sábado, 21 de enero de 2012

Con el viento solano

   Acerca de Ignacio Aldecoa (1925 - 1969), se encuentra menos información que de otros novelistas del siglo XX en general y de su generación artística (la de los  años 50 o del Medio Siglo) en particular. Podría entenderse que tal cosa se debe a su prematura muerte, pero esto no encaja del todo, ya que es cierto que cuando una úlcera sangrante le quitó la vida tenía solo 44 años, pero era ya un autor de prestigio bien ganado a través de una obra de más que aceptable volumen y de enorme calidad. Tampoco debía de ser un desconocido para el gran público, aunque solo fuera por el hecho de que la novela de la que voy a hablar, Con el viento solano, había sido llevada al cine por Mario Camus en 1966. Por lo que he leído aquí y allí, Aldecoa debía de ser un hombre muy vital, de trato alegre y de personalidad atractiva y así lo retrata precisamente el propio Camus en el prólogo de la edición de esta novela en que la he releído, una publicada por el diario El Mundo. Dejó escritos un gran número de cuentos muy elogiados (existe una buena selección de ellos en la vieja colección RTVE, la cosa va hoy de colecciones populares) y tuvo el propósito de llevar a cabo un vasto proyecto literario, tres trilogías que reflejasen "la épica de los oficios", nueve novelas de las que solo llegó a escribir cuatro: El fulgor y la sangre (finalista del premio Planeta de 1954, muchísimo antes de que este certamen se convirtiera en el circo comercial que es hoy), Con el viento solano, Gran Sol (premio de la crítica en 1958) y Parte de una historia.
   Aldecoa se inscribe en la corriente neorrealista y socialmente comprometida de la novela de su época. Sus obras se alimentan de "la pobre gente de España" y de "la realidad española, cruda y tierna a la vez", pero, como se señala en diversos libros y artículos, el rasgo que le singulariza es ser un autor de gran humanidad, en contraste con la frecuente frialdad de sus contemporáneos. Este aliento humanitario se percibe muy bien en Con el viento solano (1956) y también confirma esta sobresaliente novela lo dicho acerca de la pobre gente de España y de la realidad del país. La historia comparte detonante con El fulgor y la sangre, no en vano ambas forman parte de una de las trilogías que se propuso Aldecoa: en un olivar cercano a Talavera, un gitano de mal beber corona una colosal curda disparando contra una pareja de la Guardia Civil y matando a uno de sus miembros. El fulgor y la sangre se ocupa de la angustia vivida en la casa cuartel ante la confusa llegada de la noticia, mientras que Con el viento solano se ocupa del homicida. En las primeras páginas, se le presenta en su salsa: de juerga alcohólica con sus amigotes, aterrorizando a su novia prostituta que parece adorarle, rodeado de unos amigos que le aguantan más por temor que por afecto, alargando absurdamente la borrachera más allá del amanecer, pendenciero, violento, caprichoso, dominador, susceptible, malvado...: así es Sebastián Vázquez. Así es hasta que una de sus estúpidas bellaquerías se enreda y acaba con la muerte del guardia, porque desde ese momento el Sebastián libre y pletórico pasa a ser otro Sebastián, este, fugitivo, inseguro y muerto de miedo. Y esa fuga le cambia, le convierte en una persona mejor y le hace ver y valorar de otra manera las cosas que pasan y las que han pasado, a los seres con los que se cruza y a los que ha dejado atrás. El viaje exterior de su huida lleva aparejado un viaje interior hacia sí mismo y hacia lo que ha sido su existencia, en el que tiene ocasión de entender que no le han sobrado las razones para el orgullo y de comprender mejor la vida y a las personas, pues a una y a otras las ve ahora desde perspectivas que desconocía. Para este propósito es ideal el formato de "novela del camino", pues tal cosa es Con el viento solano, lo mismo que el Quijote, Camino de perfección o Guzmán de Alfarache, cuyos protagonistas, como Sebastián, también son enriquecidos por su viaje.
   La historia empieza un lunes y termina el siguiente sábado. A lo largo de ella, desfila una amplia galería de esas pobres gentes de España y se ofrece un buen trozo de su realidad, porque el escenario es grande: empieza en Talavera, roza Escalona y acaba en las proximidades de Cogolludo, con estaciones en Madrid, Alcalá de Henares y esos campos de Dios. En el despliegue de ese itinerario resplandece el arte narrativo de Aldecoa, y en otros adornos que aún no he mencionado, como el virtuosismo en la pintura de ambientes y el trazado de personajes -ya sean tiernos, miserables, brutales o grotescos-, la riqueza del vocabulario, la frescura de los diálogos o la perfección de su estilo limpio y preciso. Otro gran acierto es el final, que tiene a la vez la linealidad propia de las novelas del camino y un componente de circularidad, pues ambas cosas conviven en ese último capítulo de titulo tan sugerente: Sábado...
  

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