domingo, 16 de junio de 2013

Praxis educativa. 2: el caso del examen desaparecido (una de directores)

   Mi amiga Elena es una chica joven que lleva unos pocos años en la enseñanza. En realidad, no se llama Elena, pero usaré este nombre para ocultar su identidad. Hace unos días, hablé con ella y me dijo que para el próximo curso iba a cambiar de centro y que además estaba contenta, porque en el actual tiene un director al que no aguanta. Le pregunté por qué y me contó la última jugada que le había hecho (hace nada, en este mismo trimestre). No fue una cosa gravísima, pero sí de cierta envergadura y, desde luego, muy desagradable; paso a contárosla, y así veréis que Elena tiene razones para estar descontenta con su director, ya que, solo en este episodio, le dio unas cuantas puñaladas.
   Puñalada primera.- Entre las alumnas de mi amiga, se cuenta una que, además de no estudiar, es especialmente conflictiva. Hace unas semanas, después de hacer un examen que los alumnos se llevaron a casa para que los vieran sus padres, se los devolvieron todos menos esta que digo, que, además, se descolgó diciéndole a Elena que ella no le había dado ningún examen, así que difícilmente podía devolvérselo. La cosa se fue complicando y la alumna, ya con el apoyo de su madre y de forma agresiva, fue un paso más adelante y empezó a exigir que se le hiciera un nuevo examen. Ante el empeoramiento de la situación, Elena fue a pedirle ayuda a su director, cuya respuesta fue recomendarle que dialogase con esa familia y que llegase a un acuerdo. Esta fue la primera puñalada del director: dejar a la profesora sin respaldo ante una situación de conflicto.
   Puñalada segunda.-  Elena insistió en reclamar la devolución del examen y no se plegó ante la agresividad y los malos modos de madre e hija. Como estos iban en aumento, volvió a dirigirse al director para ponerlo en su conocimiento y reclamar de nuevo su ayuda, pero el director siguió adoptando una actitud pasiva, disfrazándola de esa falsa neutralidad a la que cada día se están acostumbrando más los directores de centros educativos. Ante esto, ella le advirtió que, si seguía sintiéndose amenazada, no iba a tener más remedio que acudir a la inspección. Pocos días después, de manera casual, pasaba por las cercanías del despacho del director y vio que se abría la puerta, por la que apareció la madre de su alumna diciéndole muy ofendida al director:
   -¡Y, si no, ya sabes dónde voy a ir!
   Elena se quedó de piedra. Esta fue la segunda puñalada del director: prestar oídos a una familia que estaba creando problemas, en lugar de ponerle freno, y hacerlo, además, a espaldas de la profesora afectada. Dicho en otras palabras: el director le hizo el juego a una madre conflictiva y se hizo cómplice del hostigamiento a la profesora.
   Puñalada tercera.-  Tal estado de cosas, como es lógico, hizo que mi amiga buscase el amparo del inspector, que acudió al centro y resolvió con celeridad un conflicto en realidad fácil de resolver, ya que se trataba del típico jaleo montado por una madre y una alumna que, como todo el mundo en el centro sabía, eran folloneras y problemáticas. En realidad, si el asunto había llegado tan lejos, había sido simplemente porque el director, por ineptitud, cobardía, maldad, fobia hacia mi amiga o todo junto, más que dejarlo crecer, lo había impulsado. Esta fue la puñalada tercera.
   Puñalada cuarta.- Cuando Elena terminó de contarme esta historia, la felicité por el buen desenlace, pero le dije que, a mi juicio, ella había cometido un error que en parte había facilitado el conflicto: darles los exámenes a los alumnos para que se los llevaran a sus casas. Ya sé que eso lo hacen muchos profesores, aunque no sé qué ganan con ello ni entiendo que no se den cuenta de que se arriesgan a episodios como este de mi amiga o parecidos. Ella me respondió que el inspector le había dicho lo mismo y que la razón era muy simple: desde el principio, el director le había dicho que eso era obligatorio. Aquí está, pues, la cuarta puñalada de tan ejemplar directivo: engañar a una profesora inexperta para obligarla a hacer algo que no debía, abusando de su confianza y de la situación de superioridad que ocupaba sobre ella.
   ¿Os ha gustado la historia de mi amiga Elena? ¿Os habéis visto reflejados total o parcialmente en ella? Y del director, ¿qué me decís? ¿Conocéis a alguno semejante? ¿Os parece un caso excepcional o tenéis la sospecha de que, últimamente, son cada vez más los directores que se ajustan al modelo de este señor? ¿Os ha dado alguna vez alguien de vuestro equipo directivo alguna puñalada como esas que resalto con mis didácticas negritas? Me encantaría recibir vuestros comentarios y observaciones.

