tiene usted cada vez más visitas de padres, porque estamos tan al servicio de lo que los niños quieren y tan pendientes de satisfacerles en todo lo que piden, que muchos no sabemos ni lo que tenemos en nuestra casa y nos dejamos manipular por aquel chiquitín que ayer quería una piruleta a toda costa y hoy quiere un aprobado como sea.

    Me alegro de que muchos abran los ojos ante la realidad de un triste examen y tomen medidas para reconducir la situación. Algo de esperanza hay, pues.

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  2. Querida Vega, nos podemos tratar de tú. Hay una cosa indiscutible: padres y profesores tienen el mismo objetivo: educar a los niños. El padre que ve un examen de suspenso y sigue "defendiendo" a su hijo está cometiendo un gran disparate. Por fortuna, estos son los menos, pero el gran problema es que educar a un hijo también cuesta sacrificios y eso a mucha gente hay que explicárselo. La tendencia natural de los chicos es pasar de estudiar; cogerlos y obligarlos a hacerlo es a menudo ingrato y no todo el mundo libra esa pelea ni todo el mundo la gana, cada vez hay más gente que está confundida.

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  3. No puedo estar más de acuerdo. Además, está expuesto de una forma tan clara que parece imposible no estarlo (aunque no dudes, Pablo, que habrá quien no lo esté). Vega da también en el clavo: no les ayudamos. Así, no. Y esto empieza en cada y desde que son muy pequeños. Nos equivocaremos cientos de veces, pero no debemos permitir que sea porque hemos optado por la decisión más cómoda para nosotros. Exigir siempre es más difícil que dar.

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  4. Cabal. Pero lo fácil, a menudo, no lleva a nada. Hay una cosa esencial, que son las responsabilidades de los chicos, que las tienen, aunque la tendencia actual es descargarlos de ellas. A menudo, los problemas vienen porque la moda actual es buscar los fallos en todas partes menos en ellos. Ejemplo típico: un alumno le oculta a sus padres un suspenso y los padres van al instituto a quejarse de falta de información, en lugar de actuar sobre el verdadero problema: el engaño del niño. No es que los institutos estén obligados a facilitar información al minuto, es que los chicos están obligados a cosas como estudiar o no mentir. Lo que podríamos llamar exceso en las visitas de padres suele venir de esto: de que se buscan respuestas y responsabilidades que, en realidad, deberían buscarse en el alumno

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  5. Sí. Se ha hablado mucho de la burbuja inmobiliaria y la financiera, pero demasiado poco de la burbuja social.

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    1. Daría para una saga. Y el que la escribiera podría pedirnos mucha información a los docentes.

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  6. Excelente artículo, Sr. Guachimán, por más que encierre la triste realidad que se esconde tras una serie de situaciones que, más que ninguna otra cosa, acaban por producir lástima. En mi modesta opinión, lo peor de estos asuntos es observar cómo en el fondo lo peor de todo es destapar, por un lado, los profundos abismos comunicativos que existen en buena parte de las familias, y por otro comprobar la necedad de muchos padres a la hora de defender a sus hijos ante lo indefendible. Permítaseme evocar una anécdota jugosa que encajaría muy bien en este asunto: hace bastantes años, siendo yo director de un instituto de Bachillerato en un pueblecito de apenas 3000 habitantes, conocí a un alumno cuyos padres jamás acudieron a ninguna reunión de las muchas a las que los diferentes tutores les convocaron para hablar de la penosa marcha de su hijo. Al cabo de ¡tres años! su madre apareció por el centro a hacer acto de presencia en una reunión de comienzo de curso entre el tutor y los padres de todo el grupo. La señora se me acercó y me preguntó qué dónde era la reunión de 3º de BUP. Conteniendo a duras penas los sucesivos ataques de risa y llanto, no pude más que decirle que esperase un momento que en seguida la Jefa de Estudios la acompañaría al aula correspondiente. Por supuesto, a aquella madre le tocaba entrar en el aula de 1º de BUP (dado que su hijo repetía por segunda vez dicho curso) sin que ella tuviera conocimiento de la circunstancia. Como decía al principio, todo un ejemplo de buena comunicación entre padres e hijos... Lo bueno del caso es que la señora en cuestión no se enfadó con nosotros (la gente de pueblo sigue siendo bastante más noble que la de la ciudad) y que apechugó con su vergüenza hasta la hora de regresar a casa, donde, me consta, le propinó al membrillo de su hijo una bien merecida somanta de palos.
    Gracias por permitirme la participación en su blog y ánimos para seguir en la brecha. Un saludo.

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  7. Usted sabe que siempre es bienvenido en este blog, don Manuel. Ciertamente, la anécdota que cuenta tiene miga, porque difícilmente se puede llegar a un grado mayor de desvergüenza por parte del nene y de ingenuidad y desentendimiento por parte de unos padres. Ahora se estila más el vicio contrario: el exceso de celo, pero coincido contigo en que el fondo es el mismo: la incapacidad de encauzar a los hijos.

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  8. Buenos días a todos: Un artículo excelente que cuenta la realidad tal cual la estamos viviendo los docentes.
    Hace ya muchos años, tantos como 25, viví una situación parecida a la de Manolo M. en mi primer trabajo como profesora de secundaria en San Clemente, provincia de Cuenca. Yo era tutora de un curso de 1º de BUP, y llegada la segunda evaluación me faltaba un boletín de notas al ir a pasar las de dicho trimestre. Al alumno en cuestión le pregunté si no me lo había devuelto de la 1ª evaluación, y me dijo que sí. Me extrañó que yo hubiera extraviado el boletín, porque los guardaba todos juntos, asi que puse en conocimiento de la Jefa de Estudios el tema y me dijo que le rellenase uno nuevo con las notas de las dos evaluaciones (entonces eran de cartuluna gorda y se entregaban una vez firmados por el padre o tutor), y se lo mandase por correo.
    Al cabo de una semana se presentó el padre del alumno preguntando por mí, extrañado de que le hubiera mandado un boletín de notas diferente al que había firmado en la 1ª evaluación. Y además pidiendo explicaciones porque su hijo estaba en 2º de BUP y el boletín era de 1º. Nos reunimos con él la Jefa de Estudios y yo en su despacho y le aclaramos la realidad de su niño. Al hombre, un agricultor que no sabía ni el color de los boletines (su hijo le presentó en la primera evaluación una fotocopia de vaya usted a saber qué), y cuanto que sabía firmar, se le cayeron lágrimas de vergüenza, y cuando llamamos a su hijo que le diera explicaciones no fué capaz ni de cruzarle la cara (yo lo hubiera hecho), tan sólo le dijo: "hijo, ¿por qué me has hecho ésto?".
    El hijo ni siquiera era un bandarra, sólo era vago, y quizás de los que hoy día hubiera sido de diversificación. Pero en su momento no se atrevió a decirle a su padre que había suspendido. El problema es que encima lo estaba pasando mal para mantener la mentira porque a los de su pueblo ( era de un pueblo de al lado, y venía en transporte) les había dicho que estaba en 2º y había chicos en los tres segundos, con lo cual tuvo que inventarse un 2º "diferente".
    Una vez que todo se desmontó la verdad es que el chico empezó a ser más abierto en clase...quizás por haberse quitado de encima la bola de nieve que había ido engordando.

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    1. Los chicos hacen cosas increíbles. Yo también ten go alguna anécdota de barbaridad de estas dimensiones con falsificación incluida. Lo peor de estos casos es que, en el fondo son de una gran estupidez, porque más tarde o más temprano se descubren, y es peor cuanto más tarde.

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