miércoles, 24 de febrero de 2010

Perros de paja

Casi tres años han tardado tres periodistas de Canal 9, la televisión pública de la comunidad que preside el ascético Francisco Camps, en atreverse a denunciar por acoso sexual a su jefe de personal, Vicente Sanz, el hombre que en su día afirmó que estaba en política para forrarse y que, según los indicios, también parecía pensar que la ostentación de cargo público lleva anexo el derecho de pernada. Este modelo de santidad exigía favores sexuales a sus subalternas bajo amenazas del tipo: "Si no quieres, te destrozaré la vida a ti y a tu familia". Si os interesa conocer detalles, pulsad este enlace (cuidado los que seáis de vómito fácil):


Como en la noticia se cuenta, estas mujeres, a pesar de haber estado en más de una ocasión acompañadas a la hora de afrontar los episodios de su calvario y a pesar de la crudeza de éste, tardaron casi tres años en decidirse a denunciar. ¿Por qué? Muy sencillo: por miedo insuperable.
La casualidad ha querido que hoy haya saltado a los medios este caso brutal, porque en realidad yo no pensaba hablar de él, sino de otros dos en cierto modo cercanos a los que llevaba dando vueltas los últimos días. Del primero tuvimos la última noticia hará cosa de un mes y es el del fisioterapeuta de 46 años que recientemente resultó absuelto en Madrid de una acusación de violación. Por lo que apareció en la prensa, la víctima acudió a la consulta del acusado a que le diera unos masajes cervicales, pero él, desde el primer momento, adoptó una agresiva postura de petición de relaciones sexuales. El asunto es muy poco claro; la mujer no ofreció la menor resistencia y se dan circunstancias contradictorias, como el que pidiese a su presunto agresor (quien abusó de ella dos veces) que se pusiese un preservativo y el que no saliese de la sala de masajes en un momento en que él la abandonó. Posteriormente, sin embargo, le denunció por violación y justificó su pasividad en razones como el verse sola y acorralada en la sala y el miedo insuperable. El tribunal, no obstante, apreció que no quedaba suficientemente probada la falta de consentimiento y absolvió al acusado, a pesar de que se daban otros indicios, como el cuadro psicológico típico de post-violación que presentaba la víctima.
El segundo caso es el de una mujer que acusó a un hombre de haberla violado mientras ella dormía junto a su marido. Sucedió en 2007, durante una fiesta celebrada en un piso. Al parecer, el marido, con una fenomenal borrachera, se retiró a dormir a una habitación que estaba separada de la sala donde transcurría la fiesta tan sólo por una cortina. Más tarde su mujer se fue con él y, al poco, apareció el acusado, cuya versión de los hechos es que mantuvo una relación sexual consentida con ella, mientras que ella (que estaba embarazada) lo que sostiene es que fue forzada, que intentó despertar a su marido incluso arañándole y que gritó repetidas veces, pero que no la oyeron. En principio, la Audiencia de Madrid condenó al hombre a siete años de prisión, pero, tras un recurso al Supremo, éste (con José Antonio Martín Pallín como ponente) ha fallado hace pocos días absolviéndole, al considerar poco sostenibles los argumentos de la mujer, a la vista del lugar de los hechos y de su desarrollo.
Supongo que, por cien mil razones que podréis conocer si pulsáis el enlace, el asunto de Vicente Sanz no presentará muchas dificultades a sus juzgadores, pero los otros dos... ¡qué difícil debe de ser enjuiciar hechos así! Encontrarse ante un manojo de datos nebulosos y poco firmes como separación entre el castigar una violación  y el condenar a un inocente y tener que decidir. No tengo para nada el ánimo de censurar a los jueces, entre otras cosas, porque me temo que ellos han debido de disponer de más elementos probatorios que los lectores de las noticias y supongo que, en ambas historias, han debido de pesar mucho la presunción de inocencia y la necesidad de condenar sobre pruebas sólidas, pero, sinceramente, no acabo de tener claro que esas mujeres mintieran. En lo referido, por ejemplo, a la mujer violada (o no) junto al ceporro de su marido, no me parece tan inverosímil su versión: ¿qué no habrá podido ocurrir en una "fiesta" con esos mimbres que podemos imaginar con lo que se nos cuenta? ¿Es acaso inverosímil que los que estaban al otro lado de la cortina tuvieran la música tan alta que no se oyeran los gritos? ¿O que los oyeran y pensaran que no eran de socorro? ¿O que les diera igual, porque estuvieran tan borrachos y acorchados que no fueran capaces ni de reaccionar? Tal vez el Supremo no haya valorado el nivel de embrutecimiento a que llegan ciertas bacanales a las que algunos llaman "fiestas". 
Y en cuanto a la otra historia, es la que me ha hecho recordar "Perros de paja", la extraordinaria película que dirigió Sam Peckinpah en 1970. Sus protagonistas, un joven matrimonio encarnado por Dustin Hoffman y Susan George, vuelven al pueblo de ella, que lo había abandonado en busca de mejores horizontes. El pueblo en cuestión es una aldea -irlandesa, si no recuerdo mal- de mala muerte, habitada por unos palurdos que no se sabe muy bien si son más groseros y borrachos que violentos o más violentos que groseros y borrachos, de modo que el espectador pronto entiende muy bien que la chica haya querido largarse de allí, pero no acierta a comprender por qué diablos vuelve. Y más, si se tiene en cuenta que allí se reencuentra con el hijo del cacique, un pedazo de carne con ojos que en tiempos había sido su novio, lo cual es el detonate de la violencia (ya os he dicho que la película era de Peckinpah), pues el señor, como algunos altos cargos que corren por ahí, se considera con derechos sobre ella y termina violándola. ¿Cómo lo hace? Muy sencillo: se la lleva a una cabaña solitaria y allí, ante las primeras resistencias de ella, le da una bofetada; a las siguientes insinuaciones de negativa, le basta con levantar la mano. Cuando leí el caso de la mujer supuestamente violada en la consulta del fisioterapeuta, ma acordé de esta película: es genial cómo Peckinpah retrata la violencia insinuada, el poder doblegador de la intimidación: en sólo unos segundos, te hace muy creíble eso del miedo insuperable. Y me pregunté: ¿necesita una mujer presentarse ante un tribunal llena de cardenales para demostrar que ha defendido su honra como una hembra decente en lugar de dejarse hacer? ¿No era esto cosa de los viejos tiempos patriarcales? Existe el miedo insuperable: ahí está "Perros de paja" (el violador, por cierto, acaba con un buen boquete no sé dónde, no en vano, repito, la película es de Peckinpah); existe el miedo insuperable: ahí están, hoy mismo, las periodistas de Canal 9. ¡Qué difícil debe de ser vérselas con casos así!  ¡Y qué amargo verse en situaciones como las de estas mujeres!

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