8 comentarios:

  1. Cada vez hay más directores de este tipo, especialmente si son los colocados por la administración y no los votados por claustro. Igual que hay cada vez más padres energúmenos. Lo sabes bien, mi querido Guachimán.

    Hace tiempo vi en algún sitio que los exámenes no podían salir de los centros educativos, lo que me parece totalmente lógico.

    De todos modos tu amiga tuvo cierta suerte con el inspector, porque algunos son incompetentes.

    Un abrazo.

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  2. Con el inspector y con el director, que, como sabe que es un mal bicho y está en el departamento de orientación (el más capacitado para los líos burocráticos), le deja hacer, siguiendo su práctica de poner antes que nada su trasero a salvo.
    La verdad, Patricia, es que hoy en día todos los directores son colocados por la Administración, que ha diseñado un sistema para excluir a todo aquel que no le cuadre, lo que pasa es que algunos tienen además el respaldo del claustro, pero sería bueno que no nos engañásemos, porque, en el momento de empezar a ejercer como directores es cuando cada uno se define y da con sus hechos la verdadera medida de lo que se puede esperar de él.
    En cuanto a lo de dar los exámenes a los alumnos, es otra de las ideas geniales que la renovación pedagógica inoculó en la enseñanza. Por supuesto, no existe obligación ninguna y, mirado con frialdad, hacerlo es una terrible irresponsabilidad, porque, al fin y al cabo, el examen es, entre otras cosas, un documento que puede llegado el acaso acreditar una calificación, de modo que el porfesor debería ser garante de su custodia, lo que excluye el darlo alegremente y arriesgarse a que se pierda o se manipule. Pero peor todavía es la motivación supuestamente educativa que subyace detrás de esto. Yo he hablado con algunos porfesores que dan los exámenes para que los chicos los lleven a casa y arguemntan que lo hacen para que sus padres tengan un control de la marcha escolar de sus hijos (algunos, exigen que los padres los devuelvan firmados). Parecen no darse cuenta de algunas cosas muy graves que esto lleva implícitas, como que eso equivale a dejar en manos del padre una cosa (el control académico) que es competencia del profesor; el profesor que hace una cosa así, sin darse cuenta, se está sometiendo también él al control del padre. Por otra parte, dar el examen al nene para que lo vea el papa es un avance más en quitarles responsabilidades a padres y a hijos, me explico: algunos padres, cuando sus hijos van mal, te saltan con que eso se debe a que ellos no sabían nada, porque tú no les mandaste los exámenes: el cinismo de la gente para rebotar hacia otros sus fracasos y quitarse responsabilidades no conoce límites.

