miércoles, 11 de agosto de 2010

Contra los cafres, buen rollito

Desde que se abrieron a finales de mayo, las piscinas municipales de Madrid vienen sufriendo la tradicional ola de violencia y gamberrismo, cuya manifestación más notoria esta temporada han sido doce agresiones a empleados de estos recintos de ocio, pero pensemos que esta guinda no es sino la corona de un pastel de comportamientos antihigiénicos, robos, violencias, provocaciones, agresiones, impertinencias de borrachos y otras lindezas, cuya dimensión exacta no conocemos y que afectarán, por supuesto, tanto a empleados como a usuarios. El problema se produce especialmente en las piscinas de Francos Rodríguez, Palomeras y San Blas, y no es nuevo en absoluto, porque os revelaré como dato anecdótico que, hace ya treinta años, cuando yo era joven, sabía muy bien que a la piscina de mi barrio -San Blas- no era muy prudente ir, porque allí campaban por sus respetos ciertas pandillas de indeseables. Parece que en tres décadas la cosa no ha mejorado y tal vez incluso haya empeorado: en materia de encauzar la convivencia, somos únicos.
¿Qué nos pasa? ¿Acaso somos incapaces de aportar soluciones a problemas que en principio no parecen muy complejos? ¡Claro que no!, ya veréis. Solución número uno (policial): leí en la prensa que, hace unos días, diez o quince miembros de una misma familia pretendieron pasar a una piscina con menos entradas que personas; cuando la empleada de la puerta quiso detenerles, la empujaron violentamente y se colaron en tromba. Poco después acudió la policía municipal, que estuvo unos minutos hablando con tan modélica familia, hasta que finalmente los agentes de la ley se fueron y los energúmenos se quedaron en la piscina todo el día tranquilamente. Solución número dos (sindical): ante la gravedad del problema y su extensión, UGT ha pedido urgentemente reuniones varias y propone tres medidas correctoras: poner más vigilancia policial, prohibir que se beba alcohol y hacer una campaña para enseñar las normas de las piscinas. Solución número tres (política): la concejal de servicios sociales de Madrid, doña Concepción Dancausa, opina que la culpa de todo este problema la tiene el paro, ya que "la cuestión del desempleo ayuda a que haya más violencia".
En dos palabras: im-prezionante.

Está claro, pues, que nuestros agentes sociales sí presentan soluciones,  tan claro como que no son las adecuadas. No es adecuado que unos policías se pongan a dialogar con unos cafres que se han colado en un recinto público sin pagar y agrediendo a un empelado; lo adecuado hubiera sido, como mínimo, hacerles pagar las entradas que faltasen y haberse llevado al agresor o agresores. En cuanto a las propuestas de UGT, solo es sensata la primera, y lo sería siempre y cuando la presencia policial no se limitase a estar y "dialogar", sino que también supiera actuar llegado el caso; no es, sin embargo, muy pertinente prohibir el alcohol para todos porque haya cuatro descerebrados que se emborrachen y la armen ni andarse con campañas-parche: ¿de verdad creen en UGT que aquí lo que pasa es que la gente no sabe que en las piscinas no se hace el guarro ni se molesta a los demás? ¿Y qué decir de la señora Dancausa? Quien en realidad es la responsable de tomar medidas eficaces para resolver el problema se dedica a consideraciones sociales baratas, demagógicas, trasnochadas y clasistas. Trasnochadas, porque ya pasó el tiempo en que vendía eso de justificar el incivismo con la marginación y esas monsergas; clasistas, porque, en el fondo, lo que ocurra en la piscina de San Blas o en la de Palomeras no supone problema para esta dama, que debe sin duda refrescarse en sitios más selectos, en los cuales no habrá ni rastro de la chusma que se dedica a algo más que molestar en las piscinas municipales. Sin embargo, queda bien y "progre" eso de aludir al paro, como lo de prohibir el alcohol (cosa muy sana) para todos, lo de la campaña de información o lo de ponerse a confesarse con los que se cuelan y luego dejarlos en paz. Eso es lo que mola: el buen rollito, el diálogo, el hacer pagar a justos por pecadores para que estos no se cabreen. Echarlos de la piscina o cogerlos y llevárselos a una comisaría cada vez que fueran demasiado lejos sería una simpleza, una falta de sensibilidad y una fascistada autoritaria impropia de un país tan tolerante y tan guay como el nuestro.

Lo que realmente indigna es que, mientras tanto, los vándalos se hacen los amos y a la gente pacífica y respetuosa que va a la piscina a intentar pasar un buen día sin molestar a nadie, lo que le queda es aguantarse, mirar para otro lado, largarse a otro sitio o quedarse en casa.

2 comentarios:

  1. No te desesperes Pablo, que este país (?) no tiene remedio; todavía no ha pasado la transición (y ya van casi treinta y cinco años). Aquí sigue fallando el binomio educación cívica + medidas correctivas, o sea los agentes sociales y los responsables de legislar y hacer cumplir lo legislado.
    En fin, nada que no sepas. Así que vuelve el pensamiento al punto medio y no te vayas romanticamente a un extremo ni apasionadamente al otro.
    Salvo que quieras beneficios de los servicios sociales; entonces si te vuelves maleante te abrirán más puertas y conseguirás el objetivo que te propongas.
    Un pacífico saludo.

    ResponderEliminar
  2. Parece ser que en todas partes cuecen las mismas habas y los palos caen sobre los mismos sufridos lomos. Un abrazo, Pepe.

    ResponderEliminar