miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Pero alguien lo dudaba?

   Acaban de hacerse públicas las conclusiones de los informes forenses realizados sobre los restos de Yaser Arafat y de ellos parece desprenderse que murió envenenado. Una confirmación con pruebas empíricas siempre es el argumento irrefutable, pero, aunque no hubieran existido, la pregunta es: ¿acaso alguien lo dudaba? Parece ser que los restos de Arafat, aun con el tiempo transcurrido (falleció el 11 de noviembre 2004, hace hoy casi nueve años justos), presentan unos indicios de polonio 210, ese producto tan útil para los crímenes de estado, que multiplican por 18 los normales.
   La muerte de Arafat y la humillante reclusión previa a que fue sometido durante años en la Mukata, el supuesto cuartel general de un líder de dimensiones históricas que los israelíes redujeron a un montón de escombros y en el que no había ni luz ni agua corriente, fueron uno de esos vergonzosos ejercicios de mirar para otro lado que a menudo ejecuta la comunidad internacional. Ningún poder hizo lo suficiente para evitar que se le ultrajase a él y, de rebote, al pueblo palestino, por lo que -revísense  las hemerotecas- tampoco extrañó que, en su momento, cuando murió, nadie hiciera caso a la acusaciones clamorosas de envenenamiento que partieron de su familia y sus allegados: ¡ay de los vencidos! Se señaló hacia muchos de sus adversarios, desde los israelíes (que siempre han negado tener nada que ver, aunque luego han ido saliendo "cosillas") hasta el entonces primer ministro de la llamada Autoridad Palestina, Mahmud Abbas (con amigos como tú...), cuya pasividad en todos estos acontecimientos fue tan ostensible como sospechosa.
   Arafat murió en 2004 entre denuncias de envenenamiento: ¿por qué no se realizó entonces la investigación que se abordó en 2012 y cuyos resultados salen ahora? Repito: ¿alguien dudaba que lo habían envenenado? El mundo no es tan tonto.

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