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  3. Ha habido un evidente aumento de la agresividad social en las últimas décadas, favorecida por factores que ya hemos comentado, Pablo. Y los efectos los conocempos bien quienes trabajamos en los ámbitos educativo y sanitario, públicos. Sobre la violencia en los centros sanitarios se ha hablado mucho y actuado poco y mal. Sobre ello ya he expresado mi parecer:

    http://medymel.blogspot.com.es/2010/05/violencia-en-los-centros-sanitarios.html

    Sobre la violencia en los centros educativos conozco lo que he escuchado y leído respecto a las vivencias de sus víctimas. Trabajar de cara al público, y más con alumnos o usuarios/pacientes, conlleva una sobrecarga psíquica poco o nada valorada en este país socialmente atrasado, demasiado atrasado. Se habla de gestionar los conflictos, y bla, bla, bla, sin adoptar medidas radicales (véase como actúan en Finlandia con alumnos conflictivos, o en UK con usuarios agresivos del NHS, cuyo lema es "Violencia Cero").

    Ahora que se acerca el periodo vacacional, envidio no poder tomarme el necesario descanso reparador. Es más, la eliminación de días de libre disposición no ha respetado ni a quienes desempeñan puestos de especial desgaste. Pero, ¿qué se puede esperar de las mentes pensantes que deciden nuestros destino patrio? Nuestro principal problema es humano.

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  4. Pepe, si tuviera que responder en condiciones a tu comentario me salían -sin exagerar- diez páginas, de modo que, ¡QUE NADIE SE ASUSTE!, me limitaré a responder de aquella manera. En este artículo mío el asunto de la violencia es solo tangencial, pero aparece ligado muy estrechamente al que yo consideraba la preocupación principal: la invasión que los profesores hemos sufrido en terrenos que debieran ser de nuestra absoluta e inalienable competencia, terrenos como la calificación de los exámenes y la custodia de estos. Los derechos de los padres y los alumnos a ser informados me parecen inobjetables, pero el problema es que aquí ese derecho se ha hipertrofiado hasta el punto de hacer creer a padres y alumnos que ellos pueden intervenir en estos terrenos, lo cual es absurdo, porque ni están cualificados, ni las competencias de profesionales concienzudamente seleccionados se pueden invadir ni ceder alegremente, ni -y esto los más sangrante- padres y alumnos pueden pretender que se les dé cacho (hablando pronto y mal) en algo en lo que serán juez y parte, el 99'9999% de los casos reales que se producen, no precisamente objetiva.
    La verdad es que esto tiene una relación pragmática con el problema de la violencia por varias razones. Primera: supone un intento de despojar al profesional de sus atribuciones, lo cual es de por sí un atentado a su figura, aunque no siempre se produzca de forma violenta. Segunda: al igual que en los casos de agresiones violentas, en estos, cuando se dan, suele hacerse patente el desamparo institucional del profesional (gran acierto el de tu artículo al poner en solfa los protocolos de resolución de conflictos y todas esas gilipolleces, repito: GI-LI-PO-LLE-CES, habilitadas por la corrección política imperante). Tercero: bastante más a menudo de lo que nos gustaría, quienes adoptan estas posturas acaban (si no es que lo traen ya de entrada) haciendo uso de alguna forma de violencia, ya sea mediante la amenaza, la coacción o la pura agresión.
    Detrás de este gravísimo problema esta una causa que ya conocemos: el abandono a que los gobernantes han sometido a quienes prestamos un servicio público, ya seamos médicos, profesores, policías (yo he presenciado alguna escena) o barrenderos. En los imbéciles del PSOE, esto procede de su demencial concepto de los derechos de los ciudadanos, que incluye el dudoso derecho de la gentuza a machacar a todo el que se le ponga por delante; en los cínicos del PP, especialmente, cuando se trata de la sanidad o de la educación, de que a ellos les parece muy bien cualquier vía de deterioro de los servicios públicos, incluida el dejarlos indefensos ante la gentuza, hasta que se conviertan en su terreno conquistado, un territorio comanche a la medida de lo peorcito de cada casa del que la ciudadanía huya hacia... los brazos abiertos de la sanidad y la educación privadas. Esto no es nuevo, y lo han propiciado tanto el PP como el PSOE; en el barrio en que yo vivía de joven, un barrio entonces marginal (ahora, una especie de asilo), los colegios públicos, materialmente muy bien dotados, estaban a entre seis y doce alumnos por aula, buena parte de los cuales eran gente muy conflictiva que ahuyentó de allí a todo los demás chicos, que acababan... en los colegios concertados de la zona, algunos de ellos, penosos lugares que eran en realidad pisos reconvertidos en colegios. Final del asunto: algunos de esos colegios públicos terminaros cerrándose por falta de matrícula. Un país serio respalda a los profesionales que se ocupan de los servicios públicos y los arropa ante la pretensiones caprichosas, en lugar de dejarlos a merced de la primera niña retorcida y la primera mamá arrabalera que pretendan pasar por encima de profesionales y obligaciones. Creo que el director del colegio de mi amiga Elena debería haber sido sancionado, pero, como supondrás, estaba allí puesto con el beneplácito de la administración (vete a saber por qué) y bastante fue que el inspector no se pusiera ciegamente de su lado.

