domingo, 31 de enero de 2010

Caulfield/Salinger

Acaba de morir J. D. Salinger, el autor de El guardián entre el centeno. Los rasgos más conocidos de este novelista son, básicamente, éstos: que escribía extraordinariamente, que se sabía muy poco de él, que fue él mismo quien se preocupó de que se supiera poco y que se entiende que así lo hiciera, a juzgar precisamente por lo poco que llegó a saberse, procedente en su mayor parte de una biografía para nada laudatoria que de él escribió su propia hija.
Hecha esta breve reseña sobre el hombre, quiero pasar al libro, pues Salinger escribió poco y de ese poco lo que destaca es la novela (en algún género hay que clasificarla) ya citada, una brillantísima narración cuyo éxito literario y comercial en todo el mundo fue y sigue siendo colosal, a la altura de sus méritos. Se estructura en torno al relato en primera persona que nos hace su protagonista, un joven de dieciséis años llamado Holden Caulfield, que nos cuenta sus andanzas en los dos o tres días que vaga suelto por Nueva York desde que decide largarse del internado donde estudiaba hasta que lo ingresan en una clínica psiquiátrica. Y, entreveradas con esas andanzas, introduce referencias a su pasado y a su entorno. Todos los méritos y los atractivos de la novela están también muy en deuda con ese personaje, con su persona desgarbada y estrafalaria, con su personalidad homérica, hiperbólica y llena de contradicciones (es endiabladamente inteligente, perspicaz, audaz, irónico, mentiroso, brillante, precoz, perverso... y, al mismo tiempo, tierno, indefenso, inseguro, débil, cobarde y vulnerable), con su palabra luminosa y enloquecedora, con los episodios en los que se mete, con los sitios a los que nos lleva, con la visión que nos da de las cosas...
Holden Caulfield es el guardián entre el centeno en dos sentidos: porque la novela descansa sobre sus hombros y porque, avanzado el libro y cuando ya el lector va adivinando la dramática naturaleza del relato y de su protagonista, él mismo nos revela el misterio del título y su anhelo íntimo: el de convertirse en su vida en eso, en un guardián entre el centeno, un centeno alto y traidor que impíde a los niños que juegan inocentemente entre sus tallos apercibirse de la mortal y no menos traidora presencia de un barranco por el que podrían despeñarse. Ahí es donde quiere estar el cínico y desengañado Holden: en medio de ese sembrado y para salvar a los desprevenidos niños. Resulta, entonces, que no era tan duro ni tan terrible, sino que es tan sólo un pobre muchacho de buen corazón que quiere ser útil a los demás, ayudar a los niños. Cuando el lector llega a este momento de la historia, la risa se convierte en llanto, si es que eso no había ocurrido ya antes. 
El guardián entre el centeno siempre me ha parecido un libro trágico. Holden Caulfield empieza a lo grande, envolviéndonos en su verbo, haciéndonos reír con sus travesuras y sus juicios sobre todo lo divino y lo humano, divirtiéndonos con sus disparatadas anécdotas. Sin embargo, poco a poco, a medida que la historia va avanzando, lo vemos decaer, tornarse cada vez más inseguro, más desamparado, más confuso. Y sus gracias y engaños, a base de repetirse hasta en los momentos más inoportunos, se van desvelando como un sinsentido, la patética coraza en la que el pobre Holden se envuleve para defenderse. Ésta es la cosa: Holden empieza haciendo reír y acaba dándonos mucha pena. Lo suyo no tenía gracia, la historia no es alegre, su caso es el de un pobre desequilibrado que necesitaba ayuda. Al final resulta que el que tenía razón era el risible profesor Spencer de las primeras páginas, y que Holden necesitaba que alguien le ayudase a tener un poco de juicio. Y así acaba como acaba.
Pero ¿qué le pasa a Holden Caulfield? ¿Por qué actúa así? Siempre he creído que la clave de su comportamiento y de su destino está  en un personaje que él mismo menciona varias veces como de pasada: su hermano Allie, del que nos dice que ha muerto y para el que sólo tiene elogios. Por el tono elusivo en que siempre lo menciona, creo que Allie es el centro de una enorme y trágica elipisis: Allie ha muerto por algo de lo que Holden fue o se siente culpable, y ése es el hecho que le ha convertido en un ser desequilibrado. ¿Puede ser también lo que está detrás de su vocación de guardián entre el centeno? ¿Puede ser su interés en salvar a los niños un deseo de expiación? No me parece descabellado. Visto desde esta perspectiva, Holden es absolutamente trágico y cobra completa coherencia su trayectoria desde los jocosos inicios hasta su dramático final.
El guardián entre el centeno suele ser considerado un libro juvenil e incluso está en los listados de lecturas recomendadas de numerosos institutos, pero, a mi entender, no lo es en absoluto, sino que debería contarse más bien entre esos libros que han sido catalogados como juveniles por la simple razón de que su protagonista es un joven. Hay quienes opinan que es desaconsejable para los jóvenes por el carácter escabroso de algunas de las ocurrencias y de las aventuras de Holden, pero mis motivaciones son distintas. A mi juicio, esta novela no es apropiada para jóvenes porque en su conclusión y su conjunto es una historia terriblemente desengañada y pesimista, como el propio Holden, que tiene dieciséis años, pero alcanza en ocasiones cotas de cinismo muy superiores a las de bastantes adultos. Parece que lo ha visto todo y que no espera nada de apenas nada; su concepto del mundo y de la vida es terriblemente corrosivo. Si personalmente el pesimismo me parece un elemento poco apropiado para la literatura juvenil, pienso además que el universo de este personaje es demasiado adulto: sus motivaciones, su visión de las cosas, la propia línea argumental no demasiado explícita de la historia, son a mi entender más propias de una novela dirigida a un público adulto.

2 comentarios:

  1. Qué magnífica recensión, amigo Pablo. Da gusto leerte.

    Saludos.

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  2. Gracias, Raus. Este libro me gusta tanto que anoche a las cuatro estaba terminando el artículo, y como si nada.

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