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  5. Una puntualización: cuando he dicho lo de "los imbéciles del PSOE", me refería a los que, siendo del PSOE, han propiciado este tipo de cosas y además son imbéciles. Sé muy bien que en el PSOE aún quedan muchos que no son imbéciles, les pido disculpas.

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  6. Sobre directivas incompetentes, sumisas a una inspección abusiva o directamente perniciosas con el profesorado he conocido algunas. Sobre todo en mis inicios rurales donde di en un par de casos en diferentes institutos y pueblos que no diré el nombre, totalmente caciquiles. Lo del director de mi anterior instituto es caso aparte y creo que lo hemos hablado personalmente: un director que hacía “colegueo” con los alumnos, algunos muy conflictivos, y cuando les llamabas la atención, eran ellos los que te amenazaban con decírselo al director. Creo que sobran las palabras.

    En cuanto al asunto de los exámenes, me parece muy peligrosa por todas las razones que cuentas que los exámenes salgan del centro y vayan quien sabe dónde, y naturalmente se pierdan de verdad o no, que se “extravíen” intencionadamente.

    En mi caso yo enseño siempre los exámenes a los alumnos. En clase, quiero que vean los errores que hn tenido y también que sumen las puntuaciones porque yo con las prisas me equivoco más de una vez. También los enseño a padres y madres, pero en mi presencia, en el instituto y sólo el examen de su hijo, no los exámenes de los demás. Mis exámenes nunca han salido del centro y se conservan todo un curso, casi dos, porque el lunes, que ya no hay clases, destruiré los del curso 2011-2012.

    Tampoco dejo que mis exámenes vayan circulando por ahí. Me refiero a exámenes en blanco que acaban hasta en manos de las academias. Y no por miedo a que se los aprendan de memoria. Yo utilizo parte del material, pero no pongo el mismo examen para los mismos temas un curso tras otro. De hecho algunos de esos exámenes ni siquiera los tiene el departamento o los departamentos por los que he pasado. Exámenes hechos por los alumnos sí, claro. La razón es que en determinadas asignaturas sobre todo en bachillerato mis exámenes son obra mía y son resultado de cientos y cientos de horas de trabajo. No uso los exámenes de editoriales. La autora soy yo y me niego a que mi trabajo vaya corriendo en manos de alumnos, profesores irresponsables o academias.

    Lo que me parece una irresponsabilidad como cuentas es entregar los exámenes para que los firmen en casa. No tengo nada más que aportar a tus argumentos. Pero voy a coronar este rollo con una historia de doble rasero. Tengo una compañera cuyas hijas van a la privada. Las niñas, una todavía en primaria y otra en secundaria, traen siempre el examen a casa para que los vean y lo firmen los padres. A ella le parece una medida excelente y cuenta como llevan el seguimiento del trabajo y demás. Me cuenta: “mira hacen esto y los otro”, etc…, yo le digo que esas profesoras trabajan casi en régimen de esclavitud y sabiendo que eso es imposible que lo hagamos nosotras, con la cantidad de horas que ya echamos en aulas masificadas, con alumnos conflictivos y padres más conflictivos aún, tener todavía que andar con esas tonterías. Ella por cierto no manda los exámenes a casa para los firmen los padres de sus alumnos…, lo cual me parece correcto, no lo que ocurre en el colegio privado.

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  7. Lapsus teclati (en latín macarrónico)
    Siempre soy la autora de mis exámenes, desde 1º de ESO a 2º de Bachillerato.
    Pero en el caso de Bachillerato y, a veces 4º de ESO, loes exámenes tienen un parte de test, redactada por mí durantes muchos horas a los largo de años, aparte de que adapto textos, mapas, imágenes..., nada que ver con lo que proporcionan editoriales. Todo ese material tiene una única usuaria mientras esté en esta profesión.

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  8. Yo sigo un procedimiento parecido. Los exámenes ya corregidos, los doy en clase para que los alumnos expresen sus dudas, objeciones, correcciones en la suma (a mí también me sucede que a veces me equivoco, pero te diré otra cosa: en bastantes ocasiones, un alumno que ha sumado -con calculadora, of course- y me ha reclamado por haber sumado mal, al repasar..., resulta que el que había sumado mal era él: significativo) o lo que sea, y también para formular yo mis observaciones. En cuanto a los padres, ya desde hace algunos años, los exámenes se han convertido en mi mejor argumento ante ellos, de tal modo que siempre empiezo por enseñarles los exámenes, porque el 99+1% de los padres a lo que vienen es a ver por qué han suspendido sus hijos y, al menos el 50%, es porque, convencidos por sus hijos, creen que la culpa es del profesor y vienen a "arreglarlo", y aquí es donde los exámenes se convierten en mi mayor aliado: yo los enseño a los padres y, cuando ven lo que han hecho sus hijos y por qué se les ha suspendido, la mayoría de los padres (salvo un pequeño porcentaje que son muy ciegos o un poco idiotas) entienden lo que pasa. Y es que es lo que yo digo: hablen cartas y callen barbas: el examen es un documento muy objetivo y explica con claridad y concisión mucho más que una tonelada de argumentos. Algunos padres, cuando ven que saco los exámenes, me dicen: "No, no, si yo no venía a reclamar por los exámenes", a lo que yo respondo: "Ya lo sé, es que yo quiero que los vea", hasta tal punto confío en este recurso. Y aún diré más: los padres que vienen con intenciones verdaderamente aviesas y que saben que sus hijos no hacen nada y lo que vienen es a presionar son los que suelen insistir en no ver los exámenes, porque saben que son un contundente argumento en su contra.
    Después de 20 o 30 años de verborrea pedagogista, estamos en condiciones de afirmar que, en contra de lo que esta gente los ha denostado (como a tantas otras cosas buenas), los exámenes son un valiosísimo instrumento para evaluar a un alumno, seguramente el procedimiento más objetivo y fiable. Eso de que no son justos, de que hay alumnos que los pobres se sienten tan embargados ante un examen que no dan su verdadera medida es falso: el alumno que ha estudiado bien y lleva bien una asignatura siempre aprobará un examen, con notas que irán del 5 al 10 en función de su capacidad y de que se haya esmerado más o menos. Eso sí, hay una regla de oro: el examen debe estar muy bien medido, muy ajustado a lo que se ha dado, a lo más importante que debe saber el alumno y al nivel del curso en que se encuentren: no hay que caer en el error de poner en 4º exámenes de nivel de bachillerato ni en el contrario. En mis treinta años de profesor, solo me he encontrado con una alumna de la que de verdad podía decirse que, supongo que por alguna razón de inseguridad, sus rendimientos en los exámenes estaban muy por debajo de su capacidad y sus conocimientos reales; en los demás casos, era puro cuento o ñoñería de los padres. Una cosa importantísima los exámenes, hay que tomárselos muy en serio